domingo, 19 de julio de 2020

Neneh Cherry: Raw like sushi


Año de publicación: 1989
Valoración: muy recomendable

Frescura: Neneh Cherry parece estar presentando a su banda en un concierto cuando empieza Buffalo Stance. Y parece que haya pasado poco tiempo, pero en 1989 pocos conocían que era éso del sushi a lo que se refería en el título. Un detalle nimio, pero que revela cuánto ha cambiado la industria musical en esas tres décadas y qué poco se han enterado muchos que aún mandan bastante en ella.

Este es un disco de aquellos que, sin optar por la experimentación cruda o por la ruptura, marca épocas: Cherry fusiona pop y hip hop y lo entrega a las masas sin hacer el ridículo. Lo hace desde una actitud chulesca pero gracias al respaldo de toda una manada de grandes socios: por ahí anda la gente de Wild Bunch, socios ineludibles que conservaban un espíritu de mestizaje que venía de Soul II Soul y se alargaría en el debut de Massive Attack. Música hedonista combinada con mensajes muy directos y una actitud terriblemente profesional. Territorios despreciados por el consumidor de  música "seria", sembrados de prejuicios rockistas, para que, toma ya, Cherry colaborara en su siguiente disco con Michael Stipe.

Raw like sushi cumple perfectamente como muestra de portafolios sonoro: incluso la algarabía ligeramente autocomplaciente de algunas de sus canciones acaba combinando con momentos solemnes como la excelente Manchild, la profunda Inna City Mamma o las apoteosis lúbricas de aires pop como HeartHeart o Kisses On The Wind, con sus extrañas reminiscencias de Madonna y combina a la vez una pose activista y combativa incontestable, de esas que ahora acumularían adjetivos sobresaturados, con una actitud realmente juguetona, celebrando la diferencia y abrazando el mestizaje sonoro en un momento en que los mundos sonoros estaban firmemente separados por barreras, Neneh Cherry reventó a patadas las preconcepciones: no quería ser una dama del soul sino una insolente joven que se subía al púlpito (al escenario, al altavoz) y enviaba sus mensajes a un público, ya, mezclado y variopinto. Por esa brecha se colaría Kelis, se colaría Rihanna, se colaría toda una generación de estrellas femeninas que tomaban las riendas de sus carreras. El primer corte es el más profundo.

domingo, 12 de julio de 2020

Aphex Twin: drukQs


Año de publicación: 2003

Valoración: muy recomendable

drukQs parecía ir a ser el último disco oficial de Aphex Twin, aunque con Richard D. James, reclusivo hasta la médula y tan dado a usar toda clase de alter egos para su producción musical, nunca se sabe. De todas maneras, no lo fue, y se queda con el relativo record de ser el disco que abre una etapa de algo más de una década de relativo silencio por parte de un músico que, cuando se publicó este disco doble, llevaba más de diez años en una inexplicable (por el escaso perfil comercial de su música) primera línea. 
El disco, por eso, no suena ni a despedida ni a retrospectiva, y, con las lógicas lagunas de cualquier disco de esta duración y para esta música, resulta coherente en su disparidad, para nada un émulo de sus piezas más ambientales y desde luego todo lo alejado del mainstream que uno pueda concebir.
Considerando, hago inciso, que el título del disco haga alusión a lo que parece hacer. No en vano hemos de recordar que la producción del músico siempre ha estado rodeada de una enorme expectativa y una especie de genuflexión crítica a priori: cómo no adorar a un tipo que, desde los 12 o 13 años (aún no ha cumplido los 50) crea música ayudándose muchas veces de instrumentos manipulados o directamente creados por él. Así que drukQs cuenta con todos los ingredientes: empezando por su curiosa bipolaridad sonora, presente por doquier. Combinando piezas delicadas, a veces piano, a veces parece melodías precarias de caja de música, siempre con una sonoridad marciana, con una fascinante sensación inacabada, como si de esas composiciones de dos minutos cualquier músico más pendiente de la celebridad hubiera podido sacar más rendimiento, pero Aphex Twin la deja ahí, como una más en un saco de semillas. En el otro lado, el músico más gamberro, el de los videos de Chris Cunningham y los excesos al borde de la cacofonía y la inaudibilidad, poniendo a prueba su cacharrería en desconcertantes suites de puro drill'n'bass. Toda una apuesta a todo o nada hacia o contra el oyente. Si Aphex Twin hubiera querido congraciarse, era fácil organizar canciones (¿?) como ( lo de los títulos en este disco es de toma pan y moja) Jynweythek, Kesson Dalek, Kladfvgbung Mischko la (casi) célebre Avril 14th en dos discos diferentes, con sus extrañas estructuras deudoras de Satie o de Cage, con su curiosa accesibilidad, separándolas de pequeños experimentos ambient como Gwely Mernans y alejándolas de las dolorosas espirales sonoras de efectos cegadores, ácidos, duros, que pueden ser Cymru Beats,Cock/ver10 o Ziggomatic 17, aunque la verdad, en ese caso quizás nos encontráramos ante una elección demasiado sencilla y obvia para el oyente, e igual, intuyo, para Aphex Twin no se trata de sencillez o comodidad.
Lo cual está muy bien.

