domingo, 4 de julio de 2021

Tyler The Creator: Call me if you get lost

Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable

Apenas diez días para juzgar un disco como este podría ser poco tiempo. Mi primera valoración era otorgar al disco un discutible como oposición al indiscutible que merecía (que  merece)  Igor, su esplendoroso disco anterior, pero tras cierta reflexión desestimé la posible confusión que tal término pudiera generar. La cosa es que en unos quince meses Tyler The Creator (aprovechando, no lo niego, los prolongados retiros de Frank Ocean y Kendrick Lamar y el alarmante bajón de Kanye West) se ha convertido para mí en una referencia sonora de primer orden, y no creo estar solo: emisoras generalistas mencionaban la noticia, el 25 de junio, de la publicación de este disco con los merecidos respetos acreditados. 

Igor es, lógicamente, una sombra demasiado alargada, no solo en lo concerniente a su propia entidad como disco, sino incluso en su carácter de hito en la obra del músico californiano: un disco de un rapero donde el rap no es el centro de gravedad, un experimento casi inagotable en lo sonoro, pero Call me if you get lost empieza por desmarcarse de pretender constituir un intento en el mismo sentido. Las referencias serían más la etapa más pura en clave rap, la amabilidad sonora de su antepenúltimo disco, el excelso Flowerboy, y puntualmente alguno de los logros de Igor, pero hay muchísimos matices. Primero, la producción es mucho más depurada y más amable con el oyente ocasional. Las aristas que personalizaban el disco anterior (hubo hasta cierta polémica) y le conferían ese espíritu de opus no existen aquí. El espíritu de mixtape resurge, y las omnipresentes intervenciones de DJ Drama (que empiezan resultando algo cargantes pero van tomando sentido con las escuchas, como una especie de hilo argumental) confieren al disco un aire algo retro, pero los aderezos sonoros crecen con las escuchas y, a pesar de la casi voluntaria dispersión (temas muy cortos, muchos de ellos enlazados) cada escucha acrecienta la sensación de que el disco es maduro y cohesionado, no el producto de la cabezonería del músico, que mantiene, a sus recién cumplidos 30 años, un ritmo de publicación de disco largo cada dos años, sino una pieza calculada y meditada. Y las reiteradas escuchas hacen surgir las gemas: MASSA y su aire clásico, con su fondo casi ambiental, HOT WIND BLOWS con sus samples que parecen extraídos de alguna serie televisiva decadente de los años 70, el pulso cinematográfico de LUMBERJACK, o la intimidación (que no agresividad) de canciones como CORSO o RISE, combinadas con aires de Costa Este en WUSYANAME o ese curioso y ya clásico doble track que obra de bisagra en el disco: Sweet parece recuperar al Prince más lúbrico y pop, con sus vientos, sus coros femeninos, su sensualidad, dando paso al reggae de I THOUGHT YOU WANTED TO DANCE, jugueteando con un género anómalo (lo hizo antes con el deep house o incluso el pasodoble, así que por qué no).Siete menciones casi al azar sobre 52 minutos de música que pueden no ser el rutilante espectáculo creativo de su antecesor pero que no tienen aspecto alguno de bache o paso atrás. A estas alturas, si Tyler da un paso atrás, es para tomar impulso. Hasta 2023, SIR BAUDELAIRE.

domingo, 27 de junio de 2021

David Sylvian: Brilliant Trees

Año de publicación: 1984

Valoración: muy recomendable

Japan, el grupo, salta por los aires en su apogeo artístico y comercial. Tin Drum, un álbum ya completamente escorado hacia lo oriental, se convierte en su último trabajo bajo la condición de banda, que se disuelve entre circunstancias claras (la necesidad de los músicos de contar con carreras individuales) y no tanto (líos de parejas donde parece ser que Sylvian le levantó la novia al bajista (rip) Mick Karn.

