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domingo, 19 de enero de 2025

SPELLLING: Spellling & The Mystery School

Año de publicación: 2023

Valoración: muy recomendable alto

Enorme respeto para Chrystia Cabral, que ha obrado el milagro de publicar un disco que haga salir a este blog del ostentoso letargo/retraso de publicación y, aunque como decimos por aquí, una flor no hace el verano, resulta que este curioso disco activa la espoleta y justifica que me siente al teclado a recomendarlo encarecidamente.

Todo empieza de un modo algo extraño: la entusiasta recomendación de Anthony Fantano de su disco The turning wheel me induce a escucharlo aunque su voz, algo teatral, me produce una sensación algo extraña, como de intentarlo demasiado que no acaba de compensar lo que sí me seduce, que es su portentoso cuidado en los arreglos y su enorme atrevimiento compositivo, evitando escrupulosamente las clásicas estructuras pop y toqueteando un montón de estilos - desde el soul hasta el synth pop pasando por el jazz o el pop de cámara, sin llegar a aposentarse por más de cinco minutos en ninguno. Como muchos discos en los que uno no termina de ahondar, seguramente en ese momento no le doy las oportunidades que se merece. 

Pero entonces, porque al algoritmo que sugiere escuchas algo habremos de agradecerle, surge Under the sun, arreglo proverbial de una de las canciones de uno de sus anteriores discos. En el original, un experimento en clave de ligero wi-fi, pero en la versión que aquí vemos, un suntuoso arreglo de cuerda y una intro de piano, con la justa grandilocuencia, aportan encanto y sofisticación a la canción. Y ese equilibrio se revela: a esa música le faltaba la magia de la producción, algún detalle en los arreglos, alguna armonía vocal, algún lujo en la procucción, toda una suerte de pequeños factores que justifican que Spelling & The mystery school tome cuerpo como trabajo al margen de lo que es: una especie de revisión de un puñado de canciones anteriores al que las mejoras en producción, arreglos, instrumentación otorgan personalidad propia y una entidad que crece a cada escucha. Canciones notables de sus tres primeros discos, como Boys at school, ocho horas de crescendo vocal y de intensidad, Haunted Water como si Kraftwerk se encontrará con Kate Bush, o  Hard to please (reprise), delicada y decidida, parecen elevarse de forma cohesionada y la única pega es que reducen a sus originales, quizás injustamente, a una especie de precaria condición de demos. 

Una maravilla a descubrir.



domingo, 5 de marzo de 2023

Jockstrap: I love you Jennifer B


Año de publicación: 2022

Valoración: muy recomendable alto


Horrible portada y dudoso (suspensorio) nombre del grupo. Cosas que darían que pensar si no estamos ante una banda de desgarbados jovenzuelos amantes del lo-fi. 

Pero no: Jockstrap es un dúo de estudiantes que dan el salto a la escena, con dos EPs previos en los que habrá que ahondar, Taylor Skye y Georgia Ellery remiten a los dúos mixtos algo estereotipados. Como Goldfrapp, como Billie Eilish. Varón algo esquivo que solo se siente confortable entre instrumentos, más bien al fondo. Mujer de buena voz que lidera el grupo con firmeza y que empuja al grupo hacia la libertad creativa. 

Porque Jockstrap no suenan como una banda underground. Para nada. Suenan grandiosos como las posibilidades de la producción actual hacen posible sonar. Sin miedo al cambio de estilo o a los elementos aparentemente disonantes, consiguen sonar en este disco (a veces, en la misma canción) a Björk, Propaganda, Saint Etienne, Madonna, Shania Twain y Aphex Twin. Influencias de lo más variadas, respetables todas ellas, que les ayudan a configurar un sonido que resplandece en este brillantísimo debut. Aparte de los dos Ep, tres singles que forman el esqueleto del disco y que gravitan hacia todas direcciones. Eurodisco ochentero guiado por piano en brillante video, Greatest Hits resulta curiosa e incluso única, sin un estribillo visible y una sensación de fundir cuando aún se puede desarrollar. Portentosa en apenas cuatro minuto que se dispara en muchas direcciones. Más canónicos en Concrete Over Water, con sus parones y sus arranques celebratorios, y ya directamente desquiciados en Glasgow, exhalación de aires folk que cuenta con un crescendo de cuerda que tardará semanas en abandonar tu cabeza. Música inintencionadamente emocional, el gran logro del dúo es mantener una coherencia en un álbum que parece interpretado, en cada canción, por un artista diferente, cuarenta y cinco minutos (gracias a aquellos músicos que están ajustando la duración de sus discos a su capacidad de entregar material sin relleno) que atraviesan terreno arisco:  Neon podría pasar por Joni Mitchell hasta que es atravesado por un rayo de distorsión. What’s It All About? contiene el aire primaveral y las cuerdas como si hubiera sido compuesta por Burt Bacharach (RIP), Debra es puro Bollywood y, ya que hemos mencionado a Goldfrapp, Lancaster Court encontraría acomodo en algún rincón de Seventh Tree. Este conjunto de canciones que se engulle con facilidad y descubre matices a cada escucha resulta ser uno de los mejores debuts de los últimos años.

