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domingo, 4 de septiembre de 2022

Neneh Cherry: Homebrew


Año de publicación: 1992

Valoración: bastante recomendable

Aunque Neneh Cherry ya era una artista experimentada cuando publicó Raw like sushi, obviamente el fantasma del difícil segundo disco se aparece en este Homebrew. Para empezar, los aspectos personales son notorios: la vida como madre, haber dejado atrás el frenesí clubber que impregnaba hits como Buffalo stance. Se impone una cierta madurez y Neneh Cherry es aquí más brillante cuando menos se acerca a las premisas de su debut. A pesar de lo cual este disco no contiene hits memorables, más bien un puñado de buenas canciones bastante cohesionado, menos festivo y más reflexivo, donde el uso del sampler prácticamente queda relegado y deja irrumpir ritmos más sosegados, vocales más deudoras del soul que del hip-hop, arreglos más escuetos y de corte más clásico.

Incluso disponemos de irrupciones algo sorprendentes: Michael Stipe aporta vocales en Trout, Gang Starr aportan aires jazzies a la inicial Sassy, pero el disco queda condicionado por los temas más downtempo, no en vano algunos prebostes (como Geoff Barrow) del emergente trip-hop, asoman la cabeza en forma de arreglos o composiciones y lo convierten en un digno disco de continuación, sin nada que ver con su siguiente disco, Woman, ahí ya Cherry fue víctima de la incursión mainstream más absoluta, pero en este Homebrew hay canciones muy dignas. Move With Me toma el relevo de Manchild como balada épica con estribillo cantable, I Ain't Gone Under Yet recupera cierta esencia de tugurio humeante. Twisted desprende el aire casual de las canciones no destinadas a ser single y Somedays es coronada por un arreglo de piano de corte absolutamente clásico.

domingo, 28 de agosto de 2022

Ed Maverick: MPLLETC

Año de publicación: 2018

Valoración: bastante recomendable

Como muchos, supongo, la primera referencia de Ed Maverick que tuve en mi vida fue a través de su intervención en El madrileño, gloriosa canción en la que su poderosa voz sonaba y contrastaba, e incluso su intervención en el video resultaba curiosamente fascinante. Sobre todo cuando uno se entera que el hombre en cuestión es apenas un muchacho de algo más de veinte años. 

Y claro, la voz: el mexicano dispone de un contundente registro vocal grave y dolorosamente seguro, para nada el propio de su edad y de su, especulo, escaso bagaje vital. Aún así, este su primer disco, en realidad catalogado como mixtape resulta adecuado en el contexto de angustia teenager (MPLLETC es el anagrama de "Mix para llenar en tu cuarto") y las temáticas de las letras encajan en ese perfil ligeramente ingenuo de amores locos o amores no correspondidos, circunstancia que le debe haber procurado no pocos adeptos que se identifican con ese perfil: el adolescente (rango de edad cada vez más extenso) que se encierra entre cuatro paredes a mortificarse sobre la cruda realidad y los golpes que esta le depara en forma, básicamente, de desengaños sentimentales. Ese es un detalle que allana algo las canciones, junto a una decidida actitud do it yourself que redunda, junto a la sencillez de los arreglos, en una especie de sensación unitaria que, seguramente, sería algo agobiante si el disco se extendiera, pero es apenas media hora de canciones encabezadas por Fuentes De Ortiz, seguramente en su producción (áspera pero efectiva) y en su video debió irse la mitad del presupuesto. Y cómo marca el tono, hasta el punto de que alguna de las otras canciones acaba reproduciendo su estructura, lógico cuando la presentación es básica: guitarra y voz, en distintas tesituras de producción, incluyendo un descarado lo-fi o pequeños remedos de hits como Acurrucar - maticemos lo de pequeños, con cientos de millones de visitas, aunque en algún caso puede en karpe diem abandone el entorno folk y, aunque sea por necesidad de abandonar su zona de confort, coquetee con ese nauseabundo género que es el pop-rock. Vamos a confiar en que sus trabajos posteriores sepan mantener la esencia de lo mejor de este disco y no se deje contaminar en exceso por la abulia mainstream.

domingo, 7 de agosto de 2022

Ryuichi Sakamoto: Sweet Revenge


Año de publicación: 1994

Valoración: bastante recomendable

Vamos liquidando deudas inexplicables de este blog. Con Ryuichi Sakamoto, por ejemplo, al que curiosamente di cobertura a su biografía pero no aquí. Fundador de la Yellow Magic Orchestra, en los lejanos e influyentes momentos del bullidero synth-pop, posteriormente asimilado gracias a su prestigio y su formación clásica, como compositor para películas, para eventos, colaborador con lo más granado de la vanguardia musical, experimentador sin descanso, publicando música sin someterse a los dictados de las ventas, únicamente llevado por su inquietud creativa.

Lo cual convierte en un placer hurgar en su obra, y he de decir que podría haber elegido al azar con total seguridad de encontrar algo brillante e inspirador. Sweet Revenge se publicó en 1994 en medio del aluvión trip-hop, el músico japonés supo adaptarse sin mimetizarse y eligió colaboradores vocales para desenvolverse en piezas que van desde el soul suave hasta el r'n'b amable, una secuencia en la que desfilan voces casi anónimas y en la que brillan en particular dos piezas: Love And Hate, donde Holly Johnson aporta más creatividad y actitud vocal que en toda su carrera post FGTH, y Sweet Revenge, pieza central que titula y desborda el disco con sus aires cinemáticos, sus cuerdas suntuosas de poderosa carga emocional, centro que domina el trabajo y disculpa que algunas partes de este material suenen un poco planas, como si el músico se viese forzado a adaptar su música a la corriente imperante y el experimento tuviese distintos niveles de éxito. En cualquier caso, todo está en su sitio, la ejecución es impecable y nadie puede decir que esta música, con su elegancia y su devoción por el detalle, sea otra cosa que un trabajo meticulosamente preparado.

domingo, 8 de mayo de 2022

Arcade Fire: WE

Año de publicación: 2022

Valoración: bastante recomendable

Arcade Fire es una banda de rock. Con devaneos electrónicos, en función de quién les haya producido, pero una banda de rock. Las bandas de rock suelen llevar bastante mal las curvas descendentes de las carreras, sobre todo ese terrible primer disco que decepciona, el que marca el inicio de la agonía, y ese inicio de decadencia suele manifestarse en cismas dentro de las bandas, que podrían agudizarse cuando las bandas son numerosas, que es este el caso. Nada menos que un componente, hermano del líder, ha abandonado la banda.

Everything Now, anterior disco, pasa, aún por ser su peor trabajo, con mucha diferencia. Antes de eso, cuatro muy buenos LPs, pero ese quinto disco hizo saltar las alarmas. Un sonido a medio camino de todo, experimentos con estilos que no eran, para nada, su especialidad, composiciones que dejaban mucho que desear. Especulo con el medio en el cuerpo que se le metería a la banda cuando vieron como la unanimidad crítica que había abrazado su debut, el ya lejano Funeral, tomaba el camino contrario. Frialdad absoluta y críticas de las que escocían. 

