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domingo, 5 de marzo de 2023

Jockstrap: I love you Jennifer B


Año de publicación: 2022

Valoración: muy recomendable alto


Horrible portada y dudoso (suspensorio) nombre del grupo. Cosas que darían que pensar si no estamos ante una banda de desgarbados jovenzuelos amantes del lo-fi. 

Pero no: Jockstrap es un dúo de estudiantes que dan el salto a la escena, con dos EPs previos en los que habrá que ahondar, Taylor Skye y Georgia Ellery remiten a los dúos mixtos algo estereotipados. Como Goldfrapp, como Billie Eilish. Varón algo esquivo que solo se siente confortable entre instrumentos, más bien al fondo. Mujer de buena voz que lidera el grupo con firmeza y que empuja al grupo hacia la libertad creativa. 

Porque Jockstrap no suenan como una banda underground. Para nada. Suenan grandiosos como las posibilidades de la producción actual hacen posible sonar. Sin miedo al cambio de estilo o a los elementos aparentemente disonantes, consiguen sonar en este disco (a veces, en la misma canción) a Björk, Propaganda, Saint Etienne, Madonna, Shania Twain y Aphex Twin. Influencias de lo más variadas, respetables todas ellas, que les ayudan a configurar un sonido que resplandece en este brillantísimo debut. Aparte de los dos Ep, tres singles que forman el esqueleto del disco y que gravitan hacia todas direcciones. Eurodisco ochentero guiado por piano en brillante video, Greatest Hits resulta curiosa e incluso única, sin un estribillo visible y una sensación de fundir cuando aún se puede desarrollar. Portentosa en apenas cuatro minuto que se dispara en muchas direcciones. Más canónicos en Concrete Over Water, con sus parones y sus arranques celebratorios, y ya directamente desquiciados en Glasgow, exhalación de aires folk que cuenta con un crescendo de cuerda que tardará semanas en abandonar tu cabeza. Música inintencionadamente emocional, el gran logro del dúo es mantener una coherencia en un álbum que parece interpretado, en cada canción, por un artista diferente, cuarenta y cinco minutos (gracias a aquellos músicos que están ajustando la duración de sus discos a su capacidad de entregar material sin relleno) que atraviesan terreno arisco:  Neon podría pasar por Joni Mitchell hasta que es atravesado por un rayo de distorsión. What’s It All About? contiene el aire primaveral y las cuerdas como si hubiera sido compuesta por Burt Bacharach (RIP), Debra es puro Bollywood y, ya que hemos mencionado a Goldfrapp, Lancaster Court encontraría acomodo en algún rincón de Seventh Tree. Este conjunto de canciones que se engulle con facilidad y descubre matices a cada escucha resulta ser uno de los mejores debuts de los últimos años.

domingo, 7 de agosto de 2022

Ryuichi Sakamoto: Sweet Revenge


Año de publicación: 1994

Valoración: bastante recomendable

Vamos liquidando deudas inexplicables de este blog. Con Ryuichi Sakamoto, por ejemplo, al que curiosamente di cobertura a su biografía pero no aquí. Fundador de la Yellow Magic Orchestra, en los lejanos e influyentes momentos del bullidero synth-pop, posteriormente asimilado gracias a su prestigio y su formación clásica, como compositor para películas, para eventos, colaborador con lo más granado de la vanguardia musical, experimentador sin descanso, publicando música sin someterse a los dictados de las ventas, únicamente llevado por su inquietud creativa.

Lo cual convierte en un placer hurgar en su obra, y he de decir que podría haber elegido al azar con total seguridad de encontrar algo brillante e inspirador. Sweet Revenge se publicó en 1994 en medio del aluvión trip-hop, el músico japonés supo adaptarse sin mimetizarse y eligió colaboradores vocales para desenvolverse en piezas que van desde el soul suave hasta el r'n'b amable, una secuencia en la que desfilan voces casi anónimas y en la que brillan en particular dos piezas: Love And Hate, donde Holly Johnson aporta más creatividad y actitud vocal que en toda su carrera post FGTH, y Sweet Revenge, pieza central que titula y desborda el disco con sus aires cinemáticos, sus cuerdas suntuosas de poderosa carga emocional, centro que domina el trabajo y disculpa que algunas partes de este material suenen un poco planas, como si el músico se viese forzado a adaptar su música a la corriente imperante y el experimento tuviese distintos niveles de éxito. En cualquier caso, todo está en su sitio, la ejecución es impecable y nadie puede decir que esta música, con su elegancia y su devoción por el detalle, sea otra cosa que un trabajo meticulosamente preparado.

domingo, 31 de julio de 2022

Air: Le Voyage dans la Lune


Año de publicación: 2012

Valoración: muy recomendable

Podría sonar a trabajo de despedida, ya que, más de una década más tarde, este sigue siendo el último trabajo oficial del dúo francés. No lo es, al menos de forma oficial. Creo recordar que aportaron música de fondo a una exposición, o algo así, que podría sonar a movimiento coherente aunque algo snob, pero tampoco es que este Le voyage dans la Lune fuera a desentonar si su función es un final de carrera. Para bien o para mal, el descenso desde Moon Safari parecía ineludible y solo la suavidad de la decadencia alejaba a los entusiastas de la banda de cualquier alarma. Parecían fundirse en gris y sus discos empezaban a alternar sonido clásico del grupo con experimentos discordantes (el silbido en Alpha Beta Gaga) que insinuaban cierta desorientación. 

En todo caso, la media hora justita que entregan como colchón sonoro para la edición con color añadido del entrañable clásico de Georges Méliès resulta sorprendentemente inspirada. Quizás a la banda le faltara el empujón de una fuente inspiradora externa, quizás esa evocación planeadora complementaba su voluntad retrofuturista, pero el experimento resulta. Nada de electrónica flotante, atrás queda el ambient e irrumpe una especie de sonido atrevido y algo distorsionado, la evocación extraída de las imágenes de un siglo atrás se traduce en tonalidades melancólicas, aires relativamente progresivos, no tanto como los que saturaban su banda sonora para Sofia Coppola o su incomprendido 10000 Htz Legend, pero en cualquier caso inspirados y cohesionados. El dúo se desprende del formato álbum de canciones que había atenazado Love 2 y se les nota a sus anchas, quizás por última vez. Quizás los royalties aún les duren para vivir y no volvamos a saber de ellos. Quizás las previsibles reediciones, las giras, alguna producción ajena. El respeto ya se lo ganaron y Le Voyage dans la Lune puede parecer un fugaz regreso a la forma, o un canto del cisne, pero es un disco muy notable cuando parecía que podría tratarse de una broma.