domingo, 30 de octubre de 2022

Arctic Monkeys: The car


Año de publicación: 2022

Valoración: muy recomendable alto

Una mención, en estos tiempos de anonimato digital de los recursos visuales, a esa portada, con esa perspectiva tan propia de los gráficos de los Sims y una especie de adecuación geométrica, una particular obra emblemática que, sin nombrar grupo ni título, pasará (si el mundo es justo) al catálogo de imágenes que se asocian a un grupo. De hecho, una composición visual que tiene su reflejo en el contenido musical: algo aparentemente gris y anodino que va revelando sus detalles. 

Vaya: me hice a mí mismo un pequeño spoiler. Voy a sincerarme: las primeras veces que escuché este disco (la mayoría, una vez acostado y con auriculares) caí dormido. Quiero decir, puede que fueran situaciones en las que estaba algo cansado y el escaso margen en que me mantuve despierto me dio tiempo de apreciar el inicio y como hasta la tercera canción, sin llegar al momento de ruptura (en mi opinión) del disco, que es a partir de la sexta canción. Me resultó algo curioso: al primer single (There’d Better Be A Mirrorball) del disco me parecía percibir que seguía un curioso tándem de canciones que emparejé, respectivamente, con las tonalidades de la primera y segunda cara de LowI Ain't Quite Where I Think I Am, con sus jugueteos funky en los arreglos, incluso con un fraseo en puro tono Bowie, y Sculptures Of Anything Goes, con su desarrollo basado en la percusión electrónica (supongo que todo un sacrilegio para la base de fans histórica de la banda). Curiosas referencias que me sumieron en un cierto escepticismo sobre el disco. Que se completó cuando the needledrop le propinó un sonoro 3,5/10 en su crítica. Creí que mi opinión se decantaba en el mismo sentido, cosas de las premuras por opinar sobre un disco o incluso cierta sensación de urgencia por pasar a algo, pensaba, más disfrutable. Entonces pensaba que el uso continuado del falsete, la inundación de cuerdas y la continuidad con la línea neo-crooner avanzada en Tranquility Base. Hotel & Casino se le había atragantado a la banda. Que los referentes a ciertos tótems de la escena alternativa, el mencionado Bowie o Scott Walker, o el funk suave y sexy de Jet Skis On The Moat, y la necesidad de demostrar que el cambio de sonido era tajante, que el liderazgo de Alex Turner era absoluto ( de hecho, percibía cierta cara de aburrimiento en algún músico en la interpretación de Body Paint, como si añoraran los tiempos de los riff y los ritmos trepidantes) y que el camino de la banda no solo era un suicidio comercial (cosa perfectamente respetable, véase Kid A) sino artístico (véanse millones de ejemplos) y que el siguiente paso solo podría ser (allá por 2025) un regreso a las bases con la cola entre piernas. 

Pero no: las sucesivas escuchas giraron la opinión como un calcetín. Gracias, paciencia, la que seguro que no tuvo Anthony Fantano, la tuve yo. La segunda mitad del disco, la que no llegaba a disfrutar,  sumido en el sueño, empezó a resplandecer, seguramente al decidirme a escucharlo de día. Y apareció el tema que le da título, con su poderoso y marcial bombo, su avance casi acústico, su tono narrativo y su solo de guitarra casi morriconiano, ojo, la cosa empezaba a mostrar sus capas y el escepticismo cedía a un entusiasmo que se había hartado de ser contenido. El siguiente tema lo confirmaba: la desinhibición era absoluta, la necesidad de reafirmarse en el cambio había quedado satisfecha y tocaba liberar el sonido:  Big Ideas parecía ironizar sobre esa situación: "I had big ideas the band were so excited". Delicioso arreglo de cuerda y glorioso solo de guitarra que ha sido pasto de un aluvión de recreaciones. Este, por cierto, más cerca de David Gilmour de lo que cualquier trabajo de la banda podría hacer presagiar. Como si la condición de Alex Turner como líder aplastante pudiera ser puesta en duda. A los que dicen que este es un disco del solista (o de su proyecto alternativo The Last Shadow Puppets) no se les puede ni confirmar ni contradecir: el tono ligeramente frívolo de Hello You resulta curiosamente discordante pero volvemos a tener un arreglo de cuerda que remata a la perfección el tema. Y Mr Schwartz nos acerca al final con tonos de jazz fresco y casi tropical, (otra vez, las cuerdas) como si los Style Council hubieran rejuvenecido en un punto intermedio entre Paris, Rio de Janeiro y Philadelphia. 

