domingo, 22 de julio de 2018

Manic Street Preachers: Everything must go

Año de publicación: 1996
Valoración: muy recomendable

Hay una máxima que dice que las muertes prematuras son el pasaporte idóneo para el Olimpo del rock. Con escarapela, si esa muerte se sucede de cualquiera de las dos formas siguientes, perfectamente combinables entre sí: suicidio, o resultado o consecuencia de algún severo exceso en el uso de substancias asimilables a cualquier adicción. Valen pastillas, alcohol, drogas por cualquier vía y vale cualquier vía en que este abuso se manifieste. Los medios hablarán de trágica desaparición de un talento que solo había empezado a dar sus frutos. Los directivos de tu discográfica hablarán de dónde cojones metieron los master de las atroces sesiones de tus primeros discos.
Pues bien: los Manic Street Preachers (empleo el sujeto de una forma retórica) dieron una vuelta de tuerca a esa teoría. Richey James Edwards, alias Richey Manic es, empleemos ese presente esperanzado que niega la evidencia, uno de los desaparecidos célebres del rock. Habrá otros, claro, Syd Barrett, por ejemplo, cerebro machacado por el abuso del LSD, pero de él se sabe al menos que aún existe. Pero no recuerdo otro caso igual. No así Richey Manic; lo último que se supo de él fue que en 1995 su coche apareció abandonado en las cercanías de uno de esos típicos parajes (un puente, un acantilado, qué fuerza poética la de imaginar su cuerpo arrastrado por las corrientes antes de haberle dado un zarandeo contra los pedruscos azotados por la mala mar) preferidos por los suicidas. Así que puede que optara por desaparecer o que fuera pasto de los peces del Atlántico. C’est la vie. Sus motivos tendría: a pesar del enorme éxito comercial del grupo, la crítica se negaba a otorgarles el reconocimiento de la autenticidad. En el rock de los 90 y en UK eso era muy jodido. Vale que los medios de la época (NME y Melody Maker en la lejanísima época en que protagonizaban una paródica enemistad como semanarios musicales dedicados a entronizar por los primeros discos a las mismas bandas que luego vapuleaban por los segundos) se habían hecho eco de su éxito. Y Richey Manic, y eso el que escribe lo vivió muy en directo, se cortó, ante el periodista Steven Lamacq, escribiendo con incisiones en su brazo izquierdo "4 REAL", le dieron veinte puntos o así, se hizo la famosa foto, vendas atrapadas entre los dedos, rimmel en la mirada desafiante, y parece que ni eso fue suficiente.
Y el grupo, los tres compañeros que quedaron, tuvieron que reaccionar. Y Everything must go fue su cuarto disco y las tres fotos de los tres deudos eran contundentes desde la portada y desde el propio título. Nada de recomponerse y cambiar de nombre, nada de regocijarse en el duelo. No sé si el disco les salió tan bueno porque canalizaron esa rabia o esa desesperación o ese luto, o porque el golpe de la pérdida les hizo madurar. Porque eso es lo que es este disco: un disco maduro, un disco de un grupo que no está pendiente de artificios o de etiquetas o de si en esa guerra absurda del britpop estaban quedando descolgados. Con un enorme socavón entra la cara A y la cara B, pero, con una cara A que es gloria bendita y que pulveriza cualquier sospecha de inseguridad, de desmoronamiento moral. Desde el arranque inconmensurable de Elvis Impersonator: Blackpool Pier, pura adrenalina donde las guitarras braman con una contundencia y claridad que ya quisieran muchos grunge de la época (aquellos que se mostraban atormentados sin razón para estarlo, claro), y que enlaza con la mejor canción de toda su carrera:  A Design For Life  Se lo comenté a Marc Peig el otro día. Cómo no caer rendido ante una canción que arranca con la frase libraries gave us power. La postura militante de los Manic, un grupo galés posicionado claramente a la izquierda queda reflejada en esta canción, otro de esos ejemplos de sección de cuerda gloriosa que consigue elevar una canción ya de por sí brillante. Luego el tema que titula el disco, que hace las veces de declaración de principios, y Kevin Carter, avasalladora mezcla de ensoñaciones lounge y trompetas al estilo Bacharach. Aunque el resto del disco no desmerezca hay que reconocer que estas cuatro canciones magistrales pesan lo suyo, y que mantener su nivel sería inhumano. 

domingo, 15 de julio de 2018

Bustamante: Entusiastas

Año de publicación: 1998
Valoración: Muy recomendable

Tranquilo todo el mundo! No nos hemos vuelto locos! Ningún poltegeist se ha apoderado de este blog con el fin de loar un disco del ínclito concursante de aquel "talent (ejem, bueno, es un decir) show" de cuyo nombre no quiero acordarme. Este Bustamante es el bueno!