El disco entero, aquí


domingo, 10 de julio de 2022

Gavin Friday: Shag Tobacco


Año de publicación: 1995

Valoración: casi imprescindible

Reanudamos el recorrido del blog con lo que intentará ser una serie cronológica que nos acerque a la actualidad. Cuestiones diversas nos han llevado a un relativo parón y esto tiene que reprenderse de alguna manera. Shag Tobacco es un disco idóneo y se trata de esos trabajos que uno no deja de escuchar aunque ya haya cumplido con la tarea de reseñarlo. No siempre sucede así. Quiero decir, es una música que se resiste a abandonar al oyente, que permanece en el cerebro y se echa de menos. Parte de la culpa la tiene su escasa inmediatez, esa cualidad que hace que penetre de forma lenta y paulatina y se aposente en sus detalles.

Buena parte de ello cabe achacarlo a la producción precisa y milimétrica cortesía de Tim Simenon, responsable del sonido de discos como Raw Like Sushi y miembro ocasional de una hipotética generación de transición entre el hip hop y el trip hop. Simenon demuestra eclecticismo y adaptación al material de Gavin Friday - músico procedente de la escena after-punk - y sus detalles afloran por doquier ya sea en forma de oportunas pedorretas electrónicas o de inclusión de instrumentos aparentemente anacrónicos (acordeones, violines) sin que en ningún momento resulten discordantes.

Claro que difícil es parecer discordante entre tanta variedad de estilos, y aunque el entorno dominante pudiera ser el downtempo con aportaciones vocales - esto son canciones - el alarde de creatividad de Friday da para mucho, desde el glam-rock (incluida versión de T.Rex) hasta detalles electro-pop e incluso con aires cabareteros, que afloran por otras partes a lo largo de doce canciones, en un brillante tracklist que contribuye (cualidad que suele loarse en los discos) a que todos los temas acaben convirtiéndose en algún momento en el favorito de uno.

Shag Tobacco, la canción, marca el tiempo: los efectos, las texturas de los sintetizadores, ceden ante los golpetazos de ritmo que le aportan un aire de marcialidad, pero que es idónea como apertura. Desde ahí tenemos los aires ligeramente alienados de Caruso, cuya versión en vivo ya muestra lo teatral que puede ser Friday, siempre bordeando la sensación bombástica (ese discurso entre su voz tratada y su voz normal) pero saliendo adelante. Porque también hay que hacer hincapié en que la cuestión vocal es brillante aquí: con aires de Bowie en Mr. Pussy, otra brillante canción apartada de los cánones de toda época y estilo, pero combinando falsete e inflexión pop en You, me & World War Three, donde parece jugar a ser Billy McKenzie y acaba entregando el hit que hubiera dignificado toda la carrera de ABC post Lexicon of Love. Dolls regresa al juego de voces y amaga un conato de dureza, pero se regresa a los matices en las cuatro canciones finales: The Last Song I'll Ever Sing podría representar una especie de colofón que aún cuenta un plus adicional: los aires ligeramente perversos de Le roi d'amour aportan cierre a un disco (a ver si acabo borrando ese "casi") que representa un colosal descubrimiento, aunque sean 27 años tarde (y por una reseña de un disco de Depeche Mode, por cierto).

domingo, 19 de junio de 2022

The League Unlimited Orchestra: Love and dancing


Año de publicación: 1982

Valoración: imprescindible

No contentos con definir la esencia de la mezcla de pop y sintetizadores en su inigualado Dare!, The Human League amagan una mutación (solo amagan, la elección del nombre alternativo ya esconde un poderoso guiño a las esencias disco) y completan el colosal logro de su obra maestra aportando una vuelta de tuerca que confirma sus intenciones: ser grandiosos aunque fuera por un corto espacio de tiempo. No a la Warhol, por supuesto, más bien como se podía llegar a alcanzar en ese turbio mainstream británico que combinaba locura y ensalzamiento por la prensa especializada y una absurda pero vehemente elevación de ídolos para aniquilarlos al primer fallo. Y la cosa resulta sencilla, pero ahí también dieron muestras de ser pioneros. Tómese el material de un disco soberbio y combínese sin la mínima contemplación. El título (magnífico: Amor y baile) es de una elegancia supina. Tan osado como descriptivo. 

El contenido, empezando por la pluscuamperfecta extended mix de su hit Don't you want me. Perdonad que tire de archivo personal: escucharlo pinchado en su momento, Studio 54 de Barcelona, sesiones nocturnas, justo el juego de luces en los escasos segundos, tercer minuto, en que el loop se repite en la mezcla, antes de que tome el timón esa especie de rasgueo sintetizado, irrepetible instantánea que muestra la inigualable comunión que la música puede producir en una pista de baile entregada. Pero al margen de la obvia inclusión de su hit eterno, el disco aporta puro placer sonoro, desde la inclusión de Hard times, cuyas voces rememoran alguno de sus trabajos anteriores, hasta la entrañable progresión en crescendo lo-fi en The Things That Dreams Are Made Of, aquí las artes de Martin Rushent (un crimen ignorar su magnífica contribución al sonido del grupo e incluso al aguerrido concepto de entregar una versión alternativa de todo un disco) apelan al dub. Do Or Die avanza con una marcialidad de aires casi medievales. Pero hay de todo y es indudable que este sería un disco de cabecera para muchos de esos músicos que andaban por Detroit trasteando con teclados. Dare! es un disco perfecto e ineludible, Love and dancing es una pieza de complemento que se desborda en cada minuto y que demostró, 1982, que también las canciones perfectas podrían ser elevadas a otros niveles.

domingo, 5 de junio de 2022

The Haxan Cloak: Excavation

Año de publicación: 2013

Valoración: muy recomendable

Para los fanáticos del vitalismo hedonista y la placidez despreocupada que desprendía el último disco comentado aquí (el debut en largo de Astrud Gilberto), que sepáis que no hay nada más idóneo que escuchar este Excavation de The Haxan Cloak (nombre tras el que se esconde el músico británico Bobby Krlic) para darse cuenta, o al menos eso defiendo con tesón, de que no hay mejor actitud ante la música (y ante su casi imbatible cualidad de activar sensaciones) que la apertura absoluta de miras. 

