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domingo, 21 de agosto de 2022

Françoise Hardy: La question


Año de publicación:
1971

Valoración: casi imprescindible

Sin pretender parecer superficial, he de empezar mencionando la condición de Françoise Hardy (en la actualidad, poco menos que reivindicando ser eutanasiada por los terribles dolores derivados de una complicada enfermedad) de persona más cool del universo justo en ese punto álgido en el que este disco se publicó. Una definición prácticamente imposible de sostener de forma objetiva cuando era bastante sosa ante cámara y tampoco era una persona muy activa en lo social. Pero incluso limitándose a estar era un icono absoluto e indiscutible.

La question es un disco casi a la antigua usanza. Doce canciones (seguro que seis por cara en su día), apenas media hora de música sin que ninguna canción llegue a los cuatro minutos. Creado en gran parte junto a Tuca, guitarrista y compositora brasileña prematuramente desaparecida, cuya guitarra en primer plano en el canal izquierdo domina en la mayoría de las grandes canciones que este disco alberga. Aunque yo hubiera elegido una canción diferente que Viens para abrirlo, una buena canción a la que aprecio un sonido algo abigarrado en la producción, el disco entra rápidamente en su sonido en La Question, colosal canción que ya empieza a transpirar, esos acordes, el tono casi irreal que el disco no abandonará, y uno podría decir que esa pose, esa languidez, a estas alturas resulta conocida y sobreexplotada, pero oh la la, resulta que Hardy estuvo allí primero, incluso aportando algo un poco extraño como Chanson d'O, prácticamente un susurro inarticulado, o Le martien, con esa especie de susurro acompañando, que alejan el disco del entorno de cantautor y lo elevan a esa especie de ámbito irreal. He de agradecer la inclusión de Si mi caballero en una histórica sesión para The Blue Room a cargo de Goldfrapp para penetrar en este disco y no puedo evitar recordar algo el último - hay algo injusto en que haya sido tan unánimemente ignorado - disco de Arcade Fire cuando oigo la sección de cuerda en Rêve, otra vaporosa canción que cierre el álbum entre deliciosos arreglos y la dulce voz de Hardy, no exactamente una cantante virtuosa, más bien un absoluto mito capaz de recrear un ambiente con un simple fraseo.


domingo, 31 de julio de 2022

Air: Le Voyage dans la Lune


Año de publicación: 2012

Valoración: muy recomendable

Podría sonar a trabajo de despedida, ya que, más de una década más tarde, este sigue siendo el último trabajo oficial del dúo francés. No lo es, al menos de forma oficial. Creo recordar que aportaron música de fondo a una exposición, o algo así, que podría sonar a movimiento coherente aunque algo snob, pero tampoco es que este Le voyage dans la Lune fuera a desentonar si su función es un final de carrera. Para bien o para mal, el descenso desde Moon Safari parecía ineludible y solo la suavidad de la decadencia alejaba a los entusiastas de la banda de cualquier alarma. Parecían fundirse en gris y sus discos empezaban a alternar sonido clásico del grupo con experimentos discordantes (el silbido en Alpha Beta Gaga) que insinuaban cierta desorientación. 

En todo caso, la media hora justita que entregan como colchón sonoro para la edición con color añadido del entrañable clásico de Georges Méliès resulta sorprendentemente inspirada. Quizás a la banda le faltara el empujón de una fuente inspiradora externa, quizás esa evocación planeadora complementaba su voluntad retrofuturista, pero el experimento resulta. Nada de electrónica flotante, atrás queda el ambient e irrumpe una especie de sonido atrevido y algo distorsionado, la evocación extraída de las imágenes de un siglo atrás se traduce en tonalidades melancólicas, aires relativamente progresivos, no tanto como los que saturaban su banda sonora para Sofia Coppola o su incomprendido 10000 Htz Legend, pero en cualquier caso inspirados y cohesionados. El dúo se desprende del formato álbum de canciones que había atenazado Love 2 y se les nota a sus anchas, quizás por última vez. Quizás los royalties aún les duren para vivir y no volvamos a saber de ellos. Quizás las previsibles reediciones, las giras, alguna producción ajena. El respeto ya se lo ganaron y Le Voyage dans la Lune puede parecer un fugaz regreso a la forma, o un canto del cisne, pero es un disco muy notable cuando parecía que podría tratarse de una broma.

El disco entero, aquí


domingo, 2 de mayo de 2021

Daft Punk: Discovery

Año de publicación: 2001

Valoración: muy recomendable

Doce años pasaron entre la publicación de este Discovery, disco de su consagración, y Random Access Memories, el colosal trabajo por el que se convirtieron, aún más, en un mito global. Hace unas semanas han colgado en Youtube un video llamado Epilogue que ha sido interpretado unánimemente como un comunicado de separación: Thomas Bangalter y Guy De Homem-Christo son ya personajes más anónimos de lo que sus sempiternas máscaras les hacían ser. Son el 50% del dúo francés que aportó a la electrónica una popularidad y una imagen que muchos rehuían aportar. Eran indistinguibles con sus casos relucientes y su estética sobria y si su despedida fue esa, un disco repleto de colaboraciones con personajes de diferentes rangos  (desde Chilly Gonzales a Julien Casablancas), convertido de repente en su despedida por todo lo alto, inexplicable la decisión o quizás la consecuencia de una pavorosa realidad, que es que el sucesor de ese disco lo tenía muy difícil para estar a la altura. Y ocho años ya eran una espera muy larga incluso para sus parámetros.

