domingo, 29 de diciembre de 2019

Serge Gainsbourg: Histoire de Melody Nelson

Año de publicación: 1971
Valoración: imprescindible

Serge Gainsbourg es un mito. No un mito cutre de esos que se arrastran por los canales de TV esperando que la gente les recuerde los viejos tiempos. Aunque ya murió hace bastantes años, dudo que hubiera entrado en esa dinámica. Era más bien una especie de cruce improbable entre Scott Walker y Jacques Brel, el típico artista que sin ser esquivo siempre resulta chocante. De aspecto más bien desastrado, parecía el tipo que huele tenuemente a tabaco y no sabe ponerse un traje sin aflojarse ligeramente la corbata.
De su pasado de crooner incrustado en el movimiento de la chanson queda poco en este disco. Histoire de Melody Nelson es, desde la portada con pose provocativa de Jane Birkin (entonces su pareja, también había estado saliendo con Brigitte Bardot) un disco de tendencia voluptuosa, aire perverso y mensaje un poco incómodo, especialmente si uno desmenuza esa historia que lo recorre (años 70, álbum conceptual) que bordea mitos como Lolita o Pigmalión. Conocer el historial del artista puede influir en esa apreciación.
Pero, ay, esto es un blog sobre música, y la que contiene este disco es, recordemos el año en que este disco se publica, simplemente celestial, gloriosamente ejecutada, producida y grabada, un enorme paso adelante que proyecta la música de autor hacia terrenos insospechados. Ya no había que recurrir al mito del cantante, la guitarra o el piano. Gainsbourg tantea lugares poco comunes. El disco apenas dura media hora y contiene siete canciones: como huyendo del estereotipo radiable, huyen de lo convencional: dos temas de casi ocho minutos abren y cierran el disco, con ritmo idéntico y estructura similar, el que abre el disco dominado por las cuerdas, el que lo cierra por unos coros que suenan casi lúgubres. La guitarra, tenaz en el canal derecho del audio, ejecuta todo tipo de efectos, pura psicodelia con fuzz, riff, feedback. Un enorme placer difícil de describir: Gainsbourg frasea con su voz afectada, supongo, por los Gitanes sin buscar encuadre con la melodía, todo suena enormemente libre, casi improvisado, a medida que las escuchas avanzan podemos solazarnos en ese bajo ligeramente agudo, y, claro, las cuerdas, que tardan en irrumpir y lo hacen de forma tenue, pero que acaban acaparando la apertura del disco. La grabación es gloriosa y parece simplemente mentira que hablemos de casi 50 años. Es un sonido decidido, transparente, que juguetea con melodías en tres breves piezas, menos de dos minutos cada una, Ballade de Melody Nelson delata de dónde Air extrajeron ideas para las canciones más orgánicas de Moon Safari, Valse de Melody nos muestra a un Gainsbourg más cantante, aquí sí acompañando las notas e inflexionando. Las cuerdas aparecen a destajo, también en el canal derecho, pocos artistas habían apostado por esa fusión tan abierta: violines clásicos acompañando a guitarra que amaga hacia la distorsión. En un mundo devorado por el pop anglosajón solo artistas como Nick Drake se habían acercado a esas combinaciones. El resto eran cantautores trasnochados a la búsqueda del alcance de mercados.
Gainsbourg planta este disco, breve, difícil, voluptuoso, perturbador, como si fuera la banda sonora de una película de Godard o la transcripción sonora de una novela de Vian. Contemporáneo a rabiar.

