domingo, 8 de abril de 2018

The Sabres of Paradise: Haunted Dancehall

Año de publicación: 1994
Valoración: muy recomendable

Dudo que la aportación de un personaje como Andrew Weatherall a la evolución del sonido electrónico, y por extensión, al desarrollo de la música de vanguardia y la búsqueda de nuevos sonidos tan propia de la última década de siglo anterior, llegue a ser justamente valorada. Hagamos algo para ello que no ocurra. 
Primero; presentar al personaje. Un tipo enjuto y avanzado por completo a la estética hipster: barbudo y tatuado hace veinte años cuando eso aún se asociaba a ambientes rudos y carcelarios. Un aspecto levemente ido que se incorporaba de alguna manera a las sonoridades que creaba, con aires de dub, con sonidos extraños, con elementos sonoros poco ortodoxos que rebelaban una especie de choque entre elementos aparentemente discordantes, orgánicos y digitales. Soundsystem meets Kraftwerk o algo así.
Sus primeros logros surgieron en el muy transitado (en los 90) campo de la producción y las remezclas. Su trabajo en Screamadelica empujando a una banda renqueante como los Primal Scream hacia el Olimpo le aportó fama y prestigio que usó para, desde ese justo momento, dedicarse a hacer lo que le salió de las narices. Montó sellos, lanzó recopilatorios, produjo grupos de fama fugaz, remezcló todo tipo de artistas (en esa época una remezcla podía constituir una transformación creativa de tal envergadura que en muchos casos hacía palidecer al material original), con lo que era más que lógico que su desbordante creatividad y capacidad de trabajo se canalizara en proyectos propios. 
Haunted Dancehall fue el segundo y último disco de su proyecto inicial, The Sabres of Paradise, tras un primer disco, Sabresonic, algo irregular, más condicionado por sus colaboraciones con otros artistas. En Haunted Dancehall, estética de cómic de terror, ligeramente vodevilesca, Weatherall deja atrás los devaneos con el sonido más cercano a la pista de baile y destapa el tarro de las esencias. Publica el sello Warp, templo de todas las grandes estrellas de la IDM, sello cuyos discos podías comprar prácticamente a ciegas en cierta época (Aphex Twin, Autechre, Black Dog Productions), y ello significaba completa libertad.
Vaya que se la tomó. Haunted Dancehall queda configurado (los títulos de las canciones sugieren hasta cierto aire narrativo) como una especie de excursión de aires nocturnos y portuarios, con sus episodios y sus paradas en entornos más o menos concretos, aunque el inicio tiene aires casi de Kraftwerk, con una especie de sonido líquido, casi distorsionado, un par de minutos iniciales que parecen no concretarse en nada, entre burbujeos y efectos, hasta la irrupción de Bubble and Slide II aporta cierta calidez, el sonido sigue siendo metálico y tosco pero se va enriqueciendo y empieza a incorporar los aires que dominarán el disco. y es que sin abandonar el absoluto predominio de la instrumentación electrónica, la música empieza a tornarse cálida, irreal, frágil. Duke of Earlsfield parece emparentar mejor con bandas sonoras de películas de bajo presupuesto que con el destello iridiscente de las raves. Qué se debieron fumar en ese estudio. La parada en Jamaica (la parte de Jamaica más cercana a Marte, por eso) que representa Wilmot viene a confirmarlo. Imposible definirlo: dub, dancehall y calypso electrónico en aquello que parece ser como una especie de broma pero que se pega de inmediato a la memoria y a las suelas de los zapatos. Este disco tiene casi 25 años y muchos de sus planteamientos no han sido superados. Oírlo con unos buenos auriculares a un volumen generoso solo hace que desvelar todo lo que pasa por debajo, hasta llegar a esa especie de finále épico que es la canción que le da título. Difícil concebir que el punto de partida de esta música pudiera ser el house de bombo estricto de Detroit de apenas cinco años antes, pero una secuencia muy lógica.
Weatherall siguió, claro. Publicó sesiones de DJ modélicas, formó nueva banda (Two Lone Swordsmen), se acercó al deep-house, a los click'n'cuts, hasta a ciertos sonidos más orgánicos, continúa pinchando y produciendo música y, en lo sonoro, experimentando, probando cosas. 
Probar cosas. Qué raro suena eso hoy.

