domingo, 19 de mayo de 2019

Keane: Hopes and fears

Año de publicación: 2004
Valoración: bastante recomendable

Consulto las listas de los mejores discos del año 2004 (lo que tiene la Red) y parece ser un año, digamos, de transición en lo que a lo de la historia de la música concierne. Cierta unanimidad en la inclusión de operas primas de dos artistas que han tenido notables recorridos posteriores - y que hemos seguido aquí - como son Arcade Fire y Kanye West, alguna puntual acumulación de bandas del post-indie, post-todo británico como Franz Ferdinand, Interpol o Kasabian, el disco de Madvillain, todo eso, configurando una especie de panorama disperso en el que la industria, sin una corriente definida (la electrónica como género imperante empezaba a dar unos contradictorios signos de agotamiento creativo/penetración definitiva como soporte en otros géneros) y el r'n'b todavía no eclosionaba como futuro magma acaparador. Del brit-pop, del trip-hop,  nadie se acordaba.
En algunas de esas listas, en lugares no demasiado destacados, pero sí curiosamente en esas metalistas que las resumen todas, aparece este disco.
Keane (supongo, nombre procedente del mito del Manchester), surge en ese momento y aportan un sonido bastante reconocible a primeras (cuadrarán las fechas si los relaciono con esa corriente de rock levemente entristecido y épico que mama a partes iguales de U2, algunas canciones de Radiohead o ese esperpento aburrido que iba a ser Coldplay), si bien se atreven con una premisa (si la imagen de la portada del disco fuera de mejor resolución apreciaríais el detalle en la orla que rodea al nombre del grupo) bastante chocante y emblemática: el grupo no usa guitarras (sí bajo), y su sonido básico es teclado+batería+voz. Abandonan tan radical posición a partir del tercer disco, leo. Cómo voy a etiquetarlos, entonces, como rock, sin el símbolo fálico por antonomasia del tipo agarrado al mástil. 
Hopes and fears no es un álbum propio de one-hit-wonders. Tiene un puñado de buenas canciones aunque no vayan a cambiar la vida a quien las oiga. Curiosamente, mi preferida, Sunshine(que podría colar en cualquier disco de Tears for Fears) no resulta ser una de las más renombradas, y obviamente no fue elegida como single, con sus juegos de teclados y sus curiosas armonías vocales, obra de Tom Chaplin, vocalista de intenciones contenidas y con cara de ser buen yerno, que resultan tenuemente fascinantes si uno no se pone demasiado exigente. El álbum contiene su pequeño y modesto clásico, Everybody's Changing, esa canción tarareable y asequible que la hace, con el paso del tiempo, asimilable como carne de abyectas emisoras de radio con DJ's dormitando al ralentí, y otras piezas de arranques contundentes y abonadas a que la masa entusiasta las cante a pleno pulmón (brillantes singles, Somewhere Only We Know, This Is The Last Time), representantes idóneos del aire del disco y complementadas por canciones de estructura parecida, de tonos amables, a veces trascendentes, a veces más ligeros, sin que uno ni otra opción hastíen al oyente o lo eleven demasiado. Un disco correcto, que incluso con la actitud adecuada puede procurar placer al oyente, hasta transportarlo a otro mundo, tal es el poder puntual de estas canciones de estructuras sencillas, sonido levemente estridente, aires, insisto, coincidentes con cierto sonido (algún tema menor arranca con el mismo fraseo de piano de New year's day y creo que en una edición "de luxe" de este disco acometen una versión de, argh, With or without you) promedio de esa época en que la industria empezaba a absorber y a prever lo que se venía encima: pirateo, descargas, streaming. 
2004 y aquello empezaba a atisbarse como un panorama que era la nueva realidad. Keane publicó algunos discos después, que no me ha interesado gran cosa escuchar, parece que se separaron y regresaron y hubo algún abandono. 

