domingo, 9 de mayo de 2021

Radiohead: The Bends

Año de publicación: 1995

Valoración: muy recomendable

The Bends es el segundo disco en formato LP de Radiohead. Entre Pablo Honey, disco del que parecen renegar, y el torbellino creativo que representa Ok Computer, a su vez preámbulo de su entrega desacomplejada al sonido experimental en Kid A. 

Queda claro, entonces, que es un disco que ya apunta algunas de las maneras, una progresión sonora y compositiva que ya es muy destacable, incluso se podría afirmar que es un disco de sonido más limpio que Ok Computer, producido con más intención radiable (la banda venía del éxito de Creep) y menos propensión a la introducción (filtros, bases) de elementos ajenos al estereotipo rockero. 

Algunos resuenan por ahí, por eso: la distorsión que presenta el trémolo de guitarra de Planet Telex supone una perfecta apertura para el disco y es una de las canciones que podría incluirse en Ok Computer. Las guitarras se saturan y la voz de Yorke suena firme y convencida, empiezan a sonar como una banda más influyente que influida aunque ciertas señales aún puedan sugerir lo contrario; los arranques de la propia The Bends o Just delatan aún rastros de shoegazing o sonido Seattle (digamos que Just "nirvanea) pero la experimentación empieza a penetrar. Nigel Godrich ya toma participación como ingeniero (luego sería productor) y algunas de sus canciones ya toman forma de himnos: Coldplay arrancó su patética carrera intentando emular High and Dry Fake Plastic Trees de forma casi obsesiva. Son estas canciones con muchas capas, casi melodías de acampada de corte reivindicativo, pero, sin la cohesión narrativa de su obra posterior, aquí hay también rock de riff tenso, cambios de ritmo, fiereza guitarrística, sutileza (sublime [Nice Dream]) contorsiones rítmicas comprimidas en cuatro minutos , en My Iron Lung, y apuntes de esa épica pre-fin de milenio que su obra posterior convertiría en un mito y en el último, prácticamente, conato de resurgimiento del rock.

domingo, 2 de mayo de 2021

Daft Punk: Discovery

Año de publicación: 2001

Valoración: muy recomendable

Doce años pasaron entre la publicación de este Discovery, disco de su consagración, y Random Access Memories, el colosal trabajo por el que se convirtieron, aún más, en un mito global. Hace unas semanas han colgado en Youtube un video llamado Epilogue que ha sido interpretado unánimemente como un comunicado de separación: Thomas Bangalter y Guy De Homem-Christo son ya personajes más anónimos de lo que sus sempiternas máscaras les hacían ser. Son el 50% del dúo francés que aportó a la electrónica una popularidad y una imagen que muchos rehuían aportar. Eran indistinguibles con sus casos relucientes y su estética sobria y si su despedida fue esa, un disco repleto de colaboraciones con personajes de diferentes rangos  (desde Chilly Gonzales a Julien Casablancas), convertido de repente en su despedida por todo lo alto, inexplicable la decisión o quizás la consecuencia de una pavorosa realidad, que es que el sucesor de ese disco lo tenía muy difícil para estar a la altura. Y ocho años ya eran una espera muy larga incluso para sus parámetros.

En 2001 la presión no era tanta: la escena techno podía estar iniciando una decadencia pero aún era efervescente. El french touch contaba con muchas figuras quizás no todas de primera línea pero desde luego de colosal reputación underground, desde Philippe Zdar hasta Etiénne de Crecy pasando por St Germain o Laurent Garnier, con sellos en racha como Versatile, Source o F Communications. Daft Punk aceptaron el cetro y Discovery representa su consagración, levanta el acta de elevación del filter house que ya había sido tanteado en proyectos paralelos, le aporta el certificado de relevancia del formato LP, y les empuja hacia la fama. Todo ello con un disco cuyo mero título ya es un juego de palabras: Discovery se llamaba un disco de la ELO, otros entusiastas del vocoder, la palabra significa descubrimiento, combina los vocablos very y disco  (ambos títulos, además de dos LPs de Pet Shop Boys, otro dúo electrónico global). Nada podía fallar. Es más: todo el material del disco contó con el soporte visual de videos manga que parecían contar una historia paralela al álbum. 

