domingo, 21 de octubre de 2018

Global Communication: 76:14

Año de publicación: 1994
Valoración: imprescindible

Cualquier músico que publica un disco de música que puede definirse como contemplativa (o relajante o cualquier adjetivo asimilable al que ha acabado siendo nauseabundo concepto "chill") debe saber que se expone a varias cosas en el futuro.

1. Que se pierda la perspectiva de la publicación de su trabajo, se saque este de contexto y tenga compañeros poco agradables en el futuro. ¿Cómo, si no, puede juntarse a Brian Eno, Air, Tomita, Vangelis, Pete Namlook o estos Global Communication?

2. Que en esa pérdida de perspectiva se empaqueten también las sustancias narcóticas idóneas paa su degustación y se olvide que hay electrónica de porretes, de ácido, de heroína, e incluso electrónica de degustación a palo seco.

3. Que tu música se use como fondo sonoro para un extenso rango de documentales, especialmente para aquellos que tratan de especies marinas.

¿Sabían esto, en 1994, Mark Pritchard y Tom Middleton? En ese momento, Global Communication era solamente su etiqueta para los ritmos pausados. Habían usado otras (Reload, Jedi Knights) para experimentos de cariz diferente, más limitados en su alcance. Pero finalmente va a ser este nombre, Global Communication, y este disco, 76:14, crípticamente (muy a la Aphex Twin) titulado con el total de la extensión del trabajo, quienes les hagan acceder al concurrido (en la época) podio de los fenómenos de la electrónica. Podríamos ser simplistas y aludir a la reseña del disco de Pink Floyd de hace unas semanas. Este disco es como si los tres-cuatro minutos iniciales de Shine on you crazy diamond se extendieran por dos caras de un CD. Pausa, estaticidad, carencia de ritmo o ritmo prácticamente inapreciable. Pero capturando ese espíritu de la época de transición que lleva del paroxismo del verano del amor y los ritmos de Detroit a la explosión del chill-out.
Me siento muy raro destacando canciones que están tituladas con números, desnudándolas de cualquier preconcepción que pudiera surgir de añadirles un título como Reloj, Peces  Doncella. En una época en la que, parecía, cualquiera con acceso a un estudio y unos conocimientos básicos de programación pudiera publicar minutos y minutos de variaciones sobre cuatro notas (y llamarlas remezclas y conseguir el público adecuado), Global Communication se elevaron sobre los demás grupos y entregaron una obra maestra de música inclasificable, etérea, rica en aspectos melódicos e intrépida cuando todo el mundo prefería optar por sonoridades más abstractas, el dúo británico, cuyo experimento con los ritmos pausados prácticamente acabaría aquí (su siguiente disco bajo esta enseña sería un maxi de deep house), entregó, casi sin querer, algo que el tiempo, aunque sea a costa de reubicarlo, ha convertido en un clásico.

