domingo, 23 de septiembre de 2018

Scott Walker: Scott 4

Año de publicación: 1969
Valoración: imprescindible

En el mismo año en el que, meses antes, había publicado Scott 3, otra obra maestra, Scott Walker publicó este Scott 4 de portada (dicromía, expresión circunspecta, mirada perdida) rayana con el expresionismo, y desapareció convirtiéndose en una especie de Salinger musical, para volver a aparecer de vez en cuando con propuestas cada vez más extrañas, experimentales y alejadas del gusto de las masas.
Como cierre de la tetralogía, Scott 4 plantea dos situaciones contradictorias. Primero, es un disco repleto de canciones extraordinarias, muchas de ellas clásicos instantáneos e integrantes desde su publicación de la ya extensa lista de maravillas firmadas (aquí Walker ya compone todo el material) por su intérprete. Segundo, supongo, quizás, se trata de una mera conjetura, el disco acusa algo una cierta dispersión en lo estilístico, cosa que seguramente no ayudó en su empeño de recuperar al artista para una repercusión comercial de cierto alcance. Walker. Años atrás, como integrante de los Walker Brothers, se les trataba como a (otros) nuevos Beatles.
Claro que la cosa no era precisamente sencilla. El universo de Walker no era apto para todos los públicos, y abrir un LP con una canción inspirada en una película de Bergman no era precisamente una apertura destinada a los charts. The Seventh Seal arranca con una trompeta casi latina, para embarcarse en un nervioso intercambio de guitarras, cuerdas, y la aterradora presencia vocal de Walker, acaparándolo todo. Canción sin estribillo, crescendo sin resolución, queríais clásicos, ahí va el primero. Preparando el camino para la que para mí es, oficialmente, la mejor canción de menos de dos minutos de la historia: On Your Own Again, letra indescifrable (¿divorcio?) que se cierra con una contundente frase que bien pudiera resumir la carrera de Walker "era tan feliz que no me sentía yo mismo". Arranque solemne de guitarra acústica, mid tempo punteado por las cuerdas, la voz se eleva poderosa y a la vez íntima. 
Hay más, por supuesto. Los saltos de un estilo a otro son constantes y perjudican algo esa condición de álbum, pero esa es una queja menor. Walker tantea con el soul-rock en Get Behind Me, evoluciona hacia el  country & western en (premonitorio título) Rhymes of Goodbye, aunque antes nos ha regalado canciones en los que parece certificar su derrota, World strongest man o la fascinante e icónica Boy Child , ésta repleta de lirismo y amagando con la experimentación  en que sumiría su carrera posterior. Canción por canción, se trata seguramente de su mejor disco. Hablamos de un artista que, en lo creativo, no tiene miedo a nada. Si hay que hablar de neo-estalinismo en una canción dotada de cierto aire pop, se hace: The Old Man`s Back Again, aparte de una línea de bajo que impresiona al mismísimo David Bowie, uno de los más audaces arreglos de la historia. Y Walker habla de mujeres de pie en medio de la nieve, mientras desconocidos se llevan a su hombre.
Reverencia absoluta.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Yves Tumor: Safe in the hands of love

Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Lo dije en un Tweet: hay que creer mucho en lo que uno hace para llamarse así. Yves Tumor. Músico de Tennessee afincado en Turín. Y para presentar una imagen tan dura y para aceptar ser una de las apuestas de una enseña histórica, el sello Warp, en su intento de persistir en la cumbre de la experimentación, del sonido poco amigable para el oído despistado, de aquello que llamamos vanguardia hasta que la sobre-exposición y la dinámica de los mercados lo convierte, progresivamente, en mainstream, quizás después de haber servido de soporte para una campaña promocional, para una escena de una película modernilla, todo el underground y lo experimental acaba convirtiéndose en algo extraño a lo que nuestro oído se habitúa.
Y si alguien duda de mi afirmación, que piense qué ha sido del drum'n'bass.
Yves Tumor publica para Warp. Un sello lejos de su esplendor, aquel que se inició cuando publicaron las dos antologías de Artificial Intelligence. Un sello ubicado en Sheffield, un sello al que la historia asocia con las grandes estrellas de aquello que se llamó IDM (Intelligent Dance Music): Aphex Twin, Black Dog Productions, Autechre. Menudo ramillete para esa época, y aún se le podrían añadir Broadcast, The Sabres of Paradise, LFO, tantos otros que representaron un presente esplendoroso de la escena electrónica, hasta que Warp escandalizó al mundo incorporando algún grupo con guitarras. Ahora suena ingenuo, pero en su momento resultó todo un shock.
Ah. Y los vídeos de Chris Cunningham, esos incómodos asaltos a las plácidas digestiones, con miembros seccionados, rasgos deformadosfiguras amenazadoras. El artwork que rodea al artista parece inspirado en esa faceta artística ligeramente perturbadora, como si aparte de entregarse a la audición el oyente estuviera participando o siendo cómplice de un ritual algo oscuro.
Algo de eso hay en este álbum: Safe in the hands of love. Jamás una frase tan encantadora pareció esconder algo tan amenazador. Porque las canciones de Yves Tumor no son precisamente música para chill-out. Véase, por ejemplo, el vídeo de Licking An Orchid, voces que parecen de canción de acampada, cierta placidez, un ritmo reposado, y de repente la abrasión, la saturación sonora, el ruido blanco. Voces que constituyen un pequeño rasgo de Yves Tumor. Presentes como pequeños mantras que pueden engañar al oyente otorgando cierta apariencia de canción. Noid: como si a los de Animal Collective les diera por cantar jingles tras un empacho de sonido philly. Pero la cosa no va a ir siempre por ahí. En Economy of Freedom la distorsión ya acapara el sonido y Hope In Suffering incluye amenazadores aleteos de insectos que vuelan de un lado al otro de los auriculares. Tumor no le tiene miedo a nada. Safe in the hands of love no va a hacer que Warp regrese a esa época dorada porque la idiosincrasia del sello sigue incólume. La música debe alterar, quizás fascinar, y los caminos hacia esas sensaciones no siempre son agradables de transitar. Yves Tumor no va a ser el futuro de la música. Está muy claro que esta era del uso a destajo del skip, cuando si a los diez segundos una canción no te convence pasas a la siguiente, parece mostrar el camino opuesto. Cositas ligeras, agradables, fáciles de asimilar y que entran a la primera (para salir sin dejar rastro al poco tiempo).
No busques de eso aquí.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Erykah Badu: Baduizm

Año de publicación: 1997
Valoración: muy recomendable

Una imagen impactante, glamour callejero con el toque racial justo, el punto chic distintivo de sus tocados textiles en la cabeza, cierta aura más cercana a, por ejemplo, Naomi Campbell o Sade que a Missy Elliott o Rihanna. Erykah Badu podría pasar por una de esas fugaces estrellas a las que se les entrega el cetro de "esperanza del soul", casi siempre gracias a un primer disco descollante... y casi siempre para despojarlas de él en cuanto surge otra estrella de muy parecidas características.
Lo cual no debe evitar que disfrutemos de sus discos. Baduizm, título al que no le falta ese toque ególatra que desprende seguridad, es un formidable debut que no tuvo continuidad en los términos que merecía. Y podriamos decir lo mismo de Kelis, de Jill Stone, de Me'shell Ndegeocello, de las Zhané, de Lauryn Hill, de Jody Watley, de Mary J. Bligee muchas figuras cuyo deslumbrón inicial acabó siendo casi, el necesario preámbulo a un oscurecimiento.
Las credenciales de Erykah Badu en lo artístico: una voz ligeramente gatuna y nasal, comparada en no pocas ocasiones con la de Billie Holiday, un acompañamiento brillante, a medio camino entre el trip-hop tan en boga en su momento y el jazz onda Roy Ayers: base rítmica potente aunque algo perezosa, bajo y bombo en primer plano arropando a la voz, y, el conjunto, claro, cómo no, resulta de esa aterciopelada elegancia que parece ir a traspasar la barrera del engolamiento al que a veces estos experimentos se ven abocados. Baste ver las toneladas de azúcar en forma de baladas que intoxicaron las carreras de muchas divas, desde Whitney Houston a Beyoncé, cayendo de bruces en el mayor de los convencionalismos, la condena de las grandes voces a ser "intérpretes" por encima de "músicos".
Baduizm dispone de material potente al que solamente puede recriminarse cierta homogeneidad, justificada a la hora de aportar cohesión pero algo incómoda para una audición "del tirón". Ciertos trucos vocales regresan, ciertos ambientes son compartidos entre las canciones, y desde luego el inconfundible tono de la artista, que tan pronto se eleva a alturas de los grandes clásicos como parece coquetear con el scat, se encarga de llevarnos de la mano por historias que parecen no acabar siente bien. Canciones de tempo perezoso, no exactamente las baladas dulzonas sino números de regusto agridulce, torch-songs de digestión lenta sin estridencias ni histrionismo. Next Lifetime habla de la reencarnación como una opción a la poligamia, En On & On (atentos al espectacular arranque a los 3:26), el mensaje no es tan claro, pero quede claro que las semejanzas con Billie Holiday no se restringen al tratamiento vocal: Badu transmite mensaje a través de sus palabras y su fascinante tratamiento sonoro (con sutiles reminiscencias caribeñas, las percusiones parecen pedir a gritos someterse a un tratamiento de reverberación), y ese mensaje es indudablemente militante: el video de  Other Side Of The Game muestra a una mujer rodeada de comodidades en una gran casa mientras su pareja entra y sale y no parece ser un médico de urgencia.
Han pasado dos décadas y el mundo ha visto ir y venir (y no regresar) a muchas estrellas fugaces. Badu puede que solo sea una más en ese firmamento, pero este disco merece la pena revisarlo de vez en cuando.