Entonces con este WE parecen haber tomado nota y han recuperado el sonido que les encumbró. Muchos dejes de sus discos anteriores, como las canciones con títulos idénticos, cierto aluvión sonoro ligeramente heredero del rock americano, combinado con lo que parece un mensaje contemporáneo en las letras, junto a otros guiños (la portada, obviamente inspirada en Scott 3) y una opción por la intensidad de manera desacomplejada. Decisión que deja algo frío a primeras, con un obvio aroma a reculada, y una búsqueda algo forzada de antiguas sonoridades, para lo cual han requerido la ayuda de Nigel Godrich, célebre factotum del sonido de Radiohead. Curioso, y uno piensa si todo el disco va a sonar a Exit music (for a film) y, aunque no, la influencia es clara, no avasalladora, pero la combinación resulta: WE aglutina sonoridades de los cuatro discos buenos de la banda, y hay intensidad, algún conato excesivo (ese one, two, three, four, en The Lightning I, II por eso, sobra), curiosas combinaciones sonoras resueltas en arranques sintéticos como cambios de ritmo en las dos Age of Anxiety I, canciones más bien introspectivas, arranques algo dubitativos (la melodía de Imagine resuena en End of The Empire I-III e intentos poco disimulados de desprender mensaje acorde con los tiempos (en Unconditional I (Lookout Kid) parecen los Dexy Midnight Runners) de que el disco sea, sino un retorno a la forma, una clara salida del bache. Y aunque la lógica dice que tardaremos en ver la continuación de WE), el disco abre la vía a cierta esperanza: la banda todavía no ha enfilado la ruta U2 o la ruta Coldplay, parece tener, aún, algo que decir. Simplemente, han tirado de oficio para subsanar el error de Everything Now. Quizás, de forma demasiado obvia. Pero dejando lugar a la esperanza.

domingo, 23 de enero de 2022

Frank Ocean: nostalgia, ULTRA

Año de publicación: 2011

Valoración: bastante recomendable

Empeñados (él y Kendrick Lamar) en ceder el cetro a un constante y aguerrido Tyler The Creator, parece que Frank Ocean sigue sin decidirse a publicar la continuación del mítico Blonde. En el caso de Ocean, con cierta predisposición a filtrar oportuna noticias o rumores que acompañan una rácana publicación de canciones de tonos dispersos - la última, prácticamente una demo de ocho minutos - pero negando a sus incondicionales el placer de un tercer disco tan cohesionado e incontestable como sus dos discos oficiales.

Cosa que me ha obligado a ir atrás en el tiempo: nostalgia, ULTRA, representó una extraña carta de presentación y se ha ganado a pulso cierta condición de obra mítica. Se trata de una mixtape, perdonad que use un concepto que no acabo de entender. En este caso, con interludios evocando los ruidos de apertura de las antiquísimas pletinas de cassette, un puñado de canciones que alternan versiones de autores algo dispares (desde Coldplay a MGMT) con canciones propias. Fue precisamente el primer grupo el que le acarreó los problemas que impiden que este disco esté disponible en las plataformas de streaming y que obtener una copia o escucharlo en las condiciones en que Ocean lo publicó represente un esfuerzo más allá de búsquedas y clics. Ya que Ocean se atrevió con uno de los iconos sagrados del legado musical norteamericano. Nada más y nada menos que el cuerpo sonoro del clásico de Eagles Hotel California, al que se sobrepone una letra sobre matrimonios prematuros que titula American Wedding y que es otra demostración de su talento como letrista. Demanda que te crio, con cruce de acusaciones con Don Henley, que no asimiló el homenaje.

El resto del disco muestra, sin cotas de genialidad, la versatilidad de Ocean para, justo en la frontera entre hip-hop y r'n'b, crear estructuras rítmicas atractivas y juguetear con ese equilibrio entre lo intelectual, lo sentimental y lo experimental que, hasta hoy, representa su tarjeta de presentación.



domingo, 12 de diciembre de 2021

Alizzz: Tiene que haber algo más

Año de publicación: 2021

Valoración: bastante recomendable

El otro día, Xavier Bosch, a la sazón escritor mediocre y el tipo de periodista de poca enjundia que solo sabe hablar de Barça y poca cosa más, saludaba la obtención por parte de Alizzz de un premio, en su condición de catalán nacido en Castelldefels, a cuenta de ciertas absurdas predicciones de futuro, en un programa de radio que oyes en esas horas en que, de vuelta a casa, ya no tienes ganas ni de buscar emisora.

Bosch repitió su nombre, creo, en dos ocasiones: le llamó Aizzz. Sin la "ele". Demostrando tanto cierta ignorancia musical que no recriminaré, faltaría, pero sobre todo, la más absoluta desgana por saber lo más mínimo sobre el personaje al que mencionó. 

Alizzz (por Alice in Chains, grupo grunge del que se declara fan) es el productor de El Madrileño de C Tangana. He de agradecerle su formidable producción del disco y, de forma aún más personal, su guiño insertando, en vocoder, el estribillo de la sublime Bizarre Love Triangle de New Order en la toma para Tiny Desk de Los tontos. Alizzz es uno de esos productores que, incapaz de limitar su alcance a la mesa de mezclas y a las aportaciones sonoras puntuales, lo intenta como artista. Componiendo, interpretando, cantando, y, claro, produciendo. Tiene que haber algo más es su disco de debut en tal condición, pero para nada puede considerarse un paso tímido de un bisoño e inseguro artista que busca afirmarse. Esa condición le ha servido para entrar con buen pie en el cruel universo: la acogida crítica está siendo buena y creo que su trabajo previo como productor pesa en esa valoración. He de decir que no recuerdo buenos productores que hayan tenido suerte cuando han querido pasar al primer plano. Pero este Tiene que haber algo más resulta destacar y hacerlo de la forma más convincente: a fuerza de escuchas que revelan matices y que descubren, sobre todo, el sincero y esmerado acabado que Cristian Quirante (ese es su nombre) ha querido procurar a sus composiciones. 

Apenas media hora. Diez canciones de tres minutos escasos que evitan la reiteración sonora. No ha jugado a deslumbrar con tratamientos ultramodernos. No hay trap, no hay rapeados, no hay incursiones en lo que hoy se denomina música urbana. Se ha ahorrado forzar sus condiciones vocales y ha optado por las tonalidades cercanas, como mucho ha demostrado que le gusta usar el vocoder, que no el autotune. Ha convocado a amistades de diverso pelaje a aportar a sus canciones. Estas aportaciones dan lustre al disco y, curiosamente, combinan lo peor (Amaia Romero, este blog jamás aceptará a ningún participante de Operación Triunfo en ninguno de sus proyectos) con lo mejor (Rigoberta Bandini, que aporta buen hacer en Amanecer, una brillante colaboración que puede evocar a Saint Etienne o a La Buena Vida) incluyendo una especie de rendición final con la intervención, en Luces de emergencia de J de los Planetas - otro highlight - y la casi inevitable cadena de favores en Ya no vales con C Tangana. Incluso los temas menores contienen detalles sonoros -ese regusto AOR en Fatal...-de indudable atractivo, aunque aclaremos: esto es un disco de pop con guitarras, de canciones con pocas pretensiones con un indudable talón de Aquiles en el aspecto de las letras: demasiado ripio, demasiado recurso al manido tema de las relaciones personales, alguna rima forzada y una cierta insistencia en temas relacionados con los excesos. Pero ello no tiene que eclipsar lo comentado arriba: Alizzz sabe situar ganchos en sus canciones e incluso en el material más endeble (el situado en la primera mitad del disco, demasiado proclive a intentar impresionar al oyente con mensajes algo forzados de rebeldía y sensibilidad) se aprecian detalles sonoros de agradecer. Es bueno no pretender cambiar nada ni revolucionar la escena, al igual que comprender las limitaciones y ser agradecido con las influencias. No sé si era la pretensión del músico o el resultado involuntario de su trayectoria previa, pero, tal como indicaba, algunas (no todas) de estas canciones persisten casi sin querer.

domingo, 5 de diciembre de 2021

La habitación roja: Años luz II

Año de publicación: 2021 
Valoración: Bastante recomendable

25 años de carrera, que se dice pronto, y 25 años con la misma alineación titular (o casi). 25 años que forman parte de mi memoria musical, de canciones cercanas que hablan de la vida de cualquiera de nosotros, desde la ya lejana adolescencia a esta especie de madurez, dicen, que vaya uno a saber cómo acabará.

Pero no vamos a hablar de la carrera de los valencianos, auténticos ultrafondistas en esto del indie patrio, sino de su último disco, este Años Luz II con el que demuestran haber alcanzado una madurez personal y creativa envidiable. Porque este es un disco que si bien no llega a las cotas de "Nuevos tiempos" o "Fue eléctrico", mis dos discos favoritos de LHR, no se queda demasiado lejos.