domingo, 12 de mayo de 2019

Vampire Weekend: Father of the Bride


Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Seis años después del colosal Modern Vampires of the City, las incógnitas sobre el futuro de la banda y la publicación de este disco eran, como mínimo, justificadas, sobre todo cuando uno de los factótum de su sonido, el guitarrista Rostam Batmanglij había dejado de ser miembro estable de la banda, cuestión algo ambigua que poco bueno hacía presagiar.
Con lo cual Ezra Koenig parece haberse decidido a dar un paso al frente, un paso contundente si hemos de valorarlo en función de su aportación casi acaparadora a este disco.
Disco que se presenta como doble (supongo que en la era del streaming esa condición se manifiesta a través de las prohibitivas y elitistas ediciones en vinilo que tanto gustan a los soplagaitas que se compran los discos para mirarlos en vez de escucharlos), pero en cualquier caso 18 canciones reales - no interludios, no cortes que son cuatro frases sin una sola nota - cuya duración total no llega a los 60 minutos. Lo que nos aporta un promedio de menos de 3 minutos y medio por canción, promedio que definiríamos como la duraciòn idónea para el  pop radiable y, por qué no, una muy razonable marca para acumular audiciones en streaming (glups, dos veces que sale la palabrita de marras en esta reseña), cosa que parece empezar a abocarse, aparte de los conciertos, como principal vía de ingresos de cualquiera que piense en dedicarse a la música.
Dije "pop". Pues parece que Vampire Weekend se ajuste mejor a esa etiqueta que a cualquier otra y 18 canciones permiten que prácticamente cada oyente encuentre algo de su gusto, incluso añadiría que, en mi caso, cada escucha ha ido revelando algún detalle en alguna canción diferente a la anterior. Hoy en día, es difícil que de la manera en que se escucha la música uno disponga de la paciencia o incluso el tiempo para no caer en la tentación del skip. En su primera audición, el disco me decepcionó un poco: lo aprecié, con el retorno a las intros marcadas por los punteos de guitarra, como una especie de involución, un regreso a los dos primeros discos. Aunque el tema inicial, dueto algo solemne con Danielle Haim, parecía evocar el tono íntimo que manifestaba en su conjunto su anterior disco, algo en ese comienzo de disco (la presencia de una voz invitada, el tono escorado hacia el country) me chirría un poco. El cambio es diametral en el segundo tema,  Harmony Hall, que parece una declaración vital de principios, aderezada con puro sonido Madchester -esos pianos percusivos a lo Happy Mondays, uno de los temas más extensos del disco, cinco minutos de cambios de ritmo a medio caballo entre lo íntimo y lo festivo. Y a partir de ahí ya no pararemos: el disco se adentra en un variado viaje donde ninguna canción sobra (cosa que podía pasar en algún disco anterior) y todas van desvelando con las sucesivas escuchas sus matices y sus atractivos. No es un atractivo inmediato, no hay aquí tonalidades épicas como las de Step o Hannah Hunt, pero si hay sustanciales logros que harían que este fuera un disco perfecto si tuviera diez o doce canciones... cuya selección cambiaría prácticamente en cada caso dependiendo a quién preguntáramos. Diría que Harmony HallUnbearably White (con sus efectos sonoros, sus cuerdas en tensión y sus capas de sonido ligeramente apocalípticas), This Life (sonido puro del grupo con juegos de guitarras casi constantes entre estribillos eufóricos) My Mistake (balada de aires jazzies y un tono confesional que atrae el disco hacia los aires neoyorquinos después de varios paseos por California), o Married in a gold rush (otro dueto con Danielle Haim, esta más animada que el inicio y más cargada de cuerdas), serían las tres casi seguras componentes de una selección perfecta. Pero no podemos dejarnos los aires marcianos del dúo Sunflower/Flower moon, que parecen bromas psicodélicas pero que esconden una firme voluntad experimental. O las tonalidades íntimas de 2021, How long, Big Blue, los aires festivos de Sympathy (que mezcla house, palmas de rumba y caos sonoro a lo Animal Collective), la orfebrería de Bambina, o la melancolía de Spring Snow, previa al broche con que se cierra, de forma íntima otra vez, el disco.
Entonces, si he mencionado como una docena de canciones a destacar, ¿por qué no imprescindible?. Pues quizás un planteamiento algo caprichoso. No me acaba de cuadrar basar un disco importante (tras seis años) en las colaboraciones, cuando éstas no habían sido visibles en sus anteriores trabajos. Cuando el disco se escora hacia ellas (los tres duetos con Danielle Haim) el sonido toma un aire country que resulta chocante en unos señores tan neoyorquinos. También le faltan temas de los que impactaban de forma inmediata en sus discos anteriores. Pero es posible, lo es, que si descartamos esas exigencias personales y caprichosas, si aplicamos lógica y promedios, este sea en su conjunto el mejor disco del grupo. Mira por dónde. Vampire Weekend puede que no tengan la arrogancia o la intención de convertirse en una banda de repercusión mundial o en el grupo favorito de una generación o una parte sustancial de ésta. Creo que se conforman con ser una apuesta musical sólida y coherente, sin pretender arrastrar a las masas o enloquecer a fans de esos que se forran carpetas y se gastan un dineral en goodies. Como Metronomy, por ejemplo, o los Talking Heads en su día. Músicos entusiasmados con su trabajo que no pretenden quebrantar la existencia de quienes escuchan sus canciones. Bravo por ellos.