domingo, 22 de diciembre de 2019

Jon Brion


Valoración: imprescindible


Hoy no vamos a presentaros un disco, sino un artista. Uno de esos artistas que pasa desapercibido a las grandes masas, a los charts, a las giras multitudinarias, a las entregas de premios y sus galas correspondientes.
Un artista de cuya obra cuesta destacar algo en concreto, pues ha sido variada, dispersa en discos propios, colaboraciones, producciones, siempre 
Empecemos por las referencias. Jon Brion, nacido en New Jersey en 1963 ha colaborado o tenido que ver con, y seguro que esta lista es una mínima representación de su alcance en su extensa carrera: Kanye West, Paul Thomas Anderson, Michel Gondry, Aimee Mann, Fiona Apple, Elliott Smith...
La lista es ecléctica, sí, e incluye tanto músicos como gente relacionada con el cine. Jon Brion ha compuesto muchas bandas sonoras incluyendo tanto material propio como ajeno. Ha recurrido a la vanguardia tanto como ha coqueteado con el clasicismo. No ha permitido limitación alguna en su creatividad. Sí, su tono de voz, sus melodías, ha optado a menudo por las melodías y armonías de aires melancólicos, pero ha coqueteado con aires pop, rock, jazzies, clásicos, destacándose siempre por suntuosos arreglos o espartanas tomas, pero siempre adecuadas a su capacidad de transmitir. En su banda sonora para Punchdrunk love lo demuestra de forma magistral, su banda sonora para Eternal Sunshine of The Spotless Mind está también plagada de momentos introspectivos, de delicadas melodías de piano y cuerda que sintetizan perfectamente la sensación frágil y levemente surrealista de las imágenes que acompañan. Magnolia combina composiciones prácticamente clásicas con destellos de pop de cámara gracias a la colaboración con Aimee Mann en canciones como la versión de One. Fascinante la fijación de Brion con las combinaciones de cuerdas e instrumentos de viento de madera, siempre con sonidos cálidos e íntimos o su capacidad para ejecutar clásicos instantáneos como Little Person, que parece extraída de una selección de torch-songs de los 50. Brion, desconocido para el gran público, es capaz de mostrarse ligeramente esquivo junto a Elliott Smith o Brad Mehldau como si todos esos hallazgos sonoros acumulados en su obra le fueran ajenos y entregar piezas de genialidad en forma de miniaturas como hace en Elephant Parade. Brion se ha prodigado en algunos momentos en solitario, cantando un pop ligeramente reminiscente de iconografía clásica (Beatles era Sgt, Peppers, Beach Boys), pero la esencia de su obra está en el trabajo de orferbrería contenido en esas bandas sonoras, en los jugueteos melódicos que las atraviesan, en la diversidad y riqueza de sus arreglos, en los ambientes visuales que complementan.