domingo, 1 de abril de 2018

Antony and the Johnsons: I am a bird now


Año de publicación: 2005
Valoración: sobreexpuesto

a) Está bien: lo que voy a decir a continuación es muy cruel y puede que sea hasta injusto. Injusto porque cuando un artista publica un disco puede que pierda el control de hasta dónde éste pueda llevarle. Podría ser este, por eso, el caso de un artista que crea para sí mismo y es completamente ajeno al revuelo que su obra pueda causar. Oh. Puse obra en minúscula.


b) ¡¡ Qué prodigio de sensibilidad, qué Obra maestra de matices y cuánto dolor y cuánta incomprensión están detrás de estas canciones!!

a) No voy a discutírtelo. Pero ese dolor y esa apariencia sórdida empiezan a parecerme algo programadas, ese uso de la imagen de portada, del transexual (agonizante, dicen) en la habitación de hospital me resulta excesivamente preconcebida, apelando a sentimientos tan obvios (puede que en ese tan lejano 2005 no lo fueran) que la simple audición del disco empieza con una actitud del oyente completamente sesgada, del estilo "pobre de mí como esto no me guste".

b) Pero, ¿y las canciones? esa es solo la imagen de alguien con quien Antony (que recientemente ha firmado algún disco como Anohni)

a) un pseudónimo de ambigüedad ya definitivamente exacerbada...

b) no me interrumpas...alguien que ha sufrido marginación por su condición sexual antes de erigirse en un estandarte y revelar el artista que hay bajo su apariencia frágil. Todo el disco habla de eso. De sentirse rechazado por el aspecto, por la condición sexual, por ser diferente dentro de un mundo estereotipante y estereotipado.

a) Buf. Este territorio es terriblemente pantanoso. Uno elige mal una sola palabra y tiene a toda la sociedad (no solo la comunidad LGTBI) tirándosele encima. Las canciones son buenas: muy homógeneas en su parco tratamiento - casi siempre un espartano piano+voz - muchas de ellas brillantes piezas de pop decadente, con influencias de Nina Simone, de Billie Haliday, y las colaboraciones son brillantes. Pero perdonadme, no puedes ser tan marginal cuando captas la atención de Lou Reed (que ya había tanteado los lados marginales en Transformer, sin llegar a este engolamiento) o el últimamente desaparecido  Rufus Wainwright, tanto que se avienen a colaborar en tus canciones.

b) ¿Insinúas entonces que todo pueda ser una pose? ¿Que el desgarro...

a) tardaba en salir la palabra desgarro...

b)¡que no me interrumpas! ¿que el desgarro detrás de canciones como Bird Gerhl o My lady story no es sino una apelación forzada, música afectada como manera de captar atención y vender discos? Y qué hay del valor intrínseco de esa música. También son tristes y decadentes otros discos. Por poner ejemplos dispares, Berlin de Lou Reed, o Felt mountain de Goldfrapp. Qué culpa tiene Antony and the Johnsons de que la gente use su música para eso. Será un valor que hay que reconocerle.

