domingo, 19 de agosto de 2018

LLoyd Cole: Don't get weird on me babe"


Año de publicación: 1991
Valoración: muy recomendable

Entresijos de este blog que voy a desvelar porque es agosto y nadie se va a enterar: esta mañana valoraba tres discos para reseñar. Los tres, advierto, acabarán saliendo aquí un día u otro: pues bien, este se alzó con el dudoso honor y sus contendientes fueron dos de esos clasicazos que las listas de losdiscosquemarcaronafuegoalahumanidad no suelen dejar de mencionar: Pet Sounds de los Beach Boys y What's goin' on de Marvin Gaye.
Felicitemos, pues, al Sr. Cole. De hecho uno hubiera podido optar por Rattlesnakes, disco que inauguró su carrera junto a los Commotions, pero le tengo un especial cariño a este. Disco de sencilla pero gloriosa portada, con el cantante, en pose levemente inclinada que recordaría a un Chris Isaak sin extra de gomina ni asesores de imagen, mirando hacia su derecha dando la espalda a algo que parece un motel o una casa desvencijada de extrarradio americano o vaya a saber qué. Bonita portada y, creo, en función de lo que uno haya seguido su carrera, emblemática.
Caras A y caras B. A cuentas de cierto comentario sobre un corte justo en el minuto 30 del último disco de mi venerado Frank Ocean, siento cierta nostalgia tan impropia de mí. En la contraportada de este Don't get weird on me babe  (frase tomada de Raymond Carver) ponían one side y another side. Y el abismo es descomunal, la cara A entregada al rock americano clásico (con músicos como Matthew Sweet aportando instrumentaciones), con canciones como Tell Your Sister que no hubieran desentonado, indistintamente, en discos de Bruce Springsteen o la época pre-disco de Arcade Fire.

Pero la cara B es el verdadero pretexto por el que estás leyendo esta reseña. Un salvaje abismo creativo generado por la incorporación de unos arreglos orquestales que aún no recuerdo hayan sido igualados. Y si no lo fueron cuando hasta estrellas del circuito alternativo tenían acceso a presupuestos de producción para pagarlas, imaginad ahora. Lloyd Cole logró adelantarse a músicos tan dispares como, por Jens Lekman o contemporáneos como The Divine Comedy o Prefab Sprout, ejecutando una suite de seis canciones sin parangón, voluptuosas, inspiradas, con ese aire agridulce del músico ejecutando desde algún ignoto lugar entre vísceras removidas y (glups) corazones partíos.

Stop. Escuchad Butterfly, entrada a la segunda cara, donde el fraseo de Cole (ligeramente reminiscente de Lou Reed) entra solo cuando piano, bombo y violines han marcado el camino a correr. Cole se conforma con un segundo plano y cede a la parte instrumental, comprende que esas cuerdas merecen su parte de protagonismo. En Margo's waltz se encarga, entre efluvios de Bacharach y Henry Mancini, de adelantar toda la movida lounge. Por favor, esos vientos y esas entradas de cuerdas, esas marimbas, esas voces femeninas suspiradas, ese Hammond, deberían estar en algún tracklist del DJ que pincha en el paraíso. No muy lejos de esa especie de balada mid-tempo There for her, a la que le veo detalles que luego apreciaría en grupos como Air. Y la apoteosis del disco, los siete minutos de Half of Everything, que amagan, casi, con las notas de Carmen de Bizet para lanzarse hacia una orgía nerviosa de idas y venidas donde las dos partes del disco parecen entremezclarse en un diálogo en el que, quitadme la razón si no la tengo, se plasma como en pocos sitios una actitud sincera, desinhibida, desatada, como si a Cole le diera igual lo que se pensara de su música y se lanzara en barrena donde su intuición como músico le llevaba. Medio disco bendito, qué pocos lo alcanzan hoy en día.


1 comentario:

  1. Pues sí, precioso el disco, inspirador y super personal de Lloyd Cole, y justo cuando empezábamos a estar realmente 'conmocionados' por la falta de novedades de su imprescindible grupo anterior. A mí no me importaría un coming back, por artificial que resultase.
    Me gustó mucho también Man Enough, casi tanto como Half of Everything.

    Saludos

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