Por si había alguna duda, el disco se inicia con One More Time, hito de la carrera montado sobre la deconstrucción de un sample y la voz del fallecido Romanthony, emitiendo proclamas para solaz de la pista, canción de vocación hímnica, con su parón reflexivo intermedio y todo, que se iniciaba, cómo no, con una secuencia filtrada que va añadiendo frecuencias sonoras. Tan sencillo como eficaz, tan innovador como obvio. A pesar de un inicio tan avasallador, el disco adolece algo de falta de coherencia en lo sonoro, posiblemente por el hecho de que algunas de sus canciones sufrieron de una cierta saturación en clubes y ondas y han de alternar con números más anónimos. Daft Punk apuesta tanto por la tralla pura, con el bombo a negras, como por los matices de aire introspectivo cuando aborda canciones de aires más reposados, y esa combinación excita y desorienta al oyente a partes iguales. Al disco se le adjudicaron algunos apellidos contradictorios, tanto se le tildó de obra maestra como de entrega del grupo a cierta vulgaridad sonora y he de decir que ambas afirmaciones tienen algún motivo de ser. Pero, llamadme nostálgico por una vez, el tirón energético decanta la balanza a favor. Discovery es un disco desacomplejado, más de banlieu que de La Défense y sus canciones desprenden un hedonismo y una energía que echaremos de menos, incluso el tono nocturno y melancólico de Something About Us, con su ritmo de funk perezoso, parece reivindicar cierta intensidad. Pero incluso con excesos como Crescendolls,  sus clásicos ocultos caen uno tras otro,  Digital Love (con homenaje a Supertramp incluido en ese piano percusivo), Aerodynamic (ídem con Pink Floyd) un disco que se excede en duración, en uso del vocoder, en bpm en más de una ocasión, que apenas deja tres temas para voces reales, que te agarra (Harder Better Faster Stronger, coqueteando con el electro más descarnado ) y te suelta (Veridis Quo, disfrazados de Tangerine Dream) sin dilación ni tregua posible.

domingo, 25 de abril de 2021

Weyes Blood: Front row seat to Earth

Año de publicación: 2016

Valoración: muy recomendable

Disco que precede al magnífico Titanic Rising, con el que podría guardar algún parentesco estético (esos tonos azules que acaparan la portada), y un obvio vínculo sonoro. Todos los elementos existen ya aquí y la evolución sonora es todo menos un salto al vacío, simplemente el material de su sucesor es  más autoconsciente y en este Front row seat to Earth las canciones suenan más íntimas, igual de poderosas sobre todo a medida que se suceden las escuchas, pero, voilà, resulta que me suena hasta un disco más cohesionado, con un material que no acusa tanto la diferencia entre canciones, lo cual significa que aquí no hay nada tan inmediato y fascinante como Andromeda, pero que nos enfrentamos a la satisfactoria experiencia de la alternancia entre canciones favoritas según el momento o incluso el orden de escucha. 

Un disco que suena muy personal: se abre con una canción que se llama Diary y ese título ya es una declaración de principios: son nueve canciones largas (excepto la última, una especie de bis instrumental de dos minutos) baladas o midtempos, con la voz de Natalie Mering, grave, poderosa, con matices, en primer plano pero dejando espacio a los instrumentos, que son los clásicos del género: piano, guitarras acústicas, sección rítmica discreta pero eficaz, con esporádicas pero efectivas salidas de la tonalidad. Ahí nos damos cuenta de que el pasado musical de Mering, asociado a la escena indie desde luego mucho más agitada y relajada que las aguas calmas de estas canciones, pesa.. Por eso no desentonan las arpas, las cuerdas, los rasgueos de guitarra ligeramente distorsionada, ligeramente psicodélica, y en algún momento esos devaneos me recuerdan a Seventh Tree, incomprendido disco de Goldfrapp. Aunque las referencias sigan ahí, que si Karen Carpenter, que si Joni Mitchell, que si kd Lang, la toma del género, llamémosle que indie-folk o lo que sea, es arriesgada, es novedosa. Mantiene sus señas de identidad pero aporta alguna especie de inquietud argumental (una reseña muy acertada mencionaba las bandas sonoras de Badalamenti para Lynch) que mantiene a raya los terribles fantasmas del soft-rock o el AOR. Personalidad a raudales, incluso, véanse los videos, cierto sentido algo freak que rompe, y eso le beneficia, el tono solemne que destila el sonido. Seven Words, con su bajo a la Gainsbourg, o  Used To Be podrían considerarse canciones excesivamente canónicas, con sus arrancadas de piano, sus teclados de fondo, su exactitud vocal, pero esa veladura indefinible que las caracteriza, también a  Do You Need My Love o a la emblemática Be Free, y ya llevamos más de medio álbum mencionado, nos advierte con claridad: una artista con la magnífica proyección que su siguiente disco confirmó.

