domingo, 17 de diciembre de 2017

Daft Punk: Random Access Memories

Año de publicación: 2013
Valoración: imprescindible (a ratos)

Empecemos por culpar a Daft Punk de todo aquello de que deben ser culpados.

1. La recuperación del vocoder y sus correspondientes abusos en todos los ámbitos, incluyendo su daño colateral a través del AutoTune.
2. La moda que impusieron del filtro en los compases iniciales, recurso del que DJs y productores y músicos hacen abuso aún hasta el día de hoy.
3. Los cascos para ocultar sus jetas. A ver: ya vimos en vuestros inicios que parecíais dos jovenzuelos más bien feúchos no muy alejados de los que supone que serían los perfiles promedio de vuestra masa de fans. Podría hasta poner esas fotos donde se os ve, allá por los 90, inconscientes de vuestro advenimiento a iconos globales ¿No habéis solventado algún problema de acné? ¿Vais de Kraftwerk, y enviáis a cualquier doble oculto tras el casco?, ¿o los Residents, acaso?
4. Algún disco vuestro en que os cogió una onda muy pero que muy garrula.

Ahora bien.

Random Access Memories (excelente título aún con su obviedad) es, en lo conceptual, impecable. Un homenaje orquestado a través de las colaboraciones a todo un legado musical, un inapelable ejercicio de marketing en el que parece (parece) que el todo va a ser más que la suma de las partes, porque la nómina (perdonen que odie con toda mi alma la palabra "elenco") de colaboradores de lujo es simplemente abrumadora. Nile Rodgers, Giorgio Moroder, Chilly Gonzales, Pharrell Williams. Poquica cosa. El disco, envuelto en una imagen sobria pero de apariencia lujosa, se publica entre gran expectación y, segundos después, su canción enseña (por si algún marciano cae por aquí, Get Lucky) es la canción del mes, del verano, del año, y de la carrera del grupo. Es la perfección, claro. Sonido limpio e infeccioso, la guitarra nerviosa de Rodgers, la entrada decidida del fraseo de Williams, y el aspecto elegante en el vídeo. Ese grupo en el cruce de caminos del sonido alternativo y la popularidad. Le pasa, claro, lo que a todos los hits globales: la sobreexposición espera a la vuelta de la esquina y pronto hay tanta tantísima gente que lo lleva en el coche y se oye a todas horas que la gente empieza a dividirse entre quien lo odia ya y quien lo acabará odiando.
Pero Random Access Memories es mucho más que un disco de acompañamiento de un hit. Faltaría, y eso no es siempre bueno. Porque algunos de esos números adolecen no solo de falta de chispa sino de excesiva confianza. La colaboración de Julian Casablancas parece una canción del Alan Parsons Project. Muchas, demasiadas canciones se sostienen sobre excesivas influencias AOR y uno espera brillantez y no la encuentra, aunque las sucesivas escuchas vayan relevando matices, éste no sería un disco brillante si todas las canciones fueran como ésa.
Pero, cosas que pasan, nueve minutos redimen absolutamente al disco de sus altibajos y lo elevan al paraíso de la imprescindibilidad udalsiana. Se llama Giorgio y se inicia con el testimonio de Giorgio Moroder, músico y productor alemán considerado de forma unánime como uno de los principales artífices no solo del sonido Disco sino de la irrupción de los sintetizadores a la música popular. Los nueve minutos de Giorgio representan la sublimación absoluta, desde la suave intro a base piano eléctrico hasta la progresiva introducción de los elementos rítmicos. A medida que Moroder da cuenta de sus inquietudes musicales y de cómo éstas encontraron en el uso del sintetizador su pasaporte a la historia, la música avanza y se transmuta hasta finalizar en un caos casi disonante (concepto que se recupera para el tema final del disco), que hasta cierta punto valida todo lo demás. En la era de las descargas y de los hits puntuales, Daft Punk recuperaron el concepto de LP y lo integraron para, cosas que pasan, convertir en muy conveniente la audición de este disco en su totalidad. Esa es la baza: entonces descubriremos que Beyond tiene trazas de Banda Sonora, o que Touch se ensambla como homenaje a las ampulosas óperas rock de los 70. Que la perfección en los detalles de producción los acerca a referencias chocantes como Steely Dan o, glups, Toto. Que el espíritu de la ELO flota por ahí, entre capas de french-touch. Que Nile Rodgers, claro, espolvorea toque chic/Chic por todo lo que toca. 
Y le perdonaremos o justificaremos cierto toque ampuloso en aras de todas esas memorias que el disco activa y al que añade, claro, algunas de propias. La música es así.

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