Prácticamente hemos destacado todo el disco. Pocos trazos de esa eventual dictadura creativa lo sea a costa de unos músicos abatidos y tiranizados. Menos aún de que el giro creativo sea una travesura o una apuesta a caballo perdedor. Siete discos son muchos para una banda como para entregar este destacadísimo ejercicio de eclecticismo y buen gusto en las influencias. Los incondicionales de sus primeros trabajos, ariscos y nervudos, demostrarán haber crecido con ellos asimilando su brillante evolución o despotricarán si pretenden esperar de la banda un bucle de repetición y hastío. Todo el mundo es libre de decidir. Todo el mundo puede optar por criticarles tras pocas y poco atentas escuchas. Claro. Ellos se lo pierden.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Chromatics: Kill for love


Año de publicación: 2012

Valoración: muy recomendable alto 

Otra banda que se ha disuelto recientemente: tampoco voy a interesarme por los detalles. Me conformaría con que Johnny Jewel, que aún sin ser el fundador había tomado las riendas en el sonido del grupo (combinándolo con sus montones de alter egos artísticos y su prolífica carrera contribuyendo a bandas sonoras como la de Drive y su gestión al mando del emblemático sello Italians do it better) siguiera mostrando su inquietud a cada paso.

Aunque la guitarra (curioso, misma pose y gama cromática que la de Useless de MBV) pueda llevar algo a engaño. Kill for love es un extenso trabajo (más de 90 minutos en su versión más habitual) que parece dispararse en varias direcciones. Plagado de influencias, lógico si hablamos de más de quince canciones, aquí podríamos encontrar desde obviedades de lo más clásico: Kraftwerk, el italo-disco, New Order, Blondie, la eterna banda sonora de Vangelis para Blade Runner,  hasta algunas no tan visibles. Mazzy Star, la Velvet Underground, o los mismos MBV en los tratamientos vocales, también Daft Punk, Goldfrapp en las estructuras rítmicas, The XX en la premeditada aridez instrumental, Aphex Twin en la falta de miedo a incorporar lo redundante. Y una que sobresale: la de Low de David Bowie al ser un disco claramente dividido en dos secciones.

Un inicio que desorienta al más pensado: Into the blue, versión de Neil Young que se abre con guitarra en trémolo y voz íntima, aunque a medida que avanza se emborracha de teclados. Rápida irrupción en forma de media docena de canciones que son pura onda dream-pop y en las que los teclados empiezan a acaparar protagonismo. La guitarra queda avasallada por el secuenciador que acapara Lady y apenas se han despejado en ese momento las esencias pop: voz dulce, melodías pegajosas, susurros, todo desprende un aire a luz de neón que, aunque atractivo, no es aún distintivo. El vuelo empieza a partir de ahí: la influencia de la música ambiental gana terreno y temas (ya no les llamaré canciones) como Broken Mirrors, The Eleventh Hour, Running From The Sun (esta última parece house de Detroit ralentizado) dominan el sonido del disco. Nadie esperaba que acabara así, y seguramente el 90 % de los oyentes no llegarían a esa parte de la obra de no ser por la paciencia o las búsquedas aleatorias. Aunque esa parte del disco aún contiene algunas partes vocales (la deliciosa Sally no desentonaría en Berlin  de Lou Reed) la sensación de flotación  constante, casi narcótica, es irrepetible. Incluso debió serlo para la propia banda. Solo un intento más, pasada más de una década, y la disolución.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Working Men's Club: Working Men's Club