domingo, 2 de septiembre de 2018

Pulp: This is hardcore

Año de publicación: 1998
Valoración: muy recomendable alto

Ay, queridos lectores, si este blog pobre en visitas pero grande en ambición no cargara su peso en un alto porcentaje sobre el firmante de esta reseña. Entonces no pasarían estas cosas tan injustas y tan desproporcionadas y las filias y las fobias que ya se sabe que son malas consejeras. Que aquí no haya salido disco alguno de los Beatles o de los Stones y ya vayan dos reseñas de Frank Ocean o de Kendrick Lamar y hoy, sacrilegio, repita también un grupo de corta carrera como Pulp, grupo que para más inri lleva ya cerca de tres décadas disuelto, justo tras otro disco en la cumbre creativa (el que les produjo, toma quiebro del destino, Scott Walker), al que este This is hardcore precedió en un difícil encaje, en un movimiento completamente coherente en términos creativos aunque difícilmente asimilable desde la perspectiva comercial.
Sí, comercial. Porque aún hablamos de cierta época dorada en que los artistas que encabezaban los charts y ganaban premios eran también respetados por la crítica y venerados por su creatividad y sus aportaciones. No es que la añore: ahora hay otras cosas que pueden gustar. Pero esa sensación puede ser recordada con agrado. 
Pulp habían conmocionado años atrás con Different Class, que, casualidades de la vida, reseñamos hace justo un año, y que era un disco perfecto de principio a fin, un bofetón de creatividad y desparpajo que zanjaba las batallas del brit-pop, como esas carreras en que dos rivales se perjudican en la línea de meta y un tercero se aprovecha. Un disco vitalista y luminoso, emparentado con la cultura de clubs y ligeramente condicionado por la presencia de varios hits inapelables.
This is hardcore apaga las luces, sobre todo las estroboscópicas, y se lanza, portada y título destilan ese glamour equívoco propio de las revistas soft-porn de los 80, a un oscuro experimento sonoro de resultados brillantes y duraderos. The Fear abre el disco y marca el nivel; coros, tono melancólico, solemne y algo épico, riqueza instrumental, una canción larga y torturada, con Jarvis suspirando la letra, sílabas alargadas, guitarras épicas con ciertos tratamientos sonoros que pueden recordar algo a los usados por Radiohead, trémolos, Party Hard no desentonaría en la primera cara de Low y desde luego Bowie es una clara influencia quizás no tanto en lo sonoro sino en cierto espíritu aventurero. El disco acaba con una nota sostenida de sintetizador prolongada varios minutos. Pero hay más: TVmovie podía encontrar acomodo en sus dos anteriores discos, aunque su elegancia no desentona aquí para nada. This Is Hardcore, la canción, es otro ejemplo de la tensión, casi cinemática, que polariza el disco en sus canciones más largas, suntuosas instrumentaciones que dejan atrás las síncopas de hits anteriores.

Y perdonad que haya dejado para el final las que son, para mí, las dos mejores canciones del disco e indudables merecedoras de figurar entre las mejores canciones de la trayectoria de la banda: Help The Aged, mensaje y sonido mostrando una incuestionable madurez y una aguda visión que reflejaba todo el talento de Cocker y el consistente apoyo de la banda. Y Dishes, arreglo de otra galaxia, perfecta de principio a fin, la típica canción de álbum que pasaba desapercibida y acababa siendo venerada.

