domingo, 24 de marzo de 2019

Kanye West: The Life of Pablo

Año de publicación: 2016
Valoración: muy recomendable

No por muy brillante que me parezca su obra, a medida que la voy conociendo, voy a dejar de confesar el enorme escepticismo que me despierta la figura de Kanye West. Un tipo capaz de encargarse un Rolex con diamantes que tracen su nombre, un tipo que no para de nombrarse a sí mismo en muchas de sus canciones (este disco que comento hoy, tiene, por ejemplo, un breve corte a cappella llamado I love Kanye) y un tipo capaz de meterse (vía conyugal) en el extraño e incomprensible mundo de la familia Kardashian. Un tipo cuya fama es descomunal y suficiente para mucho más que hartarse de ver su barba recortada y su pose chulesca, pero que a la vez demuestra un gusto exquisito a la hora de elegir samples, de elegir colaboradores, y un atrevimiento superlativo a la hora de experimentar, de innovar, de fusionar elementos aparentemente incompatibles.
Hace poco, mirad si estoy en la inopia, me enteré de su estrecha colaboración en Late registration, allá por 2005, con Jon Brion, músico por el que siento tan rendida admiración que no me decido por cuál de sus discos presentar aquí una semana de estas. Y un poco es lo que me pasaba con West. Músico prolífico para los cánones actuales donde aquello tan woodyalleniano de sacar un disco al año es una utopía. Podría haber elegido el arriba mencionado, podría haberlo probado (a ver si funcionaba mejor que otras veces) con My Beautiful Dark Twisted Fantasy, uno de los pocos discos a que Pitchfork le concedió un 10, con un disco lleno de aristas como Yeezus, o haber experimentado con alguno de los otros discos que ha publicado y que no he oído.
Aunque un tipo que incluye el número 808 en el titulo de un disco merece toda mi admiración.
Pero The Life of Pablo tiene algo especial. Independientemente de que uno opine si el Pablo del título es San Pablo, Escobar o Picasso, a pesar de contar con una portada intencionadamente fea, este es un disco brillante. Ya en su concepción: consciente de que el disco sería pasto de descargas y streaming, decidió, tras publicarlo casi por sorpresa, que las ediciones del disco fueran revisadas, que el disco no dispusiera de una configuración definitiva sino que fuera una especie de proyecto en progresión dinámica, susceptible de retoques y mejoras, como para incomodar al oyente siempre atento a si eso que oía era lo definitivo. Sí, quizás no tan novedoso o no más que, por ejemplo, lo que hicieron Radiohead con In Rainbows (regalarlo y dejar que la gente les pagara "la voluntad"), pero en todo caso, algo que marcaba el signo de los tiempos. Si West pensaba que algo en el disco era mejorable, actualizaría el fichero y listos: como si fuera software.
He de reconocer que esto me desorienta a la hora de hablar del disco: supongamos que hablo de su versión más divulgada. Que se abre con cuatro magníficas canciones: Ultralight Beam, ceremoniosa balada apocalíptica con tendencia (esos coros de gospel) a la espiritualidad, organizada en torno a poderosos ganchos vocales y a una especie de riff de bajo que rebota y un esquema rítmico minimalista. Father Stretch My Hands, dividida en dos partes, a cual más agresiva y dinámica, como una reivindicación del poderío vocal a la vez que una apoteosis de samples a destajo, otra vez esa espiritualidad pero aquí ya trasluce cierto cabreo y cierto desprendimiento del misticismo inicial. Esto es un disco de Kanye West, narices, y aquí ha de haber de todo. De todo significa samplear desde Mr. Fingers hasta Goldfrapp pasando por Nina Simone, como sucede en Famous, extraordinaria pieza que cuenta con la presencia de Rihanna  y con un polémico video donde el imaginario de West se muestra bastante a las claras.
Las colaboraciones toman el timón del disco a partir de ese momento y, cuestión frecuente en la era de internet, de Spotify y del uso del skip, el nivel del disco acusa un relativo bajón del cual ayudantes del rango de Frank Ocean o Kendrick Lamar no consiguen sacar. Hay interesantes experimentos como Wolves o Fade, pero no dan para sostener el extraordinario arranque durante 16 canciones. O al menos en la versión que he escuchado. Una cuestión algo incómoda: The life of Pablo planteado como proyecto permanentemente en progreso, como si fuera un monumento en construcción que hay que visitar de vez en cuando a ver cómo avanza. Pues eso, que West puede parecerte un gilipollas engreído (parece ser que le ríe las gracias a Trump y todo), pero su obra se obstina en indicar lo contrario.

domingo, 17 de marzo de 2019

Hiru truku: Hiru truku


Año de publicación: 1994
Valoración: Muy recomendable... ¡o qué narices, incluso imprescindible!