The Haxan Cloak producen música al margen de voces, de melodías, de argumentos comerciales. Esto es sonido en estado puro y sin necesidad de ceñirse a argumentos convencionales, mucho más turbio en su forma que, por ejemplo, Throbbing Gristle o Aphex Twin, y no sé si ello es premeditado o consecuencia del background de su autor. De forma muy coherente, uno de sus trabajos posteriores es la banda sonora de Midsommar, esa inquietante película de terror a la luz del día, porque lo que queda muy claro en las piezas de este Excavation es su eficacia en la recreación de ambientes, su enorme poder para generar capas y que éstas se integren con una coherencia que parece más sonora que convencionalmente musical, pero que curiosamente tiene sentido y lo tiene más a cada escucha, con lo que nos encontramos, paradójico, en una laguna de pura abstracción que genera escenarios visuales en vez de complementarlos. Cuesta encontrar equivalentes sonoros a este torrente de bajos subsónicos, sintetizadores manipulados y grabaciones tratadas, aunque podríamos tantear entre los primeros minutos de Closer de Richie Hawtin, algunas bandas sonoras de Warren Ellis o Jonny Greenwood, sin olvidar las partes más calmadas de la última época de Scott Walker. Los auriculares obran un efecto adicional puesto que la producción es meticulosa y casi un componente más de la música, tan alejada del ruidismo de Merzbow o Beaumont Hannant como de la placidez ambient o de la elegancia neoclásica de Johann Johansson u otros músicos de la corriente de hace una década. Con aspectos que lo enlazan con la música industrial, los bajos drone y, por supuesto, el dub extremo de grupos como Techno Animal. Desprende una sensación extraña, como una especie de sordidez solemne e irreal, una tensión no asfixiante pero sí tenue e inquietante. Seguramente se trate de un músico que no se prodigue mucho, aunque algunos (Goldfrapp, por ejemplo) se apresuraron a recurrir a él en búsqueda de ese sonido indescriptible. 

Nada más alejado del pop y las radiofórmulas, simplemente música contemporánea explorando las (cada vez más escasas) nuevas vías.

El disco completo aquí.


domingo, 20 de marzo de 2022

Goldfrapp: Supernature

Año de publicación: 2005

Valoración: muy recomendable

Lejos de buscar el confort, Goldfrapp deciden en 2005 evitar incluso el obvio desmarque como en su segundo disco. Lo cual acaba repercutiendo en que este Supernature, con su obvio homenaje (completado en Seventh Tree) a Cerrone se convierta en su disco más asequible, aunque sea a fuerza de compensar la mezcla y homogeneizar el sonido sin dejar que este dé bandazos (en el buen sentido), y en este su homenaje al glam-rock y a la música disco, más que como tributo como adaptación al estilo del grupo, el grupo completa un exuberante trío de primeros discos en los que nos ahorramos primeros pasos dubitativos, no solo por la experiencia previa de los dos componentes del dúo, sino por la enorme personalidad sonora que les permite afrontar diversidad de estilos. 

Un sonido elaborado y preciso: Supernature se abre con una parodia de los números del glam-rock más garrulo (Sweet, Slade) que resulta algo reminiscente de los números electro-clash de Black  Cherry acometido con todo desparpajo. Queda claro que la discográfica había tomado nota del éxito de Strict Machine (que a fecha de hoy aún les provee de buenos y regulares royalties) por lo que Ooh La La es una apertura que no marca el desarrollo del disco. Casi se diría que (junto al piano de Satin Doll) es lo más cercano a lo analógico que vamos a encontrarnos. Puede, entonces, que se trate del disco más "pop" del dúo, aunque suene algo convencional definirlo así, alejados del sonido algo perverso de su disco anterior, cuando tenemos deep house de texturas en Number 1, proto disco de aires teutones en Ride A White Horse o fusiones inexplicables en Fly Me Away, sin olvidar una ligera rememoración transalpina en time out from the world, capas de sintetizadores que se desbordan evocando parcialmente los aires fríos y misteriosos de su debut.

La cuestión, con el dúo (no me cansará de repetirlo: los medios los solían definir como "desorientados") era que su libertad creativa - recordemos que jamás han dejado de publicar en Mute - no necesitaba ventas masivas que la justificaran. Sus exploraciones los llevarían, más adelante a un incomprendido folk sintetizado en Seventh Tree. No es que Supernature parezca un álbum de transición. Es una pieza más en una carrera enormemente coherente.

domingo, 6 de marzo de 2022

Pet Shop Boys: Alternative

Año de publicación: 1995

Valoración: muy recomendable

1995: el dúo de Newcastle se acerca a la década de dominación global. Venden montones de discos, la crítica los respeta, incluso los ensalza, el público en su mayoría ha comprendido que son músicos que se toman en serio su carrera, solo unos pocos reacios (pero desde luego, ¿a quién le importan un rábano los fans de AC/DC o Iron Maiden?) se resisten argumentando su omnipresencia en medios o su pose culta y sofisticada que puede ser presentada como cierto aire de superioridad. Lejos de eso, incluso muchos artistas les reclamaban para dar lustre a sus producciones o colaborar con ellos: la lista es larga e incluiría a Boy George, Liza Minnelli, Johnny Marr o Robbie Williams.

Para cerrarla, en un ejercicio de gracia hacia sus fans, Alternative recoge algunos de los tesoros desperdigados que habían hecho que algunos nos rascáramos el bolsillo: sus míticas caras B, en un doble CD recopilatorio, un recorrido exhaustivo por esas canciones que hasta entonces no habían encontrado más que en ediciones limitadas o en ese perverso invento que eran los CD singles en varias versiones. Solo unas pocas remezclas, la gran mayoría temas originales. Algunos de ellos, experimentos con sonoridades que no encajaban en sus proyectos en formato largo, otros pasarían por divertimentos o alegatos de jocosa ironía, incluso por un relativos desaires a toda su cohorte de críticos: sus caras B revelaban una brillantez por la que muchos morderían. 

Por ese afán de exhaustividad, puede que Alternative no alcance el imprescindible. Si eligiéramos una decena de canciones destacadas, sería un contendiente algo bizarro a mejor disco del dúo, sobre todo porque carecería de la cohesión sonora de sus otros discos, pero valga como ejemplo en su carrera, de su dinamismo, su permeabilidad a todo tipo de sonidos, de su curiosidad y de su brillantez compositiva. Decadence, con su austero pero efectivo arreglo, el inicio satiesco de Jack The Lad, la meticulosidad cibernética de Miserablism, la melancolía de Your Funny Uncle, el nervio pre-ácido de Don Juan, la calidez elegante de Violence (Haçienda Version), todas ellas brillantes piezas que no desmerecen su repertorio oficial (el de los singles radiados hasta la saciedad) y que imagino, visto lo poco memorable de sus últimos discos, deben arrepentirse de no haber conservado un baúl para irlo dosificando.

domingo, 27 de febrero de 2022

FKA Twigs: Caprisongs



Año de publicación:
2022

Valoración: muy recomendable

FKA Twigs postró el universo a sus pies con Magdalene: un segundo disco dolido y doliente, un abrasivo experimento en que la música desprendía exactamente la sensación que sus letras emanaban, como un exorcismo de la artista británica donde ajustaba cuentas sobre sus tortuosas relaciones. 