Todo ello gracias a las magníficas melodías a las que nos tienen ya acostumbrados, acompañados esta vez de un fondo electrónico cada vez más presente en las canciones de Jorge Martí y compañía. La combinación de estos dos elementos nos deja el que creo que es el disco más "british" de LHR, con clarísimas influencias de los Smiths ("El amor correspondido está sobrevalorado" o "El espíritu adolescente"), The Cure o New Order ("Entre la multitud", "La tormenta o los 8 minutazos de "La casa encantada). No es que esto sea una novedad porque las canciones de LHR siempre han tenido, de una u otra forma, esos ecos, pero sí que es algo más acentuado, especialmente en el tratamiento de los bajos. 

Por otra parte, los seguidores de LHR encontrarán los tradicionales temas lentos que ganan en intensidad y ruido con el paso de los minutos como "Hasta el fin" o "15 años" y hits inmediatos como la "ultrapop" "No estuviste allí" y "La tormenta" (me encanta el minuto final distorsionado y ruidista), así como alguna pequeña sorpresa, como el comienzo a lo mil y una noches de "Ya no volverá a pasar" o ese guiño a los franceses Air que me parece ver en "La fragilidad".

Resumiendo, Años Luz II es un buen disco que quizá no tenga sorpresas ni riesgos que a estas alturas no sé si merece demasiado la pena asumir, pero que vuelve a dejar patente la capacidad del grupo de facturar buenas canciones basadas en buenas melodías y en letras que hablan de nuestro pasado, presente y futuro. ¡Por otros 25 años!

También de LHR en UDALS: Memoria

domingo, 21 de noviembre de 2021

Yin Yin: The Rabbit that hunts Tigers


Año de publicación:
2019

Valoración: bastante recomendable

Mis experiencias con la música procedente de Holanda (o los Países Bajos o como se le llame ahora) son limitadas. Apenas a oídas sé que Tony Ronald (una viejísima gloria del pop hortera de los 70) o los Gruppo Sportivo (un combo new wave de nulo atractivo sonoro, como unos B-52s que se han criado en el Barrio Rojo de cualquier ciudad centroeuropea), aunque puede que alguno de los DJ con apellido Van cuyas sesiones de trance solía comprar - que no escuchar - en los 90 fuera de Groningen o de Amsterdam. Perdonad que no lo mire ahora, que hay prisa.

En todo caso, que la primera aportación de dicho país a este blog sea este disco no deja de ser adicionalmente bizarro. Pues Yin Yin es un quinteto liderado por dos holandeses establecidos en USA que se dedica al rock instrumental con referencias orientales. Toda una mezcla de componentes, prácticamente todos, fuera de toda conexión con la actualidad. Porque el rock, por mucho que se obstinen los ingenuos y que sus intenciones sean loables, en su sentido original, ya no tiene otra salida que la autoalimentación y la nostalgia, lo instrumental es, en esencia, poco radiable o streamable y lo oriental ya apesta de tan trillado. En este sentido, mi única crítica frontal a este The Rabbit that hunts Tigers es la inclusión del famoso speech de Bruce Lee, el de be water my friend, como si los músicos fueran tan jóvenes para desconocer que hasta el capitalismo salvaje se apropió del mensaje para vendernos algo. Creo que coches. Perdonad que no lo mira ahora, que hay prisa.

Indudablemente tal osada apuesta estilística hay que aplaudirla y respaldarla, aunque no sea estrictamente original en sus componentes, y aunque las influencias asomen tras cada canción, y el sorprendentemente cohesionado disco (disponible en Youtube: aquí) vaya destapando toda clase de alegorías veladas. Por suerte no hay alusiones a las artes marciales, a los pesados machistas del Tibet, a las tonterías espirituales de los del té y las magdalenas ni al K-Pop. O sea, se trata de un disco más que digerible que no juega a ser muzak aunque a veces lo parezca. Pero puede interesar a un amplio rango de oyentes: desde los trémolos deudos de los Shadows hasta alguna reminiscencia de los Cure de la primera época, la obvia psicodelia de los Doors, actualizada en algunos de los devaneos más enloquecidos de Air, pasando por muchos otros rangos, todo asoma ahí de una manera u otra, y Yin Yin parecen conectar de otra manera, sin excederse - salvo por algún título incluyendo el del disco - ni cargar demasiado las tintas. O sea, no parece que vayan a servir de hilo musical a ningún restaurante alternativo donde sirvan chop suey. Si la frescura sirve de algo hoy en día, aunque sea una frescura más ingenua que irreverente, un disco que merece la pena explorar.

domingo, 10 de octubre de 2021

The Meters: Look-Ka Py Py

Año de publicación: 1970

Valoración: bastante recomendable

A veces uno tiene que fijarse en lo que rodea a un disco para pronunciarse sobre él, especialmente al tiempo y contexto de su publicación. En el caso de The Meters la cuestión se resumiría en tres datos: 1970, New Orleans, los Neville.

Eso hace un disco como Look-Ka Py Py una experiencia extraña. Cuatro músicos de color abordando instrumentales de funk con la más absoluta desinhibición. Y lo de funk quizás no sea del todo cierto. Porque en muchos casos la adscripción al género podría quedar en entredicho. De hecho, algunos tracks estarían más cerca de Eumir Deodato que de George Clinton. Pero la fecha: esa época en que el pop o el rock instrumental parecía estar en extrañas bandas pre-psicodélicas como los Shadows, con más pinta de músicos de estudio entregados a las pruebas que de otra cosa. Pero The Meters grabaron este disco según cánones precarios. Producción espartana pero limpia  y uso radical y salvaje del estéreo. Sección rítmica casi siempre a la derecha: órgano y batería casi siempre a la izquierda. Canales que no ensucian al otro en lo más mínimo: escuchar el disco con auriculares y probar la audición por un solo lado desnuda las canciones de forma absoluta y seguramente simplifica su masiva incorporación, décadas después, para todo tipo de bases de los estilos por venir: funk, hip-hop, trip-hop. Ahí empieza a valorarse esas canciones, apenas retazos de ritmos entusiastas y melodías indefinidas, eso, señores, es el funk primigenio, por su capacidad evocadora y directa al estómago. Tampoco hay que olvidar al jazz o al be bop como percutores. 

Y así es como The Meters se convierte en una banda de culto y en una referencia importante, al margen de que esa música suena hoy añeja y casi ingenua, desde su pura falta de pretensiones (la portada parece un estereotipo) hasta su propio planteamiento: canciones de apenas tres minutos con títulos que parecen otorgados con efectos puramente diferenciadores. Rindámosles el respeto que merecen, por ser unos auténticos pioneros.

domingo, 22 de noviembre de 2020

Phoebe Bridgers: Punisher

Año de publicación: 2020

Valoración: bastante recomendable

Phoebe Bridgers es una cantautora estadounidense de 26 años. Como todas, no se conforma con ser otra cantautora y, como muchas, quiere alejarse del estereotipo que las escenifica agarradas al mástil de una guitarra, casi siempre acústica, cantando con voz dulce alguna melodía de fuerte peso vocal conteniendo letras de fuerte peso, este emocional. Todas huyen, por distintos caminos, de ser etiquetadas la nueva Joan Baez, la nueva Joni Mitchell. Claro que el volumen de artistas en esas condiciones ha proliferado de tal manera que en esa huida muchas se encuentran en destinos coincidentes.

Sin negar que haya, espero no ser malentendido, algo de carga sexual en esa estampa. La mayoría de ellas cuentan con un atractivo físico indudable que en todo momento sitúan en segundo plano, tanto para evitar que ello mediatice sus carreras como para desmarcarse del otro tipo de perfiles: las hipersexualizadas estrellas femeninas del trap, del reggaeton. 