domingo, 5 de julio de 2020

KLF: Chill Out

Año de publicación: 1990
Valoración: irrelevante

This joke isn't funny anymore, decían los Smiths. A tomar el pelo a otro lado, dije yo, creo, a cuenta de algún libro hace un cierto tiempo y repito hoy en el otro blog. Las intenciones, en cualquier manifestación artística, cuentan, claro. Pero éstas no han de estar por encima de los resultados. Por mucho pretexto que nos sirva la experimentación, reto aquí al lector a decir que prefiere, por ejemplo, Metal machine music a Transformer. Aunque aquél fuera una jugarreta para cerrar un caso legal, no me vengan con esa boutade. Y por mucho respeto que me produzca un disco muy destacable como The White Room, origen de cientos de influencias (la primera: el mestizaje desvergonzado), aunque Chill out diera nombre a un movimiento... esto es una tomadura de pelo. Claro que aquí priman muchos otros matices más allá de los estrictamente musical.
El primero, el status mitológico al que, por las más variadas circunstancias, había accedido el grupo. Que si problemas con los derechos de autor de los samples que proliferaban en su producción, que si una imagen de secretismo, que si su efectismo con los medios de comunicación, siempre achacado a su espíritu entre punk, indolente y provocador. Todo ello aderezado con una obvia oleada de inspiración con no pocos indicios de ser incentivada químicamente, a tenor de sus notas en los discos, de su ampulosa ingenuidad en hablar de sí mismos, en fin, un largo cúmulo de etcéteras de los que hay que parar de hablar.
Porque musicalmente, Chill out, por mucho que diera nombre a un movimiento, casi a un estilo de vida, es bastante decepcionante. Como si uno hubiera dejado una grabadora en medio de una pradera, con una cinta ya grabada metida en ella, como si esa cinta contuviera previamente una serie de muestras de sonido de diversa índole sobre la que se han depositado los ruidos del ganado (balidos incluidos, sí, dije balidos) y al que cierta tarea algo desganada de post-producción ha añadido alguna clase de notas dispersas de teclados con aires new-age pero espíritus no new-age. Es decir, un pastiche poco disfrutable en lo sonoro salvo que uno se obsesione en buscarle coartadas y paralelismos, en situarlo en contextos o en contraponerlo ante lo que había hecho triunfar al grupo: los excesos decibélicos del acid-house más hedonista.
Así que, en plena coherencia con sus planteamientos de carrera, el despliegue propagandístico pasa por encima de todo y lo eclipsa: pero donde The White Room confirmaba que el ruido era justificado, este disco o ejercicio estético o artefacto de campaña flaquea en lo principal, y no hay música aquí fascinante ni memorable que pase a los anales de la historia de la música o cualquiera de sus subgéneros. Y quizás el cometido de la música ambiental es ese: pasar desapercibida. Pero también habrá que retener algo, ¿no? Global Communication lo consiguieron, Aphex Twin, también. KLF, en Chill Out, no.

domingo, 28 de junio de 2020

Japan: Quiet Life

Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable alto

Quiet Life marca una transición en la carrera de Japan, quizás inicia el camino que precipita años más tarde la disolución de la banda pero, curioso, resulta parecer ahora su álbum más sólido y gana enormemente con las escuchas repetidas.
Incluso manteniendo una fuerte influencia de su etapa Glam en algunas canciones, siguiendo la evolución del propio estilo, aquí Japan deja de ser un grupo en la estela de T-Rex o los NY Dolls y se entrega sin rubor a la influencia de Roxy Music, títulos y estrofas en las canciones lo confirman, pero, algún otro caso se ha dado, sofistican y extreman sonido y mensaje, no hablamos aquí de copias que mejoran el original sino de adopción de un sonido y énfasis en algunos de sus aspectos de forma que surge algo nuevo. 

