domingo, 15 de marzo de 2020

Lana del Rey: Norman Fucking Rockwell

Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

A la tonta, Lana del Rey lleva seis discos. Es decir, ha producido el doble de obra que Portishead en 25. Y parece todavía en una pugna algo absurda por ser tomada en serio. Cuestión lamentable relacionada, seguramente, con su imponente presencia física, su condición de ex-modelo y todos esos convencionalismos, muchos de ellos manifiestamente machistas, arraigados en el mundo del rock. No voy a profundizar en ellos para no restar espacio a lo esencial. Que es la música, por supuesto.
En algún momento la artista se dio cuenta de que Billie Eilish triunfaba de manera avasalladora, hace menos de un año. Y que Eilish, muy honesta en reconocerla como una de sus artistas favoritas (al lado de, por ejemplo, Tyler The Creator) había empezado su carrera en Youtube imitando descaradamente su forma de cantar y hasta de posar. Mujer alta y guapa que está hastiada y rota por dentro. Un estereotipo contra el que luchar, pero que discos como Norman Fucking Rockwell deberían pulverizar sin duda alguna. 
Valiente, incluyendo en el título la temida f*** word , mostrándola en la segunda frase de la primera canción "you fucked me so good that I almost said I love you", Lana del Rey, a la que perdí algo la pista tras considerar su primer disco como un ejercicio estético con demasiadas referencias reconocibles. Pero la reacción a este disco me ha parecido tan unánime que he vuelto a sentir curiosidad. Primero, estamos ante un disco más de cantautor que de cantante. La instrumentación en primer plano así lo confirma. Voz, piano, guitarra. Una voz muchas veces duplicada, como dejando los momentos en solo para el punto más introspectivo. Una voz que se quiebra en tomas puntuales, sin apelar a la emotividad gratuita, mostrando justo la fragilidad que el material exige, aunque esta colección ligeramente hinchada y algo lineal (catorce canciones que, como en  el disco de Solange comentado la semana pasada, hubieran dejado un disco de diez canciones glorioso) de torch songs alternativas cuyas letras apelan al dominio de las relaciones, parece que filtrando no pocas experiencias de la vida personal de la californiana.
Diría que es un disco más adecuado para audiciones espaciadas que para deglutir de una sentada. Cierta semejanza entre canciones puede perjudicar una exposición continua, pero una audición fragmentada (justo aquella a que parece abocarnos la vida moderna ) va mostrando su poder desde esa inicial Norman fucking Rockwell de piano resuelto y cuerdas envolventes, indiscutible punta de lanza de un disco que no se lanza en los tempos, que acompaña en ese 2019 a discos de sensaciones otoñales algo parecidas (Weyes Blood, Angel Olsen), que es más Lou Reed que Carly Simon, con esa sensación melancólica tan inspiradora, que sigue con uno de los singles, Mariners Apartment Complex, espléndida demostración de que Lana del Rey se atreve con melodías complejas, con crescendos vocales que demuestran madurez interpretativa, es decir, confirmación de que va en serio y que nunca se ha resignado a ser una cara bonita al frente de un proyecto. La apuesta por una canción de casi diez minutos lo confirma, Venice Bitch, video lleno de tomas quemadas por el tiempo, melodía que mece hasta ceder espacio a una guitarra llena de fuzz y efectos, el juego de palabras entre beach y bitch... hasta catorce canciones incluyendo jugueteo con melodías clásicas, como en Doin' time, que no se resiente de ello, con una sensación siempre presente de intimidad que, sin embargo, resulta fresca y espontánea enfrentada a la oscuridad algo impostada que condicionaba  algunas de sus obras anteriores. Y pequeñas gemas como Cinnamon Girl o esa extraña cascada de estribillos que es Happiness is a butterfly, con su pequeño giro atormentado, lo confirman. Entre tanto ruido y tanto escándalo, hagamos caso a esta mujer y no neguemos su talento.


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