Obviamente, un disco tan brillante que es difícil de suceder. Quizás por eso este CapriSongs se publica bajo el formato y la secuencia de una mixtape, efecto que, sin despojarlo de su condición de disco largo, sí que atenúa algo la expectativa y aporta a la artista un marco de libertad temática. Es un disco, pero puede respirar y ser fresco, y esa desinhibición no solo consiste en los interludios y los ruiditos entre tracks. La portada muestra una foto de la artista con la ciudad al fondo. No una imagen modificada o distorsionada. Tampoco un gesto procaz al uso. En este sentido FKA Twigs se aleja también de ese pesado yugo del experimentalismo per se, no creo que quiera ser ni la nueva Bjork, pero la poderosa personalidad de FKA Twigs también la aleja de estrellas mainstream como, por ejemplo, Beyoncé. Y CapriSongs resulta ser un magnífico muestrario de sus capacidades, para el que se ha rodeado de un arsenal de ayudantes (colaboraciones y productores, de estos últimos a decenas) aunque el efecto sea curioso: ninguna de estas canciones suena abigarrada, y cada nota, cada frase, cada ruido está en su sitio. Incluso las discordancias encajan a la perfección. Es un disco con aspectos inmediatos y asequibles pero también crece con las escuchas, y desde luego su concepción de escucha está adaptada a los tiempos que corren: la experiencia con auriculares es realmente sobresaliente.

No faltan las baladas ligeramente torturadas: meta angel hubiera encajado en Magdalene sin problemas: en general las canciones son más cortas y buscan esa sensación de evitar castigar al oyente: el álbuma ha arrancado con ride the dragon, que puede parecer un apunte o incluso un sampler de lo que se avecina. Tears In The Club cambia el tono y es un guiño al mainstream imperante ni que sea por la intervención de The Weeknd. Aquí el sonido es voluptuoso y casi abrumador. oh my love  o lightbeamers no llegan para acaparar, con sus aires downtempo, el tono del disco, que sigue con aires casi festivos: papi bones es puro dancehall desvergonzado y la luz (aunque sea de neón) entra a raudales, y FKA Twigs no tiene reparo alguno en tentar al hit veraniego (paso de baile incorporado) con la inmediata y gloriosa jealousy, poderoso bajo que retumba sin pudor ni vergüenza. Y podría destacarse mucho más de este disco. Una gloriosa reivindicación que conjuga accesibilidad y busca de la innovación, a la que no es ajena la intervención del, insisto, nutrido equipo de productores: Arca repite e irrumpe El Guincho, cuyo prestigio global (tras lo de Rosalía) es merecido y creciente. Si lees habitualmente este blog, ya sabes lo que pensamos. Pero perderse CapriSongs por cualquier tapujo o preconcepción es, simplemente, una estupidez.

domingo, 13 de febrero de 2022

Depeche Mode: Black Celebration

Año de publicación: 1986

Valoración: muy recomendable

Casi 36 años, aún suena fresco y audaz. Sin la inmediatez de Music for the masses ni la perfección canónica de Violator y con la inclusión de alguna canción que parece sobrar (nunca he acabado de entender el cierre con New dress, que me parece disonante y no solo por su mención a Lady Di), este disco marca el principio de la trilogía dorada de la banda. Su quinto disco, precedido por cuatro LPs notables, todos ellos incluyendo magníficos singles - sus recopilaciones de ese período son ejemplares como muestras de la evolución de un sonido - pero aún no, ahora sí, obras capitales en su conjunto.

Pero lo cierto es que muy pocas bandas pueden mostrar una trayectoria coherente y creciente hasta un séptimo disco como los de Basildon. Con el mérito añadido de haber superado el temprano abandono de uno de sus líderes, Vince Clarke (quizás algún día reseñemos a Erasure aquí), pero demostrando una evolución que no solo daría para mostrar sus influencias sino casi para ejemplificar el rumbo de la electrónica pre-acid, un camino desde el synth-pop con acné hasta los ritmos solemnes de su época berlinesa o los ásperos conatos industriales de su anterior disco, Some great reward. Ni un disco despreciable, todos ellos aportando material consistente a un catálogo que nutría y aportaba versatilidad a sus directos. En 1986, Depeche Mode había experimentado la mutación que otras bandas (The Cure, New Order o The Smiths) estaban completando, desde los diferentes polos del universo alternativo, hacia algo más gigantesco y nebuloso: ya eran rock-stars. Poco importaba que no tuvieran una configuración al uso. Los contados instrumentos no electrónicos eran un mero contrapunto de su material, que seguía siendo básicamente pop sintetizado, y que había ido añadiendo texturas, que en Black Celebration empiezan a revelarse en toda su riqueza, mostrando tanto su permeabilidad (el disco combina influencias de proyectos tan heterogéneos como Kraftwerk o The Cure) como proyectando sus resultados hacia otros estilos. No solo porque los miembros de la banda lucieran melenas, cuero y tatuajes (que sustituían a los cardigan de sus inicios) sino porque el mensaje de la banda ya era hermético y polifacético.  

Desde el fastuoso arranque del disco, nada mejor que abrirlo estableciendo el tono con la canción que le da titulo, solemne y épica, alejada de lo comercial y con una oscuridad inherente, hay un camino por recorrer. Canciones casi a capella como Sometimes o It Doesn't Matter Two, que hubieran encajado mal en trabajos previos, aquí tienen plena justificación desde la declaración estética del disco. Los singles son menos obvios, con la excepción de A Question Of Time, lo más cercano que hasta entonces la banda había estado de crear un riff alternan con magníficos temas de complemento condenados a la veneración por el fan irredento Here Is The House, con sus cambios de ritmo y su rica estructura melódica, el conjunto es a la vez variado en su sonoridad y cohesionado en su intención. Como suele suceder con los pasos arriesgados de las bandas consolidadas, el disco representó un relativo retroceso comercial, pero fue reconocido a posteriori como lo que fue: una inyección de confianza artística en la banda antes de afrontar sus dos siguientes discos, dos obras maestras indiscutibles un pequeño escalón por encima de este, pero inconcebibles si este disco no hubiera plantado ciertas semillas.

domingo, 17 de octubre de 2021

James Blake: Friends that break your heart


Año de publicación: 2021

Valoración: recomendable

Nadie dice que un artista esté obligado a evolucionar constantemente. Pero sí podemos afirmar que los grandes artistas, aquellos de largos recorridos, especialmente, debe ser una casualidad que muchos de ellos sean solistas, personajes como David Bowie, Scott Walker, Marc Almond o David Sylvian, tuvieron o tienen la habilidad de dar giros a su carrera (no reinvenciones como Madonna,que hasta se deja superar por alguien tan mediocre como Lady Gaga), de adelantarse a las tendencias o de, directamente, responsabilizarse de generarlas.

