domingo, 26 de enero de 2020

Tyler The Creator: IGOR


Año de publicación: 2019

Valoración: casi imprescindible

Habrá que ir reconociendo la enorme sombra que proyecta To Pimp A Butterfly como espejo en el que se han de reflejar los discos del futuro. Los de Kendrick Lamar, los de cualquier músico, y claro, obviamente, los de los músicos que discurren en estilos musicales afines. Oyendo algunos fragmentos de IGOR, sobre todo en la parte central del disco, y atendiendo algo a la estructura del disco, entendemos que Tyler Okonma, AKA Tyler The Creator, experimente esa influencia. Pocos discos proyectan hacia el futuro el qué y el cómo y el cuándo como la obra maestra de Lamar, y seguro que Tyler The Creator, más metido como está en esa escena en que le acompañan Frank Ocean o Kanye West (los días que libra de misa) no ha tenido problemas en mostrar su permeabilidad.
Los resultados quedan plasmados en este disco estratosférico. IGOR es un álbum a primeras extraño, como alienado por una producción extraña, unas transiciones entre canciones que pueden desorientar al oyente más pendiente de los detalles que por el flujo del disco, una estructura que reparte los detalles pop al inicio y acoge la parte experimental a partir del primer tercio del disco. Pero un álbum que crece enormemente con las escuchas, que reclama la atención del oyente de forma creciente, que obliga a prestarle tiempo y a veces esfuerzo, con lo cual las gratificaciones se suceden.
Aquí Tyler no se limita a rapear de forma gloriosa (en la segunda parte de la excelente GONE, GONE / THANK YOU ), también se atreve a cantar, aporta un tono extraño que a menudo es tratado (Blond, de Frank Ocean, deja su rastro), pero, curioso, los detalles más fascinantes de IGOR surgen en muchas ocasiones de las partes instrumentales. Sin un uso desaforado del sample, por eso. Aquí los sintetizadores campan a sus anchas, los arpegios de teclados varios, los pianos de connotaciones casi house aparecen aquí o allí, como lo hacen los coros, los detalles que amagan hacia el jazz, los sonidos a lo John Barry. Quiero decir: este es un disco que franquea barreras y hace explotar prejuicios, pero no hay que esperar que lo haga a la primera. El zumbido que abre IGOR'S THEME no es un presagio en lo sonoro: esa pose bombástica dejará paso a toda clase de experimentos que incluyen el casi deep house de I THINK (con ese ritmo vocal percusivo: four, stake), la balada galáctica RUNNIN' OUT OF TIME con sus extraordinarios juegos vocales, la algo más ortodoxa pero fascinante PUPPET, con sus cuerdas philly, todas ellas canciones casi enlazadas en lo sonoro y en lo espiritual por un guion que parece describir una especie de triángulo amoroso, una relación que avanza y se rompe, algo que justificaría el vaivén casi agotador al que el disco somete al oyente atento. 
En eso consiste: en impedir que el disco sea una mera banda sonora de fondo. Cualquiera que se enfrente a ese disco con los cinco sentidos, incluso comprendiendo el enorme entramado vocal que conforman sus canciones, cualquiera que se despoje de las preconcepciones, incluso de aquellas que atenazaban algunas de las primeras obras de su autor, va a disfrutar de lo lindo. Tyler ya roza la gloria.

