domingo, 28 de abril de 2019

Talking Heads: Remain in Light

Año de publicación: 1980
Valoración: imprescindible

Dice la historia, y no voy a contradecirla, que el germen de Remain in light ya está en I zimbra, nervioso inicio del álbum anterior del grupo, con sus convulsiones y su lenguaje inventado pretendidamente africanoide, y en el experimento que Brian Eno, productor de la banda y David Byrne, líder, habían organizado en ese protodisco de la World Music llamado Life in the bush of ghosts.
Benditos sean esos orígenes, en cualquier caso, si hacen que este disco sea la joya incontestable que resulta ser, un auténtico patadón hacia adelante en el ámbito de la música, sea popular, contemporánea, rock, experimental, y una referencia de la que beben tantos y tantos artistas, porque a ver quién va a negar la influencia de estos sonidos en Franz Ferdinand, en Vampire Weekend, en The Knife, en LCD Soundsystem,  en tantos de esos grupos que han experimentando blanqueando el funk, poniendo algo de influencia tribal, usando coros en tonos casi paganamente ceremoniales.
Poco importa que luego David Byrne se nos despistara un poco y se pasara de frenada en lo de visitar el mundo a la búsqueda de gemas escondidas (y en medio de todo ello se cargara a la banda en uno de esos finales sin final del cual me gustaría conocer los detalles).
Y este es el disco definitivo de la banda que tomaría un camino más exitoso, más comercial quizás, a partir de ahí, como una inflexión a la que repercusión y presión industrial obligarían, o el enorme impacto de Stop making sense, documental y directo descollantes, vuelta de tuerca en algo que pareció virar, y la MTV tendría que ver lo suyo, en una especie de autoparodia.
Por eso la virtud principal de Remain in light es su pureza conceptual. Excepto la celebérrima Once in a lifetime, todas las canciones del disco se elevaron a la categoría de clásico exclusivamente por sus virtudes innovadoras. desde el bajo neumático de Born Under Punches (The Heat Goes On) hasta la alegoría mística  con regusto ecologista Listening Wind, el reverso de la acelerada Cities de Fear of music,  el álbum es un portentoso y cohesionado catálogo que, cuatro décadas más tarde, aún resulta arriesgado, osado, como si entonces la banda hubiera decidido enterrar definitivamente el concepto de new-wave, el concepto de art-rock. como si abandonara simbólicamente la estética de camisa de cuadros y se decidiera por cualquier otra cosa, quizás las enormes chaquetas que Byrne lucía en los conciertos, quizás la guayabera que a más de uno se le indigestó.
Claro que en esta aventura las colaboraciones pesaron lo suyo: la banda se apoyó en la producción de Brian Eno (quizás algún día haya justicia para el papel de Brian Eno en la música de las últimas décadas), y, debido a la densidad sonora de la música concebida, se optó por la incorporación de reputados colaboradores como Adrian Belew (King Crimson ) o el trompetista Jon Hassell.
El resultado luce: una música compleja, hipnótica, con una pulsación a la vez atractiva e incómoda, una sensación que muchos músicos han intentado recrear desde entonces. Este es el original.

domingo, 21 de abril de 2019

Marvin Gaye: What's Going On


Año de publicación: 1971
Valoración: casi imprescindible

¿Pero ibas a solventar este "icono" con un roñoso "muy recomendable"?