James Blake, cuya cumbre creativa sigue siendo Overgrown, parece, a cada disco, más necesitado de observar esta - supuesta - máxima. Mientras escuchaba y dudaba (apenas hace un par de horas) en  mi valoración sobre este disco, iba anotando las veces que las canciones que iban resultándome familiares me habían hecho vacilar si no era alguna de las contenidas en sus anteriores discos. Porque eso, sin ser un problema irresoluble, sí que es un condicionante, sobre todo cuando, aunque no lo hayas deseado, te has convertido en un artista de masas, un artista que tiene expectante a un público. Definiendo como público ese ente de individuos bienintencionados que actúa con extrema crueldad como colectivo. Porque es así: el veredicto de las ventas, de los visionados, de las escuchas en streaming, un veredicto sin cara ni dirección electrónica a la que pedir explicaciones, se acerca peligrosamente a la terrible indiferencia si Blake sigue entregando discos como este.

Que no es un mal disco, pero que empieza a parecer demasiado intercambiable (gracias, Patricio Pron) en su estructura básica - buenos temas introspectivos de alto voltaje emocional, donde abunda la primera persona y una cierta sensación de desvanecimiento, tan ajustada a sus innegables cualidades vocales y a su esmerado minimalismo sonoro, aderezados con colaboraciones que demuestran que se mantiene á la page y que figuras de un nuevo universo musical (Finneas, SZA) no le son ajenas ni mucho menos, más bien colaboran de forma brillante y entusiasta. 

Ese es un detalle revelador: las canciones más arriesgadas en lo sonoro no son sus números en solitario: parece que Blake necesita invitados en casa para sacar lo mejor de sí mismo, la innovación o la salida de la zona de confort en que parece ubicarse y que (a lo tibio de su EP de versiones me remito) puede abocarle a un universo de lenta pero imparable decadencia. James sabe que hasta el fan más rendido necesita algún detalle que le sorprenda. James también sabe que cada vez ese detalle le está costando más encontrarlo.


domingo, 3 de octubre de 2021

Nala Sinephro: Space 1.8


Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable

Es belga, toca el arpa (aparte de otros instrumentos), lo cual vais a reconocerme ya genera una fuerte imagen, tiene 22 años y su disco de debut lo publica Warp, uno de esos sellos emblemáticos a más no poder que ha sabido dejar atrás el estigma de pertenencia a un género concreto (lo electrónico) para ubicarse en uno más amplio (lo vanguardista).

Aunque vanguardista no sería exactamente el término que definiría este disco. Seré más prosaico: esto es jodido jazz casi clásico. Con piano, saxo tomado a milímetros del micrófono (casi oímos el chasquido de los labios del solista sobre la boquilla del instrumento), arpa, claro, y tratamientos de sonido de textura electrónica, que esto es Warp, estamos en 2021 y existen los sintetizadores modulares. Y aunque mi expresión pueda parecer contener sorna, pues no. Space 1.8, y no negaré que la condición de ser editado por Warp, y no por algún minoritario sello especializado en el género, es un fascinante camino, ocho temas numerados que en el caso del último (ejem, Space 8) llegan a los 18 minutos de cosmic-jazz que elude escrupulosamente el muzak y se crea y se recrea en influencias tan obvias como inapelablemente respetables. Por supuesto, la esencia de Miles Davis (aunque aquí no hay trompetas), Stan Getz, Sun Ra, que se combina sin ninguna clase de efecto discordante con Aphex Twin, Boards of Canada o los conceptuales Oval. Hay sonido orgánico, sensación de libertad total en lo compositivo y en lo técnico, hay texturas e incluso meros apuntes que cualquiera podrá desarrollar en más minutaje, y hay una fuerza expresiva muy notable. Es justo esa clase de música que parece que vas a poder usar de música de fondo (atentos a las infinitas posibilidades de estos temas como fondo de imágenes) mientras lees, pero que de repente te das cuenta de que está capturando tu atención, interponiéndose en tus percepciones. 

No negaré que seguramente el universo del género esté procurando otros discos de este nivel en los que simplemente no nos hemos fijado (por ser éste un universo algo cerrado en sí mismo y dando la espalda a los canales convencionales) pero Nala Sinephro ha publicado una magnífica pieza de música tan contemporánea como atemporal que va a estar entre lo mejor del año.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Barry Adamson: Soul Murder


Año de publicación: 1992

Valoración: muy recomendable

Barry Adamson es de esos músicos prácticamente desconocidos para el gran público cuya trayectoria hay que explicar citando nombres y entonces es cuando las referencias se convierten en inmejorables. Antes de iniciar su carrera en solitario, Adamson fue bajista para los Buzzcocks, Magazine, Visage y los Bad Seeds de Nick Cave. Ahí es nada el ramillete de bandas a las que perteneció. Un músico siempre en la sombra, que cuando abordó su carrera en solitario reveló las influencias en su estilo y sorprendió a más de uno. Donde cualquiera hubiera desgranado obviedades, Adamson muestra a Barry, Lalo Schiffrin o Bernard Herrmann. Nada de tópicos funkoides. La herencia recibida se recicla y muestra en su esplendor en su obra, que fue calificada en muchas ocasiones con adjetivos como humeante, cinemática, poderosa en lo visual.

Soul murder, su tercer disco, es una inmejorable muestra de ello. Lejos de circunscribirse en su estilo, este falso score que incluye piezas que parecen diálogos de películas (que predice un James Bond de color décadas antes de Idris Elba) acumula toda serie de inspiradas piezas instrumentales que no desmerecerían si fueran acompañadas de soporte visual a medida. Por eso el disco es una especie de recorrido húmedo y misterioso que decanta hacia el jazz noir pasado por tamices de dub, de electrónica, de minimalismo pero también de grandilocuencia. Y cuesta imaginar otros músicos tan despreocupados de ofrecer al oyente algo diferente a lo que su currículum haría prever, y en ello Adamson se apunta triunfo tras triunfo pues es capaz tanto de apelar a sonidos empapados de melancolía como alegres tonadas que suenan a existencialismo, pero la variedad del disco es notable e incluso se permite homenajear a John Barry y el tema de 007, cuestión que muestra ambición y desinhibición a partes iguales. 

domingo, 12 de septiembre de 2021

Chromatics: Kill for love


Año de publicación: 2012

Valoración: muy recomendable alto 

Otra banda que se ha disuelto recientemente: tampoco voy a interesarme por los detalles. Me conformaría con que Johnny Jewel, que aún sin ser el fundador había tomado las riendas en el sonido del grupo (combinándolo con sus montones de alter egos artísticos y su prolífica carrera contribuyendo a bandas sonoras como la de Drive y su gestión al mando del emblemático sello Italians do it better) siguiera mostrando su inquietud a cada paso.

