domingo, 3 de junio de 2018

Arctic Monkeys: Tranquility Base. Hotel & Casino


Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable

Reconozco haber seguido más la carrera de The Last Shadow Puppets que la de los Arctic Monkeys. Reconozco, ya de paso, haberme enterado por Pitchfork (sí: leo Pitchfork incluso después de que Condé-Nast haya decidido entregarla sin contemplaciones a las hordas del urban y el r'n'b) de que Alex Turner, líder de la banda, tiene 32 años y sus inspiraciones para este disco han sido algunas lecturas de Neil Postman y David Foster Wallace.

Leed, en nuestro blog padre, lo que pienso yo de David Foster Wallace.

Las carreras paralelas (Turner ya ha publicado también en solitario) es lo que tienen. Como las relaciones abiertas. Queda muy bien sobre el papel hasta que "el otro" dice que a base de probar otros platos ha decidido que va a cambiar de plato principal.
Y no digo que Turner haya optado por eso. Si acaso, puede establecerse cierto paralelismo con lo acontecido con Jamie XX y The XX. 

Reconozco, que ya me lo dejaba, que mi decisión de reseñar este disco viene provocada por que alguien dice que este es el Kid A de los Arctic Monkeys y eso me hace plantearme indagar en el futuro sobre cuál es su OK Computer.

Cierto que hay un notable cambio de sonido respecto a sus discos anteriores. Una especie de calma se ha situado donde antes se percibía cierta tensión tardoadolescente, y todo está más matizado. Una trampa peligrosa. Turner puede que haya decidido que sus letras son más profundas y más necesarias que antes y a veces esa voz interfiere en el colchón sonoro. No digo que Turner sea un mal cantante: me encanta su voz inequívocamente british, con aires obreros del Liam Gallagher antes del odio fraternal y con ciertos ecos nobles del Bowie más joven y del Scott Walker más terrestre. Pero en este disco frasea por encima de lo tolerable y hay veces que dan ganas de decirle que si tanto tiene que decir escriba un libro o se pase al spoken poetry. No es que arruine las canciones: se interpone entre desarrollos musicales interesantes y el oyente. Los arreglos en este disco son brillantes. Canciones albergadas en el mid tempo y con un aporte sonoro intrépido. No es bajo, batería, tensión, arranque guitarrero y a volar. Para nada. Tampoco es un cambio tajante de sonido: si he de pensar en discos ligeramente diferentes a las carreras de ciertos músicos, este sería más bien su Achtung Baby o su Modern Vampires of the City. Precisamente Vampire Weekend era una de las referencias que en las sucesivas escuchas me quedaba siempre a punto de concretar. Pero este disco que bordea lo conceptual (sin tantear con el desastre como el último de Arcade Fire) no llega a la brillantez de aquél. Turner se ha dejado en la mesa estribillos tarareables, melodías vocales, y contundencia y (veremos como responde el público que acudía a los conciertos del grupo buscando la inmediatez de su disco de debut) los ha intercambiado por sutileza, por aires franceses (obvias resonancias del Gainsbourg más cercano al lounge-chic), por medios tempos donde nada desentona pero pocas cosas destacan.
Un single, Four Out Of Five, que explica mucho en el desarrollo visual del vídeo. Aunque también es la canción con más similitudes sonoras con discos anteriores. Pero el vídeo. Un hotel (el que aparece en la portada del disco), Turner luciendo perilla y largas guedejas, nada de camisetas, nada de poses alienadas. Chaqueta. aspecto serio y responsable, como un Nick Cave rejuvenecido y desintoxicado, y letra con contenido, reivindicando esas lecturas y muy consciente (demasiado consciente) de estar contando una historia. Y no le busquéis estribillo ni estridencias sonoras. She Looks Like Fun, cautiva de los teclados como si fueran a ser una reencarnación de los Doors o una versión analógica de los Depeche Mode era drogota. Difícil pronunciarse sobre un disco que parece destinado, pero igual no, a marcar una inflexión en su carrera, un disco más orientado a ser comprendido o aprendido que a ser escuchado o disfrutado. En lo personal, me quito el sombrero ante el hecho de que un grupo tan consagrado como este haya optado por tomar este riesgo. Es, claro, el clásico disco que entusiasma a los críticos. A cierto tipo de críticos. Un grupo vendedor que abraza el tótem del gusto minoritario. Un grupo que visita festival tras festival y envía a sus fans extenuados a casa de dar saltos. Ahora les dices que se sienten un rato y se relajen y capten tu mensaje. Claro que sí. Su público de toda la vida, ése, ya sabemos, va a quedarse desconcertado. Los interesados puntualmente en su carrera disfrutaremos con algunos de los detalles sonoros (el obvio atractivo en la transición del binomio One point perspective-American sports, los aires de despedida de Ultracheese) y puede que hasta en algún caso el efecto sea el inverso al de los puros fans: la renuncia al tramo inicial de la carrera del grupo. Un cambio drástico, pero desde luego, el grupo no es un vehículo enfilando un precipicio a toda velocidad. Eso es muy diferente de saber qué va a ser lo siguiente. Pero este disco, de momento, puede ser disfrutado.

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