domingo, 7 de enero de 2018

New Radicals: Maybe You've Been Brainwashed Too

Año de publicación: 1998
Valoración: muy recomendable

Hablemos de New Radicals.  O, mejor aún, hablemos de Gregg Alexander. Artista multiinstrumentista, dotado de un inmenso talento, el músico ejerce de productor, compositor y autor absoluto en esta pequeña joya. Así, bajo el pseudónimo de New Radicals, se esconde la figura de Alexander como protagonista absoluto del grupo, formado por él mismo y un conjunto de músicos de estudio contratados específicamente para la grabación de este álbum. El talento del autor es tal que no necesita mucho más que él mismo para elaborar un álbum de tamaña calidad.

Hechas las presentaciones, vamos a por el álbum, que empieza con una frase claramente intencional: «Make my nipples hard, let's go!». A partir de ahí unas guitarras distorsionadas y caóticas (aparentemente) abren el disco con unos acordes eléctricos que suenan a lo lejos para dejar paso limpio a la incorporación de los teclados, la base rítmica y los sonidos metálicos. La voz de Gregg se añade, lejana, para incorporarse casi como un susurro al oído, pausado, que van aumentando ritmo y volumen hasta dar paso a un estribillo donde aparece, como un grito, el nombre del título de la primera canción «Mother we just can't get enough»; a partir de ese instante se añaden el resto de instrumentos, con todo su potencial: batería, coros, base instrumental, efectos, percusiones y la guitarra de fondo que mantiene los acordes a lo largo de la canción. Presencia rítmica constante y unos coros que apoyan la melodía pegadiza. La producción es perfecta, nítida, clara y equilibrada.

Esta primera canción nos muestra lo que el disco ofrece: un sonido muy cuidado a lo largo de todo el álbum, sin alardes ni pretensiones que busquen algo más que lo que la calidad de los propios instrumentos ofrecen. Todo medido, todo calculado. Ésta será la tónica dominante: bases rítmicas, amplitud instrumental, melodías algo pegadizas (en algunos casos), aunque huyendo de lo estrictamente comercial. Y la voz de Gregg omnipresente, copando todo el espacio necesario, añadiéndose al resto como un instrumento más.

La segunda canción del disco empieza con forma similar: acordes de guitarra, pausada y los coros que, junto con la batería, van entrando en la canción hasta que irrumpe con potencia toda la sinfonía. Voz nítida de Gregg, un par de estrofas y su voz de falsete que da paso a un puente magistral, introductorio, preparando el terreno de lo que sería el estribillo de su gran single, la canción con la que se dieron a conocer: «You get what you give». Gran canción, aunque algo larga en su tramo final que hubiera mejorado con una menor extensión.

Dos grandes canciones iniciales que dan paso a una tercera canción. Aquí el ritmo baja notoriamente, con esa canción pausada que es «I hope I didn't just give away the ending». En un acercamiento a la intimidad, la canción empieza con un piano tocado como notas sueltas, coros que dejan paso a la voz que Gregg que se añade como un lamento, un susurro, casi desafinando, eclecticismo y anarquía musical. Algo caótica en su avance, como un caos interno provocado por multitud de voces dentro de la cabeza, experimental hasta la extenuación, para llegar a una marcada pausa, un cambio completo de registro en el minuto 1:56 con el cantante diciendo «shut up». En este momento la canción calla todas las voces, todo el alboroto, y deja paso a la claridad, a la luz, a la brillantez, a la calidez, a la pausa y a la suavidad de la voz del cantante, en una música que lleva a parecer casi música ambiental. La multicomposición, una canción dentro de otra canción. La canción termina como empieza, como un canto casi a la desesperada, casi suplicante.

Y aquí llegamos al punto álgido, después de tres muy buenas canciones. La cuarta canción la ocupa «I don't wanna die anymore» y es, para mí, la mejor del álbum: el órgano marca los primeros compases y luego aparece un breve riff de guitarra, y la voz de Alexander, susurrando de nuevo, pidiendo casi clemencia para dejar paso a un puente in crescendo, magistral, pletórico, que da paso a un estribillo en medio de un clímax musical al entrar la batería, la guitarra distorsionada, marcando las pausas necesarias para aguantar el momento, justo dejando el espacio para que el estribillo con el grito a la desesperada «don't wanna die anymore» que enlaza con un riff de guitarra, un riff perfecto, colocado en su preciso momento, un riff de los que protagoniza la canción; el elemento clave, el toque perfecto. Los golpes de batería marcan los compases, para acabar con ese susurro «¿won't you save me?...» Repitiendo la secuencia una segunda vez para llegar a su punto álgido, en un grito que marca desesperación, desaliento, y que consigue llegar al fondo de uno mismo. Épico, genial. Inmensa canción.