Para quien no lo conozca, Julio Bustamante (nombre artístico de Julio Balanzá) es un músico, escritor y dibujante valenciano con una larguísima carrera musical a sus espaldas. Filosofo de formación y bon vivant de profesión, se trata de todo un clásico en la escena musical alternativa valenciana de las últimas décadas.

Insisto en lo de valenciano porque su música y sus letras están fuertemente influenciadas por el "carácter mediterráneo". Ya lo dice él mismo en ese "Mundo sereno" que hable el disco: "Cómo iba a ser de otra manera en esta tierra de palmeras, de jazmín y de azahar..." Esa mediterraneidad está presente en toda su obra, en general, y en este "Entusiastas" en particular. "Ensusiastas" es, como su propio nombre indica, un disco alegre y luminoso que remite a la mejor tradición de cantautores italianos o franceses.

"Entusiastas" es, sobre todo, un canto a la vida. Se trata de un disco profundamente sentimental, con el amor ocupando un lugar central, pero con una tremenda carga naif y hedonista. Un disco que transmite la alegría de los placeres sencillos (un paseo en bicicleta por una Valencia sin tráfico y vacía, los besos en el atardecer, los discos olvidados por las modas, etc,) a través de canciones sencillas pero efectivas y letras cercanas y evocadoras, como esos lo son esos teclados "marca de la casa" que recorren todas las canciones.

Musicalmente ya digo que es un disco que remite a cantautores italianos o franceses, al estilo de Riccardo Cocciante o Adriano Celentano, pero también recuerda al gran Van Morrison. Pero esto son solo referencias, puntos de apoyo en los que basarse para descubrir a un cantautor capaz de llevarnos "a un mundo prodigioso, confortable, de categoría...", un mundo en el que vuelvan a ser sagradas "las palabras sin prisas, el silencio del árbol, la gota en la fuente..."

domingo, 8 de julio de 2018

Radiohead: Kid A

Año de publicación: 2000
Valoración: muy recomendable

Imposible sustraer este disco del contexto de su publicación. Radiohead es LA BANDA desde que ha publicado OK Computer, disco que se ha convertido en dos años en referencia absoluta de cientos de cosas, de una en particular, ejemplo de fusión entre contundencia y accesibilidad pop combinada con  búsqueda de texturas en otros ámbitos.
Los miembros de la banda son gente inquieta, eso sí. Han absorbido aún más música, han negociado con su súbito status de salvadores del rock y es muy obvio que han probado cosas. Radiohead ya  no es solo la banda tocada por la inspiración que (en The Bends) parecía obsesionada en la intensidad sonora y en cierta predisposición a optar por la deriva nirvanera.
Eso queda muy lejos en el año 2000. Y, permitidme ciertas conjeturas, la banda sabe que ha sido pionera en muchas cosas. En tener cierta conciencia social de nuevo milenio, en mantener la típica estrategia comunicativa somos unos tipos misteriosos pero vamos dejando alguna pista por ahí.
Kid A, en algunos sitios, es valorado al nivel de OK Computer.
Yo no voy por ahí. Puede que que haya oído cien veces más OK Computer que este disco y puede que solamente ahora empiece a valorarlo como lo que es.
Kid A puede que sea un disco algo chulesco: como el disco de un grupo que sabe que si hace lo que le gusta en vez de lo que la gente espera que haga acabará triunfando. Pero es un disco de banda en racha, claro que sí, y de banda que mantiene una enorme inquietud por lo que pasa a su alrededor. Kid A tiene más que ver con Sun Ra o con Miles Davis o con Autechre que con los Beatles. De hecho, en el momento de su publicación la crítica se escinde hacia los dos lados: la repulsión y la fascinación. A raíz de una colaboración con Björk llega a decirse de Thom Yorke que es "lo más cerca de una melodía que se le encontrará ese año". Y sin quererlo esa es la definición del disco. Kid A es una colosal exploración de texturas que empieza con Everything in its right place, lo más opuesto a Airbag que uno pueda imaginar, y acaba, muy oportunamente para la carrera de Jonny Greenwood, con una canción llamada Motion Picture Soundtrack, que incluye varios segundos de absoluto silencio. No se trata de una renuncia absoluta a sus trabajos anteriores, la banda era mucho más que n disco de enorme repercusión y esa auto-conciencia puede que les haya pasado factura. La influencia de las producciones del sello Warp es omnipresente. Aphex Twin, Black Dog Productions, pero sobre todo en la forma de una libertad creativa absoluta y desinhibida. Si Subterranean Homesick Alien podría encajar aquí quizás lo sería merced a un intercambio con Morning bell. Todo lo demás, lo que hay en ese recorrido crece a cada escucha.  Idioteque es una especie de oasis de rabia, How To Disappear Completely es una especie de definición de las intenciones del disco, con sus aires ligeramente western. 
Radiohead hizo lo que quiso en Kid A, y el mundo debería agradecérselo. Re-ubicó el concepto de banda  y se deshizo de personalismos, aunque en el rock ese cordón umbilical siempre haya sido particularmente difícil de cortar. La liturgia es lo que tiene. 