Hiru truku (literalmente, "tres turcos", en euskara) fue uno de esos felices alumbramientos, gracias a una conjunción de músicos excepcionales y con un interés común, que se dan de cuando en cuando en la música, tanto "culta" como popular. En este caso, la reunión en 1994 de tres luminarias de la música vasca de los años 90: el prodigioso cantautor Ruper Ordorika, el acordeonista Joseba Tapia y el miembro de los -a estas alturas, pero también por entonces- legendarios Oskorri Bixente Martínez, con el objetivo, que puede parecer en principio modesto pero que no lo es para nada, de recuperar canciones ya casi perdidas del repertorio vasco en dialecto vizcaíno (es decir, no sólo circunscritas a los límites de Bizkaia, sino también al valle del Deba, en Gipuzkoa). Así, rebuscando en antiguos cancioneros, como el del padre Donostia, Resurrección María de Azkue o el padre Lafitte, encontraron auténticas joyas musicales.

El resultado no pudo salir mejor: trece canciones rescatadas de la noche de los tiempos (bueno, al menos de la época del Antiguo Régimen), coplas y baladas populares, pero remozadas con exquisito gusto y con el puntito novedoso, quizás de ser interpretadas por voces masculinas, puesto que resulta evidente que la mayoría de ellas debían de ser cantadas sobre todo por las mujeres... O al menos reflejan el punto de vista de éstas: sobre las circunstancias y vicisitudes del amor -como en la metafórica Eguna Zala- pero, sobre todo, del sexo: es el caso de Ana Juanixe, llena de requiebros amorosos y picaresca digna del Decamerón (o , al menos, de algunas fábulas eróticas de Samaniego); Peru Gurea, en la que una señora y su criado parecen entenderse a las mil maravillas mientras el marido se ha ido de viaje a Londres y la estupenda y divertidísima Leixibatxoa, en la que una lavandera esquiva a base de afiladas réplicas los requerimientos de un fraile.

Pero son más frecuentes las canciones que cuentan lasa desgracias que les suceden a otras mujeres, desde la joven nuera que su suegra manda asesinar en Frantziako Andrea a la chica que es secuestrada por un marinero en Isabelatxu. En Aldaztorrean , una joven , parece que noble, se queda sin hombres en su familia que la defiendan y también sin dote, mientras que la protagonista de Bart Amarretan sí que consigue casarse la noche anterior, pero queda viuda  -no sabemos por qué- al cabo de tan sólo una hora... En fin, todo un cúmulo de infortunios los que se narran en estos cantares, tal vez con el objeto de advertir a las neskak sobre las desgracias y peligros que acechaban -y acechan- en la difícil existencia que aún les aguardaba. Puede que como contrapunto, se incluyó en el disco la estimulante y transgresora Neska Soldadua, sobre una decidida muchacha que se hace pasar por hombre para emprender una exitosa carrera militar (canción, sin duda, basada en la figura histórica de la guipuzcoana Catalina de Erauso).

Hay que mencionar también una pieza que, casi amodo de cantar épico, narra la historia del caballero Jaun Zuriano, a medio camino entre un cuanto de fantasmas y las figuras míticas de Ulises y el Rey Arturo. Por ultimo, en una recopilación de cantares vascos de tiempos antiguos no podían faltar los de temática religiosa -que además quizás sean, musicalmente, los más logrados: el curioso canto pre-fúnebre Izar ederrak, el festivo y primaveral -casi diríamos que franciscano- Arrateko Zelaiako y, sobre todo, la elegante polifonía que cierra el disco: Orbelak Airez, hojarasca al aire.