Año de publicación: 2020

Valoración: muy recomendable

Como la realidad musical actual ha acabado confinando a toda música que no sea o r'n'b y sus derivados o sonoridades latinas al rincón de lo "alternativo" nos estamos ahorrando, y ya hace lustros, el aborrecible fenómeno de los revival. Creedme, he sufrido demasiadas veces de ello en el pasado y es un tormento: de repente muchos se apropiaban de un sonido de décadas anteriores y se creaba una especie de escena que no dejaba de atormentar a los oyentes a base de refritos de sonidos del pasado ejecutados por admiradores tan llenos de ilusión como exentos de talento o de originalidad. El último episodio que recuerdo fue tan breve como poco memorable, si bien de una ingenuidad entrañable: el electroclash fue una especie de intento de actualización de los desmadres más anfetamínicos del synth-pop y duró, sin dejar más impronta que unos cuantos temas sueltos y remezclas que rezumaban exceso por todas partes.

Entonces es bueno comprobar que una banda de aires revisionistas puede actuar con toda libertad, como se dice por aquí a su puta bola y, armados de arsenales de sintes y haciendo acopio del descaro más post adolescente, publicar un disco de debut notabilísimo, un disco de manifiesta personalidad como lo demuestra el abrirlo con pulsaciones sintéticas de aires Detroit y cerrarlo con doce minutos, doce, de desparrame saturado ora por guitarras ora por zumbidos sintéticos de minutos de duración: entregan diez canciones que amparan ese abanico y se quedan tan frescos. Así que este cuarteto abre con un hit alternativo de 1989, Valleys muestra las pedorretas de Roland 303 que llegan a extremos no oídos en este siglo, y no solo eso, los vocales parecen ser de aquellos ejecutados por cantantes que habían sido puestos al frente de bandas, toma el micrófono que eres el que menos mal lo haces, pero el sonido funciona, funciona a base de convicción y de desparpajo, de desvergüenza absoluta y de asimilación de influencias no siempre obvias, no se trata de homenajear como hacía Ladytron o como hicieron (con brillantez) los LCD Soundsystem del último disco: aquí hay lugar para Carl Craig, para Human League de primera época, para Ultravox! (los de John Foxx), para los Magazine de los primeros dos discos, para, glups, aires a los Front 242 menos garrulos,  y para algunas, pocas, más recientes, como el caos sonoro de Animal Collective o incluso las guitarras más saturadas (hay, sí, muchas guitarras) de grupos como Slowdive, My Bloody Valentine o Spiritualized.

¿Es esto un pastiche? Las sucesivas escuchas demuestran que no, que han salido adelante y resultan a la vez novedosos y respetuosos con sus referencias. John Cooper Clarke, con vocales prácticamente habladas y capas por todas partes, con sus aires de future-disco, White Rooms and People mezcla a Gary Numan y a riffs de guitarra que ubicaríamos en la obra de Duran Duran (banda a reivindicar) y así hasta diez canciones, clásica cifra de canciones que recuerda, también, la estructura de los vinilos, donde se apilan aún más referencias, guiños al dream-house y a bandas como Tame Impala, en fin, quede claro que son cuatro músicos que han dado buena cuenta de colecciones de discos propias o paternas, y que hoy en día es ya absurdo hablar del futuro ya no de la música sino de un simple género, Working Men's Club son, posiblemente, la banda que suena más fresca y más decidida en este momento, quedándose en terrenos, sí, conocidos, pero con una madurez y una convicción en su sonido y en sus canciones que muchos artistas de largo recorrido ya querrían haber llegado a alcanzar. Obvio que su siguiente paso ha de despejar muchas dudas, pero en este mundo, en esta industria musical tan necesitada de golpes de efecto, especular con su futuro y no disfrutarlos, ahora, aquí, en este primoroso disco de debut, sería estúpido.

domingo, 28 de junio de 2020

Japan: Quiet Life

Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable alto

Quiet Life marca una transición en la carrera de Japan, quizás inicia el camino que precipita años más tarde la disolución de la banda pero, curioso, resulta parecer ahora su álbum más sólido y gana enormemente con las escuchas repetidas.
Incluso manteniendo una fuerte influencia de su etapa Glam en algunas canciones, siguiendo la evolución del propio estilo, aquí Japan deja de ser un grupo en la estela de T-Rex o los NY Dolls y se entrega sin rubor a la influencia de Roxy Music, títulos y estrofas en las canciones lo confirman, pero, algún otro caso se ha dado, sofistican y extreman sonido y mensaje, no hablamos aquí de copias que mejoran el original sino de adopción de un sonido y énfasis en algunos de sus aspectos de forma que surge algo nuevo. 