a) ya. Pero lo mismo puede pasar con Chandelier, con Happy, con I will survive, con Viva la vida. Que las canciones quedan asociadas de tal manera a situaciones particulares que acaban convirtiéndose, a su pesar, en entes ligeramente paródicos, algunas tienen la suerte de ello o les cae esa piedra, en botones de generar situaciones . Es lo que pasa con ésta, casi casi, el pretexto para toda esta reseña. Hope There's Someone. Creo que poca gente se ha fijado en que a partir del tercer minuto o así es prácticamente inescuchable, con Antony aporreando el piano y entregándose a la gimnasia vocal. Pero su uso exhaustivo para crear "atmósferas introspectivas" (lo que viene a decirse música para cortarse las venas), o cuando Isabel Coixet (otra reina de la alegría y la juerga) la usó en una de sus películas, o cuando alguna de esas marcas de perfume que nos amenizan las navidades, todos esos niveles de empleo de la canción, la han convertido en una especie de mecanismo de activar situaciones. Antony no tiene la culpa. Él, como si huyera de la jaula del estereotipo que sus primeros discos crearon, se ha reinventado e intenta crear música con otro espíritu, con otra intención. Pero este disco, seguramente un buen disco para todo aquel que tenga la suerte de oírlo por primera vez sin todo el aura que le rodea, le persigue y le perseguirá.

domingo, 25 de marzo de 2018

La Habitación Roja: Memoria

Año de publicación: 2018
Valoración: Recomendable

"La Habitación Roja" siempre ha sido un grupo de canciones. Desde los ya lejanos tiempos de "Ahora", "Lo mejor que me ha pasado" o "Cuando te hablen de mi", todos sus discos han incluido un buen puñado de himnos casi generacionales pero, en mi modesta opinión, los valencianos no han sido capaces de hacer un disco "redondo", siendo el "Nuevos tiempos" grabado con Steve Albini lo más parecido a eso. De hecho, creo que es un grupo que hubiera funcionado mejor en formato EP / single que en formato LP.

El caso es que este "Memoria" tampoco será EL disco de "La Habitación Roja", pero es un buen disco, bastante mejor que los últimos publicados por los valencianos, lo cual tampoco es mucho decir.

El comienzo del disco es más que prometedor. Las cuatro primeras canciones del álbum son cuatro potenciales singles y constituirían un muy buen EP. Los cuatros temas nos remiten a una versión mejorada de los últimos discos de los valencianos: multitud de guitarras, cuerdas, teclados, toques bailables, etc y las ya clásicas melodías y estribillos pegadizos. De las cuatro me quedo con "Líneas en el cielo", una canción llena de intensidad, de esas que engancha, y que es, para mí, la canción del álbum, la que en unos años figuraría en un hipotético "Greatest Hits", aunque poco a poco la "neworderiana" "Madrid" y la muy influencia por The Cure (ay, ese comienzo) "La última noche del año" van ganando terreno.

A partir de aquí, el disco flojea. Comienzan a alternarse temas prescindibles como "Berlín", "Desde aquí" o  "¿Quién eres tu?", anodinos y largos en exceso, con temas aceptables como "Estrella de la muerte", con el piano recorriendo el tema, el "hipersintentizado" "Algo de verdad" o el saltarín y bailable "Nada cambia" y algún que otro candidato a single, como los guitarreros "No fueron tiempos para enmarcar" o "En días como hoy", dos temas que podrían ser verdaderos pelotazos en las manos del Steve Albini de "Nuevos tiempos".

Resumiendo, los chicos de "La Habitación Roja" continúan instalados en un plácida madurez y mantienen casi intacta su capacidad de crear buenas canciones. Vale que no han inventado la pólvora, pero lo cierto es que nunca lo han pretendido y nadie se lo puede exigir después de más de veinte años de carrera. Eso sí, nos entregan su mejor disco en años, un disco cargado de buenas melodías, guitarras, teclados y arreglos de cuerda, y eso es más que suficiente. 