En suma, una colección de canciones tradicionales más compleja, tanto en lo melódico como en el nivel metafórico y elusivo de sus letras, de lo que puede parecer a primer oído, y que, por fortuna, tuvo aún dos recopilatorios continuadores: Hiru Truku II (Mendebaldeko Euskal Kantak II), también dedicado a las canciones del dialecto vizcaíno y Nafarroako Kantu Zaharrak, sobre las del reino de Navarra.



domingo, 10 de marzo de 2019

David Sylvian: Secrets of the Beehive

Año de publicación: 1987
Valoración: muy recomendable

El fogonazo de gloria con Japan había quedado muy atrás. Por supuesto, el absurdo alineamiento (como mucho, por compartir ciertos excesos estéticos) con el movimiento new-romantic ya había sido más que enterrado por lo absurdo del planteamiento y el tiempo confirmando trayectorias dispares. Aunque he leído teorías muy distintas (líos de faldas, diferencias creativas irresolubles) sobre la separación de la banda en el pico de su éxito, no veo a Japan, intérpretes de Ghosts, en el mismo ámbito (respetables ambos por supuesto) que Duran Duran, intérpretes de Hungry like the Wolf.
Así que David Sylvian inicia en 1983 una carrera en solitario, despojado de toda premisa comercial, de toda necesidad urgente de obtener rentabilidad, liberado (sin cambiar de sello, Virgin aún era en esos tiempos una discográfica entregada a la vanguardia sonora) y libre, valga la redundancia, para crear una música introspectiva, reflexiva, elaborada, ajena al bullicio y al exceso sonoro propio de la última mitad de los 80. Secrets of the Beehive fue su cuarto disco, y es un prodigioso ejemplo, desde esa portada que ya define el disco, de artista que ha elegido un camino con convicción. Cosa que alinea a Sylvian con un reducido grupo en el que estarían Scott Walker o Marc Almond.
Es difícil destacar canciones en un disco que es enormemente fiel a un perfil sonoro: canciones con estructuras cercanas al jazz, instrumentación escasa pero en manos de músicos de elevado perfil (incluyendo algún antiguo componente de Japan), y un aire de intimidad, de mejora a cada escucha, de meticulosidad en la introducción de elementos (otro espíritu libre, Ryuichi Sakamoto, aporta esplendorosa instrumentación y gloriosos arreglos de acuerda que enriquecen y apuntalan cada canción). Las influencias son poco detectables, cierto aire oriental aún queda depositado, algunas ediciones del disco cuentan con el añadido extra de la sublime  Forbidden Colours, en general hablamos de una música absolutamente original, desde la brevedad casi esquemática de September, marcando el ritmo, hasta los aires más pop de Orpheus, el disco nos remite al Sylvian que dominaba la banda en canciones lentas, introspectivas, tristes, con un halo de melancolía que lo acercaba irremisiblemente a una versión más europea, menos psicodélica de Nick Drake, eso sí, con los aderezos instrumentales propios de la gente que rodeaba a Sylvian: aquí hay cuerdas, bajos de doble mástil, sintetizadores que aportan textura, trompetas en sordina. Secrets of the Beehive es un disco imprescindible para los seguidores del músico, de la banda, de los años 80 como vivero de músicos que, con cierta repercusión comercial, se atrevían a buscar nuevos sonidos y a experimentar. Cierto perfil de oyente puede encontrarlo plano, monótono, tendente a la depresión, se diría que el disco entero parece emboscado a lo que sugiere la portada: un rincón húmedo y oscuro donde sentarse a descansar. Respetando cualquier gusto, a los que piensen así, no sabéis lo que os perdéis.

domingo, 3 de marzo de 2019

J Balvin: Vibras


Año de publicación: 2018
Valoración: ejemplar (y recomendable)

Un nuevo estilo musical se apodera del gusto de la gente joven. Es simple y repetitivo, se diría que machacón. El ritmo es prácticamente el mismo en cualquier canción y sus mensajes son exasperantemente primarios, casi todos ellos basados en las relaciones personales y estableciendo analogías poco disimuladas de carácter sexual. Pero es un estilo que está condenado a no perdurar. Tan pronto la gente se canse de oír constantemente lo mismo, tan pronto como la gente se canse de sus estrellas emergentes, el estilo desaparecerá o quedará confinado a un rincón minoritario, y se regresará a los cánones de calidad y respeto por las formas, de las cuales igual nunca debería haberse salido.

Su nombre empieza por R.