No me gustaría nada que Pulp protagonizaran una de esas patéticas reuniones que acaban en discos mediocres y giras alimenticias. Pero quizás esa perspectiva llegara a excitarme en algún momento. Quizás.

domingo, 26 de agosto de 2018

Metronomy: The English Riviera

Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable

Joseph Mount es el factótum de Metronomy. Para explicarnos con dos ejemplos bastante (igual no tanto) opuestos, es como Jeff Lynne en la ELO o Paddy McAloon en Prefab Sprout; el que sostiene a la banda, busca los músicos, decide hacia dónde orientarla, define el sonido. Y tras dos discos escorados hacia un synth pop más purista, con una vocación más minoritaria, en algún momento que los resultados nos obligan a celebrar, para este The English Riviera decidió reforzar la base rítmica (nuevo bajista, y batería femenina, un aspecto aún  exótico) y se decantó por un sonido más limpio, más pop en lo versátil, dicen, pero yo no lo veo tan claro como otros, deudor de algunos de los iconos del AOR (deleznable estilo de los 80 caracterizado por depurados acabados de estudio y asepsia absoluta en lo creativo).
El resultado es un disco muy brillante de música inclasificable, cuestión que me obliga a etiquetarla como pop puro y absoluto. Un ejemplo de absorción de multitud de influencias que resulta acabar siendo absolutamente contemporánea, cuestión que se confirmó con un éxito más allá de los circuitos alternativos y con algún premio relevante. Todo ello gracias a una combinación desinhibida de elementos: tres poderosos singles que no tienen nada que ver el uno con el otro. Everything Goes My Way, juguetona, saltarina, con un cierto aire a los 60 en sus coros, gobernada por las guitarras. The Look, más decidida, más directa a los pies, un video simple en el que los miembros del grupo se muestran de manera completamente natural, todos ellos pareciendo eternos repetidores de curso en la universidad hasta que el mundo ha descubierto su talento. Una canción infecciosa, casi tontorrona, pero excelsa en su objetivo. Pocos hits pueden contar con un solo de sintetizador hoy en día. El colofón, The Bay, ritmo imparable, este ya un poco maquinal, como si Kraftwerk se encontraran perdidos en esa Riviera inglesa y no tuvieran otra que adaptarse. Excelente vídeo con su toque lascivo y aires porno-chic, por cierto.
Pero los grandes discos suelen sustentarse en más que las canciones elegidas para su promoción: los aires casi caribeños de Trouble, la fascinante intro que da paso a la calma relativa de We broke free y su deslumbrante abrasión guitarrística (tan poco dada en grupos clasificados como synth-pop), y el fascinante himno de separación que es Some written, apertura preferida (en colosales transiciones) en las magníficas defensas en vivo del material del disco. Cosa de la que pocos son capaces, por cierto.

domingo, 19 de agosto de 2018

LLoyd Cole: Don't get weird on me babe"


Año de publicación: 1991
Valoración: muy recomendable

Entresijos de este blog que voy a desvelar porque es agosto y nadie se va a enterar: esta mañana valoraba tres discos para reseñar. Los tres, advierto, acabarán saliendo aquí un día u otro: pues bien, este se alzó con el dudoso honor y sus contendientes fueron dos de esos clasicazos que las listas de losdiscosquemarcaronafuegoalahumanidad no suelen dejar de mencionar: Pet Sounds de los Beach Boys y What's goin' on de Marvin Gaye.
Felicitemos, pues, al Sr. Cole. De hecho uno hubiera podido optar por Rattlesnakes, disco que inauguró su carrera junto a los Commotions, pero le tengo un especial cariño a este. Disco de sencilla pero gloriosa portada, con el cantante, en pose levemente inclinada que recordaría a un Chris Isaak sin extra de gomina ni asesores de imagen, mirando hacia su derecha dando la espalda a algo que parece un motel o una casa desvencijada de extrarradio americano o vaya a saber qué. Bonita portada y, creo, en función de lo que uno haya seguido su carrera, emblemática.
Caras A y caras B. A cuentas de cierto comentario sobre un corte justo en el minuto 30 del último disco de mi venerado Frank Ocean, siento cierta nostalgia tan impropia de mí. En la contraportada de este Don't get weird on me babe  (frase tomada de Raymond Carver) ponían one side y another side. Y el abismo es descomunal, la cara A entregada al rock americano clásico (con músicos como Matthew Sweet aportando instrumentaciones), con canciones como Tell Your Sister que no hubieran desentonado, indistintamente, en discos de Bruce Springsteen o la época pre-disco de Arcade Fire.

Pero la cara B es el verdadero pretexto por el que estás leyendo esta reseña. Un salvaje abismo creativo generado por la incorporación de unos arreglos orquestales que aún no recuerdo hayan sido igualados. Y si no lo fueron cuando hasta estrellas del circuito alternativo tenían acceso a presupuestos de producción para pagarlas, imaginad ahora. Lloyd Cole logró adelantarse a músicos tan dispares como, por Jens Lekman o contemporáneos como The Divine Comedy o Prefab Sprout, ejecutando una suite de seis canciones sin parangón, voluptuosas, inspiradas, con ese aire agridulce del músico ejecutando desde algún ignoto lugar entre vísceras removidas y (glups) corazones partíos.