domingo, 1 de julio de 2018

Björk: Post


Año de publicación: 1995
Valoración: muy recomendable

Björk vestida de una manera más o menos terráquea y con una mirada transparente directa a cámara, con un aspecto sexy y natural, más cercano a una chica de portada de alguna revista glamourosa que a los excéntricos looks que han decorado sus discos posteriores. Y profusión de colorines, como si fuera una pop-star al uso y publicara singles que alcanzan puestos de un dígito en las listas.
Bueno: estuvo a punto de ser así. Post (atentos al juego de palabras) fue el segundo LP de su carrera en solitario tras haber deslumbrado con Debut y el mundo esperaba grandes cosas de la islandesa y ella estaba en condición de ofrecerlas. Y si en su primer disco había contado con Nellee Hooper como productor aquí se había acercado (dicen las malas lenguas que mucho) a dos estrellas del firmamento vanguardista de la época: Tricky, factótum de la eclosión trip-hop y Goldie, de la escena drum'n'bass, tal era su ojo y tal era su sintonía con la más rabiosa actualidad. Y claro, el disco es, otra vez, excelente, casi más brillante que su primer disco pues todo se matiza más y se entrega de una forma más madura, despojada de las urgencias propias de los primeros discos (esos en los que los artistas suelen querer mostrarlo todo y a veces les pierde esa precipitación), e incluso diría que esa policromía de la portada trasciende a la música, que escapa un poco a esa producción levemente lo-fi de Debut y añade brillos. Por ejemplo, The Modern Things, canción oculta, casi agazapada, detalles de producción de los que enriquecen, o la íntima Possibly Maybe, producida por Scanner (uno de esos músicos de las vanguardias IDM que innovaba a cada paso que daba), con su aire naif. No tan  naif, por eso, como  It's oh so quiet , homenaje encubierto a sus orígenes jazz en forma de número de big-band. Post como disco no hace tantos guiños a la escena house como hizo Debut. Es un disco más maduro y más consciente del rango de figura del star-system alternativo al que Björk se había elevado merced a un itinerario de perfecto diseño. Contiene una de las mejores canciones de la carrera de la islandesa: Hyperballad  es definitoria desde su título hasta su desarrollo: un cruce de estilos que ahora podría ser que nos pareciera algo forzado, pero que aquí funciona. Añádase la épica de Isobel, crescendos de cuerda y aire sinuoso con más de una deuda a los devaneos lounge propios del momento y ya tenemos un disco esplendoroso, a pesar del arranque algo fallido que constituye  Army of Me
Y cómo evitar hablar de la Björk posterior. Aún armaría un par de excelentes discos antes de empezar a digerir mal eso de ser alguien a quien se le permitía todo. Grabó un disco (Medúlla) sin apenas intervención de instrumentos: solamente voces. Empezó a dar la espalda (cosa perfectamente disculpable) al público potencial de la escena pop, y empezó a creerse que su ejército de fans podía tolerar cualquier cosa, y a veces esa excentricidad puede dar sus frutos, claro. El problema es que la excentricidad no es un valor per se, sino una circunstancia que permite sorprender. Y me da que, en los últimos lustros, Björk la ha usado para encubrir cierto bloqueo de inspiración.
Pero puedo estar equivocado.