A partir de aquí seguirían varias canciones destacables, empezando por la sexta canción, «Someday we'll know», que sería el segundo single del álbum, aunque personalmente no estaría entre mis favoritas. Tendremos que esperar hasta la novena canción, «Gotta stay high» para recuperar el nivel de las canciones iniciales. Aquí, la voz de Gregg marca la entrada de la canción con un falsete introductorio pegadizo que acompaña a unos primeros acordes de piano, con una música muy melódica, una reverberación vocal que alarga su voz potenciándola como un instrumento más, se añaden los coros en su puente. Canción de estribillo inexistente y final lento, como una despedida, con un piano sonando a lo lejos y la voz en primera línea del cantante, protagonista absoluto.

El disco finaliza con «Crying like a church on monday», otra de las grandes canciones del disco. La entrada de la canción, con Gregg y su guitarra acústica, al que se añade un piano suave y su voz, ritmo lento, pausado, dejando paso a un puente donde se añaden el resto de los instrumentos, manteniendo el tono pausado, lento, y el estribillo en otro lamento, grito, desesperación mostrada con la voz del cantante. Pasada la mitad de la canción, un solo de guitarra (algo bastante inusual en el disco), es el perfecto punto para retomar de nuevo el estribillo, gran estribillo. La canción finalizada de forma acústica con un solo de guitarra punteado, suave, ritmo lento hasta su punto final de piano. Despedida perfecta, colofón final a un gran álbum.

En definitiva, disco algo irregular, pero teniendo muchas canciones más que destacables, como las antes mencionadas, merece la calificación de muy recomendable. Disco único de New Radicals, elevado por los seguidores como una pieza inigualable, inolvidable, y que llegó a la categoría de disco de platino. Primer y último álbum, que pedía a gritors una continuidad; lástima que el autor considerara, en medio de la gira de promoción del segundo single, que la vida de un músico no tenía por qué ir ligada a giras, promociones, etc. y ser controlada y dirigida por un manager. Gregg quería ser dueño de su destino y hacer lo que le gustaba: componer. Es su habilidad, su don. El resto no le interesa. Y así decidió, después de este disco, apartarse de la primera línea, de los medios, para dedicarse a componer para otros cantantes. Escribiría canciones y produciría para  Ronan Keating («Life is a rollercoaster»), Sophie Ellis-Bextor («Murder in the dance floor»), Rod Steward («I can't deny it»), Texas («Inner smile»), y otros muchos cantantes como Santana, para quién compuso «The game of love» (canción que le supuso un Grammy en el año 2003).  Ya más recientemente, recuperó la colaboración de Danielle Brisebois, que ya participó en este disco y fue pareja sentimental de Gregg (y con quien ya había colaborado en una versión de «Gimme little sign», de Brenton Wood, dándole un aire pegadizo pero más que interesante, en un estilo que se acercaba a Cindy Lauper o a Madonna en sus inicios). Esta colaboración recuperada le permitiría, por ejemplo, escribir las canciones de la banda sonora de «Begin Again», donde la autoría de Gregg Alexander es presente en prácticamente todas ellas, llegando a situar «Lost Stars» en las nominaciones a mejor canción de los Oscar 2015 (a pesar que los méritos se los llevó Adam Levine como cantante de las mismas y actor protagonista del film).

Lamentablemente para sus aficionados y seguidores, New Radicals empezó y finalizó con este disco. Aún así, el trabajo de Gregg Alexander sigue, aunque en este caso poniendo los elementos necesarios para que se luzcan otros cantantes. Para todos ellos irán los premios, para Gregg, la gloria de su legado.

domingo, 31 de diciembre de 2017

Kendrick Lamar: Damn.