domingo, 19 de enero de 2020

Propaganda: A secret wish


Año de publicación: 1985
Valoración: muy recomendable

Todo en la publicación de este disco representaba un gran presagio. Un grupo alemán cantando en inglés. Dos mujeres al frente y los dos clásicos tipos alemanes con aspecto de haber sido sacados de la Bauhaus y transportados en el tiempo.
El sello ZTT, de corto pero intenso fogonazo, aportando su toque estético y llenando la parafernalia visual del disco de aspectos arties a medio camino entre lo fascinante o lo pedante, con mensajes, vinieran a cuento o no, que arrastraban al oyente a la percepción de encontrarse ante algo único.
Propaganda disfrutaron de esos beneficios y, en lo sonoro, de la brillante producción del equipo relacionado con el sello, aquí es S.J.Lipson quien produce y aporta una barrera de sonido que aún hoy suena contemporánea. Estamos en 1985 y aquí ya suenan los Roland 808 a pleno rendimiento. La oleada synth-pop ya ha remitido pero los sintetizadores, las cajas de ritmo, los secuenciadores, dominan el sonido del grupo cediendo lo justo a la parte orgánica. Como si The Human League se hubieran trasladado a Berlín y hubieran fagocitado cine expresionista y bibliotecas de filosofía.
El disco se abre de la manera más alejada posible de los ámbitos pop. Dream within a dream es un extenso instrumental que parece un experimento de spoken-word, conducido por un fraseo de trompeta curiosamente ajustado.  Murder of love ya sitúa el disco en ámbitos más asequibles. Aquí las voces femeninas ya toman el mando y se percibe cierta calidez,  virtud extrapolable al disco en su conjunto: combinación de bases sintéticas de aires maquinales o hasta marciales contapesada por las voces femeninas, especialmente la de Claudia Brücken, que suena curiosamente comedida, casi dulce, llevando el peso de las canciones. Duel, uno de los hits extraidos, es un ejemplo paradigmático, con su video tan 80s y esa especie de ingenuidad romántica pre-caída del muro. p: Machinery, evidente guiño a Kraftwerk incluido en los ruidos iniciales y en ese ritmo trotón tan europeo, queda completada por Dr. Mabuse, obvio homenaje cultural que cierra el disco de forma apoteósica y triunfal. Ritmo sintético, cuerdas hasta el paroxismo, voces con tono épico. Sin llegar a ser un one-hit-wonder, hablamos de un disco sólido y homogéneo, algo se estropeó para que su carrera se truncara. Publicaron un segundo disco lánguido y blando, Claudia Brücken intentó con una carrera en solitario y nada más se supo. Siempre es mejor que ser carne de eterno revival, por eso.

domingo, 12 de enero de 2020

Interpol: Turn on the Bright Lights

Año de publicación: 2002
Valoración: casi imprescindible

Cuestiones previas, que intentaré sean breves, al análisis de este disco.

La cercanía del 11-S. El disco empieza a grabarse en noviembre de 2001 y contiene una canción, que se extraerá como single, llamada NYC, de la cual, justamente, se extrae la frase que le da título. Es una fase de renacimiento creativo de la ciudad que queda reflejada en discos como el de The Strokes y que Lizzy Goodman describe primorosamente en su libro. El sufrimiento, la tensión emocional, estimula la creatividad. ¿Alguien con ganas de rebatirlo?

Las influencias como espina dorsal en la evolución musical. Este disco es un ejemplo paradigmático. Es obvio que Interpol están influidos en el aspecto sonoro por Joy Division. Incuestionable como lo es el hecho de que saben mantener esa influencia en un terreno propio y no como plagio o como campo de abono. Dejad eso para ciertos mercados musicales secundarios - el español sería un ejemplo magnífico - que solo sabe nutrirse de remedos adaptados de cosas de fuera. Pero hacia adelante, también funciona: es obvio que The XX toman préstamos de este disco para su debut (abrir con un instrumental de título inocuo, la guitarra en primer plano), pero nadie diría, salvo por la oscuridad del sonido, que The XX sean un grupo lúgubre. También diría que el grupo no fue precisamente impermeable a la escena grunge, o a la audición del OK Computer de Radiohead. Ciertos arranques de intensidad así lo manifiestan, y el disco transmite más una tristeza rabiosa que depresiva. 

