domingo, 10 de octubre de 2021

The Meters: Look-Ka Py Py

Año de publicación: 1970

Valoración: bastante recomendable

A veces uno tiene que fijarse en lo que rodea a un disco para pronunciarse sobre él, especialmente al tiempo y contexto de su publicación. En el caso de The Meters la cuestión se resumiría en tres datos: 1970, New Orleans, los Neville.

Eso hace un disco como Look-Ka Py Py una experiencia extraña. Cuatro músicos de color abordando instrumentales de funk con la más absoluta desinhibición. Y lo de funk quizás no sea del todo cierto. Porque en muchos casos la adscripción al género podría quedar en entredicho. De hecho, algunos tracks estarían más cerca de Eumir Deodato que de George Clinton. Pero la fecha: esa época en que el pop o el rock instrumental parecía estar en extrañas bandas pre-psicodélicas como los Shadows, con más pinta de músicos de estudio entregados a las pruebas que de otra cosa. Pero The Meters grabaron este disco según cánones precarios. Producción espartana pero limpia  y uso radical y salvaje del estéreo. Sección rítmica casi siempre a la derecha: órgano y batería casi siempre a la izquierda. Canales que no ensucian al otro en lo más mínimo: escuchar el disco con auriculares y probar la audición por un solo lado desnuda las canciones de forma absoluta y seguramente simplifica su masiva incorporación, décadas después, para todo tipo de bases de los estilos por venir: funk, hip-hop, trip-hop. Ahí empieza a valorarse esas canciones, apenas retazos de ritmos entusiastas y melodías indefinidas, eso, señores, es el funk primigenio, por su capacidad evocadora y directa al estómago. Tampoco hay que olvidar al jazz o al be bop como percutores. 

Y así es como The Meters se convierte en una banda de culto y en una referencia importante, al margen de que esa música suena hoy añeja y casi ingenua, desde su pura falta de pretensiones (la portada parece un estereotipo) hasta su propio planteamiento: canciones de apenas tres minutos con títulos que parecen otorgados con efectos puramente diferenciadores. Rindámosles el respeto que merecen, por ser unos auténticos pioneros.

domingo, 3 de octubre de 2021

Nala Sinephro: Space 1.8


Año de publicación: 2021

Valoración: muy recomendable

Es belga, toca el arpa (aparte de otros instrumentos), lo cual vais a reconocerme ya genera una fuerte imagen, tiene 22 años y su disco de debut lo publica Warp, uno de esos sellos emblemáticos a más no poder que ha sabido dejar atrás el estigma de pertenencia a un género concreto (lo electrónico) para ubicarse en uno más amplio (lo vanguardista).

Aunque vanguardista no sería exactamente el término que definiría este disco. Seré más prosaico: esto es jodido jazz casi clásico. Con piano, saxo tomado a milímetros del micrófono (casi oímos el chasquido de los labios del solista sobre la boquilla del instrumento), arpa, claro, y tratamientos de sonido de textura electrónica, que esto es Warp, estamos en 2021 y existen los sintetizadores modulares. Y aunque mi expresión pueda parecer contener sorna, pues no. Space 1.8, y no negaré que la condición de ser editado por Warp, y no por algún minoritario sello especializado en el género, es un fascinante camino, ocho temas numerados que en el caso del último (ejem, Space 8) llegan a los 18 minutos de cosmic-jazz que elude escrupulosamente el muzak y se crea y se recrea en influencias tan obvias como inapelablemente respetables. Por supuesto, la esencia de Miles Davis (aunque aquí no hay trompetas), Stan Getz, Sun Ra, que se combina sin ninguna clase de efecto discordante con Aphex Twin, Boards of Canada o los conceptuales Oval. Hay sonido orgánico, sensación de libertad total en lo compositivo y en lo técnico, hay texturas e incluso meros apuntes que cualquiera podrá desarrollar en más minutaje, y hay una fuerza expresiva muy notable. Es justo esa clase de música que parece que vas a poder usar de música de fondo (atentos a las infinitas posibilidades de estos temas como fondo de imágenes) mientras lees, pero que de repente te das cuenta de que está capturando tu atención, interponiéndose en tus percepciones. 

