domingo, 11 de agosto de 2019

Aclaración veraniega

Unas meras líneas para aclarar que este blog no va a dejar de publicar. Pero las obligaciones personales de los colaboradores, y las limitaciones de tiempo derivadas de nuestra autoexigencia (uno tiene que oír las suficientes veces un disco para captar su esencia y pronunciarse sobre él), incluyendo el draconiano ritmo exigido por el "otro" blog, sí que impiden cumplir, al menos en lo meticulosamente puntual, con su título. 
Iremos publicando, y confiemos que el promedio pueda acercarse, conforme detectemos discos de los que merezca la pena hablar, como siempre sin prestar demasiada atención a si son rabiosas novedades o simple desempolvar del baúl de los recuerdos. 
Así que hasta no demasiado tarde.

domingo, 4 de agosto de 2019

Jamiroquai: A funk odyssey


Año de publicación: 2001

Valoración: muy recomendable

Si yo fuera Jason Kay.:

a) no sé si me gastaría tanto dinero en cochazos pues esto de la música ya sabemos cómo va. Que sale un señor y se inventa un sistema para que la gente pueda escuchar tu música cuando quiera y tu no veas un penique y se acaba el chollo. Y los Ferrari son de mantenimiento caro. A mí me vas a decir.

b) la rabia que le tendría a Bruno Mars. Que sí, que tiene alguna que otra canción resultona, aunque resulte que la más conocida ni siquiera es suya, pero que parece haberse inspirado en tu experiencia para lanzar su carrera y ahora, como se dice, te ha comido ya la tostada y es oficialmente, el músico bajito con cara de ser buen chico que hace bailar a todo el mundo con canciones agradables y marchosas que no ofenden a nadie.

Tú, Jason, eres otra cosa. Para empezar, tu grupo, Jamiroquai (he de decir que tus compañeros en la banda están realmente relegados a un segundo plano), surgió en los primeros 90 y resulta, vaya, que tus primeros pasos tuvieron que ver con ese movimiento de corto recorrido llamado Acid Jazz. Vamos: no sé si muchos aquí oyen cada día a Galliano, Incognito o los Brand New Heavies. Pero ahí estuviste en medio de esa maraña inexplicable de grupos que parecían un cruce entre la filosofía del acid house y, muy en el otro extremo, los aleteos instrumentales y de pretendida negrura de cosas tan dispares como The Style Council o Simply Red. En cualquier caso, tú te enfundaste uno de esos extraños sombreros (el de los cuernos, al principio), y dijiste, empaqueto coartada ecologista (tu primer disco se llamaba Emergency on planet Earth), me pego unas cuantas semanas inmerso en la técnica vocal del Stevie Wonder la época dorada, escojo algún músico con una mínima experiencia en el ámbito bailable y ya estamos.
Y le llamo a mi quinto disco A funk odissey

Entonces, claro, ya eres una estrella. De recorrido algo irregular, pero con su personalidad. Te has puesto en la portada de un disco en el sitio del cavallino rampante. Te has rodeado, aunque sea para los vídeos, de una corte de top models, coches de marca, curvas en las costas de Malibú, bolas de espejo, luces de neón, ropa cara, qué aire tan pre-crisis-de-la-gorda desprenden tus vídeos para este disco, qué sol y qué lubricidad y qué tormenta perfecta de hedonismo. Tanto que A funk odyssey es un disco que parece que tenga una sola cara. Cuatro bombazos inapelables precedidos por un primer tema algo abigarrado, pero el póker está ahí: majestuosa Little L desde el primer segundo, con esa producción milimétrica, ese aire philly aportado por las cuerdas, esas entradas burbujeantes del sintetizador. Perfección funk inapelable, mezcla de elegancia y callejeo hi-class, que estamos en 2001 y hay dinero para todo. Para lujo, para drogas caras, para meter gasolina para llegar donde haga falta. Jamiroquai ha dado el salto de una portada espartana en el primer disco a una especie de nihilismo de club de alto copete. Pero la música es arrasadora: Corner of the Earth juguetea a la vez con una guitarra bossa-nova, un estribillo quizás demasiado evocador del de Pastime paradise, otra vez las cuerdas, y ya completamos con Love Foolosophy y You Give Me Something, con ese atractivo fundido inicial en que la canción parece empezada. Mucha tralla en la primera parte del disco que lógicamente hace oscurecer la hipotética segunda cara, con canciones más largas y menos inmediatas, quizás un adelanto de la cultura de consumo musical que se acercaba, la de lo rápido y fugaz. A pesar de ese bajón, Jamiroquai consiguen con A funk odyssey el clásico disco que hace mover pies y destila una energía que es difícil definir.