Año de publicación: 2017
Valoración: muy recomendable

Difícil lo tenía Kendrick Lamar para continuar tras dos magníficas obras rayanas con lo conceptual como fueron Good kid, m.A.A.d. city y To pimp a butterfly, considerados ambos como piezas clave en la evolución del hip hop hacia territorios menos comunes. Lo que es indudable es que, para la masa seguidora convencional, aquella que cree que el estilo debe sustentarse en actitudes cafres, machistas, en estética de gorra y chándal y colgajos de metales, Kendrick Lamar constituye un rara avis. Y esa  mirada ida, ligeramente stoned, desde la sencillez de la camiseta blanca y el muro de ladrillo de algún edificio de Compton, junto a la ineludible etiqueta del explicit content, junto a una primera escucha, parecen avisarnos de una especie de back to basics, como si el músico (junto a Frank Ocean) más innovador de los últimos años quisiera regresar a algún punto de partida.
Cosas del tracklisting, por eso, y de los ya inevitables imperativos comerciales cuando se habla de artistas en la cumbre.  HUMBLE. y DNA. son dos canciones absolutamente directas, poco matizadas a primeras (sensación que un par de escuchas atentas hacen desaparecer), en cualquier caso, su situación en la primera parte del disco puede fortalecer esa sensación.
Pero señores, este es Kendrick Lamar, ubicuo artista que ha colaborado con tantos y tantos músicos (y tan diferentes), y sus discos tienen sentido y cohesión. Y hay que rascar bajo esa superficie para empezar a encontrar perlas: BLOOD., que abre el disco, con su brevedad y su aire irreal mezcla de Marvin Gaye y banda sonora de film de blaxploitations, los aires psicodélicos que enrrarecen PRIDE. aportando una curiosa sensación que avanza: Kendrick Lamar parece inspirado por la obra de Prince, pero también por la reinterpretación de la obra de Prince que Frank Ocean ofrece en sus discos.  LOVE. parece una de esas baladas viciosas que no desentonaría en algún disco de The Weeknd, y  LOYALTY. cumple con la cuota de participaciones célebres, recuperando sonoramente en algún momento el sonido que abre el disco que vuelve a recuperarse en DUCKWORTH.. Cuota, la de colaboraciones, que completan, inexplicablemente, unos U2 en caída libre que no pintan nada en XXX, al contrario que James Blake, que esparce su espíritu minimalista por doquier en la mejor canción del disco, ELEMENT., un auténtico catálogo de demostración de recursos que ejemplifica (como hacían temas como These Walls o Alright en To Pimp A Butterfly) la capacidad de este músico de trascender a estilos, enriquecerse de ellos y enriquecerlos y aglutinarlos para entregar algo que, hy por hoy, parece único.
Y ya veis, (destacado por el hecho de que todas las canciones son tituladas con una única palabra en mayúsculas seguida de un punto) no menos de ocho canciones merecen ser mencionadas de un disco que, a primeras, parecía menor, y ha acabado no siéndolo. Las listas de todo el mundo así lo han considerado (aunque he de decir que la elección en este blog ya era clara hace unas semanas) y Lamar parece predestinado (poned al lado a Frank Ocean y a un Kanye West del que algún día hablaremos aquí) a seguir en la cumbre tanto del gusto de la crítica como de la aclamación del oyente. Por una vez no voy a llevar la contraria.

domingo, 24 de diciembre de 2017

The Human League: Dare!