No negaré que seguramente el universo del género esté procurando otros discos de este nivel en los que simplemente no nos hemos fijado (por ser éste un universo algo cerrado en sí mismo y dando la espalda a los canales convencionales) pero Nala Sinephro ha publicado una magnífica pieza de música tan contemporánea como atemporal que va a estar entre lo mejor del año.

domingo, 26 de septiembre de 2021

Barry Adamson: Soul Murder


Año de publicación: 1992

Valoración: muy recomendable

Barry Adamson es de esos músicos prácticamente desconocidos para el gran público cuya trayectoria hay que explicar citando nombres y entonces es cuando las referencias se convierten en inmejorables. Antes de iniciar su carrera en solitario, Adamson fue bajista para los Buzzcocks, Magazine, Visage y los Bad Seeds de Nick Cave. Ahí es nada el ramillete de bandas a las que perteneció. Un músico siempre en la sombra, que cuando abordó su carrera en solitario reveló las influencias en su estilo y sorprendió a más de uno. Donde cualquiera hubiera desgranado obviedades, Adamson muestra a Barry, Lalo Schiffrin o Bernard Herrmann. Nada de tópicos funkoides. La herencia recibida se recicla y muestra en su esplendor en su obra, que fue calificada en muchas ocasiones con adjetivos como humeante, cinemática, poderosa en lo visual.

Soul murder, su tercer disco, es una inmejorable muestra de ello. Lejos de circunscribirse en su estilo, este falso score que incluye piezas que parecen diálogos de películas (que predice un James Bond de color décadas antes de Idris Elba) acumula toda serie de inspiradas piezas instrumentales que no desmerecerían si fueran acompañadas de soporte visual a medida. Por eso el disco es una especie de recorrido húmedo y misterioso que decanta hacia el jazz noir pasado por tamices de dub, de electrónica, de minimalismo pero también de grandilocuencia. Y cuesta imaginar otros músicos tan despreocupados de ofrecer al oyente algo diferente a lo que su currículum haría prever, y en ello Adamson se apunta triunfo tras triunfo pues es capaz tanto de apelar a sonidos empapados de melancolía como alegres tonadas que suenan a existencialismo, pero la variedad del disco es notable e incluso se permite homenajear a John Barry y el tema de 007, cuestión que muestra ambición y desinhibición a partes iguales. 

domingo, 19 de septiembre de 2021

VVaa:Natural Born Killers, OST


Año de publicación: 1994

Valoración: muy recomendable

Aunque Nine Inch Nails me parecen insoportables, he desarrollado cierto respeto por el criterio de Trent Reznor. La banda sonora de Natural Born Killers, exceso cinematográfico tan fascinante como irregular de Oliver Stone, viene a confirmar, como uno de sus primeros trabajos al margen de la carrera del grupo, que su criterio como selector era diferente y que se regía por un abanico de eclecticismo muy notable.

Porque la secuencia sonora toma vuelo incluso al margen de que pueda ser un complemento para las imágenes de la película, y se constituye en una experiencia sonora por sí misma, lejos del pastiche en que podría convertirse, la inclusión de breves diálogos y el enorme rango sonoro le dan un espíritu de mixtape seminal, prácticamente de presentación de material, y aunque también presente algún altibajo, siempre nos referiremos a la película para explicar que ciertas escenas solo son concebibles con cierto aderezo sonoro. Ahí Reznor siempre acierta. Envuelve el score entre dos canciones aparentemente solemnes de Leonard Cohen: Waiting for a miracle como entrada, una isla de calma y contención, The Future como final, un tema algo más dinámico que parece advertir al espectador de aquello que ha vivido. Una especie de alegato violento y alocado. En medio, Reznor mete de todo, sin tapujos ni el mínimo sentido de la contención. Hay folk y country clásicos a más no poder, que incorporan a Bob Dylan y Patsy Cline, hay apelaciones a la escena de New York con Patti Smith y los Cowboy Junkies versionando de forma fascinante a Lou Reed. Las L7 aportan contundencia grunge.
Pero también hay extraños temas de artistas casi desconocidos (fascinante A.O.S. en History repeats itself ) y aportaciones ya fuera de todo lo previsto: Peter Gabriel, Barry Adamson - que aquí aporta su música a una película tras pasar media vida aportando música a películas inexistentes - y hay incluso rap en un momento en que esta música aún no estaba asimilada fuera del entorno exclusivamente racial, que aporta caos a las escenas de mayor pandemónium. Una selección que puede ser chocante e incluso algo agresiva pero que representa perfectamente la esencia de las imágenes a que da soporte.



domingo, 12 de septiembre de 2021

Chromatics: Kill for love


Año de publicación: 2012

Valoración: muy recomendable alto 

Otra banda que se ha disuelto recientemente: tampoco voy a interesarme por los detalles. Me conformaría con que Johnny Jewel, que aún sin ser el fundador había tomado las riendas en el sonido del grupo (combinándolo con sus montones de alter egos artísticos y su prolífica carrera contribuyendo a bandas sonoras como la de Drive y su gestión al mando del emblemático sello Italians do it better) siguiera mostrando su inquietud a cada paso.

