domingo, 5 de noviembre de 2017

Depeche Mode: Music for the Masses


Año de publicación: 1987
Valoración: casi imprescindible

Cuando, allá por 1982, aproveché el tiempo de un recreo en el instituto para acercarme a Star Records (tienda de vida breve pero intensa situada en pleno centro de Barcelona) para hacerme con Speak and Spell, bisoño debut del grupo de Basildon, Depeche Mode estaban siendo erróneamente etiquetados dentro del fugaz movimiento new-romantic. Al igual que Japan o que Soft Cell, incluso que Gary Numan, cualquiera que usase los sintetizadores como base para su música debía pagar ese peaje y esperar que el futuro se encargara de desdeñar oportunistas y dejar avanzar aquellos cuyo talento estuviera por encima de modas y tendencias más ancladas en lo estético que en lo artísticamente persistente.

Y pasaron esos años tan necesarios. Y subsistieron al abandono de Vince Clarke, figura central del primer disco y compositor de obvia facilidad melódica, y continuaron adelante abrazando ahora el sonido más industrial (influencia de lo que parecía una necesaria estancia en Berlín de cualquier estrella rock que se preciase), con desviaciones de aires más bucólicos, con una oscuridad sonora que parecía ser fiel reflejo de las agitadas y convulsas existencias de sus miembros, de las turbulencias propias de los rápidos ascensos a la fama. De ser un combo de post adolescentes petardos haciendo synth-pop con el pelo atiborrado de laca y tintes baratos a alcanzar los altares del Olimpo pop, un pop que se acercaba a la electrónica a la vez que los miembros del grupo perdían el miedo a agarrar mástiles de guitarra, y se ataviaban con bodies de cuero y jugaban a la ambigüedad en su imagen mientras su música se expandía e hipnotizaba no solo a Europa sino también a los Estados Unidos.

Music for the Masses, premonitorio título, es uno de sus hitos culminantes, un puente entre la oscuridad de Black Celebration y la explosión iridiscente de Violator. Un disco aún basado íntegramente en los sintetizadores, por supuesto, pero inexplicablemente (para un grupo que ya había publicado un producto típico de bandas decadentes: un recopilatorio de singles) cuajado de momentos magníficos que se concentran sobre todo en su primera parte (primera cara: cuando se publicó el soporte vinilo aún era importante) donde asistimos a una despampanante secuencia de canciones que anuncia un disco optimista y decidido. Never let me down again , con su vídeo en grano duro obra de Anton Corbijn y con su ritmo a la vez chispeante y trotón y su irresistible puente en dos fases se convierte en un clásico inmediato. The things you said ralentiza y recupera, entre juegos vocales, los nostálgicos aires centroeuropeos que teñían Black Celebration dando paso a Strange love, otro single saltarín, creciente, maduro, o más adelante, Behind the wheel, síntoma de evolución, o Sacred, regreso otra vez a las sonoridades evocadoras de los Kraftwerk de Trans Europe Express. El disco da para baladas apocalíptica como Little 15 o incluso para una despedida algo pretenciosa con la instrumental Pimpf.
Pero es, por encima de todo, el disco de una banda consolidada. Sexto disco en estudio de un grupo que está a un paso del dominio global que se concreta con 101. Ingleses con sintetizadores que despojan su imagen de parte de su ambigüedad inicial. Ahora (entonces) llevan el pelo algo más largo, usan chaquetas de cuero y se tatúan (y padecen de adicciones y de existencias tormentosas). Es 1987 y están muy cerca de tenerlo todo, pero la fama aún no ha obrado su terrorífico efecto anulador del talento (no me hagáis hablar). Grandioso disco, clave en uno de esos cambios sutiles que cuesta detectar: la aceptación de la electrónica en claves antaño reservadas en exclusiva al rock más cazurro: los estadios abarrotados por multitudes, los decibelios, el jadeo.

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