Pero aquí estamos para hablar de música, de cómo se desarrollan sus carreras y de cuáles son sus resultados sonoros. 

Bridgers acomete un segundo disco largo con un aval como es Conor Oberst, que participa en muchos temas de este disco y aporta ese halo ligeramente indie de artista que ha combinado las dos escenas, la pura electrónica y el folk, y ello es muy coherente con lo que Punisher ofrece. Porque me ha costado bastante tiempo decidirme a pronunciarme sobre el disco ya que en todo momento me sonaba a obra ligeramente conceptual, a disco abierto y cerrado por grandes canciones cuyo contenido intermedio queda un poco deslavazado, incluso algo monótono, pero que se hace valedor de condición de gran obra (aquí creo que algunos medios han exagerado) por la potencia de arranque y cierre, cosa que hoy en día no suele ser habitual. El streaming ha condenado a las últimas piezas de los discos a la irrelevancia. 

Entonces, después del apunte que representa DVD Menu, pieza casi estática que adelanta las siete notas que armarán la fanfarria de cierre del disco, nos encontramos con  Garden Song, a la que yo quizás le quitaría esa obsesión por doblar las voces, que despersonaliza el tema, y a la que sigue Kyoto, uno de los temas dinámicos del disco, desde luego una toma muy floja en estudio aunque la versión para los Tiny Desk Concert  consigue despojarla de esa desagradable sensación de encontrarse ante un clon de Suzanne Vega, y aquí ya nos hallamos ante el bloque intermedio del disco, donde las canciones parecen fluir sin distinguirse demasiado unas de las otras, destacando, pero no demasiado, Punisher, tema que da título, Savior Complex, puro country de esos que incluye fiddle, exacerbado en Graceland Too, o  Moon Song, que apunta a sonoridades algo más aguerridas recordando a FKA Twigs, todo ello convertido en preámbulo para el grand finále que representa I Know the End, final épico a más no poder, como si todo el disco fuera un crescendo que nos lleva hasta ahí, compendio de ampulosidad sonora ambiciosa y contundente (Phil Spector anda por ahí) y ligero aroma de angst tardoadolescente, que tan pronto puede convertirse en canción del año como acabar agobiándonos si alguna marca comercial o canal de TV decide incorporarlo como especie de himno post-pandemia, cosa por la que un servidor, ateo recalcitrante, está dispuesto a rezar para que no suceda.

Por cierto, una más que aceptable toma en vivo de muchas de estas canciones podéis encontrarlas en  este concierto.


domingo, 15 de noviembre de 2020

Benjamin Biolay: Grand prix

Año de publicación: 2020
Valoración: Bastante recomendable

Llevaba el amigo Biolay unos años flirteando con ritmos más o menos latinos, experimentando con sonidos que lo alejaban de discos como "La superbe" o "À l'origine". Y no me parece mal eso de reinventarse, de tratar de evolucionar, pero creo que eso no funcionaba y uno terminaba la escucha de discos como "Palermo Hollywood" o "Volver" con la sensación de que, pese a que ahí había algunas buenas canciones, el conjunto flojeaba.

Por suerte para nosotros (o, al menos, para mi), en "Grand prix" se aleja de fallidos experimentos anteriores y nos ofrece un disco que, aunque insiste en la variedad estilística, resulta mucho más coherente en su globalidad.

Ya digo que Biolay continúa con su mezcla de estilos (la sombra de Gainsbourg siempre perseguirá al bueno de Benjamin) y buena muestra es el tema que abre y da nombre al disco, en el que el pop levemente electrónico se sitúa sobre una base jazzística que hace de Grand prix una buen carta de presentación. 

Electrónica y sintetizadores predominan en la mayor parte del disco. En ocasiones, la base jazz es sustituida por arreglos de cuerdas, como en la pegadiza Comment est ta peine. Otras veces la presencia de las cuerdas es mucho más "ligera", como en Souviens-toi l'été dernier, o es directamente inexistente, como en la también pegadiza y bailable Vissage pale, una mis favoritas. En ella se pueden observar ecos de New Order, los cuales se hacen más visibles en  Comme une voiture volée, en la magnífica Papillon Noir o en la semiinstrumental Virtual Safety Car.

Pero no todo es pop electrónico. La guitarras, la batería y un pop - rock más convencional se dejan sentir en Idéogrames o Ma route, en la que la voz de Biolay deja su punto canalla (¡Benjamin, tío, no tienes necesariamente que follarnos con tu voz!), y las infaltables baladas a medio tiempo (Vendredi 12 y La Roue Tourne) y la melancólica y brasilera Interlagos (Saudade) completan el cóctel.

En resumen, un disco en el que su autor consigue acertar con las cantidades de los diferentes ingredientes, lo que unido a una cierta contención de Biolay en sus periódicos "excesos vocales" ofrece un conjunto de temas en los que la sensación de unicidad es superior a la de sus previas entregas. Un buen disco, en definitiva.

También de Benjamin Biolay en UDALS: Vengeance

domingo, 23 de agosto de 2020

U2: Achtung Baby


Año de publicación: 1991
Valoración: bastante recomendable

Desde el momento en que la portada muestra dieciséis imágenes (muchas en grano grueso de alto contraste, marca de la casa del por aquel entonces omnipresente fotógrafo Anton Corbijn) en vez de impactantes únicas fotos de tonos grandiclocuentes, U2 ya ponía de manifiesto sus intenciones respecto a la continuación de su - empecemos discusión, va - ampuloso y sobrevalorado previo álbum en estudio, The Joshua Tree: cortar esa progresión que los había convertido en una banda predecible, ñoña, más enfocada en lo espiritual que en lo sonoro, más obispos que sacerdotes de a pie.
Eso, y, supongo, ver todo lo que había sucedido en esos cuatro años, ver cómo otras bandas con puntos de partida similares a ellos, es decir, ramificaciones del after punk que habían perdido conciencia de sus orígenes y habían optado por crear su propio sonido, llegaban, aunque fuera un espejismo, a lugares más inhóspitos: U2 se habían convertido en una banda para ceremonias más que para experiencias. Madchester había sucedido, y mientras, por ejemplo, los Happy Mondays habían descubierto los sintetizadores, los bajos funk y las drogas, U2 parecían ir a aparecer con una ramita de olivo entre los dientes.
Así que el ejército de asesores se pone en marcha y sus productores (Brian Eno al frente) abanderan su cambio de sonido que se materializa (previas tímidas pistas anteriores) en aridez, saturación, contundencia, riesgo (no mucho), ligera búsqueda de complejidad compositiva, aquí no hay algo tan simple como I still haven't found what I'm looking for sino bongos, congas. guitarras efervescentes entrando ligeramente a destiempo, veladuras de teclados, ¿dije bongos y congas?, voces tratadas, mensajes carnales, guitarras, otra vez, tratadas por toneladas de pedales, guitarras que hacen solos que son melodías dentro de las canciones, en fin, U2 hacen su mejor disco y supongo que pagan con gusto el perder algunos de los seguidores captados con The Joshua Tree aunque sea a costa de que cierto público considere este Achtung Baby como su gran disco, aquel que marca el zénit a partir del cual, casi tres décadas más tarde, la banda siga descendiendo cualitativamente, llegando al punto de regalar sus discos. Y aunque haya que reconocer su influencia, igual que ellos fueron inspirados por Echo and The Bunnymen o los primeros Simple Minds, hay que encuadrar a sus seguidores tanto a Travis como a los nauseabundos Coldplay, los timoratos Keane o algunos de los primeros titubeos de Radiohead, he de decir que volver a oír este disco (salvo audiciones inconscientes, las tres o cuatro veces que lo he oído en estos días han sido las primeras en veinte años) me ha dejado particularmente frío. Así que diría; escuchad el disco, pensad en que algunas canciones están situadas para no dar la espalda de todo a sus fans, con One o Who's Gonna Ride Your Wild Horses (esta última realmente muy floja) y que otras, básicamente las que llevan congas, como Until The End Of The World o Mysterious Ways, son las que arrastran el peso y asumen la responsabilidad de ese cambio, ese loable rompimiento con su sonido anterior que, al final, antes de que Bono decidiera ser un líder social, les va a salvar a la hora de valorar su obra para la historia.