domingo, 14 de octubre de 2018

Bob Marley and The Wailers: Uprising

Año de publicación: 1980
Valoración: imprescindible

Puede que con otros álbumes haya dudas, y no se trata únicamente de la obvia cuestión del paso del tiempo. Pero todo: la portada, el tono místico de las letras, la inclusión de Redemption song como pieza de cierre nos lo indica. Bob Marley era plenamente consciente de que era muy posible que ese fuera el último álbum que se publicaba con él en vida.
La portad. Puro street-art de poderoso y directo mensaje, que parece sacado de una pared de cualquiera de los barrios de Kingston tenía postrados a sus pies. Un Sol naranja cuyos rayos ocupan la parte superior, emergiendo entre montes, y el artista dibujado de una forma cercana a los super-héroes, torso y pectorales de hierro y los dreadlocks esparciéndose sobre un suelo en el que se entremezclan con lo que parecen ser unas raíces, de las que surge, orgulloso, el título del disco: Uprising. Levantamiento. Una curiosa simetría casi espectacular. El artista alza sus brazos en el mismo ángulo de 45º contrapuesto a las laderas de la montaña, al ángulo en que el pelo se desparrama. Y el Sol sale justo detrás de su cabeza. Detrás de mi, la eternidad de la naturaleza.
La música. Marley había oscurecido todo para Survival, pero seguramente la cosa no estaba para recuperar el tono festivo y el mensaje relajado y vitalista de Kaya. Y para Uprising renunció por completo a la recuperación y puesta al día de canciones de sus primeras épocas. Todo en este disco son composiciones conscientes, maduras. Ya el inicio del disco es portentoso. un rasgueo tímido de guitarra que se prolonga hasta ceder ante la irrupción, pausada, cadente, de la brillante sección rítmica. Coming In From The Cold avisa de que estamos ante un disco, insisto, plenamente consciente y totaliza el espíritu del disco en una sola canción. "Surgimos del frío", "eres tú a quien hablo". Es la primera de una serie de cinco canciones inapelables, que no dispusieron del recorrido en vivo que popularizó muchos de los clásicos de Marley, pero que son de lo mejor de su carrera. Ahí la voz del genio está reposada, dulce, y entronca con esa maquinaria rítmica precisa que le arropaba. Las instrumentaciones son simplemente magistrales, modestas y respetuosas, tomando el protagonismo a base de crear los espacios que el género requería. El trote de bajo punteado por el órgano en We and dem, la importancia de las voces femeninas, ese toque espiritual que se completa aquí y allá. Espiritual en sentido positivo, nada de fatalismo, y solamente la cuenta atrás de Work puede sugerir que Marley se crea por algunos segundos tan importante como para arrastrar a la humanidad en su destino.
Puede que sea osado decir que, para finalizar su carrera, Marley reservara algunas de sus mejores canciones. La cara A, esplendorosa, y en la cara B, que se abre con otra composición icónica: Zion Train, nos encontramos los dos símbolos involuntarios del álbum. La eufórica Could you be loved, (cuyo ritmo sirvió de base para excelentes canciones en la posteridad) y, simbólicamente separada por Forever loving Jah, la archiconocida despedida de la carrera de Marley, Redemption song. Guitarra acústica, voz quebrada, reivindicación racial, Una canción de acampada para las generaciones venideras. Sin ritmo, sin flow, el ídolo desnudo ante su público. Marley dejando otro himno como cierre a su inabarcable obra y como apertura de su interminable influencia en la música del futuro.