domingo, 24 de junio de 2018

Bruno Mars: 24K Magic (Álbum + Crónica del concierto en BCN del 20-06-18)

Año de publicación: 2016
Valoración: recomendable

Se ha hablado mucho en los últimos tiempos de Bruno Mars. Hay quien le sitúa en la línea musical de Stevie Wonder, hay quienes lo colocan como el sucesor de Prince, hay incluso quienes lo comparan con Michael Jackson (por favor, un respecto al rey del pop..., que ya somos mayorcitos para dejarnos encandilar por el primero que presenta ciertas tablas...). En cualquier caso, es indudable que estamos delante de un gran artista, aunque habrá que ver si la prometedora carrera musical que inició hace únicamente tres discos sigue evolucionando o se estanca. De momento, nada parece que limite su ascenso, sino al contrario.

Venía Bruno Mars de un primer disco («Doo-Wops & Hooligans») marcado especialmente por canciones pegadizas, marcadamente comerciales, baladas a ritmo medio, buscando un mercado claramente amplio. Su segundo álbum («Unorthodox Jukebox») ya iba más encaminado a melodías más cercanas a la música disco, con acompañamientos electrónicos, sintetizadores, aunque sin dejar de lado las baladas. Diríamos que un disco más maduro, aunque probablemente inferior en calidad al primero. Y llegó «24K Magic», con un Bruno Mars plenamente situado entre las estrellas del escenario musical mundial. Un ascenso meteórico, basado principalmente en su capacidad escenográfica y, claro está, su talento.

Entre todas las piezas del álbum, destacaría principalmente «24K Magic» que da entrada al álbum, empezando con una serie de coros modulados electrónicamente, que dan paso a una composición musical perfecta, potente, equilibradamente editada. Sonido limpio, pocos instrumentos, los justos para que la batería y el bajo pegue con fuerza, al ritmo de la voz de Bruno Mars y los sintetizadores que marcan la melodía de la canción. Rapeando durante gran parte de la canción, la potencia de la misma viene del estribillo, que nos devuelve a esa música sintetizada de los años 80, música disco a pleno rendimiento. A «24K Magic» le sigue «Chunky», canción con un ritmo a medio tempo, entonación, ritmo y calidez que recuerda mucho a Craig David, con esas pausas intencionadas que dan paso a casi susurros. Canción íntima, sensual, perfectamente acompañada por coros femeninos que acompañan el estribillo, alternando la parte vocal con la del propio Bruno.

Parte central del disco con melodías más suaves, más a ritmo lento, música más íntima, que en ocasiones puede recordar a las TLC en «That's what I like» o incluso, sí, va, lo reconozco, a Michael Jackson en «Versace on the floor». Porque no nos engañemos, esta es la gran canción del disco, es el gran homenaje de Bruno Mars al «Rey del Pop", una canción que en su tramo inicial bien podría ubicarse dentro de las grandes baladas del artista, con una voz limpia y casi tímida, suplicante, íntima y tristes. Pero no solo eso, también en su puente, con una voz algo forzada, que nos trae directamente recuerdos del gran Stevie Wonder.

Siguen tres canciones que pasan sin pena ni gloria, para acabar el álbum con «Too good to say goodbye», una buena balada final para cerrar el disco, con la voz de Bruno Mars acompañada de una batería suave, lejana, y, en ocasiones, un piano casi en solitario que permite que la voz de Bruno se sitúe en primer plano, cogiendo el protagonismo de la canción y que deja paso a un estribillo de coros que nos devuelve a los años sesenta y setenta de The supremes y la música negra coral.

Así, con este álbum, Bruno Mars hace un recorrido por la música pop y disco que le han marcado en su infancia, y nos recupera la sensación es de aquella música que fue, en gran parte la precursora de mucha de la música negra actual. 

Y claro, para poder valorar plenamente al artista, ¿qué mejor que verlo en directo? ¡Allá vamos!

Escenario: Estadi Olímpic Lluís Companys, Barcelona. 20 de junio de 2018. Hora de inicio 22h.


