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domingo, 14 de marzo de 2021

Nick Cave & Warren Ellis: CARNAGE

Año de publicación: 2021

Valoración: casi imprescindible

Ghosteen, anterior disco de Cave (aunque firmado junto a su banda, de la que, por cierto, Warren Ellis es también componente), me resultó un disco, todavía, extenuante. Sin entrar a interpretar las letras, que parece ser que evocaban aspectos espirituales, la propia música, prácticamente despojada de ritmo y percusiones, nos desvelaba a una persona (no el personaje que encarna Nick Cave artista) angustiada, más declamador que cantante, más oficiante que intérprete.

Bien, si puede establecerse una continuidad (no descartemos que la firma del disco represente un guiño a que no sea así) e integrar a The skeleton tree en una hipotética trilogía de impacto postrero, interiorización de la tragedia, conato de regreso a la normalidad, Carnage representaría ese estadio, quizás aún en un modo precario, en el que Cave ya empieza a atreverse a recuperar ritmos, a permitir a su música recuperar un cierto dinamismo.

Curioso, por cierto, que a mediados de marzo ya y los dos discos publicados en el año 2021 que aquí se reseñan pertenezcan a dos varones de países no centrales en el universo musical, que estos artistas estén relacionados con excesos varios, que ambos discos se abran con dos temas que aportan curiosas combinaciones rítmicas (ambos incorporando un inesperado latido electrónico). 

En todo caso, el de Cave es un regreso a la forma francamente gratificante, no es que sea una ruptura sonora (alguna canción aquí no desentonaría en discos clave en la carrera del australiano, como Henry's dream o Murder ballads, pero esa recuperación de elementos da que pensar, no saquéis de contexto este comentario, que Cave está canalizando artísticamente su tragedia, quizás no de una manera firme y rabiosa, en la segunda mitad del disco los tempos parecen congelarse de nuevo, pero, cosas del tracklisting, esa apoteosis que representa la cuarta canción, White Elephant - YouTube, con su línea de bajo elástica, sus aires húmedos a lo trip-hop y ese glorioso, pletórico, coro de evocaciones gospel, única canción que destacaría por encima de las demás pues todo el disco es enormemente cohesivo, ese emplazamiento que pareciera que fuera más lógico haber situado al final del disco, donde hubiera alcanzado un cénit épico realmente simbólico, esos guiños a los grandes discos trágicos de Bowie, de Scott Walker, incluso a las propias y áridas bandas sonoras que los propios coautores del disco llevan años publicando. Un disco para quitarse el sombrero y, si cabe, engrandecer el mito.

domingo, 20 de octubre de 2019

Nick Cave and the Bad Seeds: Ghosteen

Año de publicación: 2019
Valoración: recomendable 

Ponerle etiqueta a esta música es un auténtico rompecabezas. ¿Se le puede llamar pop a un disco que suena como una ceremonia alejada de banalidad? ¿Merece el apelativo de rock un disco en el que guitarras y sección rítmica se hallan a milímetros de lo perceptible, cuando no definitivamente ausentes?
No voy a crear ninguna de las siguientes etiquetas: música sacra, música con mayúsculas, o cualquiera otra que quizás ayudaría a situar al oyente pero que, quizás, alejaría la atención de la dimensión real del disco.
Dimensión que es respetable. Este disco fue concebido, producido e interpretado con Cave ya consciente del trágico suceso, en 2015. de la muerte de su hijo, que se precipitó por un acantilado, y parece ser que en las circunstancias de su fallecimiento, con 15 años, intervino el consumo de ciertos estupefacientes.
Entonces Cave, que arrastra la leyenda de sus largas y recurrentes adicciones, sempitermo traje oscuro y camisa blanca, tupé ligeramente anacrónico y pose de poeta francés maldito extraído nde su siglo de origen, confirma en Ghosteen todo lo que el anterior disco, The Skeleton Tree (que se compuso antes pero se grabó y publicó después del suceso) apuntaba. Que la carrera de Cave, que ya no era precisamente un ejemplo de dinamismo y aires festivos, ha entrado, y ya son dos discos importantes, en el área de interés del dolor, un dolor sereno y profundo, no la rabia ni el aire agreste que quizás hubiera cabido esperar allá por 1994, sino el dolor meditado de un hombre que ha superado los sesenta años de edad, que lleva una carrera que se extiende por décadas y al que ahora la terrible realidad aplasta y condiciona.
Ghosteen es hielo que quema. Son largos desarrollos instrumentales, casi siempre teclados orgánicos y sintéticos, sobre los que Cave declama, recita letras de aire poético y trágico, nombrando a Jesús por doquier, elevándose solo un poco sobre unas bases estáticas, poderosas, creadas por Warren Ellis, colaborador de largo recorrido aquí mostrando, discreto, respetuoso, a veces tan sobrio que pensamos si estas melodías se han creado para ser interpretadas desde un órgano en medio del desierto, de noche, rememorando las hechuras conseguidas a lo largo de los scores que ha ido firmando. Cave, contenido, preciso, las recita y de vez en cuando toma aire y a veces esa voz distintiva acomete algo parecido a una melodía puntual y luminosa, apenas luz de Luna entre tanta tiniebla, como mantras para respirar en medio de ese pesar que asfixia el disco, que lo sitúa en un territorio poco agradable, pura solemnidad cariacontecida, ni un amago de rabia, ni una concesión a la rebeldía.
Por supuesto poner en tela del juicio la oportunidad o no de que un músico tan reputado refleje de manera tan contundente la realidad en que se mueve (Cave obviamente se refiere al hecho como algo que ha cambiado su existencia para siempre) queda sobre el tapete. Cave no es músico al que su discográfica, ni su pequeño ejército de fieles seguidores, plantee condiciones de tipo comercial. Seguro que el disco, tan brillante en su ejecución como doloroso en su comprensión, ha sido creado en un entorno de absoluta libertad creativa. Pero desde luego no es ni para todos los públicos ni para todos los días.