En 2001 la presión no era tanta: la escena techno podía estar iniciando una decadencia pero aún era efervescente. El french touch contaba con muchas figuras quizás no todas de primera línea pero desde luego de colosal reputación underground, desde Philippe Zdar hasta Etiénne de Crecy pasando por St Germain o Laurent Garnier, con sellos en racha como Versatile, Source o F Communications. Daft Punk aceptaron el cetro y Discovery representa su consagración, levanta el acta de elevación del filter house que ya había sido tanteado en proyectos paralelos, le aporta el certificado de relevancia del formato LP, y les empuja hacia la fama. Todo ello con un disco cuyo mero título ya es un juego de palabras: Discovery se llamaba un disco de la ELO, otros entusiastas del vocoder, la palabra significa descubrimiento, combina los vocablos very y disco  (ambos títulos, además de dos LPs de Pet Shop Boys, otro dúo electrónico global). Nada podía fallar. Es más: todo el material del disco contó con el soporte visual de videos manga que parecían contar una historia paralela al álbum. 

Por si había alguna duda, el disco se inicia con One More Time, hito de la carrera montado sobre la deconstrucción de un sample y la voz del fallecido Romanthony, emitiendo proclamas para solaz de la pista, canción de vocación hímnica, con su parón reflexivo intermedio y todo, que se iniciaba, cómo no, con una secuencia filtrada que va añadiendo frecuencias sonoras. Tan sencillo como eficaz, tan innovador como obvio. A pesar de un inicio tan avasallador, el disco adolece algo de falta de coherencia en lo sonoro, posiblemente por el hecho de que algunas de sus canciones sufrieron de una cierta saturación en clubes y ondas y han de alternar con números más anónimos. Daft Punk apuesta tanto por la tralla pura, con el bombo a negras, como por los matices de aire introspectivo cuando aborda canciones de aires más reposados, y esa combinación excita y desorienta al oyente a partes iguales. Al disco se le adjudicaron algunos apellidos contradictorios, tanto se le tildó de obra maestra como de entrega del grupo a cierta vulgaridad sonora y he de decir que ambas afirmaciones tienen algún motivo de ser. Pero, llamadme nostálgico por una vez, el tirón energético decanta la balanza a favor. Discovery es un disco desacomplejado, más de banlieu que de La Défense y sus canciones desprenden un hedonismo y una energía que echaremos de menos, incluso el tono nocturno y melancólico de Something About Us, con su ritmo de funk perezoso, parece reivindicar cierta intensidad. Pero incluso con excesos como Crescendolls,  sus clásicos ocultos caen uno tras otro,  Digital Love (con homenaje a Supertramp incluido en ese piano percusivo), Aerodynamic (ídem con Pink Floyd) un disco que se excede en duración, en uso del vocoder, en bpm en más de una ocasión, que apenas deja tres temas para voces reales, que te agarra (Harder Better Faster Stronger, coqueteando con el electro más descarnado ) y te suelta (Veridis Quo, disfrazados de Tangerine Dream) sin dilación ni tregua posible.

domingo, 18 de abril de 2021

Bertrand Burgalat: The Genius Of

Año de publicación: 2000

Valoración: muy recomendable

En un mundo perfecto, artistas de la coherencia de Bertrand Burgalat disfrutarían de vidas acomodadas (sin pasarse, quiero decir, con cierto desahogo) solamente por las aportaciones que, en sus lejanas épocas doradas, hicieron a la disciplina artística que ejercieran. La de Burgalat es, obviamente, la música, y sus méritos fueron atesorados, aunque mantiene una cierta actividad, en base a sus brillantes remezclas de material ajeno, sus producciones para otros artistas e incluso su propio material. Ojo: no hablo del salvaje adaptador que pudo ser Aphex Twin (que se vanagloriaba de no haber usado, en alguna ocasión, ni un segundo del material original), sino de una aportación matizada, discreta, elegante, una especie de veladura de sonido que simplemente, aportaba un extra-goce. Indescriptible, tenue, su trabajo resulta casi más brillante cuanto más anónimo es el material original, cosa que puede acusarse en esta recopilación de sus trabajos (que incluye algún tema propio) atacando material de artistas tan heterogéneos como Nick Cave, Renegade Soundwave o Air. 

Quizás lo último quepa achacarlo a esa ligera endogamia fruto de la explosión del french touch. Curioso que Sexy Boy, el archiconocido tema de Air, no salga muy bien parado. Por el contrario, prácticamente todo lo demás es material glorioso. y cuanto más desconocido el artista más nos resulta gratificante que Burgalat nos lo presente y adapte su sonido a esas adaptaciones que beben del lounge, de cierta aura psicodélica combinada con pop-art (véase la preciosa portada, que uno incorporaría como diseño de cortinas o baldosas de mil amores), con unas gotas kitsch que la propia imagen de Burgalat contribuía a potenciar: peinado demodé, chaquetas de solapa ancha, camisas de cuellos discutibles, gafas de concha con monturas vintage, detrás de ese aspecto algo grotesco, Burgalat, al frente de Tricatel, sello de esos de incierto futuro, aportaba a esas canciones aires cool justo al borde de lo frívolo, pero no: es capaz de lo épico aportando cuerdas tensas en Juillet 66 y aportarles el toque exótico de las flautas, dejándolo más cerca de Jacques Brel que de Etiènne Daho, se pone las botas de bajo nervioso en Sugar, esta vez combinándolo con una guitarra igualmente épica y un crescendo vocal muy notable, o desenterrar el lo-fi de los hits de Ladytron, pero no le hace ascos a chocantes compañeros de viaje, como Michel Houellebecq o Nick Cave, grupos extraños que suenan a Air o Zero7 como Moderato, compañeros de sello o su propio material, una irónica toma en Quarapicho, aquí introduciendo algo que puede parecer una armónica, o la exquisitez lounge de  Partir Revenir. Una exquisitez que hoy suena tan deliciosa como ligeramente anacrónica.

domingo, 20 de diciembre de 2020

Late Night Tales: Nouvelle Vague


Año de publicación: 2007

Valoración: muy recomendable

No vamos a culpar aquí a Nouvelle Vague del impacto que no pudieron controlar. Sus discos llenos de versiones dulcificadas de clásicos del rock y el pop, pasadas por una adaptación con extremo gusto y sofisticación por el tamiz de la bossa nova, del easy listening podían resultar un poco repetitivos y quizás demasiado cautivos de la eficacia del material original. Pero de ahí a responsabilizarlos de crear esa  moda y de su pestilente repercusión en generar bandas sonoras de insufribles programas televisivos (me ahorro darles publicidad) media un abismo. Su aportación a la serie Late Night Tales (de la que aquí ya destacamos una extraordinaria sesión a cargo de Air) demuestra que su buen gusto en las elecciones del material está muy encima de considerarlos un mero combo de generadores de covers con la aplicación reiterada de una fórmula, y revela con claridad que sus influencias son tan variadas en su conjunto como deslumbrantes por separado. 