Bueno, decir hora de inicio 22h es algo aproximado, pues lamentablemente el concierto empieza con treinta minutos de retraso, unos treinta minutos que el público aguantó bien al principio, con DJ Rashida como telonera, pinchando música hip-hop y funk, amenizando la velada, pero que, al llegar a la media hora, el baile de la gente se convirtió en fuertes silbidos y abucheos. No empezaba muy bien el concierto, y parecía un presagio de lo que vendría después.

Y finalmente apareció Bruno Mars y, hay que reconocerlo, arrancó cómo se esperaba: música a todo volumen, efectos pirotécnicos que sorprendieron al público combinados con la música y una coreografía bien ejecutada, y efectos lumínicos que preparaban el escenario perfecto para el lucimiento del artista. Parte inicial del concierto donde el artista se movía a su gusto, con canciones que imprimían el ritmo que las almas que inundaban la pista reclamaban, con canciones como «Treasure» (con sus marcados ritmos funk), «24K Magic», «Chunky». Todo funcionaba a la perfección: inicio trepidante, Bruno Mars marcándose sus primeros pasos de baile, sonido bien equilibrado, músicos haciendo la coreografía, todo iba según lo esperado, llegando al momento álgido con «Versace on the floor» (con un público muy entregado) a la que le sigue una lograda «Marry you». 

Pero aquí aparecen los primeros síntomas de agotamiento de la fórmula: coreografía cada vez más ausente, los efectos pirotécnicos que ya no sorprendían, y Bruno que arranca con un «When I was your man» que empieza bien, pero que el alto volumen del teclado tapa su voz y estropea una muy buena canción, pues el piano se sobrepone a la voz del cantante y con ello eclipsa una estela que brillaba fuertemente hasta el momento. Y en lugar de corregir la situación, otro episodio que lastra más la actuación: Bruno presenta a los músicos, dejándoles espacio para los solos, y el teclista se anima a realizar uno de los solos de teclado más largos, interminables, caóticos y mal ejecutados que uno recuerda. Y claro, también hay un turno para el saxo, en este caso mucho más corto, pero totalmente insulso (y ya es difícil no emocionar con un saxo, y más si uno piensa en como lo toca Clemons de la e-street band, y no hablamos de Clarence, que ya era algo estelar, sino incluso de su sobrino Jake).

A partir de aquí, reaparece Bruno Mars para terminar con un trio de canciones que sirvieron para levantar otra vez el ánimo, pues hablamos de «Locked out of heaven» (con su entrada al estilo de The Police), «Love the way you are» (donde Bruno no encontró la octava de la canción hasta la segunda estrofa) y finalmente, sí, la gran «Uptown Funk» de Mark Ronson, la que probablemente es la mejor canción de la discografía de Bruno Mars, aunque esta vez sin apenas coreografía en el concierto. A pesar de eso, ahí sí, el público totalmente entregado, el colofón que les dejaría con un buen regusto final de concierto. Y poco más, no hubo más vises, no hubo más extras, no hubo más gestos.

En resumidas cuentas, el concierto se quedó en poco más que eso: parece como si la hora y media justita (sí, solo hora y media) de concierto, se le hiciera larga al artista, pues el concierto fue claramente de más a menos, solo salvado por un final donde el público recobró la conexión con el artista y vibró de nuevo al ritmo de su música y su baile. Parece como si el cambio de vestuario que el músico hizo hacia el tramo final (durante los solos de teclado y saxo) le hubieran dado una dosis de fuerza para acabar el concierto con un buen regusto. Y el resultado final es correcto, aunque no podemos olvidar las lagunas existentes y sería bueno que las corrigiera si quiere seguir atrayendo a los conciertos a aquellos fans que ya no se dejarán sorprender con lo mismo. Porque pasada la euforia del momento, y horas después de terminar, el concierto acaba dejando una sensación bastante fría, con un Bruno Mars que parecía no tener muchas ganas de buscar complicidades con el público (a excepción de momento en castellano en la canción «Calling all my lovelies» que resultaron forzadas y hasta incluso vergonzantes). 