domingo, 18 de marzo de 2018

Zaz: Recto Verso


Año de publicación: 2013

Valoración: recomendable

Vale, ya lo sé: pega poco una reseña de una cantante tan cuqui com Zaz en este blog que tiene entradas dedicadas a gente tan molona como Daft Punk, Kraftwerk o, ya insuperables, The Clash... Pero:
  1. Podría ser peor: pensad que Amaia de OT, aún no ha sacado disco... 
  2. Zaz -es decir, Isabelle Geffroy- tiene un pasado algo perroflaútico que la redime del azúcar con la que puede estar recubierta ahora. Y, sobre todo, es una gran cantante.
  3. Hay que tener apertura de mente, chicos y chicas. No vaya a ser que realmente se confirme que Zaz es la heredera actual de Édith Piaf  (yo lo dudo, pero eso dicen...) y dentro de unos años, cuando seáis unos maduritos en la  pre-prejubilación, os matéis a escucharla, porque se la considere una clásica de la canción francesa y europea.... (¿que no? Estas orejas han oído cómo se recuperaba sin rebozo alguno a Nino Bravo, a Camilo Sesto e incluso a ...glups, el ínclito Raphael).
Pero bueno, a lo que íbamos: Recto verso es el segundo álbum de estudio (¿aún se dice lo de álbum?) de esta cantante, después de su descubrimento para el gran público francés -c'est á dire, El Gran Público- con el exitazo que supuso Je veux e iniciativas posteriores más complacientes, como las versiones del disco Paris, incluyendo duetos como el que tuvo con (¡ay!) Pablo Alborán.

El estilo manouche o gipsy-jazz queda aquí, sin embargo, acotado a dos o tres temas. Comme-ci, comme-ça, la divertida Oublie Loulou  (versión de una canción de Charles Aznavour) y, quizás con menos decisión, Toujours. El resto del disco lo podemos adscribir a un pop más o menos estandarizado; más pizpireto, casi nipón, en Gamine, más rockero en el caso de Déterre. Aunque también hay lugar para los ritmos sudamericanos, como ocurre en el tema La lune... pero lo que destaca sobre todo es la magnífica voz de Zaz -un poco ceceante, pero eso le da más encanto-, que luce en todas las canciones , desde la primera del disco On ira, hasta la última, aunque en algunas -se diría que compuestas ex-profeso para ello-, con un poderío aún más destacable; es lo que ocurre con T'attands quoi o Si.

¿Mis preferidas' Pues aparte de la contagiosa energía de On ira,con que se abre el disco, yo diría que la agridulce Cette journée y, como muestra de la cruda delicadeza con que se puede tratar un tema tan poco "pop" como la senilidad, Si je perds, obra, como otros temas del disco, del también cantante  F.rédéric Volovitch.

Hacedme caso y dadle una oportunidad a Zaz.... ya veréis cómo os va a conquistar... ; )