Stop. Escuchad Butterfly, entrada a la segunda cara, donde el fraseo de Cole (ligeramente reminiscente de Lou Reed) entra solo cuando piano, bombo y violines han marcado el camino a correr. Cole se conforma con un segundo plano y cede a la parte instrumental, comprende que esas cuerdas merecen su parte de protagonismo. En Margo's waltz se encarga, entre efluvios de Bacharach y Henry Mancini, de adelantar toda la movida lounge. Por favor, esos vientos y esas entradas de cuerdas, esas marimbas, esas voces femeninas suspiradas, ese Hammond, deberían estar en algún tracklist del DJ que pincha en el paraíso. No muy lejos de esa especie de balada mid-tempo There for her, a la que le veo detalles que luego apreciaría en grupos como Air. Y la apoteosis del disco, los siete minutos de Half of Everything, que amagan, casi, con las notas de Carmen de Bizet para lanzarse hacia una orgía nerviosa de idas y venidas donde las dos partes del disco parecen entremezclarse en un diálogo en el que, quitadme la razón si no la tengo, se plasma como en pocos sitios una actitud sincera, desinhibida, desatada, como si a Cole le diera igual lo que se pensara de su música y se lanzara en barrena donde su intuición como músico le llevaba. Medio disco bendito, qué pocos lo alcanzan hoy en día.


domingo, 12 de agosto de 2018

Isabelle Antena: De l'amour et des hommes


Año de publicación: 1988
Valoración: muy recomendable

Gracias, Youtube. Menudos palos me hubieran caído de las miríadas de fans de este blog de no ser por que, en la actualidad, prácticamente la única forma de oír las canciones de este disco sea accediendo a tu web. Salvo que se tenga el vinilo, publicado allá por 1988 por Les Disques du Crepuscule, sello belga chic entre los chic del que poca cosa más atisbo a recordar. Puede que los japoneses, tan pirados ellos, se decidieran por publicar un CD que ahora está en Amazon por si algún chalado se gasta un par de cientos en euros en él. Pero no me consta. Recuerdo la primera vez que la aguja se posó sobre esos surcos. Una mañana de domingo algo soleada, lo justo para abrir la ventana y dejar que la producción, medida, perfecta, envolviera la voz sedosa, frágil, de Isabelle Antena, cantante francesa que seguramente siga publicando discos y visitando salas alternativas de escaso renombre para fascinar a sus contados fans. 
Si todos tus discos hubieran sido como esta pequeña y secreta maravilla, Isabelle. Claro que apostaste sobre seguro. Covers de canciones que parecen eternas, covers de los grandes figurones (todos hombres los elegidos, como el título afirma sutilmente)  de la música francesa a los que prestaste tu delicadeza, tu imagen tan francesa, con ese flequillo que impostoras como las cantantes de Matt Bianco o Swing Out Sister pretendían emular, como ese flequillo tan Mayo del 68 que encontraría su continuidad en películas como Amelie. Suspiro. Cinco canciones: una más que el canon del EP como para poder llamarle mini-album. Romanticismo bien entendido: el de cama revuelta y olor a café americano, ese mejunje aguado que sirve para ir enfilando la mañana. 
Y no sé si tus referencias eran Edith Piaf, Françoise Hardy o Mireille Mathieu. Sé que el disco te salió perfecto y esas versiones se han clavado en mi memoria como si fueran originales. Me explico. Que puede que oiga el original y eche de menos tus aportes y eso sea injusto. Pero es lo que tienen las primeras impresiones. Syracuse puede que sea más auténtica en su original, con Henri Salvador agarrado al mástil de la guitarra, pero entonces echaría de menos ese piano que rebota y traza arabescos por debajo de tu voz. Pénélope experimenta algo parecido. Despojada del nervio militante del original de Brassens, todo resulta enriquecido, igual algunos dicen adulterado, claro, pero para nada. Quizás esos 80 previos al lío de Kuwait eran dados a eso, a neutralizar la militancia y a rodear todo de un halo de sofisticación artificial. Michel Legrand también acude a la cita, Le Cinema acaba tomada en clave bossanova en su arranque y  la cantante francesa hace alarde de poderío de cantante de club de jazz. Curioso: el disco se cierra con la versión de otro gran caballero de la música francesa. Pero esta es la versión más fiel al original. Quizás porque Serge Gainsbourg era un adelantado a su tiempo, quizás porque Antena fuera temerosa en despojar Ce Mortel Ennui de su swing original, del jugueteo del vibráfono. Un colofón magnífico para un disco que cumple al dedillo con la máxima aquella de la brevedad.