Y el grupo (o colectivo) francés no tiene inconveniente en efectuar mezclas chocantes a primera. Abriendo con una canción casi irónica de los Specials, icónica banda de enganche entre el ska y la new wave, What I Like Most About You Is Your Girlfriend, toman el timón con su propio material, sedosas versiones de Come on Eileen y de Os Mutantes. A partir de ahí el festín continúa y los invitados justifican el término eclecticismo por los cuatro costados. Funk after-punk a cargo de los Tones on-Tail, oscuros pero fascinantes temas de artistas minoritarios como los Pale Fountains, que parecen anticipar el sonido de Depeche Mode en Black Celebration o David Sylvian, en tomas particularmente estéticas, combinadas a la perfección con clásicos, casi standards, como San Francisco Is A Lonely Town (Late Night Tales de Charlie Rich, intervenciones de Peggy Lee, Julie London o Glen Campbell, salpimentadas con cierto toque french a cargo de Isabelle Antena o la fascinante  Nicole  a cargo de los desconocidos Les Petroleuses, un interludio a cargo de Gavin Bryars, diez minutos indescriptibles a medio camino entre la banda sonora, el impresionismo y el jazz moire, una hora y cinco minutos que dan para veintiuna canciones que demuestran que Nouvelle Vague podían acusar cierta tendencia a la repetición en su obra propia, pero que sus gustos, sus influencias, son inapelables, y su gusto para seleccionarlas e integrarlas en una sesión que es un voluptuoso recorrido por cuatro décadas de música popular, inconmensurable.

Pure plaisir.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Benjamin Biolay: Grand prix

Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

Llevaba el amigo Biolay unos años flirteando con ritmos más o menos latinos, experimentando con sonidos que lo alejaban de discos como "La superbe" o "À l'origine". Y no me parece mal eso de reinventarse, de tratar de evolucionar, pero creo que eso no funcionaba y uno terminaba la escucha de discos como "Palermo Hollywood" o "Volver" con la sensación de que, pese a que ahí había algunas buenas canciones, el conjunto flojeaba.

Por suerte para nosotros (o, al menos, para mi), en "Grand prix" se aleja de fallidos experimentos anteriores y nos ofrece un disco que, aunque insiste en la variedad estilística, resulta mucho más coherente en su globalidad.

Ya digo que Biolay continúa con su mezcla de estilos (la sombra de Gainsbourg siempre perseguirá al bueno de Benjamin) y buena muestra es el tema que abre y da nombre al disco, en el que el pop levemente electrónico se sitúa sobre una base jazzística que hace de Grand prix una buen carta de presentación. 

Electrónica y sintetizadores predominan en la mayor parte del disco. En ocasiones, la base jazz es sustituida por arreglos de cuerdas, como en la pegadiza Comment est ta peine. Otras veces la presencia de las cuerdas es mucho más "ligera", como en Souviens-toi l'été dernier, o es directamente inexistente, como en la también pegadiza y bailable Vissage pale, una mis favoritas. En ella se pueden observar ecos de New Order, los cuales se hacen más visibles en  Comme une voiture volée, en la magnífica Papillon Noir o en la semiinstrumental Virtual Safety Car.

Pero no todo es pop electrónico. La guitarras, la batería y un pop - rock más convencional se dejan sentir en Idéogrames o Ma route, en la que la voz de Biolay deja su punto canalla (¡Benjamin, tío, no tienes necesariamente que follarnos con tu voz!), y las infaltables baladas a medio tiempo (Vendredi 12 y La Roue Tourne) y la melancólica y brasilera Interlagos (Saudade) completan el cóctel.

En resumen, un disco en el que su autor consigue acertar con las cantidades de los diferentes ingredientes, lo que unido a una cierta contención de Biolay en sus periódicos "excesos vocales" ofrece un conjunto de temas en los que la sensación de unicidad es superior a la de sus previas entregas. Un buen disco, en definitiva.