Aunque la guitarra (curioso, misma pose y gama cromática que la de Useless de MBV) pueda llevar algo a engaño. Kill for love es un extenso trabajo (más de 90 minutos en su versión más habitual) que parece dispararse en varias direcciones. Plagado de influencias, lógico si hablamos de más de quince canciones, aquí podríamos encontrar desde obviedades de lo más clásico: Kraftwerk, el italo-disco, New Order, Blondie, la eterna banda sonora de Vangelis para Blade Runner,  hasta algunas no tan visibles. Mazzy Star, la Velvet Underground, o los mismos MBV en los tratamientos vocales, también Daft Punk, Goldfrapp en las estructuras rítmicas, The XX en la premeditada aridez instrumental, Aphex Twin en la falta de miedo a incorporar lo redundante. Y una que sobresale: la de Low de David Bowie al ser un disco claramente dividido en dos secciones.

Un inicio que desorienta al más pensado: Into the blue, versión de Neil Young que se abre con guitarra en trémolo y voz íntima, aunque a medida que avanza se emborracha de teclados. Rápida irrupción en forma de media docena de canciones que son pura onda dream-pop y en las que los teclados empiezan a acaparar protagonismo. La guitarra queda avasallada por el secuenciador que acapara Lady y apenas se han despejado en ese momento las esencias pop: voz dulce, melodías pegajosas, susurros, todo desprende un aire a luz de neón que, aunque atractivo, no es aún distintivo. El vuelo empieza a partir de ahí: la influencia de la música ambiental gana terreno y temas (ya no les llamaré canciones) como Broken Mirrors, The Eleventh Hour, Running From The Sun (esta última parece house de Detroit ralentizado) dominan el sonido del disco. Nadie esperaba que acabara así, y seguramente el 90 % de los oyentes no llegarían a esa parte de la obra de no ser por la paciencia o las búsquedas aleatorias. Aunque esa parte del disco aún contiene algunas partes vocales (la deliciosa Sally no desentonaría en Berlin  de Lou Reed) la sensación de flotación  constante, casi narcótica, es irrepetible. Incluso debió serlo para la propia banda. Solo un intento más, pasada más de una década, y la disolución.

domingo, 25 de julio de 2021

Todd Terje: It's album time

Año de publicación:
2014
Valoración: muy recomendable

Resulta un poco difícil comprender la súbita irrupción de la escena escandinava en el panorama musical, hace apenas unas décadas. Quizás haya que relacionarlo con internet, la sencillez de la movilidad, la proximidad al archipiélago británico, el bilingüismo implícito, la bonanza económica... De repente, en los albores de la decadencia del género electrónico como corriente inspiradora, aparecen una serie de músicos, DJs y productores que toman un fugaz pero intenso protagonismo. Hablamos de Royksopp, de los Kings of convenience capitaneados por el impagable Erlend Oye, de Lindstrom y Prins Thomas... Todd Terje tiene el aspecto innegable de varón noruego, pelirrojo, quijada prominente, barba estudiadamente descuidada, convenientemente caricaturizado en la portada de este disco donde se le presenta como si fuera uno de esos músicos que amenizan las veladas de algún deprimente hotel costero para familias. Incluyendo cócteles de componentes de garrafa y aparatoso sello de oro en el anular (a juego con los gemelos). 
It's album time, dice el título, simbólico en artistas cuya especialidad eran los doce pulgadas, las remezclas o las sesiones, esa sensación de abordar un álbum (que aún no cuenta con sucesor) como necesidad de plantear un trabajo homogéneo, aunque he de decir que este no es el caso, esa urgencia por presentar toda la paleta sonora actúa en los dos sentidos: permite conocer la capacidad ecléctica del músico noruega pero también frustra algo al oyente, que no sabe qué va a encontrarse a continuación aunque el menú es consistente: cosmic-disco del momento, sonoridades lounge tanto europeas como latinas (estas últimas, el punto débil del disco), house de manual, apuntes euro-disco que funcionan y otros que no tanto.
Pero por encima de todo se trata de música meticulosamente creada, con intención de prevalecer sobre los hits puntuales y que consigue sobreponerse al hype y mostrar una curiosa originalidad: la intro del disco y sus dos canciones siguientes marcan un hito que el álbum no iguala: la transición desde  el aroma a serie de los 70 de Leisure Suit Preben a la magistral orgía casi jazzística de solos de sintetizador que eleva Preben Goes To Acapulco al paraíso resulta cortada de cuajo cuando, de inmediato, Todd Terje se  disfraza de aires cariocas, pero (salvo el prescindible cover de Johnny and Mary, reconocido el mérito de haber conseguido sacar a un hastiado Bryan Ferry del baúl de los recuerdos) hay recuperaciones notables basadas en la más estricta religión electrónica: Strandbar  tiene un decidido aire marcial, Delorean Dynamite pasaría por un instrumental de la época ibicenca de New Order, las dos partes de  Swing Star encajan sonoramente en una puesta de sol balear, y Terje, como si el material más experimental no aportara suficiente seguridad, apuesta por el cosmic-disco más asequible para cerrar el álbum con su  hit más popular: la pachanga levemente acidulada de Inspector Norse, cerrando el disco algún paso más allá de sus pocas pretensiones. Lo que podía parecer una mera diversión se acerca a gran disco aunque sea por la escasa presentación de la competencia.

domingo, 27 de junio de 2021

David Sylvian: Brilliant Trees

Año de publicación: 1984

Valoración: muy recomendable

Japan, el grupo, salta por los aires en su apogeo artístico y comercial. Tin Drum, un álbum ya completamente escorado hacia lo oriental, se convierte en su último trabajo bajo la condición de banda, que se disuelve entre circunstancias claras (la necesidad de los músicos de contar con carreras individuales) y no tanto (líos de parejas donde parece ser que Sylvian le levantó la novia al bajista (rip) Mick Karn.