En cualquier caso la ruptura sonora es relativa. En su primer disco en solitario (al que ha seguido una larga carrera tenazmente alejada del público marotitario) Sylvian, consciente de la influencia de su imagen, aparece sobriamente vestido en tonos grises, imagen en grano fuerte, no parece llevar una brizna de maquillaje, ha cambiado el interior de una humilde vivienda con la foto de Mao por un anónimo paisaje vagamente rural y ya no posa frente a cámara. Mira a su derecha, los exaltados dirán que mira al pasado, claro. Pero Brillian Trees representa una evolución sonora que no dinamita su pasado reciente. Tonalidades oscuras, música reflexiva, quizás demasiado coqueteo con los virtuosos de los instrumentos para un tipo que hacía diez años lideraba una especie de banda de tributo a los NY Dolls. En cualquier caso, lejos de toda histeria o todo exceso, las canciones son largas, melancólicas, tan sepia como parece sugerir la portada (que hoy veo y me recuerda algo a la de Berlin de Lou Reed) y no entran a la primera. De hecho, Pulling Punches, que abre el disco, con su ritmo pseudo funky, extraño y alterado, parece más cercana a lo más reposado de Talking Heads que a los coqueteos proto disco de los maxisingles que las discográficas reeditaban para rentabilizar la carrera de la banda. Más de uno se sentiría incómodo con los largos desarrollos instrumentales y la presencia casi fantasmal de la voz de Sylvian, más un instrumento que otra cosa, en canciones que huyen despavoridas de estructuras convencionales (muy pocos estribillos) y que relegan la influencia oriental a un segundo plano. 

Más de uno abominaría del músico alegando sus aleteos en las cercanías del new-age a pesar de lo cuidadosamente escogido de los colaboradores del disco (que incluían a algún ex-Japan), pero el disco es una toma de riesgo en toda regla, una huida del planeta de los fans, una experiencia sólida, lineal, única y arriesgada de un músico que lo tenía muy fácil y decidió tomar otro camino.


domingo, 20 de junio de 2021

Andrés Calamaro: Dios los cría


Año de publicación:
2021

Valoración: se deja escuchar

Empiezo aclarando que no reseñaría este disco de Andrés Calamaro si ello no representara una coartada para aportar alguna opinión propia que complemente la excelente reseña que Iván Repila regaló a este blog sobre el disco de C Tangana.

Porque Calamaro pareció no conformarse con el repentino e inesperado regreso a la actualidad que representó su aportación en el disco. Aunque lo hiciera con Hong Kong, indigna canción rellena de estereotipos líricos y sonoros, mal cierre para un disco excelente, una canción repleta de todos los tópicos que parecen  cumplimentar al personaje del autor argentino hasta elevarlo (ejem) al límite de la autoparodia: vicios, rock'n'roll, vida golfa, gafas de sol a medianoche. Calamaro aprovecha la fama que le otorga el Pucho y se lanza con un proyecto que llevaba tres años de preparación, y que es nada más y nada menos que un auto-homenaje a su repertorio propio a base de dúos con artistas que ha captado, en su mayoría, del más absoluto mainstream de la música en español. Tan mainstream que servidor ha tenido que tragarse más de un sapo para no usar el skip ante colaboraciones con auténticos figurones de la música más descaradamente comercial, y me parece lamentable que Calamaro haya echado de mano casi más de postureo que por otra cosa. Aún así, he de reconocer que ha habido momentos en que la tentación ha sido poderosa: no puedo oir Flaca con Alejandro Sanz, eso es demasiado para mí. Otros dúos más extraños surgen victoriosos: jamás creería que Julio Iglesias pudiera encajar en una canción como Bohemio y resulta que sí. Otra referencia en la carrera de Calamaro sería el formidable El cantante, con el que curiosamente Dios los cría comparte una composición. Aquí los daños son considerables y Lila Downs (y un arreglo inapropiado, acompañado por un incomprensible verso añadido) mutila toda la gracia del original declamando como si fuera Yma Sumac, y la cosa simplemente no funciona. 

La flaqueza del disco se basa, primero, en la fragilidad del material de Calamaro, que es un compositor irregular y un letrista tendente a la acumulación de tópicos, que no tiene consistencia para tanto revuelo, y segundo, en la obsesión unificadora de los arreglos, que abandonan en muy pocos momentos los típicas sonoridades del bolero latino (piano, congas, contrabajo) y convierten a demasiadas canciones en experimentos intercambiables, dejando pocos minutos para la posteridad. Curioso como premisas parecidas (como las de El Cigala y Bebo Valdés) funcionaron y siguen haciéndolo y a Calamaro el experimento le ha salido pretencioso y fallido.