domingo, 5 de mayo de 2019

New Order: Technique


Año de publicación: 1989
Valoración: muy recomendable

Si todas las grandes bandas de la historia tienen que cargar con algún estigma el de New Order es prístinamente claro. Demostrar que como banda (y aún con un cambio de nombre y una reestructuración) eran capaces de hacer olvidar el brillante (brillante por oscuro, me refiero) pasado que el suicidio de Ian Curtis cercenó (terrible palabra) para siempre. Y Technique es el primer disco que corta con contundencia con ese legado. Aunque haya pasado ya un tiempo y varios discos, perdonad si os digo que este es el primer disco del grupo en el que ninguna canción cuadraría con la voz de Curtis incorporada. Todos los anteriores siempre habían tenido algún rincón habilitado para algún detalle siniestro o brumoso. Technique es, desde su portada, un disco colorido, vitalista y me arriesgaría a decir que casi optimista.
He leído hace muy poco que Peter Hook, bajista de la banda (aquel que dejaba ceder la correa hasta tocar el bajo prácticamente agachado, en una pose entre agresiva y grotesca) deshabilitaba el mito de este LP como el disco ibicenco de la banda y limitaba el inicio lisérgico de Fine Time a las aportaciones de inspiración balear. La banda se presenta en el estudio de Ibiza con el material prácticamente terminado y dedican esa estancia en la isla a los excesos. Bien. Lo siento, sean bienvenidos cuando el material es de este calibre. A pesar de lo cual, Technique a veces me resulta un disco algo polarizado. Como si hubiera que establecer un equilibrio entre los números más escorados hacia el sonido clásico de la banda en sus álbumes (medio tiempo, guitarras, bajo trazando arabescos por debajo) y aquel que parecía borbotear en sus clásicos 12 pulgadas, más orientado a la experimentación, al baile y a la electrónica.
Parece que no pueda reseñarse un disco de New Order sin mencionar Blue Monday.
Pero ello no significa que no haya joyas aquí, y es muy posible que, aunque el disco se reparta en esas curiosas mitades, todas las canciones puedan ser consideradas maravillas. Tómese, por ejemplo, la excelsa Round and Round, video adelantado a su tiempo, teclados imparables, línea de bajo secuenciada, extraordinaria en cualquiera de sus diversas versiones - 1989, la fiebre de los remixes empieza a florecer y los de esta canción son soberbios -, con su alarde vocal y su exuberante arranque y desarrollo. O Guilty Partner, con Sumner demostrando que ya ha pulido los límites de expresividad de sus recursos vocales. La tensión de la muy convenientemente titulada Mr Disco remite más a Detroit que a Manchester decanta el disco hacia un sonido más electrónico, sensación que se acrecenta con los vientos sintéticos de Vanishing Point, largo desarrollo instrumental inicial y esa curiosa dicción casi solemne, esa especie de paradoja entre el sonido luminoso y una cierta declamación trascendente sin querer serlo. El cierre, gloriosa Dream Attack, parece unificar los dos sonidos que han ido coqueteando en el disco sin llegar a fusionarse. Claro que puede ejemplificar la quintaesencia de una banda decantada entre una fidelidad a un sonido y un impulso innovador resultado del bullicioso entorno en que la realidad musical empezaba a sumergirse. Ello puede que afecte, insisto, a la percepción del disco como unidad y no como colección de canciones. Pero no hace que los resultados sean menos brillantes.
Por cierto: el último LP del grupo en publicarse en Factory.