domingo, 11 de marzo de 2018

Portishead: Dummy


Año de publicación: 1994
Valoración: imprescindible

Notas de piano eléctrico ligeramente reverberadas. Scratch vocal. Redoble. Theremin. Clásico comienzo de disco que actúa como una sutil patada en la espinilla y despierta un demonio inesperado. Un poco frustrante: Massive Attack han publicado hace algunos años su ópera prima y (cuando este disco se publica) están a punto de publicar su segundo disco. Un tal Tricky iniciará su irregular carrera al año siguiente. Pero Portishead logra alzarse con la bandera definitiva de grupo emblemático del género. El trip-hop: pocas veces un nombre tan apropiado es absorbido con tanta rapidez por la industria y adoptado por tanto advenedizo con tal de subirse al carro y (ya de paso) sacar su provecho en forma de ventas. 
Portishead fueron la espoleta más destacada, el gatillo más efectivo. Pusieron en marcha una moda en cuyo recorrido no fueron siempre bien acompañados. Los sellos proliferaron: Mo' Wax, Ninja Tunes, Pork. Algunos artistas parecieron no darse cuenta de que no era tan fácil. No bastaba con unas bases, un par de samples, algo de ecos jamaicanos. Pero Portishead no tienen la culpa. Dummy es glorioso y ello no lo van a cambiar los discos mediocres de las huestes de admiradores inspirados que devinieron falsificadores pasados un par de años. Dummy es glorioso porque, en el fondo, por debajo del sonido sofisticado, de los samples, de las influencias caleidoscópicas (que van desde De La Soul hasta John Barry pasando por el aire gatuno de la voz de Beth Gibbons, heredera de Billie Haliday y de las torch-songs de tugurio humeante), por debajo de la expresión cinemática de su sonido, el mensaje es casi el del pop clásico algo retorcido, aquel que tiene aires de amour fou y los envuelve en camisas tiznadas de purpurina. Beth Gibbons dice (en Sour Times) nobody loves me pero esperaríamos que dijera my loneliness is killing me y eso, lo dijo, años más tarde, alguien muy diferente.
Clásico a la primera escucha, del que han vivido y del que se han hecho célebres, con solamente dos discos más de estudio, la media del grupo sale a una canción cada diez u once perezosos meses. Pero las que contiene Dummy son, perdón por la redundancia, gloria bendita. Música de tardes lluviosas que suena ligeramente uniforme a la primera pero que revela más matices a cada escucha. Tonos grises azulados como los de la portada y hallazgo tras hallazgo. Nadie puede explicarse dónde estaban escondidas esas torch-songs pero surgen una a una: Mysterons abre una batería inapelable de canciones donde los singles extraídos ni siquiera destacan por encima del material menos conocido:  It Could Be Sweet con su ritmo repetitivo (otra vez el piano eléctrico) y su sutileza minimalista, It's A Fire con su intro gélida que da paso al órgano y, claro, Roads, epítome del sonido del grupo, aquí en la versión que incorporarían para su disco en vivo, incluyendo, momento que no deja de ponerme la carne de gallina cada vez que lo veo, el plano de cámara que se eleva y el alborozo del público cuando la sección de cuerda irrumpe y se apodera de la canción.

domingo, 4 de marzo de 2018

Hollie Cook: Hollie Cook

Año de publicación: 2011
Valoración: muy recomendable

Leyendo su corta biografía (tiene apenas 30 años) queda muy claro que Hollie Cook no podía dedicarse a otra cosa que a la música. Su padre es Paul Cook, batería de los Sex Pistols, y su madre, corista para Culture Club (cuyo cantante, el celebérrimo Boy George, fue su padrino). Así que creció en un entorno british dominado por las corrientes musicales procedentes del punk y su posterior arraigo en lo jamaicano. Herencia que acepta con enorme dignidad: llega a integrar una formación muy residual del grupo femenino The Slits.

Pero su carrera en solitario se inicia con este magnífico disco  de título epónimo. Ella define su música como tropical pop y he de decir que el calificativo resulta curiosamente adecuado, si bien, y el objeto de esta reseña es la obvia reivindicación, en un mundo justo y que retribuyera el talento por encima de las inversiones promocionales, Cook debería ser una estrella pues su música es excelente y es muy triste que quede restringida al peculiar sub-mundo en que el reggae se ha confinado, no sé muy bien por qué, desde que las grandes estrellas del género, y ya hace tiempo de ello, dejaron de compartir escenarios con los músicos de rock. 
Algo también injusto, perdonad el inciso. El reggae y el dub merecen más que esos festivales en explanadas a la medida de la masa fumada a la que los promotores se han obstinado en dirigir casi en exclusiva.
Volvamos con Hollie Cook. Voz excelente, levemente mejorada en las versiones de estudio, canciones asequibles en su onda, pero deliciosas, un sonido atractivo, una imagen fresca y pulcra. Un atractivo desinhibido muy al estilo de la Neneh Cherry del año 89. Debería tenerlo todo, o si no, comprobad a los cielos que nos eleva cuando su voz dulce se envuelve en misterio ligeramente cósmico en Shadow Kissing. Esta es una música que invita a los auriculares, al volumen alto, al espacio abierto, y la sencillez con la que atrapa no debe engañarnos: Walking in the Sand  incorpora coros, vientos, cierta sensación de melancolía. Y los ecos dub de That Very Night acompañan cierta dicción distante a partes iguales de las cantantes clásicas de los 40 o de Billie Haliday, combinada con la irrealidad de los contrapuntos del Farfisa. Cualquiera diría que se trata de la música perfecta, de algo quizás no demasiado novedoso, pero que no merece ser ignorado. Y me he dejado elecciones obvias, como los dos singles;Body Beat, con sus intervenciones en raggamuffin a cargo de Horseman, o Milk And Honey, con sus aires festivos y su efectiva entrada de trombón.
Para más referencias, el álbum disfrutó de una fascinante revisión en clave de dub a cargo de Prince Fatty, y, para despejar dudas, decidme si todos los artistas pueden ser invitados al festival de Jazz de Montreux, donde, genialidades que tienen ciertos músicos, se marcó una tronada versión de Perfidia.