Pero es que tenemos una edad ya para andar cerrando bares.

domingo, 13 de junio de 2021

Flying Lotus: Cosmogramma

Año de publicación: 2010

Valoración: casi imprescindible

Independientemente de que uno caiga en el estereotipo de hablar del gen familiar y la relación de Steve Allison con el clan Coltrane, cuestión que seguramente iría de perillas para el aparato promocional (como si la mera publicación del disco en Warp no definiera suficientemente la intención), los méritos de Cosmogramma superan las expectativas del artista novel y entonces no resulta extraño que autores inquietos como Kendrick Lamar acudieran al músico norteamericano a la búsqueda de sonoridades extrañas, a medio camino entre el caos y la calma.

Otro de esos discos que justifica el no señalar piezas determinadas, diría, a pesar de mis reticencias a las metáforas, Cosmogramma es un océano algo turbio bajo una dura capa de tensión superficial. Obviamente hablamos de sonido experimental y nada relacionado con las corrientes pop, aunque sus hallazgos sonoros encuentren su vía de encaje. Obviamente el Thom Yorke que colabora en una canción es el de Kid A y no el de The Bends. Lo abigarrado de la entrada, un pandemónium de apenas un minuto y medio que firmaría Squarepusher, solo hace las veces de información al oyente. Si hace unas semanas reseñando a Throbbing Gristle informaba de su práctico rechazo del virtuosismo como planteamiento previo para la entrada en el estudio, creo que con Flying Lotus, quizás con una premisa opuesta (Thundercat es, obviamente, uno de los mejores bajistas de la actualidad) alcanza un resultado, si no equivalente, sí equiparable. Cosmogramma es un disco difícil y abstracto a pesar de sus remansos de paz, completamente libres de tufo new age, incluso sus escarceos con el drum'n'bass están ensuciados a base de capas de producción y juegos con las idas y venidas entre lados del sonido, entre capas de éste. La presencia de Thundercat no se limita al lado rítmico, a veces más entregado al 808 mientras el bajo es el que traza las ¿melodías?. Cierto es que hay cierta sensación de amplitud cuando las cuerdas toman protagonismo, pero esa calma es siempre tensa, abigarrada, más deudora de los 12" de Mo' Wax que de la oleada edulcorada de grupos como  Morcheeba. Cosmogramma concibe la calma como precedente de la explosión, lo que no significa que hablemos de música agresiva o intimidante, cuestión que las escuchas confirman. La mezcla de estilos es constante y desinhibida, e incluirían el lounge, el deep house, el ambient, en un principio todo aquello que se ponga por el medio y que pueda ejecutarse con teclados y bajo.  Difícil pero crecientemente fascinante.


domingo, 6 de junio de 2021

Tom Waits: Swordfishtrombones

Año de publicación: 1983

Valoración: imprescindible

En 1983 Tom Waits pasa de Asylum, sello que le ha publicado un puñado de de discos, a Island, sello que publicaba, por ejemplo, la discografía de Bob Marley. El disco tarda casi un año en publicarse desde el inicio de su grabación, hasta ese momento Tom Waits es un brillante músico de culto y lo último que ha publicado ha sido la banda sonora para el sonado fiasco de Coppola, One from the heart, un disco en el que ha combinado clásicas baladas de piano y ambiente humeante con amagos de lo que parece ser un cambio de sonido (o una evolución, concepto que queda más cool). 

Y es así: los ambientes decadentes de piano bar etílico que llenaban discos como Blue Valentine dan paso a una especie de torbellino fascinantemente tosco en lo sonoro (vientos, percusiones secas, guitarras áridas) que combina a la perfección con las cualidades vocales de Waits y que combina a la vez sonoridades añejas y vanguardistas. Waits lo ha hecho, disfruta de la promoción propia del sello, incluso disfruta de un delirante video para In The Neighborhood, mezcla de desfile funerario, de Mardi Gras, y de una eventual salida de paseo de lo más granado de cualquier institución psiquiátrica. Waits no ha traicionado su estilo ni sus temáticas: simplemente ha dado un paso adelante. Todos sus admiradores en la sombra pasan a manifestarse (Rod Stewart llegará a versionearle, pero la verdadera ronquera es la de Waits) y se convierte en una inesperada estrella del firmamento alternativo. 