domingo, 21 de junio de 2020

Dexys: One day I'm going to soar


Año de publicación: 2012
Valoración: bastante recomendable

Seamos precisos: el bastante recomendable sale casi por promedio. Si el disco fuera como sus primeras cinco canciones, esto sería una obra maestra. Si como las últimas, seguramente hablaremos de los resultados de unos cuantos músicos aburridos que alquilan un estudio recién salidos de una noche de borrachera y se dedican a desbarrar ante micros y mesas de mezcla.
Kevin Rowland es el alma absoluta de Dexys. El nombre del grupo, el  que se usa para la formación en este disco, es estúpido. A más no poder. Alguna traba legal impidió a Rowland usar el auténtico: Dexys Midnight Runners, ese sí un nombre impactante para un grupo y más cuando te tiras 27 años sin publicar nada y tu discografía anterior (tres discos) ha jugado con el oyente hasta en lo estético: los Dexys Midnight Runners fueron, respectivamente, estibadores portuarios, campesinos de ramita entre dientes y dandies de la City. Rowland, imagino, gobernando el grupo con mano férrea y la espantá de casi tres décadas que ve renacer el proyecto con la inestimable ayuda de Mick Talbot, ejem, alias "el de Style Council que no era Paul Weller" y toda un aura para los frikies: una portada a medio camino entre lo afrancesado y los descartes de la primera época de Roxy Music, una aunque sea irremediable sensación de madurez, en fin, esas expectativas que inexplicablemente generan ciertas bandas.
Ah. Son los de Geno y Come On Eileen. Sí: yo también siento ganas de matar a alguien cada vez que ponen esa cancioncilla en las emisoras revisionistas de los 80.
Pero a Rowland le gustaba romper con todo, claro. Quizás antes: ahora, o sea, en 2012, la edad no perdona y toca hacer discos elegantes. Rowland no va a hacer como las estrellonas del heavy metal que no se desembarazan de sus chupas ni que se presente la parca. Rowland se adapta y One day I'm going to soar es un disco depurado y preciso, pensado hasta el detalle aunque esto no sea Steely Dan, no hay una nota fuera de sitio y los arreglos son perfectos hasta, casi, lo aséptico. Dije casi. No es aséptico, aunque quizás haya que dar las gracias (aparte de a los royalties de Come On Eileen) a los avances de las tecnologías de grabación por el lujoso sonido, especialmente cuando acompaña a magníficas composiciones de tonalidades atemporales, más allá del inicio del disco, los aires neo-soul, o bluessies o jazzies o retrofolk de las primeras canciones nos remiten a cualquier placentero lugar sonoro entre los años 50 y la década pasada. Pero sin aires revisionistas: son canciones que parecen haber estado siempre allí. Pronto, por eso, constatamos la enorme irregularidad del disco. A partir de ahí, (hipotético inicio de segunda cara si esto hubiera sido un disco de vinilo) la inspiración se bate en retirada y pasamos a una especie de desfile de canciones de sonoridad y desarrollo demasiado estereotipado. Nada indignante, venimos de una primera mitad excelente, pero la personalidad de los temas iniciales desaparece, y entonces Dexys descienden a una categoría demasiado acomodaticia: parecen una banda de soul-revival acometiendo un medley. No digo que no haya nada salvable: el disco repunta en su última canción, siete minutos de tono intimo y confesional que pudieran, otra vez, sonar a despedida para un largo tiempo.
Lo cual, tratándose de Kevin Rowland, no debería ser demasiado tomado a broma.

domingo, 17 de mayo de 2020

Bad Bunny: YHLQMDLG


Año de publicación: 2020
Valoración: bastante recomendable

Bad Bunny es tan prolífico y omnipresente que, mientras me planteo escribir esta reseña de este su último álbum, ya ha publicado otro. Llamadle aprovechar el momento, llamadle dar curso al caudal creativo, pero la omnipresencia del músico puertorriqueño empieza a ser abrumadora y es otro ejemplo, Billie Eilish o Bad Gyal serían otros, de la importancia capital de otras vías de acceso a la cultura.
Porque el Trap o el Reggaeton, escribamos sus nombres en mayúscula, son hechos o fenómenos culturales, a pesar del tesón con que, llamadle racismo, clasismo, elitismo, puro conservadurismo, ciertos elementos de presión contribuyen a intentar silenciarlos. Y no hace falta argumentar con la baladronada de que Virgilio y J. Balvin, Shakespeare y Maluma no puedan compartir estantes. 
Entonces no es fácil juzgar discos como este YHLQMDLG, anagrama de Yo Hago Lo Que Me Da La Gana. Bad Bunny ha titulado su segundo disco largo con la misma impertinencia con la que ha producido la música que lo ha llevado a la cumbre planetaria, o, lo que es lo mismo, a que el mismísimo James Fallon lo jalee ante su público en una entrevista que para nada revela al machista impresentable que ciertos sectores pretenden presentar. Para luego actuar ataviado con una falda y mostrando una camiseta de complicidad con el público LGTB. Genio, habría que llamarle.
Cosa que me hace preguntar que qué hay de malo en que la cultura del sur y el centro de América esté arrasando globalmente e imponiendo a sus iconos, ni que sea con su creciente influencia en la impenetrable iconografía USA. Ole por vuestros cojones, amigos.
Ahora bien, desde esta igualmente impenetrable e indescifrable Europa le digo a Bad Bunny que sus discos van a tener que ser un poco más coherentes para llegar al tipo de cielos que nosotros veneramos. Porque este es un disco demasiado irregular en sus veinte canciones y diría que la ambición del músico por ser omnipresente, que ya sabemos que hoy la gloria es fugaz, le ha hecho completar una entrega con tanta duración, claramente un exceso para artistas surgidos de la inmediatez de Youtube, y que chocará, y creo que no estoy solo en esta sensación, que cada vez que en este disco el músico recurre a las sempiternas colaboraciones (demasiadas como para enumerarlas) el disco se desinfla. Si el disco mantuviera el tono de la excelente canción inicial, Si veo a tu mamá, melodía en Casiotone tomada de Jobim, tono cálido y confidente, letra que es prácticamente una entrañable historia de separación, hablaríamos de un disco prácticamente creador de un género. Pero a Bad Bunny se le escapa esa genialidad de entre los dedos. Por mantener una posición algo dada a lo polémico, Bad Bunny es tan bueno cuando aborda el trap como vulgar cuando lo hace con el reggaeton. Sin prejuicios contra el género, ahí es simplemente un músico limitado por la ecesiva uniformidad del género y por la necesidad, absurda a todas luces, de plantear las colaboraciones como retos o diálogos entre artistas. Demasiadas canciones, excluiría Ignorantes, parecen absurdas repeticiones de ganchos comerciales donde el talento brilla por su ausencia. Solo las canciones en que se emplea en solitario me parecen realmente destacables, con esa sensación de chulería frágil que muestra a un músico inquieto y versátil, , 25/8 tiene tonos confesionales sin la mínima fisura. Vete es otra pieza brillante, porque cuando el puertorriqueño crea en solitario puede dejar las canciones desnudas o incluso juguetear con los ritmos caribeños, como hace en A Tu Merced, o mostrarse cercano y biográfico como en  🖤, una despedida que representa un curioso cierre para un disco que, obviamente, hay que oír para interpretar el mundo, quizás no la obra magna que en otros tiempos y otros ámbitos esperaríamos de un icono de su actual, y real, influencia.