En cualquier caso la ruptura sonora es relativa. En su primer disco en solitario (al que ha seguido una larga carrera tenazmente alejada del público marotitario) Sylvian, consciente de la influencia de su imagen, aparece sobriamente vestido en tonos grises, imagen en grano fuerte, no parece llevar una brizna de maquillaje, ha cambiado el interior de una humilde vivienda con la foto de Mao por un anónimo paisaje vagamente rural y ya no posa frente a cámara. Mira a su derecha, los exaltados dirán que mira al pasado, claro. Pero Brillian Trees representa una evolución sonora que no dinamita su pasado reciente. Tonalidades oscuras, música reflexiva, quizás demasiado coqueteo con los virtuosos de los instrumentos para un tipo que hacía diez años lideraba una especie de banda de tributo a los NY Dolls. En cualquier caso, lejos de toda histeria o todo exceso, las canciones son largas, melancólicas, tan sepia como parece sugerir la portada (que hoy veo y me recuerda algo a la de Berlin de Lou Reed) y no entran a la primera. De hecho, Pulling Punches, que abre el disco, con su ritmo pseudo funky, extraño y alterado, parece más cercana a lo más reposado de Talking Heads que a los coqueteos proto disco de los maxisingles que las discográficas reeditaban para rentabilizar la carrera de la banda. Más de uno se sentiría incómodo con los largos desarrollos instrumentales y la presencia casi fantasmal de la voz de Sylvian, más un instrumento que otra cosa, en canciones que huyen despavoridas de estructuras convencionales (muy pocos estribillos) y que relegan la influencia oriental a un segundo plano. 

Más de uno abominaría del músico alegando sus aleteos en las cercanías del new-age a pesar de lo cuidadosamente escogido de los colaboradores del disco (que incluían a algún ex-Japan), pero el disco es una toma de riesgo en toda regla, una huida del planeta de los fans, una experiencia sólida, lineal, única y arriesgada de un músico que lo tenía muy fácil y decidió tomar otro camino.


domingo, 13 de junio de 2021

Flying Lotus: Cosmogramma

Año de publicación: 2010

Valoración: casi imprescindible

Independientemente de que uno caiga en el estereotipo de hablar del gen familiar y la relación de Steve Allison con el clan Coltrane, cuestión que seguramente iría de perillas para el aparato promocional (como si la mera publicación del disco en Warp no definiera suficientemente la intención), los méritos de Cosmogramma superan las expectativas del artista novel y entonces no resulta extraño que autores inquietos como Kendrick Lamar acudieran al músico norteamericano a la búsqueda de sonoridades extrañas, a medio camino entre el caos y la calma.

Otro de esos discos que justifica el no señalar piezas determinadas, diría, a pesar de mis reticencias a las metáforas, Cosmogramma es un océano algo turbio bajo una dura capa de tensión superficial. Obviamente hablamos de sonido experimental y nada relacionado con las corrientes pop, aunque sus hallazgos sonoros encuentren su vía de encaje. Obviamente el Thom Yorke que colabora en una canción es el de Kid A y no el de The Bends. Lo abigarrado de la entrada, un pandemónium de apenas un minuto y medio que firmaría Squarepusher, solo hace las veces de información al oyente. Si hace unas semanas reseñando a Throbbing Gristle informaba de su práctico rechazo del virtuosismo como planteamiento previo para la entrada en el estudio, creo que con Flying Lotus, quizás con una premisa opuesta (Thundercat es, obviamente, uno de los mejores bajistas de la actualidad) alcanza un resultado, si no equivalente, sí equiparable. Cosmogramma es un disco difícil y abstracto a pesar de sus remansos de paz, completamente libres de tufo new age, incluso sus escarceos con el drum'n'bass están ensuciados a base de capas de producción y juegos con las idas y venidas entre lados del sonido, entre capas de éste. La presencia de Thundercat no se limita al lado rítmico, a veces más entregado al 808 mientras el bajo es el que traza las ¿melodías?. Cierto es que hay cierta sensación de amplitud cuando las cuerdas toman protagonismo, pero esa calma es siempre tensa, abigarrada, más deudora de los 12" de Mo' Wax que de la oleada edulcorada de grupos como  Morcheeba. Cosmogramma concibe la calma como precedente de la explosión, lo que no significa que hablemos de música agresiva o intimidante, cuestión que las escuchas confirman. La mezcla de estilos es constante y desinhibida, e incluirían el lounge, el deep house, el ambient, en un principio todo aquello que se ponga por el medio y que pueda ejecutarse con teclados y bajo.  Difícil pero crecientemente fascinante.


domingo, 30 de mayo de 2021

Throbbing Gristle: 20 Jazz Funk Greats

 

Año de publicación: 1979

Valoración: casi imprescindible

Prácticamente todo lo que figura en la portada de este disco es un engaño. No hay veinte canciones ni jazz ni funk. Hasta la idílica imagen de la portada (los componentes del grupo posando en un paisaje costero) esconde algo turbio: el emplazamiento es uno de los lugares favoritos de los suicidas del Reino Unido. 

Pero al margen de esa cuestión, hay que situar la historia de la banda en su contexto. Procedentes de proyectos alternativos especializados en happening y performances no siempre relacionados con el entorno musical, con la inclusión de parafernalia abigarrada que incluía sexo explícito como el más suave de los complementos, desde los últimos 60 el colectivo va tomando forma y se constituye en proyecto musical bajo unas premisas defendidas con vehemencia en este video por uno de sus fundadores, el fallecido Genesis P. Orridge. Coherencia absoluta en sus planteamientos, llevada al extremo en los directos de la banda (fruto de absoluta devoción por sus seguidores) aunque su disco más célebre, este 20 Jazz Funk Greats resulta curiosamente accesible como presentación. 

Porque hay que recordar el año de grabación: 1979. Son once, no veinte, las canciones, y en muchas de ellas podemos contemplar su estratosférica influencia en las corrientes posteriores. Tras el tema que da título al disco (una relajada pieza dominada por una caja de ritmos y algo asimilable como solos de viento sintetizado, algo reminiscentes de Chet Baker o Miles Davis), Beachy Head, que toma su título del enclave de la portada, o Exotica parecen anticipar toda la producción "relajada" de Aphex Twin o Autechre... unos quince años antes. Junto a Tanith, delicada pieza de resonancias lounge, el aspecto más reposado del disco queda cubierto, sin apenas intervenciones vocales, pero siempre alejado de planteamientos tanto de virtuosismo instrumental como de nada que se asemeje a un tufillo pop. En el otro extremo, la coexistencia temporal con Kraftwerk queda reflejada en otros temas: Still Walking suena de deconstrucción de Trans Europe Express Walkabout tiene innegable deuda sonora con la producción más europea de la banda alemana. Pero las piezas abrasivas se reservan su espacio. Six Six Sixties, con su declamación deudora de las de Lou Reed para Velvet Underground, satura guitarras como solo el shoegazing haría más tarde. What a day anticipa los discos más extremos de The Knife y Persuasion,  falsa balada, inquieta y perturba a partes iguales: fascinante que Billie Ray Martin, cantante de Electribe 101, arrancara algo de melodía y estructura en su cover. Y Hot on heels of love es techno en ese momento, ya, una década antes de Detroit.