Año de publicación: 1981
Valoración: imprescindible

Cosas de las que uno se da cuenta: algunas ediciones posteriores de este disco eliminan el signo exclamativo de su título. Pero cómo se atreve la gente. Ese signo exclamativo dice mucho. Recalca el tono imperativo. Elimina la posibilidad de que el título sea un infinitivo. Aporta dinamismo y justifica el tono hedonista. No solo por la adaptación de la tipografía de portada de Vogue ni por el andrógino aspecto de Phil Oakey (que por aquel entonces lucía un curioso flequillo colgante asimétrico), sino por su propio mensaje en referencias al pasado del grupo.
Y ello me hace pensar si la elección no es demasiado obvia. La formación anterior de The Human League ya había publicado dos discos extraordinarios: Reproduction y Travelogue eran magníficos tratados de uso de sintetizadores analógicos, trufados de producción oscura, de imágenes algo turbadoras y de canciones sensacionales que desvelaban cierto aire a la grandilocuencia y cierta ingenua tendencia a presumir de influencias futuristas. La vertiente más política del grupo se escindió y tomó una referencia de Kubrick para denominarse: Heaven 17.
Y qué otra opción tuvo entonces Phil Oakey que abrazar el hedonismo y buscar nuevos miembros. Dos de ellos dos vocalistas femeninas, muy á la page, de aspecto sexy y glamouroso, un teclista, Jo Callis, que había pasado por una banda punk, los Rezillos, y, muy importante, reclutar los servicios de Martin Rushent, productor (fallecido en 2011) que supo manipular el sonido del grupo hasta aportarle la extraordinaria brillantez que desprende Dare!.
Porque este es un disco perfecto, que ya tocaba decirlo a estas alturas. Dicen algunos no muy anchos de miras que es el paradigma del sonido tecno-pop de los 80 o hasta solamente del sonido pop. Pues no: ésta es una pieza clave en la historia de la música y como se desarrolla a partir de ese momento. Cuando Phil Oakey decide relegar la oscuridad de su sonido primitivo (representada aquí solamente de forma muy tímida por los sonidos ligeramente marciales de Do or die y I am the law) y permitir que capas y capas de sonido luminoso recubran hits pluscuamperfectos como Open Your Heart Love Action (I Believe In Love) no solo está creando uno de los discos más perfectos de la historia sino que está sacando a la música electrónica de su hábitat hasta aquel entonces. Los tipos con sintetizadores parecía que tuvieran que salir con batas de científico al escenario. Con actitudes hurañas y aspecto enajenado. The Human League tenían dos vocalistas: cantaban y estaban buenas, como las coristas de los grupos de música disco. Los tipos que las acompañaban tenían aspecto hasta de poder ser el novio de alguna de ellas. Las canciones revelaban hasta aspectos cotidianos. Don't You Want Me habla sobre una pareja que se deshace cuando ella accede al éxito y a la fama y abandona a quien la ha ayudado a llegar hasta allí. 
Pero el sonido: años me costó asumir que ese sonido no se repetiría en ningún disco, ni siquiera del propio grupo (Hysteria, disco posterior, se mostró como un trabajo desorientado), y que no tenía sentido su búsqueda. Dare! redefinió la música como pocos discos lo han hecho. Incluso las bandas tecno-pop con las que convivieron temporalmente parecían mantener cierta distancia, cierta actitud, permitidme la broma, algo robótica, en lo que a su comportamiento ante la masa oyente se refiere. Gary Numan, OMD, Devo, Cabaret Voltaire, parecían emplear sus teclados como armas defensivas frente al imperio de las guitarras. Para este disco, The Human League (como, en otro nivel, habían hecho Magazine) los integró con toda la normalidad, como si fueran un elemento más del pop y como si no tuvieran que ser un impedimento para la accesibilidad sino un puente hacia ella. No es que Dare! sea un disco pop. Seconds suena intimidadora con esos solos y ese zumbido de fondo, The Things That Dreams Are Made Of parece ser el referente de toda la discografia de Metronomy. Pero el resultado, el conjunto estético, la secuencia (sobrados: dejan el hit absoluto del disco para el final de la cara B), muestran que Dare! es un disco pop y una sucesión de hits a su pesar. Todo queda integrado: The Sound Of The Crowd, con sus gritos y su ritmo sincopado, podría pertenecer, eliminando coros femeninos y añadiendo algún detalle turbio, a sus primeros discos. Pero está ahí, al lado de una canción luminosa y de tono casi místico como Darkness. En fin: una a una han ido surgiendo todas las canciones del disco, menos el pretexto instrumental que es Get Carter. Todo es destacable y digno de mención y este no es un disco donde cuatro canciones esplendorosas justifiquen el relleno. Es más, Love And Dancing, disco de remezclas de estas canciones que el grupo publicó bajo el pseudónimo poco disimulado de The League Unlimited Orchestra, funciona a la perfección como complemento. Joyas pop de desarrollo sin límites, quizás rescatadas ahora con cierto aire de nostalgia, de esa época en que los mejores discos solían ser también los que más se vendían. Olvidaos: no volverán.

domingo, 17 de diciembre de 2017

Daft Punk: Random Access Memories

Año de publicación: 2013
Valoración: imprescindible (a ratos)

Empecemos por culpar a Daft Punk de todo aquello de que deben ser culpados.

1. La recuperación del vocoder y sus correspondientes abusos en todos los ámbitos, incluyendo su daño colateral a través del AutoTune.
2. La moda que impusieron del filtro en los compases iniciales, recurso del que DJs y productores y músicos hacen abuso aún hasta el día de hoy.
3. Los cascos para ocultar sus jetas. A ver: ya vimos en vuestros inicios que parecíais dos jovenzuelos más bien feúchos no muy alejados de los que supone que serían los perfiles promedio de vuestra masa de fans. Podría hasta poner esas fotos donde se os ve, allá por los 90, inconscientes de vuestro advenimiento a iconos globales ¿No habéis solventado algún problema de acné? ¿Vais de Kraftwerk, y enviáis a cualquier doble oculto tras el casco?, ¿o los Residents, acaso?
4. Algún disco vuestro en que os cogió una onda muy pero que muy garrula.