Aunque la guitarra (curioso, misma pose y gama cromática que la de Useless de MBV) pueda llevar algo a engaño. Kill for love es un extenso trabajo (más de 90 minutos en su versión más habitual) que parece dispararse en varias direcciones. Plagado de influencias, lógico si hablamos de más de quince canciones, aquí podríamos encontrar desde obviedades de lo más clásico: Kraftwerk, el italo-disco, New Order, Blondie, la eterna banda sonora de Vangelis para Blade Runner,  hasta algunas no tan visibles. Mazzy Star, la Velvet Underground, o los mismos MBV en los tratamientos vocales, también Daft Punk, Goldfrapp en las estructuras rítmicas, The XX en la premeditada aridez instrumental, Aphex Twin en la falta de miedo a incorporar lo redundante. Y una que sobresale: la de Low de David Bowie al ser un disco claramente dividido en dos secciones.

Un inicio que desorienta al más pensado: Into the blue, versión de Neil Young que se abre con guitarra en trémolo y voz íntima, aunque a medida que avanza se emborracha de teclados. Rápida irrupción en forma de media docena de canciones que son pura onda dream-pop y en las que los teclados empiezan a acaparar protagonismo. La guitarra queda avasallada por el secuenciador que acapara Lady y apenas se han despejado en ese momento las esencias pop: voz dulce, melodías pegajosas, susurros, todo desprende un aire a luz de neón que, aunque atractivo, no es aún distintivo. El vuelo empieza a partir de ahí: la influencia de la música ambiental gana terreno y temas (ya no les llamaré canciones) como Broken Mirrors, The Eleventh Hour, Running From The Sun (esta última parece house de Detroit ralentizado) dominan el sonido del disco. Nadie esperaba que acabara así, y seguramente el 90 % de los oyentes no llegarían a esa parte de la obra de no ser por la paciencia o las búsquedas aleatorias. Aunque esa parte del disco aún contiene algunas partes vocales (la deliciosa Sally no desentonaría en Berlin  de Lou Reed) la sensación de flotación  constante, casi narcótica, es irrepetible. Incluso debió serlo para la propia banda. Solo un intento más, pasada más de una década, y la disolución.

domingo, 5 de septiembre de 2021

Martin Stephenson and the Daintees: Boat to Bolivia

Año de publicación: 1986

Valoración: muy recomendable

 La segunda mitad de los años 80 es, musicalmente, un desastre. Si repasáis esas megalistas sobre los mejores discos publicados en 1985, 1986 o 1987 apenas hay discos de artistas nuevos. Solamente discos de artistas que habían iniciado antes sus carreras, como Depeche Mode, New Order o The Smiths. La new wave quedaba atrás, las explosiones techno y hip hop aún estaban en el horno. Un disco de una mediocridad absoluta (lo siento, Marc) como The Joshua Tree era ensalzado por las ventas y la necesidad del público de agarrarse a algo que sonara a trascendente. No había ninguna nueva escena emergente, y la abulia reinaba hasta magnificar el surgimiento constante de one hit wonders como Tanita Tikaram, Tracy Chapman o Johhny Hates Hazz (madre mía ese nombre). 

Martin Stephenson and The Daintees fue un grupo de Newcastle con aspecto de personajes de Steinbeck o Faulkner. Bien lejos del glamour, y con una obvia influencia del folk americano, publicaron, en medio del erial presente y a través de Kitchenware, sello que había publicado los primeros discos de Prefab Sprout. un disco, este Boat to Bolivia, que aún suena sincero y brillante, aún cuando esas sonoridades han quedado desfasadas y a merced de las algo repetitivas figuras del folk alternativo como Conor Oberst o Mark Lanegan. Pero es precisamente su falta de pretensiones lo que hace atractiva esa mezcla de soul, folk, incluso tonos jazz o reggae, amparada por buenas composiciones y la voz eficaz de Stephenson, a la vez dulce y decidida, desprendiendo un tono confidente y puntualmente arrancándose en números ligeramente festivos.