También de Benjamin Biolay en UDALS: Vengeance

domingo, 3 de mayo de 2020

Air: 10000 Hz Legend


Año de publicación: 2001

Valoración: bastante recomendable

Air se las apañaron para rodear el cruel juicio que suele suponer el duro síndrome del segundo disco, más cuando se trata de bandas que han inaugurado sus carreras con álbumes definitorios como Moon Safari. Lo hicieron gracias a Sofia Coppola, que les encargó la banda sonora para The Virgin Suicides facilitándoles una especie de tanteo. Ahí ya rompían con los sonidos atmosféricos y empezaban a ceder a las partes vocales, pero lo hacían escudados en las necesidades de las bandas sonoras: temas melódicos fuertes, intercalado de música incidental, eventuales vaivenes estilísticos relacionados con las imágenes a las que prestar soporte sonoro.
Entonces con 10000 Hz Legend, este sí oficial segundo álbum de estudio de la banda, algo del camino a tomar ya se había adelantado. Portada eminentemente americana, colaboradores de cierto renombre (Beck, por ejemplo), el grupo era consciente de que a un grupo que ha renovado el sonido se le va a exigir mucho. Pronto acusamos el golpe: Electronic Performers se abre a golpe de falsos riff de guitarra y, más de un minuto tras empezar, muestra bien a las claras. Este es un álbum vocal, las voces serán casi omnipresentes en los tracks, y serán voces de todas las procedencias: reales, pasadas por vocoder, orientales, generadas por software. Un signo de ruptura, no esperemos caricias vocales a lo Françoise Hardy. De hecho las influencias aquí son completamente diferentes: no busquéis aquí a Bacharach/David, a los Beach Boys, porque este es un disco más sucio, más abigarrado, menos reconocible en lo sonoro, quizás el prog-rock, quizás el kraut-rock, puede, la portada pesa, algún espíritu ligeramente country'n'western perceptible en ciertas letras. El disco es irregular, alterna ejercicios fascinantes de abstracción indefinible como Radian, lo más parecido a Moon Safari y una de las mejores piezas de la carrera del dúo junto a malas asimilaciones de pop como Radio # 1, alterna momentos reflexivos con aires fronterizos como  The Vagabond, donde Beck aporta sus vocales algo desganadas. Sex Born Poison, otra canción importante, se contonea entre aires íntimos hasta que irrumpen los vocales en japonés (adelanto de ciertas influencias de discos posteriores), momento en que la canción se convierte en una especie de crescendo cacofónico de aires épicos, alzándose en una especie de cumbre del disco, junto a Wonder Milky Bitch, especie de oda a la felación cantada por vocales sintéticas, entre sonidos twang e idas y venidas de secciones de cuerda. 
En definitiva, un disco que, parecía, casi inconscientemente, programado para alejar a buena parte de la gente que se había acercado a la banda en búsqueda de opciones chill out. Quizás más adelante se arrepentieran de hacerlo con tanta contundencia, pero menuda patada en la espinilla.

domingo, 29 de diciembre de 2019

Serge Gainsbourg: Histoire de Melody Nelson

Año de publicación: 1971
Valoración: imprescindible

Serge Gainsbourg es un mito. No un mito cutre de esos que se arrastran por los canales de TV esperando que la gente les recuerde los viejos tiempos. Aunque ya murió hace bastantes años, dudo que hubiera entrado en esa dinámica. Era más bien una especie de cruce improbable entre Scott Walker y Jacques Brel, el típico artista que sin ser esquivo siempre resulta chocante. De aspecto más bien desastrado, parecía el tipo que huele tenuemente a tabaco y no sabe ponerse un traje sin aflojarse ligeramente la corbata.
De su pasado de crooner incrustado en el movimiento de la chanson queda poco en este disco. Histoire de Melody Nelson es, desde la portada con pose provocativa de Jane Birkin (entonces su pareja, también había estado saliendo con Brigitte Bardot) un disco de tendencia voluptuosa, aire perverso y mensaje un poco incómodo, especialmente si uno desmenuza esa historia que lo recorre (años 70, álbum conceptual) que bordea mitos como Lolita o Pigmalión. Conocer el historial del artista puede influir en esa apreciación.
Pero, ay, esto es un blog sobre música, y la que contiene este disco es, recordemos el año en que este disco se publica, simplemente celestial, gloriosamente ejecutada, producida y grabada, un enorme paso adelante que proyecta la música de autor hacia terrenos insospechados. Ya no había que recurrir al mito del cantante, la guitarra o el piano. Gainsbourg tantea lugares poco comunes. El disco apenas dura media hora y contiene siete canciones: como huyendo del estereotipo radiable, huyen de lo convencional: dos temas de casi ocho minutos abren y cierran el disco, con ritmo idéntico y estructura similar, el que abre el disco dominado por las cuerdas, el que lo cierra por unos coros que suenan casi lúgubres. La guitarra, tenaz en el canal derecho del audio, ejecuta todo tipo de efectos, pura psicodelia con fuzz, riff, feedback. Un enorme placer difícil de describir: Gainsbourg frasea con su voz afectada, supongo, por los Gitanes sin buscar encuadre con la melodía, todo suena enormemente libre, casi improvisado, a medida que las escuchas avanzan podemos solazarnos en ese bajo ligeramente agudo, y, claro, las cuerdas, que tardan en irrumpir y lo hacen de forma tenue, pero que acaban acaparando la apertura del disco. La grabación es gloriosa y parece simplemente mentira que hablemos de casi 50 años. Es un sonido decidido, transparente, que juguetea con melodías en tres breves piezas, menos de dos minutos cada una, Ballade de Melody Nelson delata de dónde Air extrajeron ideas para las canciones más orgánicas de Moon Safari, Valse de Melody nos muestra a un Gainsbourg más cantante, aquí sí acompañando las notas e inflexionando. Las cuerdas aparecen a destajo, también en el canal derecho, pocos artistas habían apostado por esa fusión tan abierta: violines clásicos acompañando a guitarra que amaga hacia la distorsión. En un mundo devorado por el pop anglosajón solo artistas como Nick Drake se habían acercado a esas combinaciones. El resto eran cantautores trasnochados a la búsqueda del alcance de mercados.
Gainsbourg planta este disco, breve, difícil, voluptuoso, perturbador, como si fuera la banda sonora de una película de Godard o la transcripción sonora de una novela de Vian. Contemporáneo a rabiar.