Ahora bien.

Random Access Memories (excelente título aún con su obviedad) es, en lo conceptual, impecable. Un homenaje orquestado a través de las colaboraciones a todo un legado musical, un inapelable ejercicio de marketing en el que parece (parece) que el todo va a ser más que la suma de las partes, porque la nómina (perdonen que odie con toda mi alma la palabra "elenco") de colaboradores de lujo es simplemente abrumadora. Nile Rodgers, Giorgio Moroder, Chilly Gonzales, Pharrell Williams. Poquica cosa. El disco, envuelto en una imagen sobria pero de apariencia lujosa, se publica entre gran expectación y, segundos después, su canción enseña (por si algún marciano cae por aquí, Get Lucky) es la canción del mes, del verano, del año, y de la carrera del grupo. Es la perfección, claro. Sonido limpio e infeccioso, la guitarra nerviosa de Rodgers, la entrada decidida del fraseo de Williams, y el aspecto elegante en el vídeo. Ese grupo en el cruce de caminos del sonido alternativo y la popularidad. Le pasa, claro, lo que a todos los hits globales: la sobreexposición espera a la vuelta de la esquina y pronto hay tanta tantísima gente que lo lleva en el coche y se oye a todas horas que la gente empieza a dividirse entre quien lo odia ya y quien lo acabará odiando.
Pero Random Access Memories es mucho más que un disco de acompañamiento de un hit. Faltaría, y eso no es siempre bueno. Porque algunos de esos números adolecen no solo de falta de chispa sino de excesiva confianza. La colaboración de Julian Casablancas parece una canción del Alan Parsons Project. Muchas, demasiadas canciones se sostienen sobre excesivas influencias AOR y uno espera brillantez y no la encuentra, aunque las sucesivas escuchas vayan relevando matices, éste no sería un disco brillante si todas las canciones fueran como ésa.
Pero, cosas que pasan, nueve minutos redimen absolutamente al disco de sus altibajos y lo elevan al paraíso de la imprescindibilidad udalsiana. Se llama Giorgio y se inicia con el testimonio de Giorgio Moroder, músico y productor alemán considerado de forma unánime como uno de los principales artífices no solo del sonido Disco sino de la irrupción de los sintetizadores a la música popular. Los nueve minutos de Giorgio representan la sublimación absoluta, desde la suave intro a base piano eléctrico hasta la progresiva introducción de los elementos rítmicos. A medida que Moroder da cuenta de sus inquietudes musicales y de cómo éstas encontraron en el uso del sintetizador su pasaporte a la historia, la música avanza y se transmuta hasta finalizar en un caos casi disonante (concepto que se recupera para el tema final del disco), que hasta cierta punto valida todo lo demás. En la era de las descargas y de los hits puntuales, Daft Punk recuperaron el concepto de LP y lo integraron para, cosas que pasan, convertir en muy conveniente la audición de este disco en su totalidad. Esa es la baza: entonces descubriremos que Beyond tiene trazas de Banda Sonora, o que Touch se ensambla como homenaje a las ampulosas óperas rock de los 70. Que la perfección en los detalles de producción los acerca a referencias chocantes como Steely Dan o, glups, Toto. Que el espíritu de la ELO flota por ahí, entre capas de french-touch. Que Nile Rodgers, claro, espolvorea toque chic/Chic por todo lo que toca. 
Y le perdonaremos o justificaremos cierto toque ampuloso en aras de todas esas memorias que el disco activa y al que añade, claro, algunas de propias. La música es así.

domingo, 10 de diciembre de 2017

Ry Cooder: Paris, Texas

Año de publicación: 1984
Valoración: Imprescindible

Este curioso año de 2017 ha sido, entre otras muchas cosas, el de ciertas pérdidas irrevocables. Una de ellas, quizás menos trascendente para mucha gente, pero no para la memoria sentimental de quien esto escribe ha sido la del gran (quizás debería ponerlo entre comillas) actor Harry Dean Stanton, el Luis Ciges norteamericano. Gran aunque peculiar actor, sin duda, pero por lo general relegado a papeles secundarios en cientos de películas (hagamos memoria: tuvo el honor de ser el segundo tripulante del Nostromo que se cepilla Alien en la peli original). Que yo recuerde, tan sólo en una cinta tuvo la oportunidad de lucirse en un papel protagonista... una sola película, sí, ¡pero qué pelicula! Voilá, mesdames et messiers: Paris, Texas, dirigida por Wim Wenders, con guión nada menos que de Sam Shepard, y Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1984. En ella, HDS interpreta  a Travis (por cierto, adivinen de donde viene el nombre de la banda escocesa), un amnésico extraviado en la frontera texana que es rescatado por su hermano y trata de reconstruir su memoria y su vida perdida durante los últimos años.