Pues me la iba a jugar. Este es un disco magnífico, sí, un poco rácano en duración (no llega a los 35 minutos, pero estamos en 1971, no hacía rellenar una rodaja de plástico con cualquier cosa que sonara), pero al final, quizás un disco más importante en cuanto a su mensaje social que en lo que es estrictamente musical o sonoro. Y no me importaría iniciar un debate sobre lo que es sustancial en la música si pasamos a defender las canciones o incluso si pretendemos considerarlas literatura. Ya hay por ahí algún otro blog que se dedica a eso y, ya que me da por firmar las reseñas, aceptaré que no soy precisamente un entusiasta de Bob Dylan y en su faceta estrictamente musical (con alguna excepción honrosa como la soberbia Hurricane) , nunca me ha parecido un artista ni interesante ni innovador.
Esto iba al hilo de que se suele considerar What's going on como un hito de la música soul ya que es el primer álbum masivo de este estilo que abandona el trillado camino de las letras con referencias a las relaciones personales y expone una problemática social y política, aprovechando la coyuntura para hablar de ecología, de la guerra de Vietnam, de las injusticias sociales. Gaye, orgulloso desde esa portada con mirada firme y decidida, serena también, como si fuera un músico que fuera a apuntarse a las black panthers, contaba con la experiencia de su hermano, tres años en Vietnam, y ya era un músico reputado y poderoso publicando para la Tamla Motown de Berry Gordy, con cuya hermana Anna había estado casado. Tenía serios problemas con la cocaína, ya entonces. Problemas no ajenos al episodio en el que en 1984, su propio padre, un predicador, le mató a disparos, haciendo que se integrara en la nutrida lista de estrellas de color fallecidas en circunstancias turbias o no demasiado naturales, acompañando en consecuencia a Jimi Hendrix, Sam Cooke, Otis Redding, Tupac Shakur, Michael Jackson o Prince.
La música. El disco parece concebido como una suite donde, especialmente los cinco temas de la primera cara comparten prácticamente un ritmo constante, un mid tempo y decidido marcado por percusión y un bajo portentoso, con algo que parecía más un suave funk prominente que el clásico soul caracterizado por la bipolaridad sonora (el que combinaba destellos rítmicos y baladas lacrimógenas), aderezado, ahí sí que hay que quitarse el sombrero, por unas cuerdas y unos coros que deberían, si hubiera justicia en este mundo, haber cobrado royalties de toda la generación lounge habida y por haber. La combinación de esos factores procura un colchón para las reivindicaciones de Gaye, y las seis canciones de la primera cara conjugan, con sus elegantes parones y aceleraciones, lo que parece constituirse en una especie de suite que arranca con dos preguntas (qué está pasando, qué sucede, hermano ) y se lanza a un fascinante viaje que habla de salvar a los niños, de espiritualidad, de ecología, en el que nos adentramos desde el momento en que un saxo salvaje se abre paso entre el rumor de la multitud, un glorioso inicio que algún estúpido ejecutivo se ha permitido cercenar en ediciones posteriores de homenaje al disco. Esas seis canciones, con sus ambiciosos arreglos, las respuestas de los coros, que amagan una agresividad algo contenida, convierten esa primera cara en un emblema, en una reivindicación de que el soul no se contentaba con restringirse a la recreación del dolor, del acatamiento de la represión: esta es música que levanta la voz y alza el puño.
Obviamente, y ello pesa en la valoración del disco, la cara B se resiente del poderoso influjo de la suite inicial, y solo cuando ese ritmo amaga con reaparecer, en Inner City Blues Make Me Wanna Holler, parecemos recuperar algo del espíritu de innovación sonora del disco.

domingo, 14 de abril de 2019

Billie Eilish: When We All Fall Sleep, Where Do We Go?

Año de publicación: 2019
Valoración: muy recomendable, pero posiblemente imprescindible