domingo, 18 de abril de 2021

Bertrand Burgalat: The Genius Of

Año de publicación: 2000

Valoración: muy recomendable

En un mundo perfecto, artistas de la coherencia de Bertrand Burgalat disfrutarían de vidas acomodadas (sin pasarse, quiero decir, con cierto desahogo) solamente por las aportaciones que, en sus lejanas épocas doradas, hicieron a la disciplina artística que ejercieran. La de Burgalat es, obviamente, la música, y sus méritos fueron atesorados, aunque mantiene una cierta actividad, en base a sus brillantes remezclas de material ajeno, sus producciones para otros artistas e incluso su propio material. Ojo: no hablo del salvaje adaptador que pudo ser Aphex Twin (que se vanagloriaba de no haber usado, en alguna ocasión, ni un segundo del material original), sino de una aportación matizada, discreta, elegante, una especie de veladura de sonido que simplemente, aportaba un extra-goce. Indescriptible, tenue, su trabajo resulta casi más brillante cuanto más anónimo es el material original, cosa que puede acusarse en esta recopilación de sus trabajos (que incluye algún tema propio) atacando material de artistas tan heterogéneos como Nick Cave, Renegade Soundwave o Air. 

Quizás lo último quepa achacarlo a esa ligera endogamia fruto de la explosión del french touch. Curioso que Sexy Boy, el archiconocido tema de Air, no salga muy bien parado. Por el contrario, prácticamente todo lo demás es material glorioso. y cuanto más desconocido el artista más nos resulta gratificante que Burgalat nos lo presente y adapte su sonido a esas adaptaciones que beben del lounge, de cierta aura psicodélica combinada con pop-art (véase la preciosa portada, que uno incorporaría como diseño de cortinas o baldosas de mil amores), con unas gotas kitsch que la propia imagen de Burgalat contribuía a potenciar: peinado demodé, chaquetas de solapa ancha, camisas de cuellos discutibles, gafas de concha con monturas vintage, detrás de ese aspecto algo grotesco, Burgalat, al frente de Tricatel, sello de esos de incierto futuro, aportaba a esas canciones aires cool justo al borde de lo frívolo, pero no: es capaz de lo épico aportando cuerdas tensas en Juillet 66 y aportarles el toque exótico de las flautas, dejándolo más cerca de Jacques Brel que de Etiènne Daho, se pone las botas de bajo nervioso en Sugar, esta vez combinándolo con una guitarra igualmente épica y un crescendo vocal muy notable, o desenterrar el lo-fi de los hits de Ladytron, pero no le hace ascos a chocantes compañeros de viaje, como Michel Houellebecq o Nick Cave, grupos extraños que suenan a Air o Zero7 como Moderato, compañeros de sello o su propio material, una irónica toma en Quarapicho, aquí introduciendo algo que puede parecer una armónica, o la exquisitez lounge de  Partir Revenir. Una exquisitez que hoy suena tan deliciosa como ligeramente anacrónica.