domingo, 15 de diciembre de 2019

VVAA: HELP

Año de publicación:  1995
Valoración: muy recomendable

Última década del siglo o el milenio pasado. Los 90. La industria musical vive una década esplendorosa: la generación que compraba vinilos en los 70 los sustituye ahora por CDs a 20 euros la unidad. Las corrientes musicales se multiplican: aún no nos hemos repuesto de la explosión de la electrónica y ya tenemos, solamente en las islas británicas, brit-pop, drum'n'bass y trip-hop, mientras en el otro lado del Atlántico el rap (cuando dejan de darse tiros entre ellos) también avanza, el r'n'b avanza y el grunge tiene recorrido todavía.
Ah: y no había llegado eso de la piratería.
Casi me olvidaba.
Lógico, entonces, que en un mercado que absorbía lo que le echaran, un público con cash disponible para que te colocaran cualquier cosa (de esto hablaremos algún día aquí) la tentación de los discos con fines benéficos era, sencillamente, demasiado poderosa. Músicos que podían mejorar su imagen, discográficas que podían enriquecer su catálogo, oyentes que se iban a casa satisfechos por la obra realizada y por la posibilidad futura de alardear de esas piezas que completaban el catálogo de sus héroes musicales.
Help fue organizado por War Child, una organización que recaudaba fondos para los huérfanos del conflicto de los Balcanes. Es, desde luego, un portentoso esfuerzo el reunir las figuras que reunieron, prácticamente un Who's who de quien dominaba el cotarro en ese momento, y aunque las aportaciones fueran heterogéneas, tras su loable finalidad esconde magnífica música que no siempre parece un pretexto de salida de alguna versión o un descarte. Aparte del logro de juntar a Oasis y Blur en un mismo disco (eso sí, Oasis abren el disco y la canción de Blur está casi al final), en plena guerra, uh, del brit-pop. Aparte de ellos, obvias elecciones que podían representar un fuerte tirón en las ventas del disco, Help contiene muy buena música: Adnan, posteriormente incluída en Insides, muestra unos Orbital alejados del acid, más reflexivos e incluso haciendo guiños a la IDM de grupos como Black Dog Productions o Plaid. Andrew Weatherall adopta nueva guisa en Message To Crommie, extraordinaria fusión del sonido cósmico de Haunted Dancehall con una especie de pop-dub humeante, como siempre. Los KLF resucitan para rendir tributo a un clásico en The Magnificent, Massive Attack y Portishead contribuyen, estos últimos tan parcos en publicación, aportan incluso una canción inédita con Mourning Air (con sus medias, nueve meses de trabajo), y las contribuciones de las clásicas bandas de la escena de Manchester, como los Stone Roses, quedan completadas con tres deliciosas versiones incluidas en el disco, que lo elevan, casi, a la categoría de clásico imprescindible. Suede aportan personalidad y tensión dramática a la adecuada inclusión de Shipbuilding, los Manic Street Preachers recurren al inagotable cancionero de Burt Bacharach en
Raindrops Keep Falling On My Head, al que le dan la correspondiente capa de dureza post-post-punk, y Terry Hall, ex Specials, se tira a la piscina en plan crooner para la deliciosa versión de la entrañable Dream A Little Dream.
En fin: no muy lejos de aquí la gente se pone trascendente ante el micrófono para entregar nauseabundos discos para maratones televisivas. En Help tenéis excelente música para otra buena causa. Uno, ya que paga, exige.

domingo, 8 de diciembre de 2019

The White Stripes: Elephant

Año de publicación: 2003
Valoración: muy recomendable

Si alguien le planteara a un músico de Detroit la posibilidad de que, décadas tras su publicación, el riff de guitarra de la canción que abre uno de sus últimos discos formaría parte de los cánticos etílicos celebratorios de masas enfervorizadas de hooligans futboleros (quizás de algún otro deporte), digo yo que, como mínimo, arquearía escépticamente la ceja.
Aunque Jack White, con su contundente aspecto a medias entre domador de circo, figurante de Piratas del caribe y admirador irredento del Prince de la era Alphabet City, no pensaría demasiado en ello. Hablamos de un músico casi en estado puro, permeable, claro, a su entorno, pero (vedle aquí de Masterclass con The Edge o el mismísimo Jimmy Page) consciente de que, en algún momento era el mejor guitarrista del planeta, capaz de arrastrar a la gloria canciones parcamente ejecutadas (acompañado solo por Meg White, batería poco dada a las florituras) simplemente con su avasallador dominio técnico de las seis cuerdas, los pedales, el fuzz, el feedback y todas esas cosas.