Billie Eilish tiene, a fecha de redactar esta reseña, 17 años. Y este es su primer disco grande, pero lleva ya tres años (echemos la resta: 14) colocando sus canciones en todos esos canales alternativos que tanto nos desorientan a los que aún pensamos que la música está en las tiendas, sobre todo. Pero no temáis: ni ha salido de la factoría Disney ni ha empezado su carrera haciendo canciones irritantes de diva precoz. O sea, opino que hay que tomarla muy en serio. Y en este disco de largo y extraño título e inquietante portada muestra sus influencias y casi humilla a algunas de ellas. E influencias, manifiestas, voluntarias o no, las hay a patadas, tan a patadas que su mezcolanza consigue erigirse en algo propio, original, quizás decir único sea ya exagerar.
When We All Fall Sleep, Where Do We Go? toma su título de una de las estrofas de uno de sus singles, la inquietante bury a friend. He dicho singles porque es, en el momento en que escribo esta reseña, una de las canciones que cuenta con un soporte visual, no siempre agradable (Chris Cunningham sería otra influencia), pero otro punto fuerte de todo el despliegue promocional que Eilish ha creado o conseguido u orquestado. Que no tiene que hacernos olvidar lo real. este disco es descomunal, inmediato, y, ya iba tocando decirlo, simplemente impropio de un artista de su edad, aunque haya contado con la ayuda de un hermano mayor de, toma viejales, 21 años, en las labores de producción y diseño de un sonido que cuenta con infinidad de detalles que lo convierten en atractivo al instante, a poco que uno tenga el mínimo interés en ciertas sonoridades. Un disco variado en sus texturas y un auténtico despliegue sonoro que revela que este par de mocosos han digerido muy buenas influencias, sean propias o del arsenal paterno (hijos de artistas, ya se sabe) y que el producto de su digestión resulta excelso. ilomilo, por ejemplo, un teórico tema menor (o sea, no tiene video) condensa, en sus escasos tres minutos, ecos de Depeche Mode (era A Broken Frame), Kraftwerk, un retorno reminiscente de Blur  y un sonido cercano  a Jamie XX. Y es fascinante. Y xanny, segunda canción, resulta ser una torch-song con bajo y vocales super-saturados y aromas de blues y jazz, que alude a Billie Holiday, a Bjork, a Erikah Badu. Eilish canta con un bagaje técnico y emocional descomunal, las letras suenan tan vividas y tan sinceras, tan crudas que uno no se quita de la cabeza la edad, 17, y Eilish puede parecer un hype, pero en cuatro canciones se ha pulido a todas esas divas entronizadas en los últimos años: Lorde, Lady Gaga, Lana del Rey (obvia influencia primeriza y curiosa coincidencia con las canciones que se hacen más prescindibles a la larga) Grimes, Rosalía, se las ha merendado a base de desparpajo y cierta clase indefinible, claro, pero se las ha merendado gracias a su talento y a un material que, de tener continuidad, de conseguir que la previsible sobreexposición lo salvaguarde y permita una maduración alejada de distorsiones, podríamos estar presenciando el auge de una auténtica estrella, capaz de todo; de empezar un disco con deep house, bad guy, a lo Disclosure y, catorce canciones después (sin ninguna que no muestre detalles, hasta el aire pop de anuncio de yogur de all the good girls go to hell - que además suena a los Arctic Monkeys del último disco o el regusto folk de 8), acabarlo con una especie de trilogía emocional que se inicia con otra maravilla, listen before i go, recreando un ambiente tenuemente cósmico (aquí hay aires de Goldfrapp o de Frank Ocean.). Y lo curioso es que para este colosal logro ni ha tenido que recurrir a la fiebre de las colaboraciones ni al recurrido pero cansino truco (aunque reconoce una gran admiración por Tyler The Creator) de sentirse tentada a rapear.
Lo dicho: un auténtico viaje de apenas 45 minutos, lección magistral bien aprendida de una artista (que ya había publicado abundante material, puede que algo inmaduro, pero siempre meticuloso), valiente, innovadora en los arreglos (esos bajos, esos detalles percusivos, esos fascinantes juegos de voces dobladas, esa administración de los silencios, esa enorme variedad de sonidos, este es un disco melancólico, con letras duras de asimilar cantadas en esa edad, no triste ni forzado, así que ni caso a quien lo defina como pop lúgubre) pero ahora concentrado en largo formato, música altamente atractiva que genera una urgencia de escucharla de nuevo, una sensación de irresistible magnetismo que particularmente me confunde y me aturde. Uno se pone este disco, la audición con auriculares es una experiencia mu aconsejable, y aconsejo ser generoso con el volumen, y piensa que no puede haber nada mejor, que esto es  nuevo y refrescante y suena de maravilla y el pack es perfecto. Estas canciones se cuecen en el estómago - esos putos graves - se incrustan en la memoria y cuesta quitarse de encima la tentación de volver a escucharlas, y apenas he mencionado unas cuantas: todo el disco es así y si hubiera de juzgar el disco por la docena larga de escuchas iniciales, este sería un disco imprescindible.
Pero aún es pronto para decirlo. De momento, para que haya un mejor disco en 2019, creo que solo Frank Ocean o Vampire Weekend puedan tener algo que quede a su altura. El listón ha quedado muy alto.