domingo, 21 de julio de 2019

The Human League: Reproduction


Año de publicación: 1979

Valoración: muy recomendable

Desde el propio concepto subliminal de la combinación portada-título, uno no puede dejar de calificar cierta actitud en este disco como ligeramente ingenua. Incluso entrañable. Estamos en 1979 y el punk ha empezado a dejar un residuo más palpable en la actitud que en el sonido. No se trata tanto de ponerse una chaqueta raída para salir a la calle a asustar a las ancianas como de suscribir algo los planteamientos intelectuales implícitos. Hagamos cosas y hagámoslas nosotros sin estar pendientes de la aprobación, del beneplácito. 
The Human League estaban a un par de años de ser un acontecimiento global, de incorporar a dos atractivas chicas como asistentes vocales de la voz ligeramente plana y marcial (pero absolutamente distintiva) de Philip Oakey, de emular la tipografía de las portadas de Vogue para su esplendoroso tercer disco. Pero en 1979 aún sonaban tan encantadoramente amateurs, con dos tipos como Ian Craig Marsh y Martyn Ware, que abandonarían más tarde la banda para crear un combo de synth-funk-pop  llamado Heaven 17, con ese sonido tan analógico que tiene esa capacidad de transportarnos al oxímoron de un pasado de aromas futuristas. 
Reproduction, disco de debut publicado en Virgin, cumple con las expectativas propias, incluyendo alguna concesión bastante chocante, como la glacial versión de los Righteous Brothers con la que parecen rendir culto al pasado, quizás algo forzada al convivir con canciones de títulos amenazadores como Circus Of Death, obvia influencia en el último disco de LCD Soundsystem, guiños ("No future, they say) a la oleada punk que aún coleteaba, en  Blind Youth, o alegorías marciales como la impetuosa y kraftwerkiana Empire State Human. No es que se trate de un trabajo conceptual, las nueve canciones del disco son más bien un catálogo de aptitudes del grupo, curiosamente unitario en lo sonoro, dominado por los números vocales pero con una fuerte carga instrumental, con intros de aires cósmicos y trascendentes y colofones de acelerón tan nihilista como nostálgico, en Zero As A Limit.
Este disco, así como Travelogue como socio casi obligatorio, puede que no sea el clásico arrasador o innovador (entre otras cosas porque el Reino Unido de la época era un bullidero de ideas) ni el disco que uno llevara a una isla desierta. Es breve, algo gris en lo sonoro, casi ingenuo en su apuesta intelectual de aires entre fatalistas y distópicos, representa a la perfección esa época pre-tantas cosas en las que los músicos inquietos no estaban arrinconados por la industria en los confines de la autoedición y el submundo de las etiquetas de género


domingo, 14 de julio de 2019

La Buena Vida: Soidemersol

Año de publicación: 1997
Valoración: Muy recomendable (o imprescindible)

Corre el año 1997 y se publica el tercer disco de los donostiarras "La buena vida", un disco de cambios "exteriores e interiores". 

El cambio "exterior" es que junto a la ya habitual etiqueta Siesta, el sello de sus dos discos anteriores, aparece el sello Polygram, quien se encargó de editar y distribuir el disco. Empezaba a ser habitual por aquella época que "majors" se interesaran por grupos independientes (el caso más conocido creo que fue el de Los Planetas) y La Buena Vida también "cayeron en sus redes". En este caso, el éxito fue más bien escaso y el salto a un público más amplio no se pudo dar "gracias" a unas exiguas cifras de ventas.