domingo, 25 de febrero de 2018

Talking Heads: Fear of Music

Año de publicación: 1979
Valoración: muy recomendable

Cosas que voy a tener que agradecerle a este blog: enterarme, al buscar la imagen de la portada de que la edición de vinilo que compré allá por 1980, la que se publicaba aquí, ese había ahorrado ese tramado que asemeja la superficie a esa especie de plancha metálica antideslizante. Hasta hace cinco minutos, hubiera dicho que la portada reproducía la ahora añeja imagen del monitor monocromo verde. Y no.
Alternativa: cómo iban a montar una portada tan austera esos cuatro muchachos neoyorquinos, tres de los cuales se conocían de la escuela de diseño, que habían usado una curiosa imagen para su disco anterior, gloriosamente titulado More songs about buildings and food. Disco extraño, éste en el que ya contaron con la colaboración de Brian Eno, uno de esos cerebros ocultos de la música, aquel tío que tocaba teclados cósmicos en su paso fugaz por la primera formación de Roxy Music, antes de comprender que el ego de Bryan Ferry haría sombra a la mismísima Torre Eiffel. Eno, pues, toma las riendas del sonido en Fear of music y volverá a ello al año siguiente, en el totémico Remain in light.
Y se dice que Fear of music contiene en su primera canción, I zimbra. pelotazo afro funk cantada en un idioma extraño que hasta la fecha (pero es que soy muy perezoso) no he podido saber si es una lengua real o unos extraños fraseos que pensaron que podrían quedar bien allí, ahí, repito que ya me he perdido, está el germen de los abigarrados sonidos de Remain in light. En cualquier caso, el disco recupera un sonido algo más convencional, con canciones de título casi esquemáticos (Paper, Mind, Electric guitar), aunque las estructuras de éstas pasan a volverse más maquinales, dominadas por las bases rítmicas, con una obvia influencia del krautrock, revelando matices que pueden parecer rígidos, intimidatorios, hasta ariscos, como para demostrar que la actitud punk en 1979 no tenía que pasar necesariamente por hacer música que sonara punk, y que esa actitud, en su vocación bastarda y mestiza, aceptaba de buen grado mezcolanzas e influencias de toda índole. Ello supone que Cities, con su entrada en fundido inverso, extraordinario efecto de producción que causa la extraña sensación de acceder a una canción que ha empezado antes con su poderoso gancho sonoro, enlace a la perfección con el proto-disco de Life During Wartime, indudable hito en la carrera del grupo, perfecta desde su título hasta su letra apocalíptica, como especie de oasis de ritmos convencionales en medio de canciones raras pero fascinantes, con letras extrañas pero con cierto aire de calidez. Hasta se permiten mostrar un mid-tempo de aires nostálgicos (Heaven, que fue objeto de un cover nauseabundo pasados unos años a cargo de Simply Red), que en ningún momento quiebra el aire arty y experimental del disco, cerrando una etapa previa a su ensalzamiento como fenómeno de masas. Separados en 1991, su influencia aún perdura, que se lo digan a Franz Ferdinand o a los LCD Soundsystem del excelente último disco.