domingo, 7 de octubre de 2018

Pink Floyd: Wish you were here


Año de publicación: 1975
Valoración: imprescindible

Queridos lectores. He puesto el autor y el título del disco en el post porque es una pauta de este blog. Pero me hubiera gustado el reto de no poner ninguna información y saber cuántos de los que lean esto tenían suficiente con la portada, obra del colectivo Hipgnosis y emblema insoslayable de la historia de la música, para reconocer de inmediato el disco y evocar sus fascinantes sonoridades.
Aunque haya que reconocer que discos como éste fueron, exactamente, los que generaron la sensación de rechazo y aversión al virtuosismo que representó el punk, y que el que esto escribe ha escuchado y disfrutado muchísima más música generada por la onda expansiva del punk que por el denostado movimiento del rock progresivo (un contenedor donde cupo de todo, desde Jethro Tull a Tangerine Dream). Aunque mis primeros recuerdos de audición de este disco estaban más relacionados con su tufo de psicodelia narcotizante y menos con una degustación serena y exenta de prejuicios. 43 años son muchos, y en términos de música moderna y contemporánea, una auténtica eternidad. Suficientes, en cualquier caso, para aseverarlo: este disco es una puta joya.
Pink Floyd ya eran un mito cuando lo publicaron. Su anterior disco, Dark side of the moon, ostentó (ignoro si aún es así) el record del disco con más semanas de permanencia en no sé que chart de venta de discos. Así que ya eran niños mimados de la industria y todos los recursos estaban a su disposición. Lejana época en que la música estaba gobernada por los grupos del rock sinfónico, con EL&P, Genesis o Yes al frente entregando discos conceptuales llenos de experimentación, solos de toda clase de instrumentos, temas interminables, influencias culturales de lo mas variopintas, y ya no hablemos de las drogas. Las puertas del conocimiento se abrían de par en par y el oyente era un ser pasivo al que había que abrumar. Pink Floyd, además, contaba con el poderoso efecto mitológico del asunto de Syd Barrett. Miembro del grupo que había tenido serios problemas con las drogas psicodélicas y que había abandonado su carrera musical para recluirse en su casa, en la que murió en 2006.
Precisamente a Barrett ("Ojalá estuvieras aquí") dedicaron sus ex compañeros este portentoso álbum. Que gravita casi exclusivamente en torno a un largo tema,  Shine On You Crazy Diamond, que se reparte en dos fragmentos de más de diez minutos cada uno, abriendo y cerrando el disco. Completan el álbum Welcome to the machine, de aires ligeramente futuristas y de voz algo intimidatoria, Have a cigar, inexplicable single, y Wish you were here, como si se encontraran a Nick Drake y decidieran diseñar una canción de hoguera y acampada, con aires folkies y un ligero tono triste.
Pero volvamos a Shine on you crazy diamond. Letra críptica, dirigida directamente a su ex compañero al que añoran y del que muestran cierta compasión, como si la experiencia lo hubiera sacado del mundo de los vivos. Una composición para la posteridad, construida en la base sobre un ritmo de blues (la parte vocal así lo certifica), pero aderezada por toda clase de efectos sonoros que la convierten en una especie de experiencia mística. Un inicio en clave flotante que queda salpicada por exquisitos solos de guitarra celestial y sintetizador evanescente, hasta que el ritmo de blues queda acaparado por cuatro notas de guitarra que se apoderan del oyente como un mantra. Difícil de explicar en palabras el poder de los veinte minutos del tema. Como una especie de epifanía que gana a cada escucha a medida que se capturan matices que podrían pasar por meros trucos de estudio pero en lo que todo encaja. Merece una (muchas) meticulosa audición con auriculares para comprobar la coda sonora que desplaza en el lado derecho mientras un solemne órgano acompaña las partes principales de la canción. La guitarra de David Gilmour muestra cómo uno puede ensamblar una canción dentro de otra, apoderarse del protagonismo y elevar la música hacia la estratosfera.
Por supuesto que este concepto, el del enorme virtuosismo aplicado a una música inicialmente lúdica y falta de pretensiones, sería la ruina al ser llevado al extremo. El punk reaccionó contra todo eso y falta que hacía y excelente que ello ocurriera. Los errores del rock progresivo han sido identificados, reconocidos y hasta purgados. Pero este disco supera todo eso. Es una maravilla y es estúpido negarlo.