El cambio "interior", el propiamente musical, fue absolutamente radical y significó el paso a la madurez del grupo. Soidermersol representó el abandono de una primera etapa marcadamente pop y naif, con canciones que a duras penas sobrepasaban los dos-tres minutos, el clásico sonido de guitarra, bajo y batería deudor de clásicos de los 60 y de discos de la Sarah Records y letras sobre sucesos y sensaciones cotidianas a modo de postales o fotos tomadas al pasar, a un sonido en el que la inmediatez pop deja paso a magníficas orquestaciones y en el que las letras de "tardoadolescencia" son sustituidas sentimientos más complejos y propios de nuevas etapas de la vida.

Quizá ese fuera el motivo por el que el "gran salto" no se pudo producir. Las canciones de Soidemersol son maravillosas, pero no son "radiables" en los circuitos comerciales. Quizá las canciones de discos anteriores hubieran sido más apropiadas para esto. No lo sé. De lo que sí estoy seguro es de que el cambio fue para bien, ya que demostró la inquietud y ambición musical de la banda y le permitió servir de punto de partida para perfilar un sonido que les haría plenamente reconocibles en años venideros. 

En cuanto a los once temas de Soidemersol, ya he comentado que el pop deja paso a atmósferas melancólicas (¡qué bien le iba la voz de Irantzu a este tipo de canciones y cuánto me recuerdan algunas de las canciones del disco a The Divine Comedy!) en las que la orquesta dirigida por Louis Philippe y compuesta por violoncelo, viola, violín, trombón, trompeta, cuerno inglés, clarinete y tuba (el pack completo) crea momentos verdaderamente emocionantes, como ese vibrante comienzo de "Desde hoy en adelante", mi canción favorita del disco.

En fin, un disco casi imprescindible del pop español de los 90 de un grupo que no pudo alcanzar el éxito mayoritario pese a una trayectoria de veinte años, truncada por el abandono de Irantzu Valencia (hermana de uno de los miembros de La Dama Se Esconde) y el trágico fallecimiento del bajista Pedro San Martín, y un puñado de discos llenos de elegante pop atemporal.

domingo, 7 de julio de 2019

Björk: Homogenic


Año de publicación: 1997
Valoración: imprescindible

Homogenic marca el inicio de Björk como artista de éxito global con dominio absoluto de su carrera y que no va a dejar que nadie le explique cómo sonar para ser un poco más radiada o vender más.
Creo que la frase viene a definirlo.
El concepto inicial, leí, era situar beats a un lado y cuerdas al otro. Y dejar que el oyente escogiera desnudar de una u otra cosa la música que escuchara. Quizás fuera demasiado radical, pero es bueno saberlo. Este disco, cúspide de la islandesa, aportó, igualmente, muchísimo. Vanguardia absoluta a cargo de una mujer que incluso salía en revistas de moda. Probad oir la primera canción: hunter. Usad auriculares y notad ese canal derecho. Un ritmo sucio, saturado, casi más bien un polirritmo que estorbaría en otra canción, pero no aquí. La canción se ha construido en torno a él. Las subidas de las cuerdas lo acompañan, el acordeón parece esperar sus órdenes para irrumpir. Suena anárquico pero suena marcial, suena desestructurado pero ese redoble parece marcar un paso. El filtro de la voz no hace más que aportar a la canción una sensación inquietante, como de otro mundo. Björk deja de ser la cantante pizpireta y de aparente ingenuidad que ha bailado con jerseys deconstruídos al compás de ritmos house. Lo ha tirado todo por la borda y ni siquiera aparece su imagen en el video, a cargo de Michel Gondry, de jóga, un paseo por tierras volcánicas, una cámara sobrevolando piedras y otra vez las cuerdas y los ritmos. Mark Bell, de LFO, participando de forma determinante en el sonido. Aphex Twin y el catálogo más árido del IDM (Autechre, Black Dog Productions) en la bitácora, olvidémonos de ser la Madonna alternativa y de la portada de Vogue, entreguemos algo sublime como Bachelorette, en el fondo, una redefinición del pop contenida en apenas cinco minutos de absoluta gloria.
Solo el arsenal de techo agresivo de Pluto desentona aquí. El disco contó con el apoyo de videos a cargo del mencionado Gondry o de Chris Cunningham y fue la antesala de un notable cuarto disco, Vespertine, otra vuelta de tuerca en forma de sonido amable y orgánico, y la paulatina decadencia en medio de experimentos arriesgados y eventuales vueltas a la forma, y un gusto quizás excesivo por mostrar una imagen a medio camino entre lo naif y lo grotesco. 