domingo, 7 de abril de 2019

La Casa Azul: La gran esfera

Año de publicación: 2019
Valoración: Muy recomendable

Ocho años han pasado desde la publicación de "La polinesia meridional" y veinte desde aquel mini-LP de carátula naif titulado "El sonido efervescente de La Casa Azul". Es hora de dejar definitivamente atrás etiquetas peyorativas como "tontipop" y similares. Ya no hay Tang de naranja ni colajet de limón, en lugar de un "hola" por primera vez hay un "adiós"  tal vez definitivo y el hedonismo post-adolescente ha dado paso a crisis de pareja, problemas de salud y "saltos a la fama", Eurovisión y OT mediante. Nada es lo mismo y ni siquiera las ganas de saltar y bailar gracias a temas que deberían "petarlo" en cualquier pista de baile logran ocultar que "va a costar hacer ver que no hay dolor, que todo sigue igual, esconder los desperfectos y disimular".

Eso es lo que más llama la atención de este "La gran esfera": el contraste entre música y letras, su carácter casi bipolar. Letras y música transitan por caminos diferentes. Títulos como "El final del amor eterno", "Ataraxia" "El colapso gravitacional" o "Nunca nadie pudo volar" indican por dónde irán los tiros: monotonía, crisis de pareja, ganas de vivir otra vida, etc.
Tú y yo, ¿recuerdas cómo rodábamos por las laderas?
Tú y yo, ¡cómo volábamos libres por la estratosfera!
Tú y yo, Y ni siquiera intuíamos la posibilidad
de que aquella luz, aquella claridad
fuera efímera y pasajera
Por el contrario, la música de "La gran esfera" quizá sea la más directa, alegre y bailable de toda la discografía de Guille Milkyway, como si fuese casi la única manera de enfrentarse y superar la adversidad. La música "mineralizada y ultravitaminada" como antídoto contra la cotidianeidad, en sentido negativo, de las letras. 

Por cada entero de alegría y color,
semanas y semanas de letargo feroz

Decía al comienzo de la reseña que ya nada es lo mismo. Musicalmente tampoco. Es cierto que el cambio ha sido progresivo, pero las canciones de La Casa Azul son cada vez menos pop (no en espíritu, ojo) y más electrónicas y abigarradas, aunque sin perder nunca esas influencias "setenteras" o de la música soul que siempre han caracterizado a La Casa Azul.  Pese a todo (o precisamente por todo) lo anterior, practicamente las diez canciones de "La gran esfera" son potenciales singles y temas como "Nunca nadie pudo volar" o "Hasta perder el control" deberían reventar cualquier fiesta que se precie.

En resumen, aunque hayamos tenido que estar ocho años contentádonos con adelantos varios y demás, creo que la espera ha merecido la pena. No sé si este es el mejor disco de La Casa Azul (si no lo es, se le acerca mucho), pero sí que es el disco de madurez de un músico muy personal.

domingo, 31 de marzo de 2019

Queen: A Night At The Opera

Año de publicación: 1975
Valoración: inevitable

Dudaba cómo abordar el tono de esta reseña. No solamente por la cuestión de la valoración del disco, uno de esos clásicos desde la portada (quizás no tantos sepan que este disco "combinaba" con otro LP, A day at the races). También porque era imposible eludir la cuestión principal: A Night At The Opera incluye Bohemian Rhapsody (casi hacia el final del disco), que, a la postre, es universalmente aceptada como la canción definitoria de la banda que mucha gente (y muy exagerada) define como la mayor banda de rock de todos los tiempos. Me ahorro las mayúsculas ante cierta afirmación, como mínimo argumentable. Quizás la que más vendió, la más transversal, la más popular. Y no olvidemos el enorme rédito que supone, sacad las bolsas de pedruscos para lapidarme, el fallecimiento de Mercury, nada garantiza más el elevamiento al Olimpo que la muerte de una celebridad. Vayamos a saber qué publicarían hoy (Queen, o Nirvana, o los Beatles) y cuanto lamentaríamos su inexorable declive creativo. Pero la carrera quedó allí, con sus discos irregulares encumbrados a la categoría de mitos, con una carrera en solitario (la de Mercury) con cierta tendencia al histrión, con un puñado de canciones completamente abocadas a la sobreexposición, que suele ser la antesala de la parodia, de la falta de perspectiva para apreciar si una canción sigue sorprendiéndonos o se limita a estar ahí.