Y Quiet Life es un disco que cuesta comparar con otros. Un equilibrio casi perfecto entre rabia y sensibilidad, todas más exacerbadas en lo lírico que en lo sonoro. Paga sus deudas, Despair es el casi obligatorio número introspectivo, esta vez en francés y con la sensibilidad modo Satie que el grupo perfeccionaría en su disco posterior. All Tomorrow's Parties, versión sofisticada y llena de pedales de distorsión, cumple la deuda del reconocimiento de influencias. El resto del material ya es más cohesionado, desde la canción que titula el disco, con sus oleadas de teclados y sus solos (otra marca del disco: la presencia de cuerdas, saxos, otra manera de desmarcarse del rock de guitarras al uso), y composiciones extensas de tonos épicos: la voz de Sylvian desplaza de cierta guturalidad glam a la contención que lo empareja con Bryan Ferry. Así, In Vogue, toda una muestra del sonido del disco, ya es Japan a puro rendimiento: bajo burbujeante, piano nítido, voz ecualizada evitando un estricto primer plano, porque Sylvian podía pasar por ser el frontman de la banda, pero (y su actitud paciente en su carrera en solitario lo confirmaría) se consideraba un componente más dentro de un colectivo, Alien retoma aires de reggae cósmico de algún tema de su disco anterior, Fall in love with me  parece anticipar los amagos disco que alguna de sus colaboraciones posteriores apuntarían y, por supuesto, imposible olvidar la majestuosa canción que cierra el disco, The Other Side of Life, tour de force de aires épicos, dramáticos, crescendos vocales y cuerdas celestiales que tumban el oyente: Japan habían recorrido en tres discos el camino de la rabia juvenil a la escandalosa madurez sonora. También habían desplegado una corriente estética que les procuró comparaciones inmerecidas y no pocas chanzas de los puristas. A ver cuáles de los que los imitaron o los criticaron llegaron a estas alturas.

domingo, 5 de abril de 2020

Tyler, The Creator: Flowerboy


Año de publicación: 2016

Valoración: muy recomendable alto

Si uno fuera un obseso de los detalles ocultos en el packaging de un disco (de una obra) diría que la portada de Flowerboy se nutre de referencias pictóricas: a Dalí, a Van Gogh, quizás Oriol Vigil sea capaz de atribuir alguna otra influencia a ese colorido ligeramente psicodélico. En cualquier caso, salvo por la imagen del músico, su cara oculta por una de esas abejas, Tyler se aleja de estereotipos de género y revela sus intenciones: esperad cualquier cosa. Pulverizad cualquier preconcepción. Y eso es lo que hay que hacer antes discos así, y he de reconocer que, como en algún otro caso, no llego a la obra del músico californiano (por favor, dejemos ya de llamarlos raperos, es injusto e incluso racista) porque la esté siguiendo conforme se produce, sino del futuro, del enorme placer que me ha procurado una obra extraordinaria como Igor  y de la indagación a que ello me ha abocado, empezando por este Flowerboy, su inmediato precedente. 
Un disco diferente, también un obvio paso de evolución por lo que se aprecia, pero desde luego otro disco magnífico, quizás un poco más descompensado en su parte final, pero desde luego un perfecto ejemplo de cómo un músico evoluciona, busca y encuentra. Porque aquí no encontraremos la coherencia marciana del tracklist que traza una historia, pero desde luego las maravillas no tardan en aflorar. Inicio ejemplar: Foreword arranca con la simpleza de una caja de ritmos por debajo de los 100 bpm y pronto el fraseo característico y perezoso (ese alargue de swimming) de Tyler, combinado con voces invitadas que aporta una extraña emoción hasta que unas cuerdas celestialmente saturadas se apoderan de la canción, que acaba con un solo de sintetizador con la distorsión justa. Solo hemos hecho que empezar y la trayectoria del disco ya ha quedado definida por la sorpresa constante y la falta de barreras. Nos espera, ahora sí algún tema con aroma a rap clásico, si así puede denominarse la mezcla entre pizzicatos de cuerdas y fraseo agresivo en Who Dat Boy, los devaneos de pop-naif en See you again y Boredom, que con sus dulces melodías casi piden a gritos una intervención de estrellas como Ariana Grande, el coqueteo con el free jazz que va y vuelve a lo largo de todo el disco, en el  que tan pronto pueden asaltar los tracks secciones de viento que evocan a Broadway como, lo juro, aires de pasodoble. Y claro, Pothole o Garden Shed, esos inclasificables temas que acaparan la parte central del disco, le dan sentido, profundidad, grandeza, y confirman que discos como éste y músicos como Tyler The Creator ( o Frank Ocean, con quien comparte orígenes en Odd Future) son, por encima de géneros y etiquetas, el auténtico futuro de la música. 