Cuestiones personales, claro. Que Turn on the Bright Lights, permitidme el juego de palabras, es un disco brillante y enormemente personal, el conjunto de una banda, esta un cuarteto, potente, decidida, consciente de su potencial y también de la oportunidad de su momento: Obstacle 1, con su video de ligeras influencias japonesas, muestra a cuatro tipos contundentes, confiados del material en que andan envueltos y de que el mundo les está mirando con buenos ojos. Esos juegos de guitarras, ahora sincopados, ahora a contrapelo, ahora recortadas, casi un staccato, ahora a plena potencia, manifiestan intenciones. PDA vuelve a mostrar ese nervio, quizás con aires vocales más marciales, no es que intenten parecerse a Ian Curtis. Se trata de la seriedad del mensaje, de plantarse ante el micro con convicción, y aunque  Hands away, con su prodigioso interludio instrumental, o ese remanso final, esa especie de epifanía que es Leif Erikson, parezcan pugnar por erigirse en ser su Decades, nada hace que estas canciones se tomen a broma. Interpol no es una banda de fans homenajeando, sino el resultado de una influencia bien digerida por una banda de músicos con buenos recursos técnicos. Interpreto que en algún momento se quiso establecer una especie de rivalidad entre bandas, con The Strokes, o incluso con The White Stripes como insólitos terceros en discordia. Menuda estupidez, y aunque, en los dos primeros casos, sus carreras posteriores han estado enormemente condicionadas por la sombra de sus primeros discos, sería un desperdicio de tiempo polemizar sobre ello. Obstacle 2, otra declaración de principios esto de numerar las canciones en los títulos de los discos (Arcade Fire seguirían con la tónica, no tardarían mucho) les muestra otra vez profundos, intensos, antes de que esos fueran términos sobreempleados. 
Turn on the Bright Lights gana con años y escuchas, por supuesto. Conforme nos alejamos de su encuadre en el angst post 11-S nos muestra con rotundidad su validez y su atemporalidad. Venga, nombradme cinco discos que aguanten tan bien el paso del tiempo.

domingo, 5 de enero de 2020

Oído en 2019

Señores, uno (yo lo hago) puede haberse mirado todo el montón de listas de mejores discos del año que vienen saliendo (en una loca carrera por ver quién la saca antes) a partir de la primera semana de diciembre. Pitchfork, Factmag, Jenesaispop, Stereogum, Rockdelux, NME.
Todas las que queráis.
Pero lo que acaba dilucidando esa duda es mucho más sencillo.
¿Sigues escuchando ese disco? ¿Pasados cuántos meses? ¿Has buscado más música del artista, si era nuevo para ti?
Normalmente, con la debida distancia de los discos que se amontonan, muy estratégicamente, como lanzamientos en el último trimestre de año, la respuesta designará sin demasiado margen de error.
Claro que uno ha oído a lo largo del año discos antiguos, a veces por la triste noticia de la muerte de su autor, a veces por puro placer, a veces por esa telaraña de referencias hacia arriba y abajo de los artistas de rigor, también, porque este blog obedece a su título y hemos procurado tomarnos pocas licencias, para llenar contenido e ir dando de baja a artistas eternamente pendientes.
A pesar de lo cual este blog sigue sin reseñar a los Beatles o a los Rolling Stones.
Qué poca vergüenza.