E insisto: 1979. Las carreras de Depeche Mode, Cabaret Voltaire, incluso grupos casi risibles como Rammstein o Nine Inch Nails, le deben a Throbbing Gristle y este o sus otros discos. El uso desacomplejado de grabaciones, de fragmentos no estrictamente musicales (golpes, ritmos maquinales, sonidos importados de la vida cotidiana) instaurado en su obra está por doquier en las producciones musicales de todo tipo, enrareciéndolas o enriqueciéndolas ¿Gente aparentemente poco recomendable que acabó siendo pionera? Seguro. Pero artistas convencidos de estar haciendo lo correcto, en todo momento.



domingo, 18 de abril de 2021

Bertrand Burgalat: The Genius Of

Año de publicación: 2000

Valoración: muy recomendable

En un mundo perfecto, artistas de la coherencia de Bertrand Burgalat disfrutarían de vidas acomodadas (sin pasarse, quiero decir, con cierto desahogo) solamente por las aportaciones que, en sus lejanas épocas doradas, hicieron a la disciplina artística que ejercieran. La de Burgalat es, obviamente, la música, y sus méritos fueron atesorados, aunque mantiene una cierta actividad, en base a sus brillantes remezclas de material ajeno, sus producciones para otros artistas e incluso su propio material. Ojo: no hablo del salvaje adaptador que pudo ser Aphex Twin (que se vanagloriaba de no haber usado, en alguna ocasión, ni un segundo del material original), sino de una aportación matizada, discreta, elegante, una especie de veladura de sonido que simplemente, aportaba un extra-goce. Indescriptible, tenue, su trabajo resulta casi más brillante cuanto más anónimo es el material original, cosa que puede acusarse en esta recopilación de sus trabajos (que incluye algún tema propio) atacando material de artistas tan heterogéneos como Nick Cave, Renegade Soundwave o Air. 

Quizás lo último quepa achacarlo a esa ligera endogamia fruto de la explosión del french touch. Curioso que Sexy Boy, el archiconocido tema de Air, no salga muy bien parado. Por el contrario, prácticamente todo lo demás es material glorioso. y cuanto más desconocido el artista más nos resulta gratificante que Burgalat nos lo presente y adapte su sonido a esas adaptaciones que beben del lounge, de cierta aura psicodélica combinada con pop-art (véase la preciosa portada, que uno incorporaría como diseño de cortinas o baldosas de mil amores), con unas gotas kitsch que la propia imagen de Burgalat contribuía a potenciar: peinado demodé, chaquetas de solapa ancha, camisas de cuellos discutibles, gafas de concha con monturas vintage, detrás de ese aspecto algo grotesco, Burgalat, al frente de Tricatel, sello de esos de incierto futuro, aportaba a esas canciones aires cool justo al borde de lo frívolo, pero no: es capaz de lo épico aportando cuerdas tensas en Juillet 66 y aportarles el toque exótico de las flautas, dejándolo más cerca de Jacques Brel que de Etiènne Daho, se pone las botas de bajo nervioso en Sugar, esta vez combinándolo con una guitarra igualmente épica y un crescendo vocal muy notable, o desenterrar el lo-fi de los hits de Ladytron, pero no le hace ascos a chocantes compañeros de viaje, como Michel Houellebecq o Nick Cave, grupos extraños que suenan a Air o Zero7 como Moderato, compañeros de sello o su propio material, una irónica toma en Quarapicho, aquí introduciendo algo que puede parecer una armónica, o la exquisitez lounge de  Partir Revenir. Una exquisitez que hoy suena tan deliciosa como ligeramente anacrónica.

domingo, 4 de abril de 2021

Ladytron: 604

Año de publicación: 2001

Valoración: muy recomendable

Preciosa portada y nombre del grupo tomado de una vieja canción de la primera época de Roxy Music. Si el 604 fuera por algún vetusto modelo de sinte analógico (lo he mirado muy precipitadamente, pero creo que no), el disco de debut de esta banda sería como un torrente de referencias irresistible, incluso antes de reproducir un segundo de su contenido. Valientes tuvieron que ser sus componentes para adelantarse a su tiempo, no era tan frecuente en 2002 contar con bandas mixtas, que algunos de sus componentes tuvieran orígenes curiosos (Bulgaria) y que optaran, adelantándose algún tiempo al fugaz revival del electro-clash, por un sonido añejo, furibundamente analógico y con una producción que coquetea con el low-fi, un obvio homenaje a algunos de los primeros referentes que acuden nada más oírlos: Human League de primera época, pop marciano, easy listening, vocalistas femeninas de los primeros sesenta, alguien dijo Kraftwerk pasado por el filtro de Broadcast, o viceversa. 

También es, una pena, el clásico disco de debut que agota a un grupo, que los coloca en el brete de la ruptura o la continuidad, cuestión que no pocos grupos han solventado de forma radical. Pero influyentes: oigo esas canciones saturadas e imperfectas y visualizo a algunos grupos posteriores, a la indietrónica del sello Morr, a la electrónica de dormitorio, a cierta estética en B/N, a unos últimos coletazos del sonido electrónico premeditadamente sin rostro ni figuras visibles. Veo referencias hasta en los The XX que publicarían pasados varios años discos sin aparente enlace sonoro pero con conceptos artísticos similares (intros instrumentales, austeridad sonora).

El armazón sonoro es característico: secuenciadores de ritmo de vieja gama que parecen haber sido obtenidos en tiendas de segunda mano, cajas de ritmo toscas, fondos planeadores, voces de aire desganado, puntual empleo de idiomas de más allá del telón de acero (que les da un cierto tono arty, y añadiré a Blondie, Propaganda o los primeros discos de Depeche Mode como referencias adicionales) mezcla de sonidos que un desparpajo post adolescente cohesiona: se suceden las melodías inmediatas con regusto a hit menor, y aunque el sonido es algo tosco y parece que el grupo pueda tener alguna limitación de repertorio, hay que reconocer que presentarse con la contundencia de canciones como This Is Our Sound, la luminosidad de Playgirl (que parece avanzarse al dream house de los Chromatics) o el espíritu chulesco de He Took Her to a Movie, aquí europeízada por Bertrand Burgalat, o el espíritu new wave de The way that I found you, comprender que eso hacían hace 20 años para presentarse en sociedad no deja otra que atribuirles un enorme mérito.