domingo, 11 de abril de 2021

Duran Duran: Duran Duran

Año de publicación: 1981

Valoración: muy recomendable

Hoy este blog retrocede a la denostada (merecidamente o no, opinemos) década de los 80 y desempolva el álbum de debut de una de las bandas más controvertidas de la época, quizás más por su trayectoria posterior que en sí por los méritos de este disco (que son cuantiosos), puesto que Duran Duran, o su estratosférico triunfo y celebridad posterior vinieron a abrir más de un debate. Por una parte, la indiscutible fuerza de su imagen (deudora del glam y a la sazón precursora de ciertas pestilentes corrientes asociadas a las boy-bands - injusto porque los Duran Duran eran realmente músicos) y por otra esa premisa snob de que comercialidad y calidad recorren caminos diferentes. La pléyade de grupos superpopulares en la escena pop en esa época parece una invitación a alimentar la polémica (hablemos de Culture Club o de Depeche Mode o Spandau Ballet) y no pocas críticas injustas se limitaban a atribuirles condición de figurines asociados a un movimiento, en defensa de opciones más oscuras y puras. 

En todo caso, aunque los singles previos ya auguraban gran repercusión, digamos que los cinco tipos que nos saludan desde la portada, a pesar de la seguridad que desprenden sus poses, todavía no son conscientes del futuro que se cierne sobre ellos, la absoluta explosión de su inmediato disco posterior y su elevación a los altares pop, incluyendo participación en festivales y la siempre socorrida coartada popular: estaban entre los grupos favoritos de Diana Spencer.

Pero sin buenas canciones todo eso no se sustenta: hay bastantes en Duran Duran: ni siquiera esa producción que suena envejecida logra disimularlo, esa producción que uno diría que pide una remasterización que aporte músculo, sobre todo a la parte rítmica, pero que ya es intrínseca al disco: es música para oír a alto volumen, casi diseñada para ser jaleada por multitudes, y los tres singles son inapelables: Girls On Film o la oportunidad, vía funk tecnificado, de aportar primeros momentos de ingenua polémica a la MTV, Planet Earth o la inmediatez after-punk elevada a sus consecuencias más mundanas (incluyendo estratosférica línea de bajo destripada aquí por su autor, John Taylos) y reconociendo influencias del krautrock en el avance imparable de Careless Memories, incluída efervescencia guitarrera que se ensambla perfectamente). Añadamos temas más épicos e introspectivos, como Night Boat, himnos generacionales como Friends of mine, temas menores enormemente eficaces como Anyone Out There y, claro, toda la carga de imagen (tomada prestada de quien fuera, pero que hicieron suya) del grupo, con un carismático Simon Le Bon al frente, y el cuadro está completo. Su dominio de la época fue breve pero absoluto, su corte de imitadores (A-ha, por ejemplo) muy notable y su influencia (la fusión desvergonzada entre sonoridades rock, funk y sintetizadores) mayor de la que se puede medir. Que años más tarde se les indigestara en discos discutibles como Notorious ya es otra cosa.

domingo, 4 de abril de 2021

Ladytron: 604

Año de publicación: 2001

Valoración: muy recomendable

Preciosa portada y nombre del grupo tomado de una vieja canción de la primera época de Roxy Music. Si el 604 fuera por algún vetusto modelo de sinte analógico (lo he mirado muy precipitadamente, pero creo que no), el disco de debut de esta banda sería como un torrente de referencias irresistible, incluso antes de reproducir un segundo de su contenido. Valientes tuvieron que ser sus componentes para adelantarse a su tiempo, no era tan frecuente en 2002 contar con bandas mixtas, que algunos de sus componentes tuvieran orígenes curiosos (Bulgaria) y que optaran, adelantándose algún tiempo al fugaz revival del electro-clash, por un sonido añejo, furibundamente analógico y con una producción que coquetea con el low-fi, un obvio homenaje a algunos de los primeros referentes que acuden nada más oírlos: Human League de primera época, pop marciano, easy listening, vocalistas femeninas de los primeros sesenta, alguien dijo Kraftwerk pasado por el filtro de Broadcast, o viceversa. 