Y Quiet Life es un disco que cuesta comparar con otros. Un equilibrio casi perfecto entre rabia y sensibilidad, todas más exacerbadas en lo lírico que en lo sonoro. Paga sus deudas, Despair es el casi obligatorio número introspectivo, esta vez en francés y con la sensibilidad modo Satie que el grupo perfeccionaría en su disco posterior. All Tomorrow's Parties, versión sofisticada y llena de pedales de distorsión, cumple la deuda del reconocimiento de influencias. El resto del material ya es más cohesionado, desde la canción que titula el disco, con sus oleadas de teclados y sus solos (otra marca del disco: la presencia de cuerdas, saxos, otra manera de desmarcarse del rock de guitarras al uso), y composiciones extensas de tonos épicos: la voz de Sylvian desplaza de cierta guturalidad glam a la contención que lo empareja con Bryan Ferry. Así, In Vogue, toda una muestra del sonido del disco, ya es Japan a puro rendimiento: bajo burbujeante, piano nítido, voz ecualizada evitando un estricto primer plano, porque Sylvian podía pasar por ser el frontman de la banda, pero (y su actitud paciente en su carrera en solitario lo confirmaría) se consideraba un componente más dentro de un colectivo, Alien retoma aires de reggae cósmico de algún tema de su disco anterior, Fall in love with me  parece anticipar los amagos disco que alguna de sus colaboraciones posteriores apuntarían y, por supuesto, imposible olvidar la majestuosa canción que cierra el disco, The Other Side of Life, tour de force de aires épicos, dramáticos, crescendos vocales y cuerdas celestiales que tumban el oyente: Japan habían recorrido en tres discos el camino de la rabia juvenil a la escandalosa madurez sonora. También habían desplegado una corriente estética que les procuró comparaciones inmerecidas y no pocas chanzas de los puristas. A ver cuáles de los que los imitaron o los criticaron llegaron a estas alturas.

domingo, 21 de junio de 2020

Dexys: One day I'm going to soar


Año de publicación: 2012
Valoración: bastante recomendable

Seamos precisos: el bastante recomendable sale casi por promedio. Si el disco fuera como sus primeras cinco canciones, esto sería una obra maestra. Si como las últimas, seguramente hablaremos de los resultados de unos cuantos músicos aburridos que alquilan un estudio recién salidos de una noche de borrachera y se dedican a desbarrar ante micros y mesas de mezcla.
Kevin Rowland es el alma absoluta de Dexys. El nombre del grupo, el  que se usa para la formación en este disco, es estúpido. A más no poder. Alguna traba legal impidió a Rowland usar el auténtico: Dexys Midnight Runners, ese sí un nombre impactante para un grupo y más cuando te tiras 27 años sin publicar nada y tu discografía anterior (tres discos) ha jugado con el oyente hasta en lo estético: los Dexys Midnight Runners fueron, respectivamente, estibadores portuarios, campesinos de ramita entre dientes y dandies de la City. Rowland, imagino, gobernando el grupo con mano férrea y la espantá de casi tres décadas que ve renacer el proyecto con la inestimable ayuda de Mick Talbot, ejem, alias "el de Style Council que no era Paul Weller" y toda un aura para los frikies: una portada a medio camino entre lo afrancesado y los descartes de la primera época de Roxy Music, una aunque sea irremediable sensación de madurez, en fin, esas expectativas que inexplicablemente generan ciertas bandas.
Ah. Son los de Geno y Come On Eileen. Sí: yo también siento ganas de matar a alguien cada vez que ponen esa cancioncilla en las emisoras revisionistas de los 80.
Pero a Rowland le gustaba romper con todo, claro. Quizás antes: ahora, o sea, en 2012, la edad no perdona y toca hacer discos elegantes. Rowland no va a hacer como las estrellonas del heavy metal que no se desembarazan de sus chupas ni que se presente la parca. Rowland se adapta y One day I'm going to soar es un disco depurado y preciso, pensado hasta el detalle aunque esto no sea Steely Dan, no hay una nota fuera de sitio y los arreglos son perfectos hasta, casi, lo aséptico. Dije casi. No es aséptico, aunque quizás haya que dar las gracias (aparte de a los royalties de Come On Eileen) a los avances de las tecnologías de grabación por el lujoso sonido, especialmente cuando acompaña a magníficas composiciones de tonalidades atemporales, más allá del inicio del disco, los aires neo-soul, o bluessies o jazzies o retrofolk de las primeras canciones nos remiten a cualquier placentero lugar sonoro entre los años 50 y la década pasada. Pero sin aires revisionistas: son canciones que parecen haber estado siempre allí. Pronto, por eso, constatamos la enorme irregularidad del disco. A partir de ahí, (hipotético inicio de segunda cara si esto hubiera sido un disco de vinilo) la inspiración se bate en retirada y pasamos a una especie de desfile de canciones de sonoridad y desarrollo demasiado estereotipado. Nada indignante, venimos de una primera mitad excelente, pero la personalidad de los temas iniciales desaparece, y entonces Dexys descienden a una categoría demasiado acomodaticia: parecen una banda de soul-revival acometiendo un medley. No digo que no haya nada salvable: el disco repunta en su última canción, siete minutos de tono intimo y confesional que pudieran, otra vez, sonar a despedida para un largo tiempo.
Lo cual, tratándose de Kevin Rowland, no debería ser demasiado tomado a broma.