domingo, 30 de junio de 2019

Tom Waits: Blue Valentine


Año de publicación: 1978

Valoración: muy recomendable

Hay donde elegir. La discografía de Tom Waits a lo largo de varias décadas da para mucho, incluso aceptando que cada uno pueda acercarse a ella desde diferentes perspectivas. Obviemos ciertos aspectos: su voz áspera siempre asociada a toda clase de excesos, su pose desgarbada y alérgica a cualquier compromiso estético relacionado con una popularidad que, círculo cerrado, debe provocarle arcadas. O esas temáticas en sus letras que damos por más que sentadas: el mundo freak, los perdedores y olvidados, un universo casi más social o literario que quizás estrictamente musical. 
Pero no temáis:no creo que le den el Nobel.
Si en algún momento estalló su carrera diría que fue a mediados de los 80, cuando alcanzo fugazmente la popularidad cuando alguna de sus canciones, como Downtown Train, amagó con un acercamiento a un cierto pop oscuro, llegando incluso a sufrir una espeluznante versión perpetrada por Rod Stewart (que puede que pensara que la cuestión era tener una voz algo mellada y ya). A partir de ahí, siguiendo una trayectoria sólida y decidida, Tom Waits decidió convertirse en un sólido estilo por sí mismo.
Pero entonces Waits ya llevaba una carrera oscura atrás, carrera de discos nocturnos con portadas oscuras, a espaldas de lo comercial y a espaldas de nada que pudiera acercarse a ofrecer al oyente algo con lo que sentirse cómodo.
Blue Valentine, disco de 1978, podría incluso calificarse como relativamente accesible aunque sea por su vocación de acercamiento clásico, sus aires visuales (premonitorios: Waits aportaría bandas sonoras marcianas a películas de Coppola o Jarmusch), y unos arreglos que pueden entroncarse más en el jazz clásico o incluso en los scores, que en la experimentación desmedida de su carrera posterior. Aún así, cuesta imaginar que un disco como este salía a la luz en la misma época que, por ejemplo, las películas de John Travolta dominaban el universo. 
El álbum se abre de forma impactante: Somewhere (extraida de la banda sonora de West Side Story) recibe el tratamiento vocal pertinente. Suntuosas cuerdas sirven de soporte al torrente gutural de Waits, aquí casi alcanzando el falsetto en algún momento, para a continuación recuperar sus aires a lo Louis Amstrong. Una manera clásica de abrir un disco clásico. Los fraseos de trompeta aportan un aire de elegancia decadente y anticipan la entrada de Red Shoes by the Drugstore, inquietante como si se tratara de una banda sonora de Bernard Herrmann, y aquí la voz de Waits ya no pretende inflexionar melodía sino escupir frases sobre el ritmo, apuntalado por una guitarra que apenas pellizca la columna de la canción.
Inicios así explican, ya que estamos, la creciente fascinación por el artista. Continua el jazz humeante de Romeo is bleeding, con olor a madera sucia impregnada de café, rompiendo con el mito del pianista sudoroso sobre el teclado, aquí se percibe un poderoso trabajo instrumental. Pero si echamos de menos eso, el pianista, solo hay que esperar la impactante Christmas Card from a Hooker in Minneapolis. Aún nos queda el blues de Wrong side of the road, la torch-song disociada de Kentucky Avenue donde Tom Waits parece contestarse a sí mismo en cada fraseo, y ya me detengo pues, hasta llegar al cierre del disco con la "tierna" balada que le da título, el disco es un catálogo perfecto para introducirse en la obra de Tom Waits, ese extraño tipo de cara desencajada que parece tener 60 años desde hace 40, ese rara avis dentro de la música que, desde algún rincón oscuro del universo, cumple con su función esporádicamente: un francotirador desde las tinieblas de verdad, no hace falta gritar ni acumular decibelios, esto es el auténtico heavy metal.