domingo, 30 de septiembre de 2018

Blood Orange: Negro Swan


Año de publicación: 2018
Valoración: casi imprescindible

Pues hay que ir espabilando. O nos va a pillar el final de año y no vamos a tener idea de qué será lo que nos quede en lo musical.
Blood Orange es el nombre del proyecto liderado por Devonté Hynes. Otro vocalista de color, multiinstrumentista, productor, que no es exactamente un rapper. O sea, que no le hace ascos a colaboraciones de entornos hip-hop, pero que decididamente quiere tener su voz propia. Perdonad este gesto al afirmarlo de forma  poco humilde. No es que Hynes sea un recién llegado. Con 32 años, Negro Swan es su cuarto disco bajo el nombre Blood Orange, pero ya ha participado en muchos otros proyectos. Fue el guitarrista de los Test Icicles, un breve combo proto-adolescente de agresivo y nervioso punk. De eso, pasó a un proyecto, ya en solitario, completamente inclasificable llamado Lightspeed Champion, má s cercano estéticamente a cosas como lo nerd, y musicalmente en un sonido pop de regustos ochenteros y más reminiscente de cosas como Prefab Sprout o los Lightning Seeds que de toda la negritud que, puede, se avistara en su futuro como Blood Orange.
Y con este disco se postula al trono de rey del r'n.b Parece que de estos andan saliendo unos cuantos. Muertos Michael Jackson y Prince, ese cetro se lo empiezan a disputar muchos. Más cercanos al sonido urbano o con más tendencias a la innovación, pero ahí andan unos cuantos. Algunos más aventurados, otros más asequibles. The Weeknd. Kanye West. Millas por delante, Kendrick Lamar, y aún más allá, Frank Ocean, inconmensurable en su momento y más aún cuando sus discos maduran con el paso del tiempo. Ocean es una obvia influencia de Blood Orange. No tanto en lo sonoro como en ese espíritu libre y esa desinhibición para abandonar poses duras y presentarse (véase la espléndida portada, a años luz de la pose machorra arquetípica) como puros músicos alejados de corrientes comerciales, ergo sin ninguna clase de cortapisa para, sin abandonar la socorrida etiqueta del r'n'b, tontear con todas las tradiciones (en algún momento me recuerda al emblemático 25 years later de los Blaze) y sacar adelante un disco sumamente atractivo, casi irresistible a la primera escucha (gracias, trucos de producción), que solo el paso del tiempo pondrá a su lugar.
Puede que haya quien le recrimine no ser el primero en alinearse en la liga de los artistas de la escena urbana alineados con el colectivo gay, puede que otros le echen en cara que lo del disco conceptual con intros habladas, aires jazzies y fragmentos recurrentes ya lo hizo Kendrick Lamar de forma casi inmejorable. Yo digo: si esos dos elementos producen, al asimilarse, incorporarse y traducirse al lenguaje propio del artista, maravillas como el neo-soul en Orlando, el espectacular hit, casi godspell, que es Jewelry, la carga de pop fresco y refrescante que es Saint, o esos tracks escondidos entre nubes de algodón, imaginería de producción de alta gama, las ineludibles colaboraciones propias de esa comunidad tan hermanada (por oposición a las rudas guerras del rap) que es la escena r'n'b, si este disco nos reserva maravillas a las alturas del track 10 en adelante (esos que la manía de llenar álbumes con lo que sea), como ese Dagenham Dream que parece tomar prestado por igual de Soft Cell o de The Blue Nile, o Minetta Creek, jugueteo pop inusual, casi una broma que hubiera firmado gustoso el Prince de discos como LoveSexy o Around the world in a day.
Pues eso: a lo tonto, Blood Orange ha entregado, tres meses quedan para que alguien levante la mano para contradecirme, un serio contendiente a disco del año.




domingo, 23 de septiembre de 2018

Scott Walker: Scott 4

Año de publicación: 1969
Valoración: imprescindible

En el mismo año en el que, meses antes, había publicado Scott 3, otra obra maestra, Scott Walker publicó este Scott 4 de portada (dicromía, expresión circunspecta, mirada perdida) rayana con el expresionismo, y desapareció convirtiéndose en una especie de Salinger musical, para volver a aparecer de vez en cuando con propuestas cada vez más extrañas, experimentales y alejadas del gusto de las masas.
Como cierre de la tetralogía, Scott 4 plantea dos situaciones contradictorias. Primero, es un disco repleto de canciones extraordinarias, muchas de ellas clásicos instantáneos e integrantes desde su publicación de la ya extensa lista de maravillas firmadas (aquí Walker ya compone todo el material) por su intérprete. Segundo, supongo, quizás, se trata de una mera conjetura, el disco acusa algo una cierta dispersión en lo estilístico, cosa que seguramente no ayudó en su empeño de recuperar al artista para una repercusión comercial de cierto alcance. Walker. Años atrás, como integrante de los Walker Brothers, se les trataba como a (otros) nuevos Beatles.
Claro que la cosa no era precisamente sencilla. El universo de Walker no era apto para todos los públicos, y abrir un LP con una canción inspirada en una película de Bergman no era precisamente una apertura destinada a los charts. The Seventh Seal arranca con una trompeta casi latina, para embarcarse en un nervioso intercambio de guitarras, cuerdas, y la aterradora presencia vocal de Walker, acaparándolo todo. Canción sin estribillo, crescendo sin resolución, queríais clásicos, ahí va el primero. Preparando el camino para la que para mí es, oficialmente, la mejor canción de menos de dos minutos de la historia: On Your Own Again, letra indescifrable (¿divorcio?) que se cierra con una contundente frase que bien pudiera resumir la carrera de Walker "era tan feliz que no me sentía yo mismo". Arranque solemne de guitarra acústica, mid tempo punteado por las cuerdas, la voz se eleva poderosa y a la vez íntima. 
Hay más, por supuesto. Los saltos de un estilo a otro son constantes y perjudican algo esa condición de álbum, pero esa es una queja menor. Walker tantea con el soul-rock en Get Behind Me, evoluciona hacia el  country & western en (premonitorio título) Rhymes of Goodbye, aunque antes nos ha regalado canciones en los que parece certificar su derrota, World strongest man o la fascinante e icónica Boy Child , ésta repleta de lirismo y amagando con la experimentación  en que sumiría su carrera posterior. Canción por canción, se trata seguramente de su mejor disco. Hablamos de un artista que, en lo creativo, no tiene miedo a nada. Si hay que hablar de neo-estalinismo en una canción dotada de cierto aire pop, se hace: The Old Man`s Back Again, aparte de una línea de bajo que impresiona al mismísimo David Bowie, uno de los más audaces arreglos de la historia. Y Walker habla de mujeres de pie en medio de la nieve, mientras desconocidos se llevan a su hombre.
Reverencia absoluta.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Yves Tumor: Safe in the hands of love