Swordfishtrombones es una especie de opus de 40 minutos compuesto por muchas piezas cortas que no llegan a enterrar el espíritu sonoro (piano, cuerdas) de sus primeros discos, pero se aventura en mucho lugar inhóspito, y en este caso veo conveniente no centrar la reseña en canciones ya que el disco, sin formar una progresión, sí es disfrutable en su secuencia. Hay piezas cortas de aires lánguidos o marcianos, hay instrumentales de corte inquietante, hay excesos vocales y demostraciones de puro spoken word, hay algo parecido al be bop o al free jazz y sorpresas sonoras a cada rincón. percusiones que parecen haber sido organizadas con cucharas de madera y cuatro tablones, algún aire exótico (¡marimbas!), todo ello plasmado con una completa desinhibición y una intención clara de franqueo de barreras sonoras. Puede ser que sea el equipo de producción o la presión del cambio de entorno dentro de la industria musical, el desplazamiento a una pista central. Es un disco cuyos aires son palpables en muchas obras posteriores, aunque sea de forma aislada. Tricky en Aftermath o Goldfrapp en Oompa Radar le rinden tributo inconsciente, pero esa sonoridad, esa intención de aportar un aire primitivo y ligeramente enajenado teñirá muchas obras posteriores, incluso condicionará a Waits en su obra posterior, que entrará en una espiral de búsqueda de lo extraño que rozará lo autoparódico en algún momento, quizás su justa medida sea la que aquí se contiene, pero de ello va hacer, pronto, casi cuatro décadas.

domingo, 30 de mayo de 2021

Throbbing Gristle: 20 Jazz Funk Greats

 

Año de publicación: 1979

Valoración: casi imprescindible

Prácticamente todo lo que figura en la portada de este disco es un engaño. No hay veinte canciones ni jazz ni funk. Hasta la idílica imagen de la portada (los componentes del grupo posando en un paisaje costero) esconde algo turbio: el emplazamiento es uno de los lugares favoritos de los suicidas del Reino Unido. 

Pero al margen de esa cuestión, hay que situar la historia de la banda en su contexto. Procedentes de proyectos alternativos especializados en happening y performances no siempre relacionados con el entorno musical, con la inclusión de parafernalia abigarrada que incluía sexo explícito como el más suave de los complementos, desde los últimos 60 el colectivo va tomando forma y se constituye en proyecto musical bajo unas premisas defendidas con vehemencia en este video por uno de sus fundadores, el fallecido Genesis P. Orridge. Coherencia absoluta en sus planteamientos, llevada al extremo en los directos de la banda (fruto de absoluta devoción por sus seguidores) aunque su disco más célebre, este 20 Jazz Funk Greats resulta curiosamente accesible como presentación. 

Porque hay que recordar el año de grabación: 1979. Son once, no veinte, las canciones, y en muchas de ellas podemos contemplar su estratosférica influencia en las corrientes posteriores. Tras el tema que da título al disco (una relajada pieza dominada por una caja de ritmos y algo asimilable como solos de viento sintetizado, algo reminiscentes de Chet Baker o Miles Davis), Beachy Head, que toma su título del enclave de la portada, o Exotica parecen anticipar toda la producción "relajada" de Aphex Twin o Autechre... unos quince años antes. Junto a Tanith, delicada pieza de resonancias lounge, el aspecto más reposado del disco queda cubierto, sin apenas intervenciones vocales, pero siempre alejado de planteamientos tanto de virtuosismo instrumental como de nada que se asemeje a un tufillo pop. En el otro extremo, la coexistencia temporal con Kraftwerk queda reflejada en otros temas: Still Walking suena de deconstrucción de Trans Europe Express Walkabout tiene innegable deuda sonora con la producción más europea de la banda alemana. Pero las piezas abrasivas se reservan su espacio. Six Six Sixties, con su declamación deudora de las de Lou Reed para Velvet Underground, satura guitarras como solo el shoegazing haría más tarde. What a day anticipa los discos más extremos de The Knife y Persuasion,  falsa balada, inquieta y perturba a partes iguales: fascinante que Billie Ray Martin, cantante de Electribe 101, arrancara algo de melodía y estructura en su cover. Y Hot on heels of love es techno en ese momento, ya, una década antes de Detroit.