Esperábamos mucho del show de Bruno Mars, y más aun teniendo en la retina grabada su actuación estelar en la Superbowl (según parece, la más reproducida en Youtube, que no es poco). Era difícil llegar a ese nivel, al menos de forma sostenida. Hubo algunas lagunas evidentes y motivos por los cuales no lo consiguió: falta de conexión, falta de sorpresas, voz y sonido con algunos fallos evidentes y falta de coreografía, pues en muchas ocasiones el cantante se quedaba solo en los bailes (sus acompañantes eran los músicos, y claro, es difícil hacer dos cosas a la vez y hacerlo con nivel alto). Faltaba impacto escénico y más recursos, no únicamente musicales sino como espectáculo; no ayudaba el escenario, plano, y sin pasarelas para acercarse a un público que lo hubiera agradecidoParece que los fuegos pirotécnicos iniciales fueron el prólogo de lo que vendría, una metáfora de un gran impacto al inicio, pero sin dejar poso. El concierto sorprendió más por los efectos que por la música, y el espectáculo, cuando se está al nivel al que se le supone al músico, no puede fallar en su parte principal: la música. Y es que centrar todo el espectáculo en torno a la figura de Bruno Mars puede lastrar mucho la actuación si no se acompaña de una buena coreografía, y creo que eso es, temas de sonido aparte, lo que el público más echó de menos.

Así, uno termina el concierto y, a pesar de haber disfrutado por momentos, se va del estadio pensando: «¿y se supone que Bruno Mars debe ser el nuevo rey del espectáculo?» Porque si esta es la intención y si se trata de hacer un buen show en solitario, mejor que hable con Robbie Williams que le contará cómo hacerlo.

domingo, 17 de junio de 2018

Reseña suicida: AC/DC: Highway to Hell

Año de publicación: 1979
Valoración: grotesco

Si el querido lector quiere hacerse una idea del interés que el heavy-metal me suscita, solo ha de echar un vistazo a las 80 reseñas previas de este blog.
Sin mencionar sus estilos extremos como el black metal. Me grabé el otro día haciendo gargarismos mientras la lavadora andaba en el ciclo de centrifugado y ahí había más música que en toda la discografía de Mayhem.
Pero hay que tocar todos los palos, dicen. Y qué hay más emblemático que AC/DC, posiblemente, junto a Iron Maiden, el icono del género. Unos vendedores de camisetas y de badges para chupas de cuero como éstos. Junto a los Ramones, adorados por los diseñadores del Zara o de H&M, que vieron en ellos la inspiración necesaria para cercenar el embotamiento a la hora de pensar en camisetas-de-niño-pequeño-que-demuestren-que-los-padres-son-gente-enrollada. Jamás tantos productores de tela negra de algodón tuvieron tanto que agradecer a tan pocos.
Situémonos. Qué mejor entorno para un título que el infierno y esas cosas. Qué mejor escenario cuando el heavy-metal tiene una finalidad primaria que es asustar e intimidar al oyente medio como vía de atracción del oyente joven. O puede que viceversa. A base de decibelios, para empezar. Y de iluminación y de pose personal. Cerveza en ristre, las hordas del género se pasean por los aledaños de las salas de conciertos y todos parecen ser de muy mal llevar. El aire satánico y las cruces invertidas. Wow. Quina por. 
AC/DC, o lo que queda de ellos después de que los excesos y el paso del tiempo hayan hecho mella en su formación original, son ya más un circo que otra cosa. Como los Rolling Stones y como cualquier grupo que se empeña en intentar irradiar energía adolescente décadas tras haber dejado de serlo. Eso se llama impostar. Se llama alargar las cosas y se llama repetirse.
Pero en 1979 el grupo debía estar en periodo de efervescencia creativa. ¿No? Y qué mejor ejemplo que el disco que se titula como su canción más conocida que, esto es la repanocha de la obviedad, abre el disco con ese riff tan emblemático que a su segunda repetición ya uno (el que la tenga) menea la melena al viento y se lanza a hacer acrobáticos saltos de air guitar (señores: hay concursos de éso- de verdad). Y ves al tipo ese, el de los pantalones y corbatín de colegial  (indumentaria cuyos motivos entran súbitamente en la Historia De Los Grandes Rockeros). Sí, el que en la portada luce cuernos y cola diabólica. Lanzándose arriba y abajo del escenario sacando la lengua ante el éxtasis de los fans, que suelen exigir más de lo mismo.
Pues el disco se acaba ahí. Ya está: dos riff, un ritmo seco de batería, y cuando entra la ¿voz? de Bon Scott (recuerdos a los primos) el disco ya lo ha dicho todo. Nos quedan unos cuantos gritos bastante molestos, mi parecer, y el estribillo, otro grito más para que los fans alarguen el espasmo. Decídmelo a mí. La primera vez que me puse este disco entero me dormí a la cuarta canción. Con auriculares. Me desperté pensando que era la quinta o la sexta (todas suenan igual) y resulta que el video de Youtube ya había saltado a una recopilación de grandes éxitos donde salían las mismas. Pruebo otra vez. Igual. Suficiente para un himno o suficiente para el himno de un subestilo o suficiente para que la gente en los conciertos ya genere sudoración en cantidad como para acudir al bar a por su Fanta Naranja. ¡Noooooo! ¡Quería decir cerveza! ¿Cómo pude equivocarme? Quede muy claro que AC/DC es a la música lo que Creepy es a Cien años de soledad. Una apuesta perfectamente válida de limitarse a la diversión inmediata y al disfrute efimero. Más allá de asustar a los padres o molestar a los vecinos, no se les puede exigir más.