domingo, 23 de diciembre de 2018

Air: The Virgin Suicides OST

Año de publicación: 2000
Valoración: muy recomendable

Un interesante movimiento de carrera: cuando todo el mundo está esperando a ver cómo te las apañas para igualar una obra maestra como Moon Safari, con los típicos comentarios acerca del difícil segundo disco preparados en la recámara, vas y aceptas el encargo de Sofia Coppola y tu segundo trabajo es una banda sonora. Formato que te permite tantear con un cambio de sonido a la vez que te da amparo para que ese cambio se comprenda en función del tipo de trabajo a afrontar, que una cosa es que dispongas de libertad creativa y otra es que adaptes tu música a la necesidad de su inserción en imágenes.
E ignoro si los componentes del dúo francés habían leído la novela de Eugenides o habían accedido  a algunas imágenes o el storybook de lo que Coppola tenía en la cabeza. De hecho, el DVD de la película anda por casa y esperaré a que mis hijos salgan decididamente de la adolescencia para verla. Pero Air consiguió transmitir ese espíritu a su música: les salió una banda sonora que empaquetaron en una deliciosa portada de aires setenteros. No pocos críticos (los que habían recriminado los aires easy-listening de su debut) se tiraron a la yugular recriminando su pase a algo parecido al, urgh. rock progresivo simplemente por esa producción nocturna, ligeramente lo-fi que resulta muy adecuada para una música tensa, de predominio analógico (mucho piano eléctrico, guitarras intensas con pedal, vibráfono, sintetizadores vintage) pero que seduce desde el primer minuto: Playground Love (no sé si el video con el chicle hablador es exactamente recomendable) es una especie de canción de amor fallido e imposible, pero que marca el primer leit motiv melódico (cuestión muy necesaria en las bandas sonoras) que irá regresando. Bathroom Girl continúa con esas armonías de tonos tristes que solo se abandonan para conatos rabiosos en momentos puntuales. Apenas 40 minutos de temas cortos y siempre acertados en la elección de lo sonoro. Es una música tensa y evocadora, con entidad propia pero respetando su identidad del servicio a imágenes. Tan válida entonces para complementarlas como para generar sus propias iconografías. No en vano uno de los adjetivos a la música de los franceses fue su capacidad de evocación visual. Con este formidable trabajo iniciaron una cierta relación con las películas de Coppola, a las que aportaron más música, y también con otros ámbitos del mundo cultural, con el que han interactuado a menudo.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Benjamin Biolay: Vengeance

Año de publicación: 2012
Valoración: Recomendable

Escribir un artículo sobre Benjamin Biolay y asociar su nombre al de Serge Gainsbourg parece haberse convertido en una especie de lugar común, pero no está exento de cierta razón. Dos vendrían a ser los principales motivos, en mi opinión: su eclecticismo musical y sus sonadas conquistas amorosas (Carla Bruni, Vanessa Paradis o Chiara Mastroianni en el caso de Biolay y Jane Birkin o Brigitte Bardot en el caso de Gainsbourg).

Centrándonos en lo musical y en el comentado eclecticismo de Benjamin Biolay, este disco es buena muestra de el: hay saxos, programaciones, arreglos orquestales, etc en temas que abarcan del rock al rap pasando por el pop, el soul, la chanson francesa más "tradicional" o el hip-hop en castellano. Todo cabe en "Vengeance". Pero dos son las razones que hacen que este disco no acabe de funcionar del todo.

La primera son las malditas comparaciones. Y es que "Vengeance" llega inmediatamente después de "La Superbe", ese disco doble ambicioso y magistral que supuso la gran evolución musical de Benjamin Biolay. Cualquier disco palidece en comparación con "La Superbe", pero "Vengeance" tiene la mala suerte de ser solo "el siguiente".

La segunda, íntimamente ligada a la anterior, es el exceso que recorre "Vengeance". Creo que Biolay es perfectamente consciente de lo que ha conseguido con "La Superbe" y, precisamente por eso, trata de dar un arriesgado triple salto mortal. Parece que pretende demostrar que es capaz de abarcar multitud de registros y que no piensa vivir de los réditos musicales de "La Superbe". Sinceramente, creo que se equivoca. Tanto eclecticismo y tanto querer abarcar diferentes estilos hace que "Vengeance" carezca, a mi entender, de coherencia interna y que la escucha del disco avance como a trompicones.

Frente a esto, hay que reconocerle a Biolay ese querer salir de su zona de confort y ese afán experimentador, algo que no suele ser muy habitual. Además, es obvio que a Biolay no se le ha olvidado eso de componer canciones. Algunos de los temas incluidos en "Vengeance" son de notable alto. Destacan el single "Aime mon amour", con su saxo in crescendo hacia el final dela canción, la más rockera "Le sommel attendra", la levemente electrónica "Marlene deconne" (buenas programaciones), el intensísimo rap "Ne regrette rien" a dúo con Orelsan o la naif "Confettis", esta vez a dúo con Julia Stone.

En fin, un disco que, aunque no está entre los mejores de Benjamin Biolay, demuestra por momentos que nos encontramos ante de uno de los mayores (o el mayor) talentos de la música francesa de los últimos años. Eso sí, si no habéis oído nada de este hombre, empezad por "La Superbe", "Rose Kennedy" o !A l'origine", por ejemplo.