domingo, 3 de mayo de 2020

Air: 10000 Hz Legend


Año de publicación: 2001

Valoración: bastante recomendable

Air se las apañaron para rodear el cruel juicio que suele suponer el duro síndrome del segundo disco, más cuando se trata de bandas que han inaugurado sus carreras con álbumes definitorios como Moon Safari. Lo hicieron gracias a Sofia Coppola, que les encargó la banda sonora para The Virgin Suicides facilitándoles una especie de tanteo. Ahí ya rompían con los sonidos atmosféricos y empezaban a ceder a las partes vocales, pero lo hacían escudados en las necesidades de las bandas sonoras: temas melódicos fuertes, intercalado de música incidental, eventuales vaivenes estilísticos relacionados con las imágenes a las que prestar soporte sonoro.
Entonces con 10000 Hz Legend, este sí oficial segundo álbum de estudio de la banda, algo del camino a tomar ya se había adelantado. Portada eminentemente americana, colaboradores de cierto renombre (Beck, por ejemplo), el grupo era consciente de que a un grupo que ha renovado el sonido se le va a exigir mucho. Pronto acusamos el golpe: Electronic Performers se abre a golpe de falsos riff de guitarra y, más de un minuto tras empezar, muestra bien a las claras. Este es un álbum vocal, las voces serán casi omnipresentes en los tracks, y serán voces de todas las procedencias: reales, pasadas por vocoder, orientales, generadas por software. Un signo de ruptura, no esperemos caricias vocales a lo Françoise Hardy. De hecho las influencias aquí son completamente diferentes: no busquéis aquí a Bacharach/David, a los Beach Boys, porque este es un disco más sucio, más abigarrado, menos reconocible en lo sonoro, quizás el prog-rock, quizás el kraut-rock, puede, la portada pesa, algún espíritu ligeramente country'n'western perceptible en ciertas letras. El disco es irregular, alterna ejercicios fascinantes de abstracción indefinible como Radian, lo más parecido a Moon Safari y una de las mejores piezas de la carrera del dúo junto a malas asimilaciones de pop como Radio # 1, alterna momentos reflexivos con aires fronterizos como  The Vagabond, donde Beck aporta sus vocales algo desganadas. Sex Born Poison, otra canción importante, se contonea entre aires íntimos hasta que irrumpen los vocales en japonés (adelanto de ciertas influencias de discos posteriores), momento en que la canción se convierte en una especie de crescendo cacofónico de aires épicos, alzándose en una especie de cumbre del disco, junto a Wonder Milky Bitch, especie de oda a la felación cantada por vocales sintéticas, entre sonidos twang e idas y venidas de secciones de cuerda. 
En definitiva, un disco que, parecía, casi inconscientemente, programado para alejar a buena parte de la gente que se había acercado a la banda en búsqueda de opciones chill out. Quizás más adelante se arrepentieran de hacerlo con tanta contundencia, pero menuda patada en la espinilla.

domingo, 19 de mayo de 2019

Keane: Hopes and fears

Año de publicación: 2004
Valoración: bastante recomendable

Consulto las listas de los mejores discos del año 2004 (lo que tiene la Red) y parece ser un año, digamos, de transición en lo que a lo de la historia de la música concierne. Cierta unanimidad en la inclusión de operas primas de dos artistas que han tenido notables recorridos posteriores - y que hemos seguido aquí - como son Arcade Fire y Kanye West, alguna puntual acumulación de bandas del post-indie, post-todo británico como Franz Ferdinand, Interpol o Kasabian, el disco de Madvillain, todo eso, configurando una especie de panorama disperso en el que la industria, sin una corriente definida (la electrónica como género imperante empezaba a dar unos contradictorios signos de agotamiento creativo/penetración definitiva como soporte en otros géneros) y el r'n'b todavía no eclosionaba como futuro magma acaparador. Del brit-pop, del trip-hop,  nadie se acordaba.
En algunas de esas listas, en lugares no demasiado destacados, pero sí curiosamente en esas metalistas que las resumen todas, aparece este disco.
Keane (supongo, nombre procedente del mito del Manchester), surge en ese momento y aportan un sonido bastante reconocible a primeras (cuadrarán las fechas si los relaciono con esa corriente de rock levemente entristecido y épico que mama a partes iguales de U2, algunas canciones de Radiohead o ese esperpento aburrido que iba a ser Coldplay), si bien se atreven con una premisa (si la imagen de la portada del disco fuera de mejor resolución apreciaríais el detalle en la orla que rodea al nombre del grupo) bastante chocante y emblemática: el grupo no usa guitarras (sí bajo), y su sonido básico es teclado+batería+voz. Abandonan tan radical posición a partir del tercer disco, leo. Cómo voy a etiquetarlos, entonces, como rock, sin el símbolo fálico por antonomasia del tipo agarrado al mástil. 
Hopes and fears no es un álbum propio de one-hit-wonders. Tiene un puñado de buenas canciones aunque no vayan a cambiar la vida a quien las oiga. Curiosamente, mi preferida, Sunshine(que podría colar en cualquier disco de Tears for Fears) no resulta ser una de las más renombradas, y obviamente no fue elegida como single, con sus juegos de teclados y sus curiosas armonías vocales, obra de Tom Chaplin, vocalista de intenciones contenidas y con cara de ser buen yerno, que resultan tenuemente fascinantes si uno no se pone demasiado exigente. El álbum contiene su pequeño y modesto clásico, Everybody's Changing, esa canción tarareable y asequible que la hace, con el paso del tiempo, asimilable como carne de abyectas emisoras de radio con DJ's dormitando al ralentí, y otras piezas de arranques contundentes y abonadas a que la masa entusiasta las cante a pleno pulmón (brillantes singles, Somewhere Only We Know, This Is The Last Time), representantes idóneos del aire del disco y complementadas por canciones de estructura parecida, de tonos amables, a veces trascendentes, a veces más ligeros, sin que uno ni otra opción hastíen al oyente o lo eleven demasiado. Un disco correcto, que incluso con la actitud adecuada puede procurar placer al oyente, hasta transportarlo a otro mundo, tal es el poder puntual de estas canciones de estructuras sencillas, sonido levemente estridente, aires, insisto, coincidentes con cierto sonido (algún tema menor arranca con el mismo fraseo de piano de New year's day y creo que en una edición "de luxe" de este disco acometen una versión de, argh, With or without you) promedio de esa época en que la industria empezaba a absorber y a prever lo que se venía encima: pirateo, descargas, streaming. 
2004 y aquello empezaba a atisbarse como un panorama que era la nueva realidad. Keane publicó algunos discos después, que no me ha interesado gran cosa escuchar, parece que se separaron y regresaron y hubo algún abandono. 

domingo, 3 de febrero de 2019

James Blake: Assume form

Año de publicación: 2019
Valoración: bastante recomendable

Soy consciente de que en estos tiempos nadie se fija en estas cosas, pero resulta curioso que, tras portadas de discos con su rostro difuso, su estampa british recortada sobre brumas y tonalidades frías, esa portada en primer plano, incluso despejándose el flequillo que tan elegante le cuelga cuando cabecea ante sus teclados, venga a enviarnos un mensaje.
Quizás un mensaje que tenga que ver con la referencia velada de Pitchfork.

Canciones de chico triste.

Puede, especulo, que esa mirada decidida a cámara nos diga algo. Soy un músico respetado. Justo cumplidos los 30. Tengo hasta algo parecido a una vida pública. Salgo con una actriz medianamente conocida que ahora va a serlo más. Los mejores músicos del planeta me piden que colabore con ellos. Que les ponga un pianito de esos que parece grabado desde un submarino, unos acordes de esos que dan un tono otoñal. Frank Ocean. Kendrick Lamar. André 3000. Ahora, Rosalía. Estoy en la cresta de la ola, y jamás he tenido que hacer concesiones, solamente me he limitado a seguir mi intuición, y desde el dubstep de mis principios hasta este género que casi he creado (soul-dub-electrónico-torturado) mi carrera habrá tenido algún altibajo, pero ha sido coherente.