También es, una pena, el clásico disco de debut que agota a un grupo, que los coloca en el brete de la ruptura o la continuidad, cuestión que no pocos grupos han solventado de forma radical. Pero influyentes: oigo esas canciones saturadas e imperfectas y visualizo a algunos grupos posteriores, a la indietrónica del sello Morr, a la electrónica de dormitorio, a cierta estética en B/N, a unos últimos coletazos del sonido electrónico premeditadamente sin rostro ni figuras visibles. Veo referencias hasta en los The XX que publicarían pasados varios años discos sin aparente enlace sonoro pero con conceptos artísticos similares (intros instrumentales, austeridad sonora).

El armazón sonoro es característico: secuenciadores de ritmo de vieja gama que parecen haber sido obtenidos en tiendas de segunda mano, cajas de ritmo toscas, fondos planeadores, voces de aire desganado, puntual empleo de idiomas de más allá del telón de acero (que les da un cierto tono arty, y añadiré a Blondie, Propaganda o los primeros discos de Depeche Mode como referencias adicionales) mezcla de sonidos que un desparpajo post adolescente cohesiona: se suceden las melodías inmediatas con regusto a hit menor, y aunque el sonido es algo tosco y parece que el grupo pueda tener alguna limitación de repertorio, hay que reconocer que presentarse con la contundencia de canciones como This Is Our Sound, la luminosidad de Playgirl (que parece avanzarse al dream house de los Chromatics) o el espíritu chulesco de He Took Her to a Movie, aquí europeízada por Bertrand Burgalat, o el espíritu new wave de The way that I found you, comprender que eso hacían hace 20 años para presentarse en sociedad no deja otra que atribuirles un enorme mérito.

domingo, 28 de marzo de 2021

Nick Drake: Five leaves left

Año de publicación: 1969

Valoración: imprescindible


Difícil separar este magnífico disco de debut de todo el oleaje de admiración que, posterior a su fallecimiento (Drake, cuya muerte por sobredosis nunca acabó de ser aclarada, es uno de los primeros integrantes del sórdido club de los 26), se produjo de forma paulatina, llegando hasta hoy en que su música es reconocida y reverenciada hasta la saciedad, empaquetada en esa extraña cadena de influyentes e influidos, junto a Tim Hardin, Jeff Buckley o Elliott Smith, todos ellos bajo esa etiqueta de músicos sosegados, otoñales, reflexivos, como si el sacrificio de sus respectivas desapariciones fuera el abono para la calma turbulenta que desprenden sus músicas, como si desde sus respectivas tumbas sonrieran a costa de los tardíos royalties que retribuyen su talento.

Five leaves left, debut de austera portada que sigue recordándome a alguna de las de los primeros discos de Pink Floyd, es un disco de cantautor (guitarra y voz bastarían) enriquecido por la presencia de muchos de los más reputados músicos del sonido Canterbury y, dice que la leyenda que no sin cierta oposición del autor, que prefería un envoltorio más espartano, elevado a la gloria absoluta por la presencia de unos discretos pero precisos, lujosos, deliciosos arreglos de cuerda que lo convierten en clásico de forma instantánea. Y la presencia de otros instrumentos (congas, por ejemplo, en algún momento) convierten el disco y su ámbito sonoro, que eleva canciones que son sencillas, pero que rehuyen la estructura habitual, apenas hay estribillos sino pequeñas codas vocales que se repiten de forma discreta y que dan forma a otra de esas obras unitarias, son 10 canciones como prácticamente marcaban los cánones de la época y las duraciones de las caras de vinilo, en las que el sosiego, quizás ahora es demasiado sencillo definirlo como un sosiego trágico, aflora. Drake usa su voz como un instrumento más, una voz ligeramente nasal, grave, que alarga notas y encaja en su rasgueo de guitarra, que se acomoda sobre las bases y toma un cariz levemente irreal, otro artista (por aquella época Scott Walker también publicaba sus primeras obras maestras y Leonard Cohen iniciaba su carrera) adelantado a su tiempo, capaz de traspasar la epidermis del oyente incluso si no se entienden sus letras, con una música que desprende una melancolía real, nada forzada, de una belleza sonora que aún hoy es abrumadora y sobrecogedora.