Elephant es uno de los últimos álbumes del grupo antes de su disolución y obviamente el más popular por la inclusión de Seven Nation Army, pero digamos que es un disco ya en su cumbre indie y con el grupo siendo venerado por un público fiel, que ya ha depurado su estilo y que ha dejado atrás devaneos con esta u otra escena y se ha lanzado hacia el sonido propio, un sonido más ecléctico de lo que sus singles pueden hacer creer, incluso sosegado e introspectivo en momentos (anticipando algunas de las posteriores direcciones de White en solitario), pero siempre gobernado por un sentido de la austeridad (no hay apenas teclados, no hay sobreproducción), compensado por una decidida voluntad de hacer todo el ruido posible con los recursos a su alcance. Así que White ocupa los rangos vocales propios de su extraña voz, solamente ayudada por algo de eco, pero sin miedo de sonar hiriente, casi saturado, a veces atenuarse en exceso o ceder protagonismo a Meg en In the Cold, Cold Night, pero firme y decidido en su propósito de esparcer sus habilidades musicales. Ahora es un agresivo número corto que parece un descarte (por rugiente) número de los Strokes en Hypnotize, ahora siete minutos de blues-rock pegajoso y casi narcótico en la impresionante Ball and Biscuit, decantándose entre dos Jimmies, Page y Hendrix. Todo ello pulido con una producción llena de aristas y suciedad, como corresponde al grupo, pura metralla al grito del play it loud para testear amplificadores y paciencia de vecinos. Permeables a lo nuevo, Michel Gondry les fabricaría un video con aspecto artesano para Hardest button to button, otro de esos riffs que no abandonan el cerebro del oyente por semanas, otra demostración de que la batería no requiere florituras: caja al suelo y explosión de charles en el estribillo.
Para qué más.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Weyes Blood: Titanic rising

Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable

Curioso recordar lo que andaba comentando hace unas semanas sobre el disco de la Electric Light Orchestra y el momento en que éste se publicó. Por las circunstancias que sea, es obvio que (exceptuando grandes movimientos que llevan décadas desarrollándose) la situación de la música hoy es muy diferente, aunque sea producto de factores fuera del alcance de la industria. No hay corrientes dominantes ni modas arrasadoras que eclipsan y anulan a las demás. La gente crea música (muchos lo creen así), la gente escucha música sin que existan, en muchos casos, transacciones, podría afirmarse que no existe un escenario de incompatibilidad, no hay una sensación de que una corriente perniciosa sofoca y coarta a una corriente antagonista. 
Cosa que explica que uno se sienta libre para valorar los discos sin la necesidad de empaquetarlos ni la urgencia de mostrar coherencia a rajatabla.
Y un disco como Titanic Rising hubiera sido de muy mal juicio hace un par de décadas. Pop suntuoso, exuberante en su instrumentación, pulido en lo sonoro con una brillantez que no deja indiferente, impecablemente interpretado en lo vocal. Nada más lejos de lo espartano o el improvisado espíritu DIY. Weyes Blood, alter ego de la estadounidense Natalie Mering se ocupa de amontonar influencias a veces dispares, incluso alguna de ellas distante de los escenarios que esta música parece evocar, con su fuerte componente visual. Así que su voz puede recordarnos (obviamente habla de Court and spark como uno de sus discos favoritos) a la grave elegancia de Joni Mitchell, pasada por tamices algo menos añejos (Aimee Mann o Fiona Apple, ambas tocadas por la magia de la factoría de Jon Brion) o incluso directamente diferentes, cuando los dos instrumentales y las largas intros de colchón sintético no desentonarían en los discos ambient de Brian Eno, y a la vez cierta solemnidad refiere a la época dorada de kd lang.
Como todo disco con hechuras de clásico, la apertura es brillante; A Lot's Gonna Change resulta difícil de explicar con su perfección, sus deliciosos vocales, ligeramente ensoñadores, esa melodía conducida por la voz y apoyada por las cuerdas, una sensación de crescendo y de plenitud, de asistir a una demostración de música en su totalidad, despojada de otra cosa que no sea el compromiso sincero (apenas 37.000 visitas en Youtube: alucinante). Andromeda no desmerece, con sus aires dreamies y su guitarra slide, como si fuera compatible un cierto aire country dedicando una canción a una galaxia. Everyday resulta una pequeña ruptura, amagando a un mid tempo y con un video de aires frívolos y un incómodo toque mansoniano o hasta lynchiano elevado por esos coros levemente lisérgicos. Y el disco mantiene ese tono que combina sensación de irrealidad y confort con un sonido primorosamente concebido y ejecutado. El listón alto, y a estas alturas parece definirse que el disco del año será disputado por tres solistas femeninas con registros bastante diferenciados. Deliciosa casualidad.