Es un poco obligatorio entonces dedicar unas líneas a La Canción. Decir que es la más visionada en Youtube, que la discográfica prefería otorgar la condición de single a la horrenda "I'm In Love With My CarI'm in love with my car", que los seis minutos de duración la convertían en irradiable. Que, desde entonces, cualquier canción larga y con cambios de ritmo y de tono ha sido calificada como "la Bohemian Rhapsody de XXXX). Y claro, que dio título a la biopic que no he visto ni pienso ver hasta que esta tormenta amaine y uno pueda juzgar la carrera de la banda sin estar entregado a los epítetos.

Pero bueno, la tentación de ser lapidado por sacar aquí a Queen antes que a los Beatles o a los Stones o a Nirvana, Led Zeppelin... (pero no antes que a AC/DC o los Dire Straits, he he) es demasiado grande.

A Night At The Opera es un disco variado, diría yo que hasta disperso. Con canciones que parecen bromas o incluso evocaciones de cierto aire campestre o cabaretero. Seaside Rendezvous o Lazing on a Sunday Afternoon. Con un arranque decidido y elaborado que ya es marca de la casa Death on Two Legs (Dedicated to . . . ) parece contradecir la nota de los créditos del disco ("No se han usado sintetizadores en este disco") y es rock, esta sí, con sus juegos de voces, con sus punteos de guitarra en notas agudas, con sus parones. Por suerte, una canción que se ha salvado de la saturación. El disco da un poco más de protagonismo del habitual a otros miembros de la banda, y John Deacon aporta el segundo singleYou're My Best Friend, medio tempo llevado por un Rhodes, ligeramente inflamado hacia el final, pero eficaz refresco para introducir 39, con sus aires folkies y su estribillo de canción de acampada (y la voz de May, obviamente más plana y matizada que el huracán vocal de Mercury).

La segunda cara, en la que el disco se desmadra y apela más a lo operístico de su título contiene los ocho minutos de The Prophets Song, extraña mezcla de misticismo y aire rural que apela más a Jethro Tull o a Genesis que a los iconos del glam-rock que convivían en la época (y género en el que no pocos englobamos, aunque sea en lo sonoro, al grupo), y canción que con su duración y tono ligeramente pretencioso va preparando el camino (con el interludio de la muy azucarada Love of my life) a la fanfarria final que todos sabemos, canción a la que ya he dedicado un párrafo, obra maestra inapelable e inagotable que sí, uno no se cansaría de escuchar con sus subidas y sus bajadas, sus arranques de energía y sus intros y outros emocionales. Puede que sea un sacrilegio no otorgar la condición de imprescindible a este disco, pero, hey, los discos tienen diez, doce canciones, incluso discos clásicos contienen gazapos, este, por ejemplo, contiene un par de canciones de una vulgaridad e intrascendencia absolutas, y eso es lo que tienen los promedios y las matemáticas, oigan.

