Mostrando entradas con la etiqueta synth-pop. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta synth-pop. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de agosto de 2022

Depeche Mode: The Singles 81 - 85


Año de publicación: 1986

Valoración: casi imprescindible

Aún en activo, cuatro décadas después, sería injusto olvidar la colosal ristra de singles publicada por el cuarteto de Basildon antes de su colosal trío de álbumes ya reseñados aquí. En una época de efervescencia creativa, se permiten el lujo de publicar un recopilatorio (costumbre, por cierto, en desuso) que muestra su capacidad de generar hits como si fueran a pasar a otro nivel completando discos de gran formato... pero el grupo ya había publicado cuatro LPs, el futuro de la banda había sido fugazmente puesto en duda tras el abandono de Vince Clarke, y su sonido se había convertido en familiar para el gran público.

Y repito: sería injusto incluso aunque algunas de estas canciones hayan sufrido una cierta sobreexposición, quizás porque alguna de ellas pueda parecernos demasiado sencilla estructuralmente. Pero, gracias al estricto orden cronológico del disco, la evolución de la banda se aprecia, y es estratosférica para un periodo tan corto. Nada tiene que ver la sencillez de Dreaming of Me - Kraftwerk con acné - con la cálida candidez llena de claroscuros de See You - que puede conservar a los alemanes como referencia, pero que ha desarrollado su propia línea de progresión. La banda empieza a disfrutar de un status homologable con la parafernalia rock - aparece el cuero, el pelo largo, las drogas duras y su sonido se vuelve denso y más diverso. La estética y las letras de canciones como Master And Servant, o People Are People, tantea con lo industrial, ya no son post-adolescentes con cardigans imposibles, son una banda que emplea sintetizadores en vez de guitarras y que coquetea con lo gótico sin el menor problema en Blasphemous rumours. Aunque sus trabajos en larga todavía podían acusarse altibajos, sus singles eran inapelables, su productividad, descomunal, incluso se permitían lujos Shake the Disease, celestial, no llegó a incluirse en ningún disco largo oficial.

domingo, 15 de mayo de 2022

Japan: Tin drum


Año de publicación: 1981

Valoración: muy recomendable

Como Martin Power describe brillantemente en su biografía sobre David Sylvian, parece que la cúspide creativa que representa Tin drum marca un momento idóneo para que la banda se separe. Al margen de líos de faldas, de diferencias de concepción sonora, de cierto escepticismo crítico relacionado con la poderosa carga estética del grupo, mezcla de ambigüedad glam y sensibilidad hi-tech, de conatos de aventuras en solitario. El recorrido de macarras de callejón pestilente a estetas interesados por lo ajeno a Occidente ya era, de por sí, un sprint agónico tras el que había que descansar.

Icónica portada. Desde el nombre hasta algunos hits menores rescatados por su anterior sello, el interés por las culturas orientales se había manifestado en algunos matices en Gentlemen take Polaroids, en sus afinidades con el genial Ryuichi Sakamoto que ya se materializarían en una aventura extraconyugal - la excelente Bamboo Houses. El nombre de la banda en color rojo. La estancia austera, la foto de Mao con señales de llevar ahí un tiempo. Provocación pura hacia los detractores de la banda. El recorrido post-Roxy finiquitado, una cierta pose arrogante, los trajes, los cuellos mao, el ostentoso maquillaje en hombres heterosexuales. Pero claro, la música: los ritmos cortados de  The Art of Parties, más deudores de Remain in light que de Stranded. La estratosférica línea de bajo en Visions Of China, el excelente trabajo de percusión a lo largo de todo el disco, con las guitarras cediendo terreno, ese hito del sonido congelado que representa Ghosts, insospechado hit de absoluta oscuridad sonora y lírica, acompañados estos singles por extensas canciones de títulos y sonoridades evocadoras Still Life In Mobile Homes - vida estática en casas móviles, o los sonidos deudores de Joy Division, como para recordar que estamos en la Inglaterra del post punk, donde el bullicio creativo y las interacciones entre sonidos eran prácticamente la norma a seguir. Cuarenta años después, muy pocos discos tan voluntariamente apartados de las premisas comerciales son capaces de acceder a las listas. Seguro que a muchos no les gustó, pero Japan lo hicieron. Y se fueron.