E insisto: 1979. Las carreras de Depeche Mode, Cabaret Voltaire, incluso grupos casi risibles como Rammstein o Nine Inch Nails, le deben a Throbbing Gristle y este o sus otros discos. El uso desacomplejado de grabaciones, de fragmentos no estrictamente musicales (golpes, ritmos maquinales, sonidos importados de la vida cotidiana) instaurado en su obra está por doquier en las producciones musicales de todo tipo, enrareciéndolas o enriqueciéndolas ¿Gente aparentemente poco recomendable que acabó siendo pionera? Seguro. Pero artistas convencidos de estar haciendo lo correcto, en todo momento.



domingo, 23 de mayo de 2021

Prince: Sign O' the times

Año de publicación: 1987

Valoración: muy recomendable

Curioso que, incluso en 2017, año de puesta en marcha de este blog, a pocos meses de su fallecimiento, hubiera resultado oportuno, pero he tardado casi 4 años y medio en reseñar un disco del músico de Minneapolis, aún reconociendo que prácticamente tengo toda su discografía de su "época dorada" - dejé de comprar sus discos tras el decepcionante Come, sobre el año 94 o así, momento en que dije "basta" como muchos solemos hacer cuando músicos que hemos admirado publican discos, nos damos cuenta de que apenas escuchamos el anterior, y dejamos de pasar por taquilla.

Pero Sign O' the times se inscribe en esa época, es un álbum doble y contiene una de las canciones más emblemáticas (inicia y da título al álbum, cuestión que condiciona enormemente la escucha, como si todo fuera a hacer bajada) de su carrera, no solo por su austero esqueleto sonoro sino por la mera trascendencia de su letra, canción que habla de los tiempos del SIDA, de las bandas callejeras, de las drogas, casi casi un emblema de esa angustia de final de siglo resumida en cinco minutos inmejorables. Y es que Prince siempre me pareció un artista de singles perfectos y de álbumes no tan perfectos. No por culpa de su talento, que muchos se han proclamado estrellas del pop antes que él y ahí lo tenemos, prácticamente haciéndose el álbum él solito, componiendo, cantando, asumiendo instrumentos, arreglos, producción (mucho antes de los tiempos de las colaboraciones que anegan actualmente cualquier disco). Pero esa ambición empujaba a Prince a abarcarlo todo en sus discos, no había estilo que se le escapara y en el cual no fuera brillante, pero, cosas de los gustos de cada uno, el Prince más funky, el más influido por George Clinton y el p-funk, en disco resulta forzado y a veces cargante. En vivo, una maravilla (ni el horrendo sonido me impidió disfrutar su concierto hace décadas en el Palau Sant Jordi), pero en formato grabado, esas canciones tan rítmicas, tan cargadas en producción, resultan algo pesadas, como me pasa con Housequake o con la larguísima It's gonna be a beautiful night.

Pero aquí hay dieciséis canciones y hay de todo. Rock'n'roll clásico a la Springsteen en I Could Never Take The Place Of Your Man, jazz-funk de Rhodes (obvia inspiración para el Tyler The Creator de Flowerboy) en la sobria y elegante Ballad of Dorothy Parker, vertidos r'n'b  de azúcar hipersexualizados en Slow Love, mantras espirituales de cariz reflexivo en The Cross, junto a cénits creativos marca de la casa, los dos últimos minutos de It podrían ser una especie de adelanto de la oleada electrónica que (1987) apenas se vislumbraba en el horizonte, y su poderío narrativo y creatividad se desbordan en Forever in My Life y Strange relationship. Y nos olvidamos de más de uno de los numerosos singles que se extrajeron de este disco, al que solamente aleja de la consideración de obra maestra esa obsesión hiper-fecunda de Prince que le llevaba a publicar a un ritmo endiablado, resintiéndose alguno de sus discos (con frecuencia en formato de doble LP) de su necesidad de publicar, no saciada como sabemos con sus propias grabaciones, sino con constantes cesiones de material a otros artistas. Ochenta minutos de música (ajustados al límite del entonces pujante formato CD) que, convenientemente depurados, hubieran dejado un disco perfecto de 10-11 canciones, pero Prince fue un hombre de excesos y en huida permanente del confort.