domingo, 24 de marzo de 2019

Kanye West: The Life of Pablo

Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

No por muy brillante que me parezca su obra, a medida que la voy conociendo, voy a dejar de confesar el enorme escepticismo que me despierta la figura de Kanye West. Un tipo capaz de encargarse un Rolex con diamantes que tracen su nombre, un tipo que no para de nombrarse a sí mismo en muchas de sus canciones (este disco que comento hoy, tiene, por ejemplo, un breve corte a cappella llamado I love Kanye) y un tipo capaz de meterse (vía conyugal) en el extraño e incomprensible mundo de la familia Kardashian. Un tipo cuya fama es descomunal y suficiente para mucho más que hartarse de ver su barba recortada y su pose chulesca, pero que a la vez demuestra un gusto exquisito a la hora de elegir samples, de elegir colaboradores, y un atrevimiento superlativo a la hora de experimentar, de innovar, de fusionar elementos aparentemente incompatibles.
Hace poco, mirad si estoy en la inopia, me enteré de su estrecha colaboración en Late registration, allá por 2005, con Jon Brion, músico por el que siento tan rendida admiración que no me decido por cuál de sus discos presentar aquí una semana de estas. Y un poco es lo que me pasaba con West. Músico prolífico para los cánones actuales donde aquello tan woodyalleniano de sacar un disco al año es una utopía. Podría haber elegido el arriba mencionado, podría haberlo probado (a ver si funcionaba mejor que otras veces) con My Beautiful Dark Twisted Fantasy, uno de los pocos discos a que Pitchfork le concedió un 10, con un disco lleno de aristas como Yeezus, o haber experimentado con alguno de los otros discos que ha publicado y que no he oído.
Aunque un tipo que incluye el número 808 en el titulo de un disco merece toda mi admiración.
Pero The Life of Pablo tiene algo especial. Independientemente de que uno opine si el Pablo del título es San Pablo, Escobar o Picasso, a pesar de contar con una portada intencionadamente fea, este es un disco brillante. Ya en su concepción: consciente de que el disco sería pasto de descargas y streaming, decidió, tras publicarlo casi por sorpresa, que las ediciones del disco fueran revisadas, que el disco no dispusiera de una configuración definitiva sino que fuera una especie de proyecto en progresión dinámica, susceptible de retoques y mejoras, como para incomodar al oyente siempre atento a si eso que oía era lo definitivo. Sí, quizás no tan novedoso o no más que, por ejemplo, lo que hicieron Radiohead con In Rainbows (regalarlo y dejar que la gente les pagara "la voluntad"), pero en todo caso, algo que marcaba el signo de los tiempos. Si West pensaba que algo en el disco era mejorable, actualizaría el fichero y listos: como si fuera software.
He de reconocer que esto me desorienta a la hora de hablar del disco: supongamos que hablo de su versión más divulgada. Que se abre con cuatro magníficas canciones: Ultralight Beam, ceremoniosa balada apocalíptica con tendencia (esos coros de gospel) a la espiritualidad, organizada en torno a poderosos ganchos vocales y a una especie de riff de bajo que rebota y un esquema rítmico minimalista. Father Stretch My Hands, dividida en dos partes, a cual más agresiva y dinámica, como una reivindicación del poderío vocal a la vez que una apoteosis de samples a destajo, otra vez esa espiritualidad pero aquí ya trasluce cierto cabreo y cierto desprendimiento del misticismo inicial. Esto es un disco de Kanye West, narices, y aquí ha de haber de todo. De todo significa samplear desde Mr. Fingers hasta Goldfrapp pasando por Nina Simone, como sucede en Famous, extraordinaria pieza que cuenta con la presencia de Rihanna  y con un polémico video donde el imaginario de West se muestra bastante a las claras.
Las colaboraciones toman el timón del disco a partir de ese momento y, cuestión frecuente en la era de internet, de Spotify y del uso del skip, el nivel del disco acusa un relativo bajón del cual ayudantes del rango de Frank Ocean o Kendrick Lamar no consiguen sacar. Hay interesantes experimentos como Wolves o Fade, pero no dan para sostener el extraordinario arranque durante 16 canciones. O al menos en la versión que he escuchado. Una cuestión algo incómoda: The life of Pablo planteado como proyecto permanentemente en progreso, como si fuera un monumento en construcción que hay que visitar de vez en cuando a ver cómo avanza. Pues eso, que West puede parecerte un gilipollas engreído (parece ser que le ríe las gracias a Trump y todo), pero su obra se obstina en indicar lo contrario.

domingo, 17 de marzo de 2019

Hiru truku: Hiru truku


Año de publicación: 1994
Valoración: Muy recomendable... ¡o qué narices, incluso imprescindible!