2019 ha sido, también en lo musical, un año dominado por las artistas femeninas. En este caso, solistas y con tendencia a cierta juventud que algunos habrán definido como insultante.
Respondiendo a las preguntas planteadas, innegablemente el disco del año es When We All Fall Sleep, Where Do We Go?, debut en formato largo de Billie Eilish, que ha cumplido los 18 hace unos pocos días, y ha cerrado el año convertida en una estrella global de dimensiones descomunales algo incómodas. Sus efectivas canciones se han vuelto omnipresentes en apenas nueve meses y, a pesar de esta saturación, todavía encuentro motivos para oír su disco, un disco glorioso que va a suponer un enorme obstáculo a superar (el único tema nuevo que ha publicado desde entonces es un algo soso experimento de deep house), pero de momento ha conseguido una relativa unanimidad. Eso sí, viendo sus entrevistas, sus declaraciones, el matiz de angustia generacional que desprendían discos, vídeos, imágenes, parece haber remitido y Eilish ya no parece una adolescente a punto de tirarse por la ventana si no se le hace caso. Su disco ha recuperado, a nivel masivo, la figura del álbum como historia explicada y está lleno de excelentes canciones, aunque algunas lo sean sobre todo gracias a una producción imaginativa y resplandeciente, lo ha hecho a costa, signo de los tiempos, de mezclar diferentes estilos y multitud de influencias e incluso ha servido para que cada uno tenga su selección de temas favoritos (incluyendo algunos de su etapa anterior, como la excelsa idontwannabeyouanymore, puro pop que ya empezaba a superar el cliché de pop-de-dormitorio-que-imita-a -Lana-Del-Rey), por lo que, y con el lógico temor a los efectos de la sobreexposición, ahí lo tienes, Billie. 

Grandes discos los de FKA twigs, también parco (40 minutos) en minutaje, con fuerte peso de lo electrónico y cierta propensión a la inflamación emocional (cuestión que algunos no han tenido reparo en recriminar), que al haberse publicado en noviembre aún cuenta con el factor sorpresa a su favor o Titanic rising, de Weyes Blood, otra solista femenina que me ha sorprendido con su juego de melodías clásicas con veladura electrónica. Tres discos sobresalientes.

Vampire Weekend rompieron el hielo creado por su anterior obra maestra publicando Father of the Bride, disco divertido con aspectos discutibles (¿qué hacen esos tipos haciendo country?) pero disfrutable si uno hace un uso sabio del skip.

Y lamento decir que el disco de James Blake ha acabado resultando una relativa decepción. A este hombre parece sentarle mejor la tristeza. 

Para el 2020 esperemos que Kendrick Lamar o Frank Ocean (rodeado del misterio habitual, los dos teóricos adelantos de su próximo disco me han parecido algo faltos de músculo) se decidan a aportar algo y compensar los prolíficos desvaríos de Kanye West, que parece estar a punto de ingresar en algún culto donde le dejen salir para continuar embarazando a Kim Kardashian.

Jamás hubiera dicho que yo acabase un artículo así.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Serge Gainsbourg: Histoire de Melody Nelson