domingo, 10 de junio de 2018

Family: Un soplo en el corazón

Año de publicación: 1993
Valoración: Imprescindible

Año 1993, Donostia, una fotografía borrosa tomada en la playa, dos nombres (Javier Aramburu e Iñaki Gametxogoikoetxea) y un disco inolvidable que, a la postre, sería el único disco del dúo. Y tal vez fuera mejor así porque me resulta difícil creer que hubieran podido hacer otro disco a la altura de "Un soplo en el corazón".

No me enrollo más. Decía que estamos en el año 1993. Son los albores del Donosti Sound y grupos como La Buena Vida o Le Mans ya andan haciendo sus pinitos por ahí. La melancolía y el "clasicismo" de su sonido y el tono naif de sus letras son sus principales señas de identidad. En en ese contexto en el que se publica este disco, llamado a ser uno de los discos fundamentales del "indie" en español. 

Desde luego que "Un soplo en el corazón" está emparentado con los primeros discos de La Buena Vida, de Le Mans o con los discos de Aventuras de Kirlian, pero hay alguna pequeña diferencia.

Para empezar, en "Un soplo en el corazón" los sintetizadores tienen un peso fundamental y llegan a imponerse por momentos a las guitarras que tanto abundan en el disco. De hecho, podríamos encuadrar este disco dentro de la categoría "tecno-pop" y sus influencias lo acercan más a discos de New Order o los Smiths que a los de los Beatles o los Beach Boys. Es, en ese sentido, un disco algo más "moderno" sin perder un ápice su carácter atemporal.

Además, las letras de Family, manteniendo ese toque naif, son mucho más poéticas. Su capacidad de sugerir imágenes es infinitamente mayor que la de otros grupos de su época y entorno. Cierto es que a estas alturas de la vida nos damos cuenta de que las letras, en ocasiones, bordean lo "cursi" o lo "ñoño", pero hay algo que las salva, algo en la voz de Aramburu (me recuerda tanto a un Morrisey sin el ego de Morrisey!) y en las elegantes melodías que hacen que no desentonen para nada en el conjunto. Ahí va algún ejemplo:
"Dibújame una noche llena de cohetes naranjas. Yo te daré las estrellas y tu las pintarás de plata. Píntalo todo de plata si nos vas a dejar"
"Volverá con su piel color membrillo bordeando en equilibrio toda la piscina por amor"
Si nos centramos en los 14 temas que componen el disco, hay algunos que son verdaderos himnos: "Nadadora", "El buen aviador", "Dame estrellas o limones" y, sobre todo, "Viaje a los sueños polares" son temas que creo que jamás me cansaré de escuchar y que deberían figurar en cualquier antología sobre el POP de los 90. Son canciones de apenas tres minutos, preciosas tanto en sus melodías como en sus letras. Vamos, la definición perfecta de la canción pop.

Pero no quiero centrarme en las canciones. Prefiero quedarme con el tono general del disco, con las sensaciones que trasmite y las imágenes que sugiere. En mi caso, siempre me devolverán a la adolescencia y "primera juventud", a las grises tardes de frío y lluvia en las que discos como este aún tenían la capacidad de hacerte reir, saltar o bailar, de detener el mundo y llevarte lejos, a sitios como "el fondo de ese mundo del que me has hablado tanto, paraíso de glaciares y de bosques polares, donde miedos y temores se convierten en paisajes de infinitos abedules de hermosura incomparable... DONDE SIEMPRE TE QUERRÉ".