Pregunto: ¿no pensáis que esto se dijo del rock'n'roll en los 50 o del rap en los 80?
Pregunto: ¿quién nos otorga la vara de medir para decir que este género tan denostado no puede evolucionar, como hicieron los dos nombrados como ejemplo. 
Pregunto: ¿y por qué evolucionar, si a la gente a que gusta el género puede que le guste así, y ya está? ¿Es que hay que evolucionar siempre hasta alcanzar la zona en la que el oyente "promedio" se siente cómodo y puede seguir aplicando sus prejuicios y su conocimiento de la verdad absoluta?
¿Es que tenemos que mantener nuestros oídos bloqueados ante ciertas músicas porque hay una barrera que ya desistimos de intentar franquear? Y esa barrera: ¿cultural, social, de idioma, de raza, de clase, generacional? ¿De verdad creemos que hemos de auto-limitarnos el acceso a según qué música alegando según qué argumento? ¿No será que no soportaríamos que nos gustara la misma música que a según quién? En algún sitio tiene que estar escrito, sí, que no puede gustarte a la vez Leonard Cohen, The XX, los Jam y J Balvin. O sea, que ciertas cosas son excluyentes, y que algo inconcreto que flota en el aire dictamina y determina esa incompatibilidad.
O sea, que algunos somos LOS ELEGIDOS.

(espacio dejado en blanco para que os echéis por el suelo de la risa)

Lo reconozco: aunque intentemos reseñar novedades de vez en cuando, este blog no tiene otro remedio que ir un poco a remolque de la atención que medios más poderosos marcan. Ese es forzosamente un primer filtro porque ni asistimos a prèmieres ni accedemos a maquetas o a conciertos de estrellas en ciernes. Nos nutrimos de nuestras colecciones, de las plataformas de streaming y de esa persistente nube de opinadores que nos influye a ir probando. Lo de ir probando es algo sumamente aconsejable en lo concerniente a la música, y algo sustancial a eso de ir probando es encontrarse con cosas que a uno no le gustan. O que no le gustan a la primera.
Es obvio que si J Balvin no hubiera sido portada de RockDeLux, una revista que no suele claudicar con las corrientes mayoritarias, yo hubiera seguido prescindiendo de escuchar sus discos. Pero Balvin no es un fenómeno puntual: Vibras es su quinto disco. También es el primer músico colombiano al que prestamos atención aquí, y quizás aquí podría iniciar una disertación que se extendería por unos cuantos párrafos sobre la creciente influencia de la comunidad hispanoparlante en Estados Unidos y, por tanto, en una parte muy sustancial de la industria musical. Lo dejo ahí. Pero cinco discos son ya suficientes para comprender que esto no es un éxito de un tipo que entrega a un mercado lo que el mercado quiere hasta que la gente se harta de él. Tampoco es que entonces necesariamente la calidad (¿qué cojones es la "calidad"?) tenga que estar presente por esa circunstancia. Vibras es un disco que obviamente habrá contado con el apoyo (supongo, condicionado) propio de esa infraestructura que, hallado el filón comercial, pretende que este continúe dando resultados y que, en la medida de lo posible, genere su correspondiente star-system que le aporte continuidad. Puede, entonces, que la industria simplemente se haya decidido por apostar fuerte por el reggaeton (vaya; decenas de líneas y no había dicho la palabra de marras) a base de señalar a sus figuras señeras y no escatimar en medios a la hora de producir sus discos, aportar colaboradores, promocionarlos, organizar giras. Todo eso que cierto sector del mercado respeta sin dudarlo si lo hace Radiohead, por ejemplo.
Si os dáis cuenta, toda esta parrafada es una mera justificación. Hablaré de Vibras. Portada austera a más no poder, incluso algo cutre. El nombre del artista no figura en ella: no hay desde luego ninguna de las imágenes que uno espera de un disco de este género. Ni macho dominante rodeado de chicas ligeras de ropa en pose procaz ni vehículos de alta gama ni profusión de ropa de marca y tatuajes.
Hablemos de la música: el reggaeton es, básicamente, música para bailar. Incluso diría que para un tipo de baile concebido como preámbulo de algo más, erm, físico.  Basada en un ritmo suave, marcado, sincopado, pausado, y con un fuerte peso de la melodía a cargo de la parte vocal. Permitidme que haga una pequeña confesión: a veces es mejor no comprender la letra de las canciones que se escuchan. Este disco es un caso paradigmático: las letras son una acumulación de tópicos basadas en las relaciones personales, con una tonalidad romántica más respetuosa que algunos ejemplos del género, pero por lo general de una ligereza y una simplicidad argumental bastante patente. No es que yo fuera a esperar de una letra de J Balvin ningún mensaje vital de calado.
Tomemos como ejemplo el tercer tema del disco, Ambiente, con frases como "su pelo que le llega al suelo" o, visionando el videoclip refrescante y rebosante de estética caribeña, el sonrojante estereotipo (tipo al que le gusta chica cañón, pero ella prefiere las chicas, y, aunque le da un beso apasionado, vuelve con las chicas) solo puede quedar como un retrato arquetípico del estilo: letra memorizable, ritmo pausado e incluso atractivo, voz omnipresente pasada por auto-tune (ergo, luego los directos son insufribles, supongo). Aunque es curioso que contenga algunos hallazgos sonoros, que delatan cierta inquietud, quizás osadía. Ese amagar con un principio de silaba para ganar un pulso en el ritmo (aq-aquí), ese intercalar un primer golpe de una estrofa sobre el último de la anterior. Sobre una base que ya no es reggae sino dub. Venimos de un clásico como Mi gente donde los golpes de percusión son casi de batucada. Y vamos a Cuando Tú Quieras", este incorpora marimbas y todo, además de un título paradigmático que viene a demostrar que J Balvin quiere separarse del concepto machirulo del género y adoptar una actitud algo más "romántica".
Vibras, por supuesto, tiene algunas canciones horrorosas, supongo que concesiones pues no se trata de experimentar a destajo con el ritmo. No es justo es carne de fondo sonoro de reality-show, Machika es una apoteosis de vulgaridad, la colaboración de Rosalía, Brillo, es una buena canción, pero es una canción de Rosalía más que de Balvin.
Sugiero que oigáis el disco, intentéis despojaros de preconcepciones, no atendáis demasiado al contenido de las letras, y juzguéis por vosotros mismos.
Aunque eso es lo que habría que hacer siempre.