domingo, 10 de abril de 2022

Tears for Fears: Songs from the Big Chair


Año de publicación: 1985

Valoración: muy recomendable

Apenas unos años atrás, The Human League habían establecido con Dare! el techo creativo y comercial del género, pero aun quedaba algún coletazo que dar. Los grandes grupos de la época, curiosamente muchos de ellos dúos, se entregaban sin recatos a sonoridades menos puras, o se habían esfumado, muchas veces por culpa de la falta de inspiración. OMD andaban despistados huyendo de la excesiva sacralización de su sonido. Soft Cell eran presa de los excesos y su incidencia en el resultado creativo. China Crisis habían descubierto la discografía de Steely Dan. Erasure, la de Abba. Duran Duran, la de Chic. En general, la sensación era la de buscar caminos alternativos. Todas aquellas bandas que habían surgido intentando sonar como Kraftwerk, vivir como Roxy Music e influir como Bowie habían experimentado la misma sensación.: la urgencia por la evolución como recurso de supervivencia.

Tears for Fears no eran ajenos a ello: Roland Orzabal (de orígenes navarros) había llegado a formar parte de una banda de Ska (ese género del que solo Madness y The Specials salieron vivos) y su primer disco, The Hurting los mostraba como post-adolescentes de largas casacas, peinados por sus enemigos y con angustiosas canciones muy adecuadamente recuperadas para algunas películas posteriores (Donnie Darko, por ejemplo) como reflejo de esa mezcla de rebeldía y despiste que es la edad entre los 14 y los 20. Pero ya se mostraban con guitarras e instrumentos analógicos, no querían ser dos tipos impertérritos tras un teclado sino adoptar cierta movilidad ante el micrófono, no en vano los dos actuaban como vocalistas, Orzabal más directo y agresivo, Curt Smith más modulado y sensible. Este Songs from the Big Chair fue su segundo disco y un éxito descomunal, seguramente algo aportó que el grupo deseuropeízara su sonido y su imagen (la portada, dos primeros planos en blanco y negro, no deja de remitir a cierta estampa clásica de Simon & Garfunkel) y se agarrara, repito a los mástiles de sus instrumentos.

Ah: y los singles. Claro: en plena eclosión de la MTV y los clips los singles no podían otra cosa que ser lo pluscuamperfectos que fueron para ensalzar el álbum, incluso en su sabia ubicación en el escueto (ocho canciones, cuarenta y dos minutos - parece que la gente se olvida de lo que cabía en un CD y comprende, en la era del streaming, la inutilidad de embutir sus discos en material de relleno) tracklisting, donde era imposible no ensombrecer el otro material, más analógico y experimental, obviamente menos tarareable y a la fuerza menos persistente. No sé si tiene sentido recordar, que ya se encargan las nauseabundas radiofórmulas, Shout, casi un mantra excesivamente esquemático, pero pieza capital en su éxito, con un video casi risible de puro trascendente con sus vistas al horizonte y su mensaje pulcro e inequívoco, Everybody Wants To Rule The World - sintetizadores, sí, pero riffs, solos de guitarra, que no se trataba de ser Journey pero sí de sonar en las emisoras universitarias o Head over heels con su irresistible fraseo de piano, aunque sea para aclarar que eclipsaban tenues números casi a capella como I Believe o abigarrados números más arriesgados como Mothers Talk o Broken, más cercanos a experimentos con el funk de grupos como A certain ratio, como si el grupo, consciente del arrastre de los tres hits, necesitaran empaquetar dosis de credibilidad. Música que permanece sin apelación a la nostalgia, por puro merecimiento artístico.

domingo, 7 de noviembre de 2021

Soft Cell: The Art of falling apart

Año de publicación: 1983

Valoración: muy recomendable

El arte de desmoronarse: glorioso y premonitorio título para el segundo disco de un dúo que estaba en ello. Engullidos seguramente por el abrumador éxito de su adaptación de Tainted love (junto a Don't you want me y Enola Gay, el exiguo legado para las radiofórmulas de que alguna vez existió el synth-pop), y con el interludio del disco de mixes Non stop ecstatic dancing. el grupo entrega un segundo disco de estudio que representa una evolución sin ruptura pero una constatación de que sus intenciones (las de Almond, al menos) eran firmes. Aquellos dos estudiantes de arte querían iniciar una carrera. Y este disco no contiene hits ni metralla para la pista. Ni siquiera recrea el ambiente algo frívolo y muy canalla de canciones anteriores como Seedy films o Sex dwarf. 