Año de publicación: 1971
Valoración: imprescindible

Serge Gainsbourg es un mito. No un mito cutre de esos que se arrastran por los canales de TV esperando que la gente les recuerde los viejos tiempos. Aunque ya murió hace bastantes años, dudo que hubiera entrado en esa dinámica. Era más bien una especie de cruce improbable entre Scott Walker y Jacques Brel, el típico artista que sin ser esquivo siempre resulta chocante. De aspecto más bien desastrado, parecía el tipo que huele tenuemente a tabaco y no sabe ponerse un traje sin aflojarse ligeramente la corbata.
De su pasado de crooner incrustado en el movimiento de la chanson queda poco en este disco. Histoire de Melody Nelson es, desde la portada con pose provocativa de Jane Birkin (entonces su pareja, también había estado saliendo con Brigitte Bardot) un disco de tendencia voluptuosa, aire perverso y mensaje un poco incómodo, especialmente si uno desmenuza esa historia que lo recorre (años 70, álbum conceptual) que bordea mitos como Lolita o Pigmalión. Conocer el historial del artista puede influir en esa apreciación.
Pero, ay, esto es un blog sobre música, y la que contiene este disco es, recordemos el año en que este disco se publica, simplemente celestial, gloriosamente ejecutada, producida y grabada, un enorme paso adelante que proyecta la música de autor hacia terrenos insospechados. Ya no había que recurrir al mito del cantante, la guitarra o el piano. Gainsbourg tantea lugares poco comunes. El disco apenas dura media hora y contiene siete canciones: como huyendo del estereotipo radiable, huyen de lo convencional: dos temas de casi ocho minutos abren y cierran el disco, con ritmo idéntico y estructura similar, el que abre el disco dominado por las cuerdas, el que lo cierra por unos coros que suenan casi lúgubres. La guitarra, tenaz en el canal derecho del audio, ejecuta todo tipo de efectos, pura psicodelia con fuzz, riff, feedback. Un enorme placer difícil de describir: Gainsbourg frasea con su voz afectada, supongo, por los Gitanes sin buscar encuadre con la melodía, todo suena enormemente libre, casi improvisado, a medida que las escuchas avanzan podemos solazarnos en ese bajo ligeramente agudo, y, claro, las cuerdas, que tardan en irrumpir y lo hacen de forma tenue, pero que acaban acaparando la apertura del disco. La grabación es gloriosa y parece simplemente mentira que hablemos de casi 50 años. Es un sonido decidido, transparente, que juguetea con melodías en tres breves piezas, menos de dos minutos cada una, Ballade de Melody Nelson delata de dónde Air extrajeron ideas para las canciones más orgánicas de Moon Safari, Valse de Melody nos muestra a un Gainsbourg más cantante, aquí sí acompañando las notas e inflexionando. Las cuerdas aparecen a destajo, también en el canal derecho, pocos artistas habían apostado por esa fusión tan abierta: violines clásicos acompañando a guitarra que amaga hacia la distorsión. En un mundo devorado por el pop anglosajón solo artistas como Nick Drake se habían acercado a esas combinaciones. El resto eran cantautores trasnochados a la búsqueda del alcance de mercados.
Gainsbourg planta este disco, breve, difícil, voluptuoso, perturbador, como si fuera la banda sonora de una película de Godard o la transcripción sonora de una novela de Vian. Contemporáneo a rabiar.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Jon Brion


Valoración: imprescindible


Hoy no vamos a presentaros un disco, sino un artista. Uno de esos artistas que pasa desapercibido a las grandes masas, a los charts, a las giras multitudinarias, a las entregas de premios y sus galas correspondientes.
Un artista de cuya obra cuesta destacar algo en concreto, pues ha sido variada, dispersa en discos propios, colaboraciones, producciones, siempre 
Empecemos por las referencias. Jon Brion, nacido en New Jersey en 1963 ha colaborado o tenido que ver con, y seguro que esta lista es una mínima representación de su alcance en su extensa carrera: Kanye West, Paul Thomas Anderson, Michel Gondry, Aimee Mann, Fiona Apple, Elliott Smith...
La lista es ecléctica, sí, e incluye tanto músicos como gente relacionada con el cine. Jon Brion ha compuesto muchas bandas sonoras incluyendo tanto material propio como ajeno. Ha recurrido a la vanguardia tanto como ha coqueteado con el clasicismo. No ha permitido limitación alguna en su creatividad. Sí, su tono de voz, sus melodías, ha optado a menudo por las melodías y armonías de aires melancólicos, pero ha coqueteado con aires pop, rock, jazzies, clásicos, destacándose siempre por suntuosos arreglos o espartanas tomas, pero siempre adecuadas a su capacidad de transmitir. En su banda sonora para Punchdrunk love lo demuestra de forma magistral, su banda sonora para Eternal Sunshine of The Spotless Mind está también plagada de momentos introspectivos, de delicadas melodías de piano y cuerda que sintetizan perfectamente la sensación frágil y levemente surrealista de las imágenes que acompañan. Magnolia combina composiciones prácticamente clásicas con destellos de pop de cámara gracias a la colaboración con Aimee Mann en canciones como la versión de One. Fascinante la fijación de Brion con las combinaciones de cuerdas e instrumentos de viento de madera, siempre con sonidos cálidos e íntimos o su capacidad para ejecutar clásicos instantáneos como Little Person, que parece extraída de una selección de torch-songs de los 50. Brion, desconocido para el gran público, es capaz de mostrarse ligeramente esquivo junto a Elliott Smith o Brad Mehldau como si todos esos hallazgos sonoros acumulados en su obra le fueran ajenos y entregar piezas de genialidad en forma de miniaturas como hace en Elephant Parade. Brion se ha prodigado en algunos momentos en solitario, cantando un pop ligeramente reminiscente de iconografía clásica (Beatles era Sgt, Peppers, Beach Boys), pero la esencia de su obra está en el trabajo de orferbrería contenido en esas bandas sonoras, en los jugueteos melódicos que las atraviesan, en la diversidad y riqueza de sus arreglos, en los ambientes visuales que complementan.