domingo, 24 de febrero de 2019

Airbag - Cementerio indie

Año de publicación: 2019
Valoración: Hey ho, let's go!

Es 19 de febrero de 2019 y se jubila Juan de Pablos, del que creo haber hablado alguna vez en el blog. Para quien no le conozca, su programa "Flor de Pasión" se mantuvo en las ondas durante 30 años y su peculiar estilo y su enciclopédica cultura pop (en el más amplio sentido de la palabra) marcó a varias generaciones de músicos y oyentes. En ambos lados se encontraban los malagueños Airbag, quienes, casualidad o no, publican días antes de la jubilación de uno de sus descubridores su séptimo disco de estudio.

Ya sea intencionado o no, a los chicos de Airbag les ha quedado un homenaje a Juan de Pablos de lo más chulo. Y es que después del un tanto decepcionante "Gotham te necesita", Airbag se reivindica con uno de los discos "grandes" de su carrera. Once temas componen esta entrega y, sin miedo a equivocarme, ocho de ellos son potenciales singles. 

Tres canciones adelantadas con cuentagotas por Sonido Muchacho, su nuevo sello, nos daban la pista de por dónde podían ir los tiros: nada que defraudara a los primeros seguidores del mundo ("El centro del mundo") y temas más pausados que podrían acercar su música al terreno más popero ("El puente de los alemanes" y "Eleven y Mike", homenaje a Stranger Things incluido). De los ocho temas que nos quedaban por descubrir me quedo con la inmediatez de "Memoriax 500", "Phantasma", "La fuga de Logan" , "Metal" "R Tape Loading Error", cinco temas que ponen el listón bien alto. Destaca también "Linda Cuy", con sus toques levemente electronicos,  mientras que flojean un poco (e incluso diría que desentonan un poco en todo el conjunto) la surfera "Cita en Honolulu" y la algo insulsa "Koi no Yokan".

Otro aspecto fundamental en los discos de Airbag son las letras e influencias. El surf, las relaciones de pareja, los recuerdos de adolescencia y juventud, las series y películas de terror siempre han estado presentes en su imaginario y copan casi en su totalidad "Cementerio indie", pero esta vez nos sorprende la irrupción de dos temas con lectura política: "El centro del mundo", dedicada a los ofendidos del mundo, y "La fuga de Logan", con sus referencias a la situación de los jóvenes en la actualidad.