Todo se ha matizado y el disco es extrañamente cohesivo. Apenas dos detalles que lo puedan emparentar con su debut: iniciarlo con una canción teóricamente menor, donde antes hablaban de frustración en Forever the sam e se habla de rutina, y las canciones comparten tonalidad, duración (entre cuatro y cinco minutos, válidos para el pop pero poco amigables para la radio), y quizás Loving you, hating me, con su mid-tempo y su tensión dramática, pueda sonar a un intento de revalidar la épica de Say hello, wave goodbye. El avance sonoro es evidente, la producción ya elude el encantador aspecto precario anterior y todo suena sólido y poderoso. Quizás ese sea el problema. Parecían no tener problema con lo sórdido y amateur y The Art of falling apart parece maduro y meditado. 

Pero no hay que obsesionarse con esa comparación, ya que el disco contiene algunas de las mejores canciones de la banda. Where The Heart Is conserva cierto encanto homemade y su avance melódico combina esa agridulce cualidad ligeramente melancólica. Almond cantaba cada vez mejor y eso relegaba a Ball a un segundo plano cada vez más lejano. Numbers (aquí en su excelsa versión extendida) tiene algo de himno generacional, y desde luego un arreglo de cuerda como el que arropa la exquisita Kitchen Sink Drama hubiera sido imposible concebirlo sin los royalties de su debut. No puede decirse que esas tensiones, las que hicieron que su tercer LP (el bizarro This last night... in Sodom) se publicara con el dúo ya disuelto, afecten en lo sonoro. El disco sigue siendo un muy notable segundo disco de carrera, y sus canciones aportan a su legado, más influyente de lo que parece, a lo cual seguramente haya contribuido la muy sólida carrera en solitario de Almond. En todo caso, muy disfrutable y una absoluta bofetada a los ignorantes que los califican de one hit wonder.


domingo, 11 de abril de 2021

Duran Duran: Duran Duran

Año de publicación: 1981

Valoración: muy recomendable

Hoy este blog retrocede a la denostada (merecidamente o no, opinemos) década de los 80 y desempolva el álbum de debut de una de las bandas más controvertidas de la época, quizás más por su trayectoria posterior que en sí por los méritos de este disco (que son cuantiosos), puesto que Duran Duran, o su estratosférico triunfo y celebridad posterior vinieron a abrir más de un debate. Por una parte, la indiscutible fuerza de su imagen (deudora del glam y a la sazón precursora de ciertas pestilentes corrientes asociadas a las boy-bands - injusto porque los Duran Duran eran realmente músicos) y por otra esa premisa snob de que comercialidad y calidad recorren caminos diferentes. La pléyade de grupos superpopulares en la escena pop en esa época parece una invitación a alimentar la polémica (hablemos de Culture Club o de Depeche Mode o Spandau Ballet) y no pocas críticas injustas se limitaban a atribuirles condición de figurines asociados a un movimiento, en defensa de opciones más oscuras y puras. 

En todo caso, aunque los singles previos ya auguraban gran repercusión, digamos que los cinco tipos que nos saludan desde la portada, a pesar de la seguridad que desprenden sus poses, todavía no son conscientes del futuro que se cierne sobre ellos, la absoluta explosión de su inmediato disco posterior y su elevación a los altares pop, incluyendo participación en festivales y la siempre socorrida coartada popular: estaban entre los grupos favoritos de Diana Spencer.

Pero sin buenas canciones todo eso no se sustenta: hay bastantes en Duran Duran: ni siquiera esa producción que suena envejecida logra disimularlo, esa producción que uno diría que pide una remasterización que aporte músculo, sobre todo a la parte rítmica, pero que ya es intrínseca al disco: es música para oír a alto volumen, casi diseñada para ser jaleada por multitudes, y los tres singles son inapelables: Girls On Film o la oportunidad, vía funk tecnificado, de aportar primeros momentos de ingenua polémica a la MTV, Planet Earth o la inmediatez after-punk elevada a sus consecuencias más mundanas (incluyendo estratosférica línea de bajo destripada aquí por su autor, John Taylos) y reconociendo influencias del krautrock en el avance imparable de Careless Memories, incluída efervescencia guitarrera que se ensambla perfectamente). Añadamos temas más épicos e introspectivos, como Night Boat, himnos generacionales como Friends of mine, temas menores enormemente eficaces como Anyone Out There y, claro, toda la carga de imagen (tomada prestada de quien fuera, pero que hicieron suya) del grupo, con un carismático Simon Le Bon al frente, y el cuadro está completo. Su dominio de la época fue breve pero absoluto, su corte de imitadores (A-ha, por ejemplo) muy notable y su influencia (la fusión desvergonzada entre sonoridades rock, funk y sintetizadores) mayor de la que se puede medir. Que años más tarde se les indigestara en discos discutibles como Notorious ya es otra cosa.