domingo, 14 de junio de 2020

Depeche Mode: Violator


Año de publicación: 1990
Valoración: imprescindible

Violator (tradúzcase como "Profanador") pasa por ser la cúspide de la carrera de Depeche Mode. Digamos que las cúspides en la carrera de los grupos suelen ser, glups, los inicios de las decadencias, los terribles espejos donde los reflejos de sus obras posteriores brillan distorsionados y palidecen en comparación. En el caso de Depeche Mode, podría contar con los dedos de la mano las veces que oí completo Songs of Faith and Devotion, su siguiente trabajo largo (estridente, excesivo), cuando para redactar esta reseña he oído decenas de veces Violator y aún hoy descubro matices.
Lo cierto es que la banda había despachado dos trabajos previos magníficos: Black Celebration, su prerrogativo disco berlinés y Music for the Masses, pero, por encima de todo, había marcado el hito de conquistar el mercado americano en la gira que había dado lugar a su directo 101. Violator era su séptimo disco en estudio y ya atesoraban puñados de singles (muchos de ellos, como la estratosférica Shake The Disease, no incluidos en sus álbumes).
Este disco se distingue de los anteriores sobre todo en su madurez: letras más introspectivas, sonido más depurado y sobrio (produce Flood, mezcla François Kevorkian), una especie de sensación más solemne que evoca ciertas canciones de sus discos anteriores, pero a las cuales su presentación conjunta aporta un plus. Son nueve canciones extensas, detalladas, aunque he de decir que una edición posterior que añadíó material extra en forma de caras B resulta añadir más placeres si cabe; algunos de esos teóricos descartes son mejores que la mayoría del material de su obra posterior a esta obra maestra. 
El arranque resulta casi íntimo, como unos Kraftwerk de cámara, la caja de ritmos introduce el sutil crescendo de World In My Eyes, y ya vemos que la voz de David Gahan es resuelta, decidida, sin un solo resquicio de inocencia y consciente de ser una seña de identidad de la banda. The sweetest perfection hace aflorar ya algunos temas: aunque aquí quien canta es Martin Gore, ya suena la palabra drug y la palabra injection. Depeche Mode deslizan ya en algunos temas lo que podrían parecer guitarras, casi twang en el clásico instantáneo Personal Jesus, single pluscuamperfecto y preámbulo de dos ejemplos paradigmáticos de canciones grandiosas que, sin ser singles, se vuelven importantes y elevan los discos a que pertenecen: Halo (que Goldfrapp, compañeros de sello, remezclaron de forma exquisita) y Waiting for the night, cumbre de introspección que remite a los momentos más solemnes de Black Celebration, música casi sacra en una cara A (la de le edición de vinilo) sencillamente inapelable. Pero claro, a continuación nos encontramos con Enjoy The Silence, otra de sus canciones inconfundibles (y otra introducción de la guitarra en el sonido del grupo) y Policy Of Truth, otra progresión  con cierto aire a Cure en su inicial sonido desnudo, pero gloriosa en su desarrollo. Blue Dress y Clean cierran con calma e introspección un disco perfecto. El listón, claro, quedó tan alto en lo comercial y en lo artístico que la banda, que había mutado en ocho años de ser una troupe de mozalbetes parapetados en sus teclados a ser integrada, casi como si fuera una banda de rock, por cuatro músicos maduros con existencias algo torturadas, se vació de tal manera, tocó el cielo tanto y tan intensamente, que solo podía iniciar un descenso, curiosamente en el momento en que sus influencias en el uso de sintetizadores habían sido debidamente absorbidas y empezaban a regresar a Europa. El tecno había tomado prestada una "h" en EEUU, y los reyes absolutos habían despachado una (tienen otras) de sus obras maestras. El círculo empezaba a cerrarse.