domingo, 17 de junio de 2018

Reseña suicida: AC/DC: Highway to Hell

Año de publicación: 1979
Valoración: grotesco

Si el querido lector quiere hacerse una idea del interés que el heavy-metal me suscita, solo ha de echar un vistazo a las 80 reseñas previas de este blog.
Sin mencionar sus estilos extremos como el black metal. Me grabé el otro día haciendo gargarismos mientras la lavadora andaba en el ciclo de centrifugado y ahí había más música que en toda la discografía de Mayhem.
Pero hay que tocar todos los palos, dicen. Y qué hay más emblemático que AC/DC, posiblemente, junto a Iron Maiden, el icono del género. Unos vendedores de camisetas y de badges para chupas de cuero como éstos. Junto a los Ramones, adorados por los diseñadores del Zara o de H&M, que vieron en ellos la inspiración necesaria para cercenar el embotamiento a la hora de pensar en camisetas-de-niño-pequeño-que-demuestren-que-los-padres-son-gente-enrollada. Jamás tantos productores de tela negra de algodón tuvieron tanto que agradecer a tan pocos.
Situémonos. Qué mejor entorno para un título que el infierno y esas cosas. Qué mejor escenario cuando el heavy-metal tiene una finalidad primaria que es asustar e intimidar al oyente medio como vía de atracción del oyente joven. O puede que viceversa. A base de decibelios, para empezar. Y de iluminación y de pose personal. Cerveza en ristre, las hordas del género se pasean por los aledaños de las salas de conciertos y todos parecen ser de muy mal llevar. El aire satánico y las cruces invertidas. Wow. Quina por. 
AC/DC, o lo que queda de ellos después de que los excesos y el paso del tiempo hayan hecho mella en su formación original, son ya más un circo que otra cosa. Como los Rolling Stones y como cualquier grupo que se empeña en intentar irradiar energía adolescente décadas tras haber dejado de serlo. Eso se llama impostar. Se llama alargar las cosas y se llama repetirse.
Pero en 1979 el grupo debía estar en periodo de efervescencia creativa. ¿No? Y qué mejor ejemplo que el disco que se titula como su canción más conocida que, esto es la repanocha de la obviedad, abre el disco con ese riff tan emblemático que a su segunda repetición ya uno (el que la tenga) menea la melena al viento y se lanza a hacer acrobáticos saltos de air guitar (señores: hay concursos de éso- de verdad). Y ves al tipo ese, el de los pantalones y corbatín de colegial  (indumentaria cuyos motivos entran súbitamente en la Historia De Los Grandes Rockeros). Sí, el que en la portada luce cuernos y cola diabólica. Lanzándose arriba y abajo del escenario sacando la lengua ante el éxtasis de los fans, que suelen exigir más de lo mismo.
Pues el disco se acaba ahí. Ya está: dos riff, un ritmo seco de batería, y cuando entra la ¿voz? de Bon Scott (recuerdos a los primos) el disco ya lo ha dicho todo. Nos quedan unos cuantos gritos bastante molestos, mi parecer, y el estribillo, otro grito más para que los fans alarguen el espasmo. Decídmelo a mí. La primera vez que me puse este disco entero me dormí a la cuarta canción. Con auriculares. Me desperté pensando que era la quinta o la sexta (todas suenan igual) y resulta que el video de Youtube ya había saltado a una recopilación de grandes éxitos donde salían las mismas. Pruebo otra vez. Igual. Suficiente para un himno o suficiente para el himno de un subestilo o suficiente para que la gente en los conciertos ya genere sudoración en cantidad como para acudir al bar a por su Fanta Naranja. ¡Noooooo! ¡Quería decir cerveza! ¿Cómo pude equivocarme? Quede muy claro que AC/DC es a la música lo que Creepy es a Cien años de soledad. Una apuesta perfectamente válida de limitarse a la diversión inmediata y al disfrute efimero. Más allá de asustar a los padres o molestar a los vecinos, no se les puede exigir más.