domingo, 1 de noviembre de 2020

Working Men's Club: Working Men's Club

Año de publicación: 2020

Valoración: muy recomendable

Como la realidad musical actual ha acabado confinando a toda música que no sea o r'n'b y sus derivados o sonoridades latinas al rincón de lo "alternativo" nos estamos ahorrando, y ya hace lustros, el aborrecible fenómeno de los revival. Creedme, he sufrido demasiadas veces de ello en el pasado y es un tormento: de repente muchos se apropiaban de un sonido de décadas anteriores y se creaba una especie de escena que no dejaba de atormentar a los oyentes a base de refritos de sonidos del pasado ejecutados por admiradores tan llenos de ilusión como exentos de talento o de originalidad. El último episodio que recuerdo fue tan breve como poco memorable, si bien de una ingenuidad entrañable: el electroclash fue una especie de intento de actualización de los desmadres más anfetamínicos del synth-pop y duró, sin dejar más impronta que unos cuantos temas sueltos y remezclas que rezumaban exceso por todas partes.

Entonces es bueno comprobar que una banda de aires revisionistas puede actuar con toda libertad, como se dice por aquí a su puta bola y, armados de arsenales de sintes y haciendo acopio del descaro más post adolescente, publicar un disco de debut notabilísimo, un disco de manifiesta personalidad como lo demuestra el abrirlo con pulsaciones sintéticas de aires Detroit y cerrarlo con doce minutos, doce, de desparrame saturado ora por guitarras ora por zumbidos sintéticos de minutos de duración: entregan diez canciones que amparan ese abanico y se quedan tan frescos. Así que este cuarteto abre con un hit alternativo de 1989, Valleys muestra las pedorretas de Roland 303 que llegan a extremos no oídos en este siglo, y no solo eso, los vocales parecen ser de aquellos ejecutados por cantantes que habían sido puestos al frente de bandas, toma el micrófono que eres el que menos mal lo haces, pero el sonido funciona, funciona a base de convicción y de desparpajo, de desvergüenza absoluta y de asimilación de influencias no siempre obvias, no se trata de homenajear como hacía Ladytron o como hicieron (con brillantez) los LCD Soundsystem del último disco: aquí hay lugar para Carl Craig, para Human League de primera época, para Ultravox! (los de John Foxx), para los Magazine de los primeros dos discos, para, glups, aires a los Front 242 menos garrulos,  y para algunas, pocas, más recientes, como el caos sonoro de Animal Collective o incluso las guitarras más saturadas (hay, sí, muchas guitarras) de grupos como Slowdive, My Bloody Valentine o Spiritualized.

¿Es esto un pastiche? Las sucesivas escuchas demuestran que no, que han salido adelante y resultan a la vez novedosos y respetuosos con sus referencias. John Cooper Clarke, con vocales prácticamente habladas y capas por todas partes, con sus aires de future-disco, White Rooms and People mezcla a Gary Numan y a riffs de guitarra que ubicaríamos en la obra de Duran Duran (banda a reivindicar) y así hasta diez canciones, clásica cifra de canciones que recuerda, también, la estructura de los vinilos, donde se apilan aún más referencias, guiños al dream-house y a bandas como Tame Impala, en fin, quede claro que son cuatro músicos que han dado buena cuenta de colecciones de discos propias o paternas, y que hoy en día es ya absurdo hablar del futuro ya no de la música sino de un simple género, Working Men's Club son, posiblemente, la banda que suena más fresca y más decidida en este momento, quedándose en terrenos, sí, conocidos, pero con una madurez y una convicción en su sonido y en sus canciones que muchos artistas de largo recorrido ya querrían haber llegado a alcanzar. Obvio que su siguiente paso ha de despejar muchas dudas, pero en este mundo, en esta industria musical tan necesitada de golpes de efecto, especular con su futuro y no disfrutarlos, ahora, aquí, en este primoroso disco de debut, sería estúpido.