Para una historia de un carácter tan melancólico y con un lirismo acentuado -a destacar, además del trabajo de los actores, los magníficos paisajes desérticos-, el director alemán Wim Wenders confíó la banda sonora a uno de los, sin duda, mejores guitarristas de su generación, y, de manera aún más indiscutible, un maestro de la slide-guitar, el californiano Ry Cooder, que ya había compuesto un par de bandas sonoras en películas de Walter Hill -las magníficas The Long Riders y Southern Comfort-, director con el que seguiría colaborando aún muchos años. Cooder, para quien no le conozca (!) es, además de un gran guitarrista, un auténtico explorador de la música popular, que ha rescatado y reinterpretado no sólo tesoros del blues, el country y el jazz, sino también de la música mexicana -por la que tenía bastante querencia en aquellos años-, hawaiana, africana y cubana; de hecho, su otra colaboración con Wenders es el maravilloso y célebre documental Buena Vista Social Club. Ry Cooder, por si a alguien le quedaban dudas, se ha convertido hace tiempo en una leyenda de la música.

Para esta banda sonora, Cooder optó por un enfoque minimalista: poco más que su guitarra doliente, que refleja a la perfección no sólo los paisajes desolados de Texas o la soledad que se puede sufrir en una gran ciudad como ciudad de Los Ángeles, sino sobre todo el alma torturada por el desconocimiento y el remordimiento por su pasado perdido -o por el remordimiento de no conocer- que siente Travis. Un minimalismno, trazado con los elementos justos, apenas nada más que el tubo de metal deslizándose sobre las cuerdas de la Stratocaster, que sentó cátedra. un precedente, casi un nuevo paradigma para muchas bandas sonoras de películas a partir de ese momento. Aunque no sólo hay slide-guitar en esta banda sonora: como contrapunto, también encontramos la delicadeza nostálgica de la Canción mixteca, un clásico oaxaqueño compuesto por José López Alavez e interpretado aquí por el propio HDS -quien, además, tocaba también la guitarra en The Harry Dean Stanton Band-; trenzada luego en el corte I knew these people con la conversación que mantienen HDS y la deslumbrante Nastassja Kinski en la cabina de un peep-show (casi nueve minutos oyendo de regalo la maravillosa voz de Stanton).

Una banda sonora, en suma, magnífica, emocionante y diferente a lo que se hacía en aquellos años 80, en las antípodas de los John Williams o Jerry Goldsmith que triunfaban  entonces (lo que tampoco va en demérito de éstos, claro), sin duda, una buena manera de acercarse a la obra de uno de los grandes músicos norteamericanos de los últimos 70 años... bueno 67, pues Cooder comenzó con la guitarra a los tres años... desde luego, podríamos decir que ya se nota, aunque también es cierto que cualquier otro que hubiese hecho lo mismo posiblemente no le llegaría ni a la suela de los zapatos; a veces, para ciertas cosas, es necesario ser un genio.

domingo, 3 de diciembre de 2017

Love of Lesbian: Maniobras de Escapismo

Año de publicación: 2005
Valoración: muy recomendable


Love of Lesbian es uno de esos casos en los que un grupo sabe rectificar a tiempo. Empezando en el 1997 con unos inicios algo dubitativos, sacando tres discos en inglés bastante irregulares, podríamos decir que el grupo nació (o renació) de verdad en 2005 con este álbum.

Hasta la publicación de este álbum, habían estado probando su sonido, su capacidad compositora, sus melodías en tres discos iniciales de calidad discutible; no consiguieron destacar excesivamente pero que al menos sí les sirvió para probar estilos, conjuntar el grupo. Pero faltaba algo, no acababan de encontrar el toque. En un estilo inicial que, en sus dos primeros discos, intentaba emular a The Cure (grupo del cual fueron teloneros en su gira Dream Tour 2000), con guitarras distorsionadas, áltamente melódico, oscuro... buscaron en su tercer disco una música más acústica, con canciones de ritmo más pausado, pero no, aun así, algo no encajaba, puede que fuera porque no encontraban el tono, que Santi Balmes no luciera su calidad cantando en inglés... se acercaban a lo que serían, pero aún no era eso, aún no. 