Año de publicación: 2018
Valoración: muy recomendable

Lo dije en un Tweet: hay que creer mucho en lo que uno hace para llamarse así. Yves Tumor. Músico de Tennessee afincado en Turín. Y para presentar una imagen tan dura y para aceptar ser una de las apuestas de una enseña histórica, el sello Warp, en su intento de persistir en la cumbre de la experimentación, del sonido poco amigable para el oído despistado, de aquello que llamamos vanguardia hasta que la sobre-exposición y la dinámica de los mercados lo convierte, progresivamente, en mainstream, quizás después de haber servido de soporte para una campaña promocional, para una escena de una película modernilla, todo el underground y lo experimental acaba convirtiéndose en algo extraño a lo que nuestro oído se habitúa.
Y si alguien duda de mi afirmación, que piense qué ha sido del drum'n'bass.
Yves Tumor publica para Warp. Un sello lejos de su esplendor, aquel que se inició cuando publicaron las dos antologías de Artificial Intelligence. Un sello ubicado en Sheffield, un sello al que la historia asocia con las grandes estrellas de aquello que se llamó IDM (Intelligent Dance Music): Aphex Twin, Black Dog Productions, Autechre. Menudo ramillete para esa época, y aún se le podrían añadir Broadcast, The Sabres of Paradise, LFO, tantos otros que representaron un presente esplendoroso de la escena electrónica, hasta que Warp escandalizó al mundo incorporando algún grupo con guitarras. Ahora suena ingenuo, pero en su momento resultó todo un shock.
Ah. Y los vídeos de Chris Cunningham, esos incómodos asaltos a las plácidas digestiones, con miembros seccionados, rasgos deformadosfiguras amenazadoras. El artwork que rodea al artista parece inspirado en esa faceta artística ligeramente perturbadora, como si aparte de entregarse a la audición el oyente estuviera participando o siendo cómplice de un ritual algo oscuro.
Algo de eso hay en este álbum: Safe in the hands of love. Jamás una frase tan encantadora pareció esconder algo tan amenazador. Porque las canciones de Yves Tumor no son precisamente música para chill-out. Véase, por ejemplo, el vídeo de Licking An Orchid, voces que parecen de canción de acampada, cierta placidez, un ritmo reposado, y de repente la abrasión, la saturación sonora, el ruido blanco. Voces que constituyen un pequeño rasgo de Yves Tumor. Presentes como pequeños mantras que pueden engañar al oyente otorgando cierta apariencia de canción. Noid: como si a los de Animal Collective les diera por cantar jingles tras un empacho de sonido philly. Pero la cosa no va a ir siempre por ahí. En Economy of Freedom la distorsión ya acapara el sonido y Hope In Suffering incluye amenazadores aleteos de insectos que vuelan de un lado al otro de los auriculares. Tumor no le tiene miedo a nada. Safe in the hands of love no va a hacer que Warp regrese a esa época dorada porque la idiosincrasia del sello sigue incólume. La música debe alterar, quizás fascinar, y los caminos hacia esas sensaciones no siempre son agradables de transitar. Yves Tumor no va a ser el futuro de la música. Está muy claro que esta era del uso a destajo del skip, cuando si a los diez segundos una canción no te convence pasas a la siguiente, parece mostrar el camino opuesto. Cositas ligeras, agradables, fáciles de asimilar y que entran a la primera (para salir sin dejar rastro al poco tiempo).
No busques de eso aquí.