domingo, 8 de marzo de 2020

Solange: A Seat at the Table


Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable alto

Habrá que solventar ciertas reticencias para empezar. Sí, Solange se apellida Knowles y es la hermana de la sempiterna Beyoncé, ídolo global. Solange, aclaremos, es la hermana, ejem, alternativa. O sea, la que no saldrá en la SuperBowl, la que no basa sus canciones en las coreografías, la que, diríamos, parece relegada ante su status icónico.
Pero, lejos de arredrarse o conformarse, Solange cada vez ha hecho mejores discos. Compartiendo cierta costumbre del star-system de la música de color (horrenda etiqueta, pero puede ser que sea la mejor para aglutinar rap, hip-hop. r'n'b, soul, y otras cosas), Solange colabora con frecuencia con músicos como Estelle, Q-Tip, Sampha, su presencia en los discos de otros artistas como Tyler The Creator delata su buen gusto y un cierto punto de riesgo que no he apreciado en los discos de Su Hermana La Famosísima.
Sin ir más lejos, este A Seat on the Table, penúltimo disco de sus discografía en el que ha contado con la ayuda de Rafael Saadiq (otra estrella más encuadrada en el neo-soul de músicos como D'Angelo o Maxwell) es un disco muy brillante. Quizás demasiado condicionado por un track-listing un poco previsible (breve comienzo, breve final, doce piezas principales, siete interludios de todo tipo) que le aporta cohesión como álbum ligeramente conceptual, pero que lo aleja de la colección de canciones inapelables que hubiera sido si. como FKA twigs ha hecho recientemente, cercenase implacable el contenido hasta dejarlo en ocho o nueve canciones brillantísimas. Quizás entonces hubiéramos hablado en otros términos.
Pero este disco es así, extenso, salpicado por interludios que retienen un poquito la progresión y que lo uniformizan. A primeras puede parecer monótono, con sus medios tiempos surgiendo uno tras otro y a veces difíciles de diferenciar. Pero conforme avanzan las escuchas, los tesoros van siendo desenterrados. Se trata de un disco con un sonido sobrio, donde los teclados se muestran dominantes en todo momento, de un modo u otro podríamos reducir el disco a sintetizadores más la dulce y gloriosa voz de la cantante, que compone todo el material y lo eleva con una deliciosa dicción, casi un fraseo que huye de exhibiciones de poderío, detalle nada secundario pues es uno de los atractivos del disco: oír esa voz siempre gobernando las canciones desde contención y dominio, sin caer en lo que yo llamaría síndrome Adele de diseñar música para alardear de capacidad técnica o mera potencia vocal. Solange huye de eso incluso en las canciones donde dobla su voz o se hace coros. Lo importante aquí es el conjunto y solo hay que esperar a que irrumpan las primeras notas de Rhodes de Weary para darse cuenta: se dirige con firmeza al oyente, lo interpela y casi lo intimida en una primera frase. Es soul, claro, como referencia más visible, y el espíritu vocal de Minnie Riperton o Erykah Badu conviven con flujos sonoros evanescentes, Roy Ayers, Lonnie Liston Smith no andan lejos. Una referencia que no aplasta, como esas cuerdas en Cranes in the Sky. Flotan en el ambiente sin elevarse ni caer, como si se tratara de un Unfinished sympathy de un género que es absurdo etiquetar. El piano ligeramente percusivo, casi honky-tonk de  Where Do We Go (también presente en Mad) lo corrobora: es música que bebe de muchas fuentes y se enriquece de todas ellas. Puede uno discutir cierta tendencia al aire íntimo, inevitable con una voz como la de Solange. Creo, por ejemplo, que Sampha estropea con su voz irritante esa maravilla que es Don't touch my hair. Pero hay donde consolarse: Borderline (An Ode to Self Care), es simplemente perfecta, con su aire ligeramente cósmico, y me he dejado aún algunas otras canciones que entran y salen en las preferencias conforme se avanza en el disco. Discos cuyas favoritas van cambiando a medida que se producen las escuchas. Pocos pueden presumir de eso.