Por último, musicalmente continúa la evolución del grupo. Las canciones de Airbag son menos urgentes y aceleradas y ganan peso las melodías y armonías vocales. Lejos quedan ya aquellos primeros discos en los que a los ominpresentes Weezer, Nikis o Ramones había que sumar a grupos tipo Queers o Screeching Weasel. Los Airbag de 2019 se aproximan más al power-pop que al punk y, aunque los mejores Weezer siguen ahí ,se aprecian más influencias del sonido "costa oeste americana" y de grupos recientes como Teenage Fanclub o los leoneses Cooper, por poner algún ejemplo.

En resumen, "Cementerio indie" podría calificarse como el disco de madurez de Airbag, como un muy buen disco de una banda que debería vender discos a cascoporro pero que, tras más de veinte años de carrera, sigue casi condenada al anonimato. Nos da lo mismo ¡Larga vida a Airbag!

domingo, 17 de febrero de 2019

The The: Soul Mining

Año de publicación: 1983
Valoración: muy recomendable

Como le pasaba al sello Mute gracias a los bombazos comerciales de Depeche Mode (y, más tarde, de Erasure), solamente el éxito de Soft Cell, mejor dicho, de Tainted Love puede explicar que Stevo, manager de Some Bizzare, convenciera a Epic para publicar un disco tan extraño como Soul Mining. Y debemos dar las gracias: desde su portada reconocible hasta el arranque con el ritmo crudo, agresivo, árido, con el que se inicia I've Been Waitin' for Tomorrow (All of My Life)nos encontramos ante un disco único, confiado, vehemente, de esos discos que cuesta concebir se publicaran con una cierta repercusión hace más de 30 años, solo concebibles en un contexto de creatividad chispeante y con un público receptivo y ávido de actuar como receptáculo de innovación y experimentos.

1983 era, aún un tiempo en que este escenario era posible. Y The The era, casi, un proyecto personal de Matt Johnson, aunque contara con la ayuda de músicos de la estela experimental (Thomas Leer o Jim Thirlwell), Johnson, pose algo errática, voz profunda con una pulsación tenuemente agresiva, problemas (aspecto muy frecuente en la época) de diversas adicciones, gusto por los instrumentos poco convencionales (flauta, acordeón) en general, un espíritu aguerrido y reivindicativo de sonoridades cuyas influencias resulta difícil detectar, no son claras, no son evidentes, así que sí, The The, representaban una novedad, una llamada de atención en medio de un movimiento, el synth-pop, consecuencia de otro, la new wave, a su vez continuación del after-punk, que ya sabemos, me seguís, de que era "after". El synth-pop, por eso, ya había entrado en franca remisión, rápidamente asimilado por el mainstream, y 1983 era una especie de pandemónium donde se mezclaba todo tipo de tendencias, incluyendo a los músicos denostados por el punk intentando reciclarse, un melting-pot musical que podía incluir a los Style Council, los Simple Minds, Frankie Goes to Hollywood, la efervescencia del heavy-metal como reivindicación del sonido de guitarras, y un extenso etcétera donde la máxima parecía ser que todo el mundo podía encontrar su público, vender sus discos, obtener sus minutos en algún programa de TV, hacerse célebre.

Soul Mining es un emblema de esa abigarrada mixtura: This is The Day, mid tempo que aún hoy suena fresco y optimista, con su acordeón (sustituído en algunas grabaciones por una armónica) y su progresiva entrada (algunas canciones surgen del silencio), melodía dulce, contrasta con The Sinking Feeling, más acelerada, como si fuera un himno after-punk despojado de flecos, oscuridad y distorsión (curioso, retrospectivamente me doy cuenta de que la voz de Johnson, marcial, cortante, conserva algunas reminiscencias de la de Ian Curtis, y de que la guitarra parece anticipar sonoridades de The Cure), Soul Mining, la canción, parece incluir un estribillo tarareable como si fuera una de esas canciones de acampada, cuando el disco no puede sonar más urbano, y claro, el disco contiene uno de los emblemas de la carrera del grupo, la monumental Uncertain smile, aquí en su versión corta pero completamente imprescindible en su versión de 12", con sus oleadas de cuerdas, el ronroneo vocal de Johnson y ese piano esplendoroso que la cierra, que ahora me he enterado de que fue cortesía de Jools Holland, nada más y nada menos. Que viene a ser una especie de espectacular y perfecto cierre de círculo. La escena británica de los efervescentes primeros años de los 80 era un enorme hervidero de influencias y evolución de las tendencias en el que es posible que existieran, dónde no, la competitividad, los celos, las envidias, pero esa mezcolanza aportó un plus de creatividad, de osadía, de desvergüenza que ahora, en una escena dominada por apenas tres o cuatro tendencias cerradas en sí mismas, deberíamos echar de menos.