Pero el tono es otoñal: abrir un álbum metido en pura introspección (con pulida producción que ha aguantado perfectamente más de tres décadas) con una canción delicada como Crocodile Cryer para seguir (parecen los Style Council de Café Bleu) probando con arreglos jazzísticos en Coleen, incluyendo nítido solo de guitarra de aires manouche y transitar sin vergüenza alguna hacia números dinámicos de - nunca mejor dicho - taberna como Little red bottle o Look Down nos muestra un grupo (o un músico) desinhibido y consciente de su imposibilidad de apelar a las grandes cifras o ventas. Pero el disco cumple a la perfección mostrando sus capacidades. Piece of the Cake no desentonaría en la discografía de Prefab Sprout y canciones como Rain les muestra capaces de la solemnidad introspectiva sin provocar grima. Añadid el reggae de la canción que le da título y nos encontramos con un disco, aunque el paso del tiempo lo haya sepultado bajo grava y piedrecillas, mucho más que notable. No podía pedirse mucho más por aquel entonces.

domingo, 29 de agosto de 2021

The Last Shadow Puppets: The Age of the Understatement


Año de publicación:
2008

Valoración: muy recomendable

Casi una década antes de su Tranquility Base, Hotel and Casino, parece que la inquietud sonora de Alex Turner, carismático líder de Arctic Monkeys ya mostraba contundentes intenciones de salir a la luz. No creo que por hastío del sonido demoledor de la banda, eterno eslabón de engarce entre el espíritu indie y la repercusión mainstream, sino más bien por esa extraña máxima por la que (salvo por renuncias peterpanescas) las bandas tienden a suavizar su sonido conforme las carreras avanzan. Llamémosle aburguesamiento o agotamiento físico de la rabia adolescente. El caso es que Turner se alía con Miles Kane, de la banda The Rascals (habré de escucharlos un día) y crean esta especie de aventura paralela de estética que coquetea con lo mod y de sonido que abarca algunos territorios que parecían, a priori, intocables por una banda basada en las guitarras. E irrumpen las cuerdas, las guitarras con trémolo, los medios tiempos, y todo un despliegue de influencias que son identificables en las sucesivas escuchas. Las estéticas, las descritas y el pop art que proclama la portada ultra-cool.

 Las musicales incluirían algunos puntos de partida de los propios grupos de origen, pero los matices irrumpen: está claro que las producciones ampulosas desde el primer momento (The Age Of The Understatement, la canción) los cuatro primeros discos de Scott Walker relucen por doquier, quizás con las partes vocales no tan destacadas (Turner tiene otros registros y no pretende ir de crooner), cierta oleada de grupos minoritarios o no tanto, siempre en la escena británica, como World of Twist o The Divine Comedy, incluso influencias más lejanas como los Kinks o los Zombies, combinando bosquejos de agresividad pero rápida vuelta al redil: My Mistakes Were Made For You, no cabe más John Barry aquí, no desentonaría ni en la banda sonora de una película de James Bond ni en una de Austin Powers. Cuerdas, letras bastante trabajadas al margen de los estereotipos del pop de consumo (angustia, relaciones personales, problemas generacionales) y una obvia intención de hacer prevalecer melodía y armonía sobre energía iridiscente. Turner frasea si aparente esfuerzo y le propina un bofetón a los críticos de sus aptitudes vocales. Los arreglos son precisos y elegantes, y ambos músicos parecen huir del estereotipo del veinteañero oculto tras un generoso flequillo, elevando el disco a una especie de tratado de pop espídico de guerra fría, con curiosas e impropias deudas que refieren tanto a los artesanos del art-punk como los Buzzcocks como a invitados inesperados como algunos de los primeros trabajos de Marc Almond, visibles por ejemplo en  standing next to me. Con enormes aciertos conceptuales, que obviamente germinarían en el futuro, pero con una querencia por el detalle sonoro en formato corto (canciones de tres minutos que saben cómo empezar y acabar) que me parece enormemente acertada.Calm Like You, apenas dos minutos y medio de gloria y creatividad o The Chamber, elegancia british que apela al tópico: música de ambicioso pasado e impropia madurez.