domingo, 7 de junio de 2020

Fontaines D. C.: Dogrel

Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Ya sé que (casi) todos vamos teniendo una edad, pero, qué demonios, hay que dejarse de viejuneces: el rock no murió cuando los .......... (ponga su grupo favorito sobre la línea de puntos) se separaron ni el punk es una estética vintage a base de pantalones rotos e imperdibles que rescatan cada cierto tiempo los estilistas de las grandes cadenas de ropa.  La prueba de que la energía de toda esa música sigue viva y que aún impulsa a algunos chavales a agarrar sus guitarras, bajo, batería -formación clásica- para lanzarse a atronar al mundo con canciones de pocos minutos y mucho nervio que expresen su inquietud, si no insatisfacción, juvenil; la prueba, digo, la tenemos en los irlandeses Fontaines D. C., banda de ¿punk-rock? ¿Pop-rock, punk-pop? lo que sea... surgida anteayer mismo y que el año pasado, aquel añorado (?) 2019 pre-pandemia, nos soltaron en los morros este adrenalínico disco titulado Dogrel, como, al parecer, se llama a ciertas composiciones poéticas populares y poco reconocidas literariamente (es decir, cosa de borrachos), típicas de Irlanda.

Nada de bucólica música "celta", por otro lado; que nadie espere encontrar aquí ecos de The Chieftains, The Dubliners y demás... En todo caso, de los no menos recomendables The Pogues (que merecerían también una reseña, qué carajo): el disco se cierra con una canción que bien podría haber encajado en cualquiera de los de la banda de Shane McGowan y compañía: Dublin City Sky. El resto de canciones, salvo alguna más lenta y un pelín moñas -Roy'sTun- están engendradas  a base de inexorable guitarreo, ritmo obsesivo, distorsión melódica y disonancia repetitiva. para entendernos: lo que hacen es retomar el concepto básico del pop-rock desde los años 60 -canciones cortas y proteínicas, urgencia expresiva- y deconstruirlo meticulosamente al tiempo que entroncan con toda una corriente de la música ¿pop? ¿rock? británica que va, por ejemplo, desde The Kinks al sonido Manchester, en la circense Sha Sha Sha. De la energía punk (más The Clash y Ramones que Sex Pistols) de Chequeless Reckless y Big -una canción también con un toque "pogue", al menos en su letra, sobre las aspiraciones de un niño dublinés-, al aire garajero de Television Screens o más after-punk de The Lotts (lo que no significa que suenen como Joy Division, aunque es cierto que la forma de cantar entre obsesiva y monótona de  Grian Chatten puede recordar algo a la de Ian Curtis...). Por último, creo percibir una cierta influencia de la música electrónica (sin que se utilice un solo sintetizador, por suerte) en la repetición un tanto alenante o incluso psicótica de Too Real y Hurricane Laughter, dos de los mejores temas. E incluso, aunque es una canción, más rockera, en la más comercial del álbum, Boys in the Better Land.

Y luego están sus letras modeladas a base de un oscuro lirismo, incluso enigmático, de una poética de la sordidez y del desengaño tras el sueño del "tigre celta" y que enlaza tan bien con la gloriosa tradición literaria de su país, de Joyce a Yeats o Healey...(de hecho, parece ser que lo que reunió en un principio a los componentes de esta banda fue su afición por la poesía, más que por la música).

None can pull the passion loose from youth ungrateful hands
As it stands, I'm about to make a lot of money
Gold harps in the pan

entonan en Too Real. Y enBoys in the Better Land:

You're not alive until you start kicking
When the room is spinning and the words ain't sticking
And the radio is all about a runaway model
With a face like sin and a heart like a James Joyce novel...


El rock´n´roll no está muerto, sin duda. Y no lo estará mientras estos chavales sigan metiendo ruido con sus guitarras, sigan haciendo canciones perturbadoras y vitales, y sigan fieles a sí mismos, al estilo de uno de los grupos más estimulantes del apnorama musical actual. Por lo que parece por su último single, A Hero's Death supongo que un adelanto de un próximo álbum, ese punto no parece que lo hayan perdido. Y que dure...