domingo, 12 de agosto de 2018

Isabelle Antena: De l'amour et des hommes


Año de publicación: 1988
Valoración: muy recomendable

Gracias, Youtube. Menudos palos me hubieran caído de las miríadas de fans de este blog de no ser por que, en la actualidad, prácticamente la única forma de oír las canciones de este disco sea accediendo a tu web. Salvo que se tenga el vinilo, publicado allá por 1988 por Les Disques du Crepuscule, sello belga chic entre los chic del que poca cosa más atisbo a recordar. Puede que los japoneses, tan pirados ellos, se decidieran por publicar un CD que ahora está en Amazon por si algún chalado se gasta un par de cientos en euros en él. Pero no me consta. Recuerdo la primera vez que la aguja se posó sobre esos surcos. Una mañana de domingo algo soleada, lo justo para abrir la ventana y dejar que la producción, medida, perfecta, envolviera la voz sedosa, frágil, de Isabelle Antena, cantante francesa que seguramente siga publicando discos y visitando salas alternativas de escaso renombre para fascinar a sus contados fans. 
Si todos tus discos hubieran sido como esta pequeña y secreta maravilla, Isabelle. Claro que apostaste sobre seguro. Covers de canciones que parecen eternas, covers de los grandes figurones (todos hombres los elegidos, como el título afirma sutilmente)  de la música francesa a los que prestaste tu delicadeza, tu imagen tan francesa, con ese flequillo que impostoras como las cantantes de Matt Bianco o Swing Out Sister pretendían emular, como ese flequillo tan Mayo del 68 que encontraría su continuidad en películas como Amelie. Suspiro. Cinco canciones: una más que el canon del EP como para poder llamarle mini-album. Romanticismo bien entendido: el de cama revuelta y olor a café americano, ese mejunje aguado que sirve para ir enfilando la mañana. 
Y no sé si tus referencias eran Edith Piaf, Françoise Hardy o Mireille Mathieu. Sé que el disco te salió perfecto y esas versiones se han clavado en mi memoria como si fueran originales. Me explico. Que puede que oiga el original y eche de menos tus aportes y eso sea injusto. Pero es lo que tienen las primeras impresiones. Syracuse puede que sea más auténtica en su original, con Henri Salvador agarrado al mástil de la guitarra, pero entonces echaría de menos ese piano que rebota y traza arabescos por debajo de tu voz. Pénélope experimenta algo parecido. Despojada del nervio militante del original de Brassens, todo resulta enriquecido, igual algunos dicen adulterado, claro, pero para nada. Quizás esos 80 previos al lío de Kuwait eran dados a eso, a neutralizar la militancia y a rodear todo de un halo de sofisticación artificial. Michel Legrand también acude a la cita, Le Cinema acaba tomada en clave bossanova en su arranque y  la cantante francesa hace alarde de poderío de cantante de club de jazz. Curioso: el disco se cierra con la versión de otro gran caballero de la música francesa. Pero esta es la versión más fiel al original. Quizás porque Serge Gainsbourg era un adelantado a su tiempo, quizás porque Antena fuera temerosa en despojar Ce Mortel Ennui de su swing original, del jugueteo del vibráfono. Un colofón magnífico para un disco que cumple al dedillo con la máxima aquella de la brevedad.

domingo, 18 de marzo de 2018

Zaz: Recto Verso


Año de publicación: 2013

Valoración: recomendable

Vale, ya lo sé: pega poco una reseña de una cantante tan cuqui com Zaz en este blog que tiene entradas dedicadas a gente tan molona como Daft Punk, Kraftwerk o, ya insuperables, The Clash... Pero:
  1. Podría ser peor: pensad que Amaia de OT, aún no ha sacado disco... 
  2. Zaz -es decir, Isabelle Geffroy- tiene un pasado algo perroflaútico que la redime del azúcar con la que puede estar recubierta ahora. Y, sobre todo, es una gran cantante.
  3. Hay que tener apertura de mente, chicos y chicas. No vaya a ser que realmente se confirme que Zaz es la heredera actual de Édith Piaf  (yo lo dudo, pero eso dicen...) y dentro de unos años, cuando seáis unos maduritos en la  pre-prejubilación, os matéis a escucharla, porque se la considere una clásica de la canción francesa y europea.... (¿que no? Estas orejas han oído cómo se recuperaba sin rebozo alguno a Nino Bravo, a Camilo Sesto e incluso a ...glups, el ínclito Raphael).
Pero bueno, a lo que íbamos: Recto verso es el segundo álbum de estudio (¿aún se dice lo de álbum?) de esta cantante, después de su descubrimento para el gran público francés -c'est á dire, El Gran Público- con el exitazo que supuso Je veux e iniciativas posteriores más complacientes, como las versiones del disco Paris, incluyendo duetos como el que tuvo con (¡ay!) Pablo Alborán.

El estilo manouche o gipsy-jazz queda aquí, sin embargo, acotado a dos o tres temas. Comme-ci, comme-ça, la divertida Oublie Loulou  (versión de una canción de Charles Aznavour) y, quizás con menos decisión, Toujours. El resto del disco lo podemos adscribir a un pop más o menos estandarizado; más pizpireto, casi nipón, en Gamine, más rockero en el caso de Déterre. Aunque también hay lugar para los ritmos sudamericanos, como ocurre en el tema La lune... pero lo que destaca sobre todo es la magnífica voz de Zaz -un poco ceceante, pero eso le da más encanto-, que luce en todas las canciones , desde la primera del disco On ira, hasta la última, aunque en algunas -se diría que compuestas ex-profeso para ello-, con un poderío aún más destacable; es lo que ocurre con T'attands quoi o Si.

¿Mis preferidas' Pues aparte de la contagiosa energía de On ira,con que se abre el disco, yo diría que la agridulce Cette journée y, como muestra de la cruda delicadeza con que se puede tratar un tema tan poco "pop" como la senilidad, Si je perds, obra, como otros temas del disco, del también cantante  F.rédéric Volovitch.

Hacedme caso y dadle una oportunidad a Zaz.... ya veréis cómo os va a conquistar... ; )

domingo, 17 de diciembre de 2017

Daft Punk: Random Access Memories

Año de publicación: 2013
Valoración: imprescindible (a ratos)

Empecemos por culpar a Daft Punk de todo aquello de que deben ser culpados.

1. La recuperación del vocoder y sus correspondientes abusos en todos los ámbitos, incluyendo su daño colateral a través del AutoTune.
2. La moda que impusieron del filtro en los compases iniciales, recurso del que DJs y productores y músicos hacen abuso aún hasta el día de hoy.
3. Los cascos para ocultar sus jetas. A ver: ya vimos en vuestros inicios que parecíais dos jovenzuelos más bien feúchos no muy alejados de los que supone que serían los perfiles promedio de vuestra masa de fans. Podría hasta poner esas fotos donde se os ve, allá por los 90, inconscientes de vuestro advenimiento a iconos globales ¿No habéis solventado algún problema de acné? ¿Vais de Kraftwerk, y enviáis a cualquier doble oculto tras el casco?, ¿o los Residents, acaso?
4. Algún disco vuestro en que os cogió una onda muy pero que muy garrula.