domingo, 28 de abril de 2019

Talking Heads: Remain in Light

Año de publicación: 1980
Valoración: imprescindible

Dice la historia, y no voy a contradecirla, que el germen de Remain in light ya está en I zimbra, nervioso inicio del álbum anterior del grupo, con sus convulsiones y su lenguaje inventado pretendidamente africanoide, y en el experimento que Brian Eno, productor de la banda y David Byrne, líder, habían organizado en ese protodisco de la World Music llamado Life in the bush of ghosts.
Benditos sean esos orígenes, en cualquier caso, si hacen que este disco sea la joya incontestable que resulta ser, un auténtico patadón hacia adelante en el ámbito de la música, sea popular, contemporánea, rock, experimental, y una referencia de la que beben tantos y tantos artistas, porque a ver quién va a negar la influencia de estos sonidos en Franz Ferdinand, en Vampire Weekend, en The Knife, en LCD Soundsystem,  en tantos de esos grupos que han experimentando blanqueando el funk, poniendo algo de influencia tribal, usando coros en tonos casi paganamente ceremoniales.
Poco importa que luego David Byrne se nos despistara un poco y se pasara de frenada en lo de visitar el mundo a la búsqueda de gemas escondidas (y en medio de todo ello se cargara a la banda en uno de esos finales sin final del cual me gustaría conocer los detalles).
Y este es el disco definitivo de la banda que tomaría un camino más exitoso, más comercial quizás, a partir de ahí, como una inflexión a la que repercusión y presión industrial obligarían, o el enorme impacto de Stop making sense, documental y directo descollantes, vuelta de tuerca en algo que pareció virar, y la MTV tendría que ver lo suyo, en una especie de autoparodia.
Por eso la virtud principal de Remain in light es su pureza conceptual. Excepto la celebérrima Once in a lifetime, todas las canciones del disco se elevaron a la categoría de clásico exclusivamente por sus virtudes innovadoras. desde el bajo neumático de Born Under Punches (The Heat Goes On) hasta la alegoría mística  con regusto ecologista Listening Wind, el reverso de la acelerada Cities de Fear of music,  el álbum es un portentoso y cohesionado catálogo que, cuatro décadas más tarde, aún resulta arriesgado, osado, como si entonces la banda hubiera decidido enterrar definitivamente el concepto de new-wave, el concepto de art-rock. como si abandonara simbólicamente la estética de camisa de cuadros y se decidiera por cualquier otra cosa, quizás las enormes chaquetas que Byrne lucía en los conciertos, quizás la guayabera que a más de uno se le indigestó.
Claro que en esta aventura las colaboraciones pesaron lo suyo: la banda se apoyó en la producción de Brian Eno (quizás algún día haya justicia para el papel de Brian Eno en la música de las últimas décadas), y, debido a la densidad sonora de la música concebida, se optó por la incorporación de reputados colaboradores como Adrian Belew (King Crimson ) o el trompetista Jon Hassell.
El resultado luce: una música compleja, hipnótica, con una pulsación a la vez atractiva e incómoda, una sensación que muchos músicos han intentado recrear desde entonces. Este es el original.

domingo, 21 de abril de 2019

Marvin Gaye: What's Going On


Año de publicación: 1971
Valoración: casi imprescindible

¿Pero ibas a solventar este "icono" con un roñoso "muy recomendable"?