Sorprende, entonces, que Assume form, la canción que aporta inicio y título al disco, sea tan decididamente del estilo de Blake (sin ser su mejor canción, e incluyendo un coro infantil bastante irritante), pero deje paso a continuación a dos colaboraciones, como si Blake renunciara a llevar solo el timón del álbum. Y Mile High es una poderosa canción, quizás demasiado inmediata para los parámetros del Blake, pero indudablemente una baza que captura, aunque no sea al público al que el londinense ha capturado en sus otros trabajos. Aparte de ser un tema decididamente trap, estilo que a alguno le puede chocar ahí, pero del que un músico como Blake no va a prescindir, menos cuando, tratándose de una colaboración, con Travis Scott, se entiende que se produce bajo la premisa de ciertas concesiones. La primera concesión de Assume form es su inequívoca intención pop-friendly. Segunda canción, ya estamos advertidos.
Pero esta persistencia tan actual, la de atraer no solo a oyentes propios sino a los de otros artistas, puede no salir siempre bien. Por ejemplo: en la colaboración con Rosalía, los dos músicos parecen desubicados y hasta sorprendidos, porque el resultado está muy lejos de la suma de las dos partes, más bien parece un descarte y es una de las canciones más flojas del disco, una especie de experimento de mixtura que resulta incluso algo risible, con Blake forzado a cantar una estrofa en un español de Benidorm.
Y el disco se polariza demasiado en esas colaboraciones: también colabora André 3000 de Outkast, con lo que las canciones de Blake en solitario parecen relegadas a la condición de secundarias, y en ellas Blake tampoco parece definirse mucho. En I'll Come Too parece inspirarse en Cole Porter, cuestión perfectamente respetable, pero realmente muy externa a sus referencias habituales, y este es solo un ejemplo de una relativa desubicación que afecta al trabajo en su conjunto, ya que Blake ha traspasado ciertos límites en su necesidad de responder debidamente a los cada vez más numerosos guiños del pop. En Don't Miss It juguetea con una melodía recurrente, pero se echa a faltar la contundencia y el aura experimental, la búsqueda de la sonoridad, todos esos motivos de los que los discos anteriores de Blake estaban repletos y que en Assume form han quedado algo relegados en aras de eso, de un acercamiento tentativo al pop (puede que el pop de los últimos tiempos sea el que se acerca a James Blake), que puede que funcione a nivel de repercusión, pero que desconcierta algo al seguidor de siempre.

domingo, 3 de junio de 2018

Arctic Monkeys: Tranquility Base. Hotel & Casino


Año de publicación: 2018
Valoración: bastante recomendable

Reconozco haber seguido más la carrera de The Last Shadow Puppets que la de los Arctic Monkeys. Reconozco, ya de paso, haberme enterado por Pitchfork (sí: leo Pitchfork incluso después de que Condé-Nast haya decidido entregarla sin contemplaciones a las hordas del urban y el r'n'b) de que Alex Turner, líder de la banda, tiene 32 años y sus inspiraciones para este disco han sido algunas lecturas de Neil Postman y David Foster Wallace.

Leed, en nuestro blog padre, lo que pienso yo de David Foster Wallace.

Las carreras paralelas (Turner ya ha publicado también en solitario) es lo que tienen. Como las relaciones abiertas. Queda muy bien sobre el papel hasta que "el otro" dice que a base de probar otros platos ha decidido que va a cambiar de plato principal.
Y no digo que Turner haya optado por eso. Si acaso, puede establecerse cierto paralelismo con lo acontecido con Jamie XX y The XX. 

Reconozco, que ya me lo dejaba, que mi decisión de reseñar este disco viene provocada por que alguien dice que este es el Kid A de los Arctic Monkeys y eso me hace plantearme indagar en el futuro sobre cuál es su OK Computer.

Cierto que hay un notable cambio de sonido respecto a sus discos anteriores. Una especie de calma se ha situado donde antes se percibía cierta tensión tardoadolescente, y todo está más matizado. Una trampa peligrosa. Turner puede que haya decidido que sus letras son más profundas y más necesarias que antes y a veces esa voz interfiere en el colchón sonoro. No digo que Turner sea un mal cantante: me encanta su voz inequívocamente british, con aires obreros del Liam Gallagher antes del odio fraternal y con ciertos ecos nobles del Bowie más joven y del Scott Walker más terrestre. Pero en este disco frasea por encima de lo tolerable y hay veces que dan ganas de decirle que si tanto tiene que decir escriba un libro o se pase al spoken poetry. No es que arruine las canciones: se interpone entre desarrollos musicales interesantes y el oyente. Los arreglos en este disco son brillantes. Canciones albergadas en el mid tempo y con un aporte sonoro intrépido. No es bajo, batería, tensión, arranque guitarrero y a volar. Para nada. Tampoco es un cambio tajante de sonido: si he de pensar en discos ligeramente diferentes a las carreras de ciertos músicos, este sería más bien su Achtung Baby o su Modern Vampires of the City. Precisamente Vampire Weekend era una de las referencias que en las sucesivas escuchas me quedaba siempre a punto de concretar. Pero este disco que bordea lo conceptual (sin tantear con el desastre como el último de Arcade Fire) no llega a la brillantez de aquél. Turner se ha dejado en la mesa estribillos tarareables, melodías vocales, y contundencia y (veremos como responde el público que acudía a los conciertos del grupo buscando la inmediatez de su disco de debut) los ha intercambiado por sutileza, por aires franceses (obvias resonancias del Gainsbourg más cercano al lounge-chic), por medios tempos donde nada desentona pero pocas cosas destacan.
Un single, Four Out Of Five, que explica mucho en el desarrollo visual del vídeo. Aunque también es la canción con más similitudes sonoras con discos anteriores. Pero el vídeo. Un hotel (el que aparece en la portada del disco), Turner luciendo perilla y largas guedejas, nada de camisetas, nada de poses alienadas. Chaqueta. aspecto serio y responsable, como un Nick Cave rejuvenecido y desintoxicado, y letra con contenido, reivindicando esas lecturas y muy consciente (demasiado consciente) de estar contando una historia. Y no le busquéis estribillo ni estridencias sonoras. She Looks Like Fun, cautiva de los teclados como si fueran a ser una reencarnación de los Doors o una versión analógica de los Depeche Mode era drogota. Difícil pronunciarse sobre un disco que parece destinado, pero igual no, a marcar una inflexión en su carrera, un disco más orientado a ser comprendido o aprendido que a ser escuchado o disfrutado. En lo personal, me quito el sombrero ante el hecho de que un grupo tan consagrado como este haya optado por tomar este riesgo. Es, claro, el clásico disco que entusiasma a los críticos. A cierto tipo de críticos. Un grupo vendedor que abraza el tótem del gusto minoritario. Un grupo que visita festival tras festival y envía a sus fans extenuados a casa de dar saltos. Ahora les dices que se sienten un rato y se relajen y capten tu mensaje. Claro que sí. Su público de toda la vida, ése, ya sabemos, va a quedarse desconcertado. Los interesados puntualmente en su carrera disfrutaremos con algunos de los detalles sonoros (el obvio atractivo en la transición del binomio One point perspective-American sports, los aires de despedida de Ultracheese) y puede que hasta en algún caso el efecto sea el inverso al de los puros fans: la renuncia al tramo inicial de la carrera del grupo. Un cambio drástico, pero desde luego, el grupo no es un vehículo enfilando un precipicio a toda velocidad. Eso es muy diferente de saber qué va a ser lo siguiente. Pero este disco, de momento, puede ser disfrutado.