Ahora bien.

Random Access Memories (excelente título aún con su obviedad) es, en lo conceptual, impecable. Un homenaje orquestado a través de las colaboraciones a todo un legado musical, un inapelable ejercicio de marketing en el que parece (parece) que el todo va a ser más que la suma de las partes, porque la nómina (perdonen que odie con toda mi alma la palabra "elenco") de colaboradores de lujo es simplemente abrumadora. Nile Rodgers, Giorgio Moroder, Chilly Gonzales, Pharrell Williams. Poquica cosa. El disco, envuelto en una imagen sobria pero de apariencia lujosa, se publica entre gran expectación y, segundos después, su canción enseña (por si algún marciano cae por aquí, Get Lucky) es la canción del mes, del verano, del año, y de la carrera del grupo. Es la perfección, claro. Sonido limpio e infeccioso, la guitarra nerviosa de Rodgers, la entrada decidida del fraseo de Williams, y el aspecto elegante en el vídeo. Ese grupo en el cruce de caminos del sonido alternativo y la popularidad. Le pasa, claro, lo que a todos los hits globales: la sobreexposición espera a la vuelta de la esquina y pronto hay tanta tantísima gente que lo lleva en el coche y se oye a todas horas que la gente empieza a dividirse entre quien lo odia ya y quien lo acabará odiando.
Pero Random Access Memories es mucho más que un disco de acompañamiento de un hit. Faltaría, y eso no es siempre bueno. Porque algunos de esos números adolecen no solo de falta de chispa sino de excesiva confianza. La colaboración de Julian Casablancas parece una canción del Alan Parsons Project. Muchas, demasiadas canciones se sostienen sobre excesivas influencias AOR y uno espera brillantez y no la encuentra, aunque las sucesivas escuchas vayan relevando matices, éste no sería un disco brillante si todas las canciones fueran como ésa.
Pero, cosas que pasan, nueve minutos redimen absolutamente al disco de sus altibajos y lo elevan al paraíso de la imprescindibilidad udalsiana. Se llama Giorgio y se inicia con el testimonio de Giorgio Moroder, músico y productor alemán considerado de forma unánime como uno de los principales artífices no solo del sonido Disco sino de la irrupción de los sintetizadores a la música popular. Los nueve minutos de Giorgio representan la sublimación absoluta, desde la suave intro a base piano eléctrico hasta la progresiva introducción de los elementos rítmicos. A medida que Moroder da cuenta de sus inquietudes musicales y de cómo éstas encontraron en el uso del sintetizador su pasaporte a la historia, la música avanza y se transmuta hasta finalizar en un caos casi disonante (concepto que se recupera para el tema final del disco), que hasta cierta punto valida todo lo demás. En la era de las descargas y de los hits puntuales, Daft Punk recuperaron el concepto de LP y lo integraron para, cosas que pasan, convertir en muy conveniente la audición de este disco en su totalidad. Esa es la baza: entonces descubriremos que Beyond tiene trazas de Banda Sonora, o que Touch se ensambla como homenaje a las ampulosas óperas rock de los 70. Que la perfección en los detalles de producción los acerca a referencias chocantes como Steely Dan o, glups, Toto. Que el espíritu de la ELO flota por ahí, entre capas de french-touch. Que Nile Rodgers, claro, espolvorea toque chic/Chic por todo lo que toca. 
Y le perdonaremos o justificaremos cierto toque ampuloso en aras de todas esas memorias que el disco activa y al que añade, claro, algunas de propias. La música es así.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Michel Polnareff: Love me please love me

Año de publicación: 1967
Valoración: Casi imprescindible

Ya he comentado en alguna reseña de “Un libro al día” que el mítico programa de Radio 3 “Flor de pasión”, presentado por el no menos legendario Juan de Pablos, ha sido parte fundamental de mi educación sentimental. Así que a este EP de Polnareff, como a tantos otros discos y artistas franceses de la época, también llegue gracias a aquellas madrugadas "florapasionadas" de mediados de los 90.

Pero vayamos con Michel Polnareff. Nacido en 1944, de padre ruso y madre francesa, y con un aspecto de lo más llamativo (en la época del “Love me please love me” lucía una melena rubia al estilo del príncipe de Beukelaer), gozó de una enorme popularidad a mediados de los 60 gracias  a un primer disco en el que se podían escuchar maravillas como  “Love me please love” o “La poupée qui fait non”. Por desgracia para él, aquel éxito no volvió a repetirse, al menos a ese nivel, pese a seguir en activo hasta la actualidad.

En cuanto al EP que nos ocupa, que pude encontrar un domingo por la mañana del siglo pasado en la Plaza Nueva de Bilbao, consta de tres canciones.

En la cara A está la canción que le dio su mayor éxito: “Love me please love me”. Y no me extraña porque es una verdadera joya.  Los primeros veinte segundos de la canción dan el tono de la misma. Una introducción al piano por el propio Polnareff, gran pianista y mejor compositor, que da paso a una preciosa melodía, romántica hasta la extenuación, acompañada de unos exuberantes arreglos cortesía de Charles Blackwell y de la excelente voz de un Polnareff absolutamente desatado, especialmente cuando canta “Love me, please, love me. Je suis fou de vous…”

Abriendo la cara B nos encontramos con otro tema de corte romántico: “L’amour avec toi”. Pese a compartir tono sentimental con “Love me please love me”, se trata de un tema con mucho más POP ( más directo, menos sobrecargado) y con una letra mucho más explícita que el anterior. De hecho, frases como esta le trajeron al bueno de Polnareff serios problemas con la censura:

Il est des mots qu'on peut penser
Mais à pas dire en société
Moi je me fous de la société
Et de sa prétendue moralité
J'aim'rais simplement faire l'amour avec toi

Más allá del aspecto reivindicativo de la canción, se trata de un tema precioso que podría haber sido cara A de cualquier otro disco.