domingo, 9 de septiembre de 2018

Erykah Badu: Baduizm

Año de publicación: 1997
Valoración: muy recomendable

Una imagen impactante, glamour callejero con el toque racial justo, el punto chic distintivo de sus tocados textiles en la cabeza, cierta aura más cercana a, por ejemplo, Naomi Campbell o Sade que a Missy Elliott o Rihanna. Erykah Badu podría pasar por una de esas fugaces estrellas a las que se les entrega el cetro de "esperanza del soul", casi siempre gracias a un primer disco descollante... y casi siempre para despojarlas de él en cuanto surge otra estrella de muy parecidas características.
Lo cual no debe evitar que disfrutemos de sus discos. Baduizm, título al que no le falta ese toque ególatra que desprende seguridad, es un formidable debut que no tuvo continuidad en los términos que merecía. Y podriamos decir lo mismo de Kelis, de Jill Stone, de Me'shell Ndegeocello, de las Zhané, de Lauryn Hill, de Jody Watley, de Mary J. Bligee muchas figuras cuyo deslumbrón inicial acabó siendo casi, el necesario preámbulo a un oscurecimiento.
Las credenciales de Erykah Badu en lo artístico: una voz ligeramente gatuna y nasal, comparada en no pocas ocasiones con la de Billie Holiday, un acompañamiento brillante, a medio camino entre el trip-hop tan en boga en su momento y el jazz onda Roy Ayers: base rítmica potente aunque algo perezosa, bajo y bombo en primer plano arropando a la voz, y, el conjunto, claro, cómo no, resulta de esa aterciopelada elegancia que parece ir a traspasar la barrera del engolamiento al que a veces estos experimentos se ven abocados. Baste ver las toneladas de azúcar en forma de baladas que intoxicaron las carreras de muchas divas, desde Whitney Houston a Beyoncé, cayendo de bruces en el mayor de los convencionalismos, la condena de las grandes voces a ser "intérpretes" por encima de "músicos".
Baduizm dispone de material potente al que solamente puede recriminarse cierta homogeneidad, justificada a la hora de aportar cohesión pero algo incómoda para una audición "del tirón". Ciertos trucos vocales regresan, ciertos ambientes son compartidos entre las canciones, y desde luego el inconfundible tono de la artista, que tan pronto se eleva a alturas de los grandes clásicos como parece coquetear con el scat, se encarga de llevarnos de la mano por historias que parecen no acabar siente bien. Canciones de tempo perezoso, no exactamente las baladas dulzonas sino números de regusto agridulce, torch-songs de digestión lenta sin estridencias ni histrionismo. Next Lifetime habla de la reencarnación como una opción a la poligamia, En On & On (atentos al espectacular arranque a los 3:26), el mensaje no es tan claro, pero quede claro que las semejanzas con Billie Holiday no se restringen al tratamiento vocal: Badu transmite mensaje a través de sus palabras y su fascinante tratamiento sonoro (con sutiles reminiscencias caribeñas, las percusiones parecen pedir a gritos someterse a un tratamiento de reverberación), y ese mensaje es indudablemente militante: el video de  Other Side Of The Game muestra a una mujer rodeada de comodidades en una gran casa mientras su pareja entra y sale y no parece ser un médico de urgencia.
Han pasado dos décadas y el mundo ha visto ir y venir (y no regresar) a muchas estrellas fugaces. Badu puede que solo sea una más en ese firmamento, pero este disco merece la pena revisarlo de vez en cuando.