domingo, 1 de octubre de 2017

LCD Soundsystem: American Dream


Año de publicación: 2017
Valoración: bastante recomendable

Provoquemos un poquito para empezar. La crítica mima a LCD Soundsystem porque James Murphy parece un crítico, y eso predispone. Predispone tanto como esa pinta accesible de tipo que no se cambia de camiseta ni se afeita para dar un concierto y predispone tanto como que en ese descanso de un lustro que el grupo se ha dado lo único relevante que se ha sabido de él es lo de sus tareas de producción para Reflektor de Arcade Fire y que parecía hacer lo mismo para Blackstar de Bowie y acabo limitándose, parece, a tocar los bongos. Un descanso que parecía, se había anunciado como definitivo, pero que se ha quedado en un extenso lapso entre discos (inferior, por ejemplo, a los que se toma Portishead) sin que parezca que se haya producido nada destacable, quizás una pequeña depuración de sonido, una matización de sus aristas que aporta a American Dream una curiosa inmediatez, quizás algo engañosa pues si algo se desprendía de los tres primeros discos del grupo era su capacidad de crecer en el oyente a medida de las escuchas. Curiosamente, me ha invadido cierta desazón al comprobar que este disco funciona un poco al revés. La primera escucha deslumbra, y si bien sería cruel decir que las subsiguientes hacen que el disco pierda fuelle, sí que es cierto que el fogonazo se desvanece en parte y se acusa una cierta linealidad de sonido y, dentro de lo que es un disco bastante heterogéneo, una chocante cura por evitar las estridencias que aportaban brillo, por ejemplo, a su primer disco.
¿Y qué se nos ofrece detrás de esa portada con regusto a salvapantallas de Windows 95?
Pues sonido brillante (pero no resplandeciente) al que pueden etiquetarse influencias a raudales. Propio de un grupo ecléctico, sí, propio de un grupo cuyos componentes superan la cuarentena y son esponjas de absorber y regurgitar influencias (a la letra seminal de Losing my edge me remito), pero el listado es extenso y detallado:

Human League era Travelogue / Reproduction
Bowie era Low
Joy Division era Unknown pleasures
Talking Heads era Fear of music / Remain in Light
Magazine era Real life

Todos ellos discos de la segunda mitad de los 70 o del mismo año 80, todos ellos discos que de una manera u otra se consideraron adelantados a su tiempo, todos ellos discos alejados de los parámetros habituales del rock.

De esta amalgama (a la que no estaría de más añadir alguna sonoridad de los propios Arcade Fire o el sonido levemente obsesivo de Shaking the Habitual de The Knife) surge un disco difícil de clasificar pues combina momentos introspectivos y casi ensoñadores en el tema que le da título, con su riff de sintetizador tomado prestado de Human League, con arrancadas marca de la casa como Call the police, ejemplo paradigmático del sonido del grupo en cuanto a fusión sonora, aquello que les procuró el adjetivo de arty-dance-post-punk que pocas bandas han sabido emular, con su agresividad sonora incorporada desde los filtros usados para tratar la voz de Murphy, ejemplo clásico de cantante negado en los aspectos técnicos pero capaz de transmitir esa especie de mezcla de agresividad rebelde con tonalidades levemente frágiles tan á la page. Situándose en la corte de cantantes poco ortodoxos que inauguró David Byrne y puede seguir con Ezra Koenig.
Pero sigamos. Una cualidad de este disco es la variedad de ambientes: Tonite parece armado con la estructura rítmica de los primeros Daft Punk, y las dos grandes influencias del disco, Talking Heads y David Bowie, surgen por doquier, como en la áspera Change yr mind, que puede parecer tanto un descarte de Fear of music como de Scary monsters, o la mejor canción del disco, esos doce minutos de goce e introspección que es Black Screen, portentosa balada-de-fin-de-alguna cosa cuya parte final pudiera ser el mejor testimonio de atracón de sintetizadores analógicos desde que Bowie cerró la puerta del estudio tras grabar Low. 
¿Quieren decir todas estas influencias nada disimuladas que estamos ante una enorme obra dedicada al multi-plagio? Pues no: todo ello es obvio y es bien administrado, y después de todo el grupo ya ha demostrado en sus tres discos anteriores que era muy capaz de aportar sus propios hallazgos. Tampoco creo que se trate de un homenaje, más bien una reivindicación de ese sonido concreto que, con la excepción del fugaz movimiento electro-clash y las revisiones de bandas como The Rapture, Ladytron o Franz Ferdinand, siempre ha parecido no ser merecedor de un revival.
La cuestión que aún no soy capaz de responder es si este disco colma las expectativas generadas por ese retorno, si después de esa falsa espantada este material era suficiente pretexto para reconsiderar esa severa decisión. Para ello vamos a tener que recurrir al topicazo del paso del tiempo como juez de todas las cosas. Quizás no haya que tomárselo tan a la tremenda. Para disfrutar hoy, American Dream es más que suficiente.

domingo, 4 de junio de 2017

Amateur: El golpe

Año de publicación: 2017
Valoración: Bastante recomendable

Es inevitable que, al menos durante un tiempo, el nombre de "Amateur" sea inmediatamente asociado al de "La Buena Vida"; no en vano fueron 17 años (1992-2009) los transcurridos entre la publicación del primer y del último single del grupo donostiarra. La marcha de Irantzu Valencia en 2009 y, sobre todo, el trágico fallecimiento de Pedro San Martín en 2011 supusieron el final de un grupo que marcó una época y un estilo muy claro dentro del indie en castellano.

En estos años desde la publicación del último single de La Buena Vida, "Viaje por paises pequeños", habíamos tenido noticias de Javier Sánchez y de su grupo AMA, con varios discos ya a sus espaldas y uno "en capilla", pero nada habíamos sabido de la otra cara de La Buena Vida, la de Mikel Aguirre.

Ha sido hace escasas semanas cuando nos hemos enterado de que Mikel, junto a Txeli Lanzagorta e Iñaki de Lucas (también componentes de La Buena Vida) volvían a la escena musical con el lanzamiento de este EP, adelanto del que será su primer disco, que llevará el título de "Debut".

Antes de nada, debo decir que este "El golpe" es un muy digno heredero del sonido de "La Buena Vid"a. Se trata de un disco agridulce, con Pedro San Martín presente en las letras, con momentos alegres, de esperanza, y con momentos amargos (¿quién dijo que el tiempo todo lo cura?).

Abre el disco la canción que le da título: "El golpe". Un muy buen single que es toda una declaración de intenciones. Pegadiza melodía con teclados y sintetizadores saltarines que ejercen de estribillo, para una canción en la que la ilusión y la esperanza están presentes, aunque sin dejar de mirar atrás:

Pretendo dar un golpe: el golpe de Pedro.
Pretendo dar un golpe nuevo
Será perfecto, será el golpe perfecto.
Aquel que todos tuvimos siempre en mente

Pero la alegre melodía de "El golpe" deja paso a la calma, a la melancolía y a la introspección de los otros tres temas. Solo los títulos, "En aquel entonces", "Atardecer #74" y "Fueron buenos tiempos", dan una idea de hacia dónde van los tiros. 

"En aquel entonces" trae inmediatamente recuerdos del "Soidemersol", con el piano y las cuerdas llevando el peso de un tema acerca de un tiempo que no volverá y que, si lo hace, lo hará en forma irremediablemente diferente. Pese a la mayor inmediatez de "El golpe", creo que esta es la gran canción del disco, verdaderamente preciosa

En "Atardecer #74" el piano y las cuerdas aparecen de forma más tenue en una canción que insiste en una mirada al pasado, aunque no tanto nostálgica sino como oportunidad casi redentora.

Cierra el EP "Fueron buenos tiempos", el tema más emotivo del álbum, con una letra dedicada al malogrado Pedro San Martín. Pese a esto, y mira que me jode, quizá sea la canción más floja del album. 

Pero no importa en absoluto. Me quedo con la vuelta de Mikel y compañía al estudio y a los escenarios y con las ganas enormes de ver publicado su primer disco. ¡Y en una major, oigan!

P.S.: Teniendo en cuenta que el disco solo se encuentra disponible en plataformas digitales. os dejamos el enlace para ESCUCHAR