domingo, 10 de febrero de 2019

Reseña a cuatro orejas. The Cure: Disintegration

Año de publicación: 1989
Valoración: imprescindible

Reconozco que mi relación con este disco es tardía. A pesar de que me hice con su copia en vinilo nada más ser publicado admito, nada, treinta añitos más tarde es cuando he empezado a disfrutarlo en profundidad, sobre todo a raíz de cierta época reciente en que recuperé y reseñé otro magnífico disco del grupo, Seventeen seconds, circunstancia que me hizo recapacitar y saltar hacia Disintegration, casi una década más tarde, salto estilístico no exento de coherencia, quizás me he perdido algo de esa evolución, pero donde Seventeen seconds era un disco breve, parco, minimalista, casi esquemático, lo primero que llama la atención del sonido de Disintegration, tal como arranca Plainsong, es un sonido complejo, poderoso, abrumador, con capas, ecos, reverberación. Y esa sensación no nos abandonará. Estamos ante un disco ambicioso, compuesto, producido y ejecutado con firmeza. Legendario, también. Se dice que Robert Smith, que se había casado en 1988, compuso el disco en una especie de reto personal antes de cumplir los 30, y que se ayudó de ciertas substancias para acabar presentándose ante la banda con este paquete de excepcionales composiciones. También que hacía poco había prescindido, de forma poco ortodoxa, de Lol Thorhust, uno de los fundadores de la banda, aunque se le acreditó en el disco.
Ya lo dije cuando hablé (no demasiado bien) del disco de SOPHIE: nada me importan las circunstancias de los artistas a la hora de valorar su trabajo. Disintegration, sea gracias a las drogas o a pesar de las drogas, es un disco colosal. Una auténtica pieza maestra en ese momento final de los 80, con el acid-house empezando a insinuarse como punta de lanza de la revolución electrónica, y con  no pocos discos definitivos de muchos artistas emblemáticos de la dispersa oleada surgida del punk y la new wave: Technique de New Order, Violator de Depeche Mode, Introspective de Pet Shop Boys. The Cure lo hicieron: darle un sopapo en la cara a unos U2 que representaban la vertiente comercial y mesiánica del after-punk, ridiculizar a toda la cohorte de imitadores que pensaban que bastaba con pintarse la raya de los ojos y vestirse de negro para ser como ellos.
Claro que a ellos les faltaban sus canciones. Las que llenan Disintegration son una maravilla.
Más leyenda: las quejas del sello discográfico ante lo poco radiables de muchas de esas canciones, con largos desarrollos instrumentales de un par de minutos antes de que la voz de Smith interviniera. Con alguna excepción: Lovesong hace las veces de hit, digamos, pop, del disco. Tiene algo parecido a un estribillo y todo. Pero su labor instrumental es colosal. Un ritmo maquinal, una línea de bajo que chispea y burbujea, un trabajo de guitarras simplemente irresistible, unos teclados que conducen el tema. Lullaby completaba la escasa presencia de canciones cortas, pero aquí ya no hay pop. Un subyugante video de Tim Pope acentúa su aire irreal. Nada que se parezca a un estribillo, o puede que lo sea ese arranque de cuerdas con su ritmo levemente marcial y su pizzicato. Guitarra cortante, bajo subsónico. Completó el poker de singles Pictures Of You, ocho minutos de intensidad guitarrística y la demostración de que se puede ser siniestro y decir do-do-doodo-doodo-do-do palmeándose el torso sin perder la compostura ni la genialidad y Fascination Street, otra vez un trabajo de guitarras extraordinario (y una entrada de bajo de la que debió aprender una generación entera de bajistas) y una percepción: qué bien sabían acabar las canciones los tipos éstos. Esta acaba, por ejemplo, con una guitarra alargando su zumbido.