Cierra el disco “Ne me marchez pas sur les pieds”, un tema mucho más “rocanrolero” que los dos anteriores, mucho más acelerado, pero a años luz de las dos joyas anteriores. Es por culpa de este tema que la valoración del disco se queda en un “Casi imprescindible". 

En cualquier caso, variadísimo y precioso EP que lanzó merecidamente al estrellato a un gran cantante y compositor que tuvo la mala suerte de compartir generación con Gainsbourg, Johnny Hallyday, Fracoise Hardy o Sylvie Vartan, entre otros.

domingo, 9 de abril de 2017

Air: Moon Safari

Año de publicación: 1998
Valoración: imprescindible 

No voy a dar mucho la tabarra con el hecho de que desde el cuarto disco o así la carrera de Air se haya limitado a discos dignos, discretos, con influencias dispersas (lo oriental, las bandas sonoras, Debussy, Satie) discos escuchables pero incapaces de generar un entusiasmo. Pero sí que voy a mostrar mi enfado con toooodo el resto del universo musical desde 1998. ¿Tan difícil, era, igualar este disco en sus logros que nadie, en casi dos décadas, ha conseguido discutir su influencia como casi única acta fundacional de la electrónica "contemplativa", comercialmente llamada "chill-out"?

(Inciso 1: aunque ellos mismos parecieron renegar de la etiqueta publicando un segundo disco de estudio abrupto y marciano, el injustamente ignorado 20000 Hz. Legend).

Así fue la cosa: un tiempo antes el dúo francés había saltado a la fama con Modular: un fascinante medio tiempo planeador con influencias jamaicanas que había sido tocado por la varita mágica de la época: la atención de James Lavelle, francés como ellos pero residente en Londres, capo de Mo' Wax, sello independiente de moda que apostaba fuerte por extraños artistas que publicaban maxis y recopilatorios fusionándolo todo.

(Inciso 2: a la postre los mayores éxitos de Mo' Wax surgirían del disco de DJ Shadow y de la inclusión de una remezcla de Clubbed to Death en la banda sonora de Matrix).

En aquella época el french-touch o french-chic empezaba a ser una enorme respuesta al predominio anglófilo de las corrientes en voga. Curioso, cuando hablamos de corrientes, las de la música electrónica, cuyo fuerte componente instrumental neutralizaba las cuestiones idiomáticas. Pero la industria era muy poderosa e Inglaterra todavía era el centro de emanación de vanguardia. Y desde allí se toleró que los franceses aportaran sus figuras. Motorbass, Etiénne de Crecy, y, por encima de todos ellos, Daft Punk y Air.

(Inciso 3: me recuerdo en un viaje en 1997 hurgando en las estanterías de CD's de la tienda FNAC cerca de la Plaza Bastille, en París. Simplemente era imposible concebir que en Barcelona unos grandes almacenes culturales pudieran tener estantes dedicados a sellos o a subestilos como el trip-hop)

Moon Safari se publicó en una fecha particularmente inadecuada desde la perspectiva comercial. Mediados de enero. Fuera de temporadas de ventas o de presentación de novedades, demasiado lejos de las listas de final de año para mantener un recuerdo fresco, demasiado pronto para los premios críticos de gran calado. Otro mérito. Ello no impidió que se le tomara mucho en cuenta. Cómo no. Un disco excelente no puede pasar desapercibido, pues una obra maestra extraña. Con un tracklisting marciano, con un single (Sexy Boy) extrañamente pegadizo y poco representativo del tono del disco, sin incluir ninguna de las dos canciones que les habían otorgado fama alternativa (ni Modular ni Casanova 70). Un disco que se iniciaba con una canción que ha quedado clavada en sus seguidores como el inicio de un trip. Una canción, La femme d'argent, que contenía todas las claves de su carrera: dominio de los teclados, sentido de la improvisación, bajos profundos, una especie de calma tensa conforme van apareciendo capas de instrumentos, rota por la aceleración rítmica que se incorpora en el tramo del final. Tiene todo el sentido que los medios hablaran de la nueva era del espacio, de la nueva era de la música, de relax, de easy-listening, de la calma tras los años del acid, del trance, del hard-house. Pero el disco no se limitaba a eso. Había ejercicios de dulzura semi-folk deudores de Françoise Hardy o Joni Mitchell, You make it easy o All I need, excelentes instrumentales ensoñadores que parecían diseñados para aportar banda sonora a películas independientes Talisman, jugueteos con los lados más pop de Bacharach (Ce matin la), y esa salida pausada del disco que constituyen las dos canciones finales, como si saliéramos ordenadamente del cine a la calle.
Moon Safari no parece envejecer. Quizás la maraña de influencias (dub, easy-listening, pop de los 60, glam) consiguió que se convirtiera, per se, en un disco atemporal. Quizás la combinación entre instrumentos electrónicos y acústicos consiguió desprenderle esa incómoda etiqueta de "música asociada a un momento".
Y Air no tienen la culpa de que algunos componentes del ejército de admiradores que el disco les procuró pensaran que no podía ser tan complicado hacer lo mismo. Air no tienen la culpa de toda la porquería formulaica que se ha querido vender luego bajo etiquetas que los relacionaran, de que el espíritu se capturase comercialmente pues era un gancho perfecto para atrapar a toda la gente a la que otras corrientes más agresivas intimidaban.