domingo, 23 de junio de 2019

The XX: The XX


Año de publicación: 2009

Valoración: muy recomendable

Pasados diez años, sigo preguntándome si todas las veces que suena Intro (como fondo sonoro de fragmentos de reportajes o de pasajes de piezas visuales o de anuncios de cosas como bombones)
a) The XX siguen cobrando algo como royalties
b) la gente en general sabe que esa es la pieza inicial de su primer disco y el único tema instrumental de todos sus álbumes oficiales.

No deja de ser curioso. Que el grupo, una especie de abanderado de un indie más matizado y oscuro, más enfocado hacia una electrónica ligeramente lo-fi (2009: el dinero ha empezado a salir corriendo del negocio discográfico, no culpemos a nadie), acabe siendo asociado con apenas un par de minutos de música, eso sí, subyugante, tensa, misteriosa, donde domina ese punteo de guitarra parco que caracteriza sus dos primeros discos y apenas un ronroneo vocal. 

Cuando The XX sigue, y eso ya pesa en su carrera, dignificando el vilipendiado género del dueto vocal mixto. No: no estoy hablando de una subcategoría creada a propósito para que todo el mundo pueda volver a casa con su Grammy. Ocurrió eso: que esas dos voces de dos críos de algo más de 20 años por aquel entonces (ejem: 4 años más que Billie Eilish ahora) cantaban en una especie de desafío vocal con escasa tensión sexual, ambos reconocidamente homosexuales, ambos tardoadolescentes de escasa relevancia física oculta tras ropajes estrictamente negros, alternándose en estrofas en canciones de estructura instrumental minimalista (programaciones, bajo, guitarra en punteos minuciosos pero de escasa pretensión rockera), canciones breves, más emparentadas con el soul o el r'n'b que con los pocos elementos reconocibles como influencias sonoras. Es lo que les aportó éxito y reconocimiento crítico. The XX sonaban diferente: quizás no frescos, quizás no innovadores, pero sí de una manera que costaba reconocer. Recuerdo haber leído en su día menciones hasta a Chris Isaak. Puede que algunas líneas de bajo recuerden a los New Order más orgánicos, puede que la parquedad instrumental pueda remitir a los Cure de la primera época, y a mí la voz de Romy Madley Croft me recordaba a la de Tracey Thorn de Everything But The Girl. Una voz grave femenina capaz de aportar matices. Oliver Sim, bajista, aportaba tonos más rígidos y más cercanos al fraseo, pero la combinación de ambas aportaba una cercanía cómoda. Crystalised, por ejemplo (en el video aún vemos a la cuarta componente del grupo, que abandonó) parece tomar elementos prestados, incluyendo ese aah-yiih-aah tan Madonna, pero consigue gracias a los punteos, al atractivo riff de arranque, a la tenue irrupción de los teclados de fondo, superar ese ambiente de timidez, negrura e introspección y elevarse como una gran canción, potente sin quererlo. Islands, por ejemplo, ya muestra detalles que abarcarán su discografía posterior: elementos rítmicos, la guitarra omnipresente (Drake o Rihanna cayeron en la tentación de samplearles), temas cortos en su mayoría, algo intercambiables pero siempre excelentemente finalizados e insertados. No todo son dúos. Romy se reserva algunos números gélidos, casi estáticos, como Shelter, sin abandonar esa sensación de fragilidad. 
Un disco de presentación rotundo, que capturó cierta angustia del momento, 2009 y la crisis global que se acentuaba y tomaba carrerilla, y ellos, unos cuantos jóvenes más parecidos a los típicos raritos de clase que se unen por esa condición, poco ruido, muchas ideas, sacaban la cabeza y aportaban música extraña, triste y fascinante.