Pero los singles del disco son simplemente, situados en puntos estratégicos, los amarres con ciertos condicionantes comerciales que, oh tiempos dorados de la MTV, los sellos insistían en situar. El resto de Disintegration es lo que convierte el disco en un prolongado festín que, perdonad el topicazo, crece a cada escucha. Es entonces cuando se revelan los detalles de las piezas más largas, de los experimentos sonoros alejados de los charts, y poco importa (el disco dura más de una hora, en una época donde el formato CD aún no estaba consolidado y los artistas no embutían material de relleno a punta pala con tal de agotar los 80 minutos del formato) que los temas se alarguen siete o nueve minutos. Ese material es oro puro, con canciones aparentemente menores, pero en absoluto, como Last dance, repletas de sonido en esencia, largos desarrollos instrumentales (The Same Deep Water As You) más cercanos al trabajo árido y voluptuoso de algunos de los primeros discos de Simple Minds o Magazine, por citar ejemplos opuestos, teclados, ritmos congelados, toneladas de detalles donde un órgano, la guitarra vibrante del propio Smith, junto a cierta solemnidad sonora y un aire levemente ausente en la inserción de los vocales. Un grupo con una década de carrera a sus espaldas entregando un oscuro disco que desprende toneladas de luz: una luz azulada, casi irreal, más reflejo en aguas que luz directa, pero un disco, esto ya lo he dicho, pero hay que repetirlo, colosal, extraordinario, inabarcable, casi un cierre para una década extraña, una década que la gente se empeña en recordar por colores chillones, hombreras, superficialidad, despreocupación, nada de lo cual encontraremos aquí.

Francesc Bon

Estamos hablando de un discazo, que empieza de la mejor manera que puede empezar un disco: una potentísima, emotiva, ambientalmente envolvente canción. Una canción que no sirve únicamente para abrir el álbum sino también gran parte de sus conciertos (en el resto, lo hacen habitualmente con Open, canción que también les sirve de entrada). Porque es con Plainsong donde The Cure se presentan, donde nos muestran sus intenciones, donde claramente ponen el sello de su inigualable estilo. Una canción que la sitúo entre sus mejores obras.
Pero claro, justo después viene Pictures of You, y ahí se confirma que The Cure ha ideado un álbum muy potente. Otra vez vemos en él una entrada instrumental larga, algo que a día de hoy sería prácticamente impensable pues tenemos los dedos rápidos para deslizar la barra del tiempo en Spotify u otras aplicaciones, una barra del tiempo que a mi me devuelve a muchos años atrás, donde su aparición en escena significó un antes y un después. Pictures of You es una de las mejores baladas nunca escritas, donde la tristeza, la melancolía y el desamor habitual en las canciones del grupo crece y se ejemplifica, se muestra y agranda, mientras su ritmo la acompaña hasta la más profundo de nuestras estremecidas y alicaídas almas.
Tras la entrada de batería constante, rítmica y triste que supone Closedown, viene la gran Lovesong. Una canción que Robert Smith escribió como regalo de bodas a Mary Poole, con quién sigue casado. Una balada que, sin dejar de tener el sello de la banda, abandona el mensaje triste y decadente habitual y prácticamente constante en el disco para ofrecernos un canto al amor puro, un retorno a la juventud, a la felicidad, al amor eterno, ejemplificados en ese estribillo:

"However far away
I will always love you
However long I stay
I will always love you
Whatever words I say
I will always love you"

Ya, en los temas centrales vendría la archiconocida Lullaby, una inquietante canción de cuna, donde el punteado de guitarra guía la canción hacia una voz casi susurrante de Robert Smith, aumentando una sensación angustiosa, casi de miedo, agonizante, mientras una araña se acerca a la víctima que yace en la cuna. Aterrorizante pero grandísima canción.
En Fascination Street, The Cure parece volver a su música anterior, con un estilo casi atropellado, de baterías y guitarras distorsionadas mezcladas sonando al unísono, para dejar paso a la oscuridad de nuevo, una oscuridad que aparece en Prayers for Rain y The same deep water as you, Disintegration, Homesick y una rareza dentro del estilo de The Cure, Untitled, con la que cierra el disco, arrancando con un órgano lento inicial, a la que la batería contundente y el poderoso bajo de Gallup se une, para crear una canción donde la batería golpea con fuerza (qué importante es la batería en las canciones The Cure, qué bien situadas casi en un primer plano), cerrando un álbum con la tristeza habitual, con ese estribillo que nos va recordando que "And now the time has gone. Another time undone"
Larga vida a The Cure, uno de mis grupos favoritos (junto a Bruce y alguno más, pocos) y del que espero siempre que saquen nuevo disco y salgan de gira porque, por más veces que los haya visto, siempre serán pocas.

Marc Peig