domingo, 15 de diciembre de 2019

VVAA: HELP

Año de publicación:  1995
Valoración: muy recomendable

Última década del siglo o el milenio pasado. Los 90. La industria musical vive una década esplendorosa: la generación que compraba vinilos en los 70 los sustituye ahora por CDs a 20 euros la unidad. Las corrientes musicales se multiplican: aún no nos hemos repuesto de la explosión de la electrónica y ya tenemos, solamente en las islas británicas, brit-pop, drum'n'bass y trip-hop, mientras en el otro lado del Atlántico el rap (cuando dejan de darse tiros entre ellos) también avanza, el r'n'b avanza y el grunge tiene recorrido todavía.
Ah: y no había llegado eso de la piratería.
Casi me olvidaba.
Lógico, entonces, que en un mercado que absorbía lo que le echaran, un público con cash disponible para que te colocaran cualquier cosa (de esto hablaremos algún día aquí) la tentación de los discos con fines benéficos era, sencillamente, demasiado poderosa. Músicos que podían mejorar su imagen, discográficas que podían enriquecer su catálogo, oyentes que se iban a casa satisfechos por la obra realizada y por la posibilidad futura de alardear de esas piezas que completaban el catálogo de sus héroes musicales.
Help fue organizado por War Child, una organización que recaudaba fondos para los huérfanos del conflicto de los Balcanes. Es, desde luego, un portentoso esfuerzo el reunir las figuras que reunieron, prácticamente un Who's who de quien dominaba el cotarro en ese momento, y aunque las aportaciones fueran heterogéneas, tras su loable finalidad esconde magnífica música que no siempre parece un pretexto de salida de alguna versión o un descarte. Aparte del logro de juntar a Oasis y Blur en un mismo disco (eso sí, Oasis abren el disco y la canción de Blur está casi al final), en plena guerra, uh, del brit-pop. Aparte de ellos, obvias elecciones que podían representar un fuerte tirón en las ventas del disco, Help contiene muy buena música: Adnan, posteriormente incluída en Insides, muestra unos Orbital alejados del acid, más reflexivos e incluso haciendo guiños a la IDM de grupos como Black Dog Productions o Plaid. Andrew Weatherall adopta nueva guisa en Message To Crommie, extraordinaria fusión del sonido cósmico de Haunted Dancehall con una especie de pop-dub humeante, como siempre. Los KLF resucitan para rendir tributo a un clásico en The Magnificent, Massive Attack y Portishead contribuyen, estos últimos tan parcos en publicación, aportan incluso una canción inédita con Mourning Air (con sus medias, nueve meses de trabajo), y las contribuciones de las clásicas bandas de la escena de Manchester, como los Stone Roses, quedan completadas con tres deliciosas versiones incluidas en el disco, que lo elevan, casi, a la categoría de clásico imprescindible. Suede aportan personalidad y tensión dramática a la adecuada inclusión de Shipbuilding, los Manic Street Preachers recurren al inagotable cancionero de Burt Bacharach en
Raindrops Keep Falling On My Head, al que le dan la correspondiente capa de dureza post-post-punk, y Terry Hall, ex Specials, se tira a la piscina en plan crooner para la deliciosa versión de la entrañable Dream A Little Dream.
En fin: no muy lejos de aquí la gente se pone trascendente ante el micrófono para entregar nauseabundos discos para maratones televisivas. En Help tenéis excelente música para otra buena causa. Uno, ya que paga, exige.