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domingo, 18 de julio de 2021

My Bloody Valentine: Useless

Año de  publicación: 1991

Valoración: casi imprescindible

Hecho: hasta hace muy poco, Loveless no estaba disponible en las plataformas de música por streaming de una manera reglada y convencional. Supongo que algo tendría que ver la tenacidad de Kevin Shields, líder del grupo, por evitar las escuchas fuera de los parámetros que transmitieran su obsesivo perfeccionismo sonoro, ese que ha conducido al grupo a una producción sonora tan exigua. 

Aunque suficiente: incluso si su obra se redujese a los escasos minutos de Only Shallow, pieza que abre (cuatro minutos apenas) el disco, éste ya sería un trabajo emblemático. Cuatro toques precipitados de caja que preceden un torrente de saturación, un estruendo de capas sonoras que, protagonizados por una guitarra al máximo tolerable de feedback y uso de pedales, avanza acompañado por voz angelical. Lo cual me lleva a dos reflexiones algo frívolas. Qué adecuado el término shoegazing (mirarse fijamente a los zapatos) para definir el movimiento que este álbum contribuyó a apuntalar. Y qué definitoria esa imagen gráfica de la portada: tonalidades rosáceas, rojizas, parduzcas desenfocadas sobre un mástil. La apertura, diabólicamente influyente, marca el tono del disco, un disco de sonido intenso pero de ritmos más bien reposados, un disco que no se queda ahí, y que reproduce esa estructura en canciones que toman estructuras pop, en Sometimes, que preserva ciertas influencias de sonidos que le eran contemporáneos. Veo a The Cure tanto en los acordes de when you sleep, como en general en la intensidad sonora tan propia del colosal Disintegration. Veo el sonido Madchester en esas elucubraciones ligeramente sintéticas de Soon, espléndida salida del disco con sus siete minutos (la versión incluída es del single9 que parecen una jam-session donde solo faltaría Bez cabeceando. Pero incluso así, hasta un aparente interludio de menos de un minuto como touched contiene más inquietud sonora que, por ejemplo, la carrera íntegra de Oasis. Por supuesto, veo a la Velvet Underground diseñando mapas acústicos en el estudio y en la mesa de mezclas.

Pero desde luego la importancia del disco se muestra ya casi insultante si comprendemos todo lo que su sonido, áspero en su conjunto pero fascinante en su disección, acabó engendrando. Al margen de que ciertas bandas británicas, como Slowdive, adaptaran su sonido (cuestión visible años más tarde en ciertas canciones de Blur o Radiohead), esa ejecución, saturada y con una rabia más basada en la melancolía que en la agresividad, quedó incorporada a todo el rock de guitarras posterior, y desde el sonido grunge en su integridad a la risible pose de engendros como los Red Hot Chili Peppers, son muchas las facturas en forma de inspiración que los inacabables surcos de Loveless puede presentar.

domingo, 26 de abril de 2020

Prefab Sprout: Jordan: The Comeback


Año de publicación:  1990

Valoración: muy recomendable

Como para demostrar el espíritu anacoreta y reclusivo de Paddy Mc Aloon, la portada de Jordan: The Comeback no muestra imagen alguna de los componentes de la banda, a diferencia de las de sus dos aclamados discos anteriores. El propio título del disco parece insinuar que se trata de un disco de ruptura. El número de canciones, diecinueve, la existencia de transiciones entre algunas de ellas, todo apunta a una diferencia de contexto en una banda que parece estar siempre en un mapa mental alternativo. 
Jordan: The Comeback es un reflejo de esa situación a la vez que otro síntoma de lo que podríamos llamar evolución discontinua de la banda. From Langley Park to Memphis había sido su disco americano, con una mezcla de rock extraño y canciones propias de musical de Broadway, y este se disparaba hacia diversos escenarios, curiosamente en un ejercicio que acusa cierta pérdida de cohesión: nada hay aquí que evoque los aires frescos y húmedos de Steve Mc Queen y es indudable que diecinueve canciones dan, en una banda así, para muchas perlas, aunque el disco se inicie con lo más asimilable a una baza comercial (la algo sosa Looking for Atlantis), inmediatamente se embarca en lo que se podría denominar una secuencia de canciones sin aparente hilo argumental, donde literalmente cabe de todo, desde simas inexplicables hasta picos de atractivo igualmente inexplicable. Carnival 2000 es un ejemplo: quizás una de las peores canciones que había grabado la banda, pero sus veinticinco segundos iniciales siguen pareciendo una excelente canción de tonos otoñales. Machine Gun Ibiza parece efectuar un guiño a bandas tan dispares como Cameo o The Beloved, con su ritmo asimilable al funk  y su letra surrealista, que parece una renuncia expresa al aparato frívolo que rodea ciertos estilos musicales. Pero si el disco salva ciertos escollos es por la acumulación de canciones menores en apariencia que surgen de entre la selva: We Let the Stars Go es una de esas melodías clásicas de la banda, ecos, voz casi suspirada, arreglos sencillos pero atractivos, tono intimo. La segunda parte del disco nos reserva sorpresas: en The Ice Maiden la voz de Mc Aloon suena poderosa, resuelta, casi intimidadora dentro de su elegante contención, incluso cuando ejecuta esa frase emblemática: la muerte es un pequeño precio por el paraíso. Posiblemente sea una de las numerosas mejores canciones no conocidas de la banda. The Wedding March recupera aires más cercanos y esa ironía y segundos sentidos que embadurnan la canción parecen ser casi exclusivos, como ya se nos ha revelado en  All the World Loves Lovers, otra de esas piezas delicadas, sedosas, una de esas canciones perfectas de principio a fin, de esas que te harán preguntar por qué no habitamos uno de esos mundos utópicos y perfectos donde música como esta obtiene el éxito que se merece.