Pues me la iba a jugar. Este es un disco magnífico, sí, un poco rácano en duración (no llega a los 35 minutos, pero estamos en 1971, no hacía rellenar una rodaja de plástico con cualquier cosa que sonara), pero al final, quizás un disco más importante en cuanto a su mensaje social que en lo que es estrictamente musical o sonoro. Y no me importaría iniciar un debate sobre lo que es sustancial en la música si pasamos a defender las canciones o incluso si pretendemos considerarlas literatura. Ya hay por ahí algún otro blog que se dedica a eso y, ya que me da por firmar las reseñas, aceptaré que no soy precisamente un entusiasta de Bob Dylan y en su faceta estrictamente musical (con alguna excepción honrosa como la soberbia Hurricane) , nunca me ha parecido un artista ni interesante ni innovador.
Esto iba al hilo de que se suele considerar What's going on como un hito de la música soul ya que es el primer álbum masivo de este estilo que abandona el trillado camino de las letras con referencias a las relaciones personales y expone una problemática social y política, aprovechando la coyuntura para hablar de ecología, de la guerra de Vietnam, de las injusticias sociales. Gaye, orgulloso desde esa portada con mirada firme y decidida, serena también, como si fuera un músico que fuera a apuntarse a las black panthers, contaba con la experiencia de su hermano, tres años en Vietnam, y ya era un músico reputado y poderoso publicando para la Tamla Motown de Berry Gordy, con cuya hermana Anna había estado casado. Tenía serios problemas con la cocaína, ya entonces. Problemas no ajenos al episodio en el que en 1984, su propio padre, un predicador, le mató a disparos, haciendo que se integrara en la nutrida lista de estrellas de color fallecidas en circunstancias turbias o no demasiado naturales, acompañando en consecuencia a Jimi Hendrix, Sam Cooke, Otis Redding, Tupac Shakur, Michael Jackson o Prince.
La música. El disco parece concebido como una suite donde, especialmente los cinco temas de la primera cara comparten prácticamente un ritmo constante, un mid tempo y decidido marcado por percusión y un bajo portentoso, con algo que parecía más un suave funk prominente que el clásico soul caracterizado por la bipolaridad sonora (el que combinaba destellos rítmicos y baladas lacrimógenas), aderezado, ahí sí que hay que quitarse el sombrero, por unas cuerdas y unos coros que deberían, si hubiera justicia en este mundo, haber cobrado royalties de toda la generación lounge habida y por haber. La combinación de esos factores procura un colchón para las reivindicaciones de Gaye, y las seis canciones de la primera cara conjugan, con sus elegantes parones y aceleraciones, lo que parece constituirse en una especie de suite que arranca con dos preguntas (qué está pasando, qué sucede, hermano ) y se lanza a un fascinante viaje que habla de salvar a los niños, de espiritualidad, de ecología, en el que nos adentramos desde el momento en que un saxo salvaje se abre paso entre el rumor de la multitud, un glorioso inicio que algún estúpido ejecutivo se ha permitido cercenar en ediciones posteriores de homenaje al disco. Esas seis canciones, con sus ambiciosos arreglos, las respuestas de los coros, que amagan una agresividad algo contenida, convierten esa primera cara en un emblema, en una reivindicación de que el soul no se contentaba con restringirse a la recreación del dolor, del acatamiento de la represión: esta es música que levanta la voz y alza el puño.
Obviamente, y ello pesa en la valoración del disco, la cara B se resiente del poderoso influjo de la suite inicial, y solo cuando ese ritmo amaga con reaparecer, en Inner City Blues Make Me Wanna Holler, parecemos recuperar algo del espíritu de innovación sonora del disco.

domingo, 14 de abril de 2019

Billie Eilish: When We All Fall Sleep, Where Do We Go?

Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable, pero posiblemente imprescindible

Billie Eilish tiene, a fecha de redactar esta reseña, 17 años. Y este es su primer disco grande, pero lleva ya tres años (echemos la resta: 14) colocando sus canciones en todos esos canales alternativos que tanto nos desorientan a los que aún pensamos que la música está en las tiendas, sobre todo. Pero no temáis: ni ha salido de la factoría Disney ni ha empezado su carrera haciendo canciones irritantes de diva precoz. O sea, opino que hay que tomarla muy en serio. Y en este disco de largo y extraño título e inquietante portada muestra sus influencias y casi humilla a algunas de ellas. E influencias, manifiestas, voluntarias o no, las hay a patadas, tan a patadas que su mezcolanza consigue erigirse en algo propio, original, quizás decir único sea ya exagerar.
When We All Fall Sleep, Where Do We Go? toma su título de una de las estrofas de uno de sus singles, la inquietante bury a friend. He dicho singles porque es, en el momento en que escribo esta reseña, una de las canciones que cuenta con un soporte visual, no siempre agradable (Chris Cunningham sería otra influencia), pero otro punto fuerte de todo el despliegue promocional que Eilish ha creado o conseguido u orquestado. Que no tiene que hacernos olvidar lo real. este disco es descomunal, inmediato, y, ya iba tocando decirlo, simplemente impropio de un artista de su edad, aunque haya contado con la ayuda de un hermano mayor de, toma viejales, 21 años, en las labores de producción y diseño de un sonido que cuenta con infinidad de detalles que lo convierten en atractivo al instante, a poco que uno tenga el mínimo interés en ciertas sonoridades. Un disco variado en sus texturas y un auténtico despliegue sonoro que revela que este par de mocosos han digerido muy buenas influencias, sean propias o del arsenal paterno (hijos de artistas, ya se sabe) y que el producto de su digestión resulta excelso. ilomilo, por ejemplo, un teórico tema menor (o sea, no tiene video) condensa, en sus escasos tres minutos, ecos de Depeche Mode (era A Broken Frame), Kraftwerk, un retorno reminiscente de Blur  y un sonido cercano  a Jamie XX. Y es fascinante. Y xanny, segunda canción, resulta ser una torch-song con bajo y vocales super-saturados y aromas de blues y jazz, que alude a Billie Holiday, a Bjork, a Erikah Badu. Eilish canta con un bagaje técnico y emocional descomunal, las letras suenan tan vividas y tan sinceras, tan crudas que uno no se quita de la cabeza la edad, 17, y Eilish puede parecer un hype, pero en cuatro canciones se ha pulido a todas esas divas entronizadas en los últimos años: Lorde, Lady Gaga, Lana del Rey (obvia influencia primeriza y curiosa coincidencia con las canciones que se hacen más prescindibles a la larga) Grimes, Rosalía, se las ha merendado a base de desparpajo y cierta clase indefinible, claro, pero se las ha merendado gracias a su talento y a un material que, de tener continuidad, de conseguir que la previsible sobreexposición lo salvaguarde y permita una maduración alejada de distorsiones, podríamos estar presenciando el auge de una auténtica estrella, capaz de todo; de empezar un disco con deep house, bad guy, a lo Disclosure y, catorce canciones después (sin ninguna que no muestre detalles, hasta el aire pop de anuncio de yogur de all the good girls go to hell - que además suena a los Arctic Monkeys del último disco o el regusto folk de 8), acabarlo con una especie de trilogía emocional que se inicia con otra maravilla, listen before i go, recreando un ambiente tenuemente cósmico (aquí hay aires de Goldfrapp o de Frank Ocean.). Y lo curioso es que para este colosal logro ni ha tenido que recurrir a la fiebre de las colaboraciones ni al recurrido pero cansino truco (aunque reconoce una gran admiración por Tyler The Creator) de sentirse tentada a rapear.
Lo dicho: un auténtico viaje de apenas 45 minutos, lección magistral bien aprendida de una artista (que ya había publicado abundante material, puede que algo inmaduro, pero siempre meticuloso), valiente, innovadora en los arreglos (esos bajos, esos detalles percusivos, esos fascinantes juegos de voces dobladas, esa administración de los silencios, esa enorme variedad de sonidos, este es un disco melancólico, con letras duras de asimilar cantadas en esa edad, no triste ni forzado, así que ni caso a quien lo defina como pop lúgubre) pero ahora concentrado en largo formato, música altamente atractiva que genera una urgencia de escucharla de nuevo, una sensación de irresistible magnetismo que particularmente me confunde y me aturde. Uno se pone este disco, la audición con auriculares es una experiencia mu aconsejable, y aconsejo ser generoso con el volumen, y piensa que no puede haber nada mejor, que esto es  nuevo y refrescante y suena de maravilla y el pack es perfecto. Estas canciones se cuecen en el estómago - esos putos graves - se incrustan en la memoria y cuesta quitarse de encima la tentación de volver a escucharlas, y apenas he mencionado unas cuantas: todo el disco es así y si hubiera de juzgar el disco por la docena larga de escuchas iniciales, este sería un disco imprescindible.
Pero aún es pronto para decirlo. De momento, para que haya un mejor disco en 2019, creo que solo Frank Ocean o Vampire Weekend puedan tener algo que quede a su altura. El listón ha quedado muy alto.