Hiru truku (literalmente, "tres turcos", en euskara) fue uno de esos felices alumbramientos, gracias a una conjunción de músicos excepcionales y con un interés común, que se dan de cuando en cuando en la música, tanto "culta" como popular. En este caso, la reunión en 1994 de tres luminarias de la música vasca de los años 90: el prodigioso cantautor Ruper Ordorika, el acordeonista Joseba Tapia y el miembro de los -a estas alturas, pero también por entonces- legendarios Oskorri Bixente Martínez, con el objetivo, que puede parecer en principio modesto pero que no lo es para nada, de recuperar canciones ya casi perdidas del repertorio vasco en dialecto vizcaíno (es decir, no sólo circunscritas a los límites de Bizkaia, sino también al valle del Deba, en Gipuzkoa). Así, rebuscando en antiguos cancioneros, como el del padre Donostia, Resurrección María de Azkue o el padre Lafitte, encontraron auténticas joyas musicales.

El resultado no pudo salir mejor: trece canciones rescatadas de la noche de los tiempos (bueno, al menos de la época del Antiguo Régimen), coplas y baladas populares, pero remozadas con exquisito gusto y con el puntito novedoso, quizás de ser interpretadas por voces masculinas, puesto que resulta evidente que la mayoría de ellas debían de ser cantadas sobre todo por las mujeres... O al menos reflejan el punto de vista de éstas: sobre las circunstancias y vicisitudes del amor -como en la metafórica Eguna Zala- pero, sobre todo, del sexo: es el caso de Ana Juanixe, llena de requiebros amorosos y picaresca digna del Decamerón (o , al menos, de algunas fábulas eróticas de Samaniego); Peru Gurea, en la que una señora y su criado parecen entenderse a las mil maravillas mientras el marido se ha ido de viaje a Londres y la estupenda y divertidísima Leixibatxoa, en la que una lavandera esquiva a base de afiladas réplicas los requerimientos de un fraile.

Pero son más frecuentes las canciones que cuentan lasa desgracias que les suceden a otras mujeres, desde la joven nuera que su suegra manda asesinar en Frantziako Andrea a la chica que es secuestrada por un marinero en Isabelatxu. En Aldaztorrean , una joven , parece que noble, se queda sin hombres en su familia que la defiendan y también sin dote, mientras que la protagonista de Bart Amarretan sí que consigue casarse la noche anterior, pero queda viuda  -no sabemos por qué- al cabo de tan sólo una hora... En fin, todo un cúmulo de infortunios los que se narran en estos cantares, tal vez con el objeto de advertir a las neskak sobre las desgracias y peligros que acechaban -y acechan- en la difícil existencia que aún les aguardaba. Puede que como contrapunto, se incluyó en el disco la estimulante y transgresora Neska Soldadua, sobre una decidida muchacha que se hace pasar por hombre para emprender una exitosa carrera militar (canción, sin duda, basada en la figura histórica de la guipuzcoana Catalina de Erauso).

Hay que mencionar también una pieza que, casi amodo de cantar épico, narra la historia del caballero Jaun Zuriano, a medio camino entre un cuanto de fantasmas y las figuras míticas de Ulises y el Rey Arturo. Por ultimo, en una recopilación de cantares vascos de tiempos antiguos no podían faltar los de temática religiosa -que además quizás sean, musicalmente, los más logrados: el curioso canto pre-fúnebre Izar ederrak, el festivo y primaveral -casi diríamos que franciscano- Arrateko Zelaiako y, sobre todo, la elegante polifonía que cierra el disco: Orbelak Airez, hojarasca al aire.

En suma, una colección de canciones tradicionales más compleja, tanto en lo melódico como en el nivel metafórico y elusivo de sus letras, de lo que puede parecer a primer oído, y que, por fortuna, tuvo aún dos recopilatorios continuadores: Hiru Truku II (Mendebaldeko Euskal Kantak II), también dedicado a las canciones del dialecto vizcaíno y Nafarroako Kantu Zaharrak, sobre las del reino de Navarra.