domingo, 7 de abril de 2019

La Casa Azul: La gran esfera

Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Ocho años han pasado desde la publicación de "La polinesia meridional" y veinte desde aquel mini-LP de carátula naif titulado "El sonido efervescente de La Casa Azul". Es hora de dejar definitivamente atrás etiquetas peyorativas como "tontipop" y similares. Ya no hay Tang de naranja ni colajet de limón, en lugar de un "hola" por primera vez hay un "adiós"  tal vez definitivo y el hedonismo post-adolescente ha dado paso a crisis de pareja, problemas de salud y "saltos a la fama", Eurovisión y OT mediante. Nada es lo mismo y ni siquiera las ganas de saltar y bailar gracias a temas que deberían "petarlo" en cualquier pista de baile logran ocultar que "va a costar hacer ver que no hay dolor, que todo sigue igual, esconder los desperfectos y disimular".

Eso es lo que más llama la atención de este "La gran esfera": el contraste entre música y letras, su carácter casi bipolar. Letras y música transitan por caminos diferentes. Títulos como "El final del amor eterno", "Ataraxia" "El colapso gravitacional" o "Nunca nadie pudo volar" indican por dónde irán los tiros: monotonía, crisis de pareja, ganas de vivir otra vida, etc.
Tú y yo, ¿recuerdas cómo rodábamos por las laderas?
Tú y yo, ¡cómo volábamos libres por la estratosfera!
Tú y yo, Y ni siquiera intuíamos la posibilidad
de que aquella luz, aquella claridad
fuera efímera y pasajera
Por el contrario, la música de "La gran esfera" quizá sea la más directa, alegre y bailable de toda la discografía de Guille Milkyway, como si fuese casi la única manera de enfrentarse y superar la adversidad. La música "mineralizada y ultravitaminada" como antídoto contra la cotidianeidad, en sentido negativo, de las letras. 

Por cada entero de alegría y color,
semanas y semanas de letargo feroz

Decía al comienzo de la reseña que ya nada es lo mismo. Musicalmente tampoco. Es cierto que el cambio ha sido progresivo, pero las canciones de La Casa Azul son cada vez menos pop (no en espíritu, ojo) y más electrónicas y abigarradas, aunque sin perder nunca esas influencias "setenteras" o de la música soul que siempre han caracterizado a La Casa Azul.  Pese a todo (o precisamente por todo) lo anterior, practicamente las diez canciones de "La gran esfera" son potenciales singles y temas como "Nunca nadie pudo volar" o "Hasta perder el control" deberían reventar cualquier fiesta que se precie.

En resumen, aunque hayamos tenido que estar ocho años contentádonos con adelantos varios y demás, creo que la espera ha merecido la pena. No sé si este es el mejor disco de La Casa Azul (si no lo es, se le acerca mucho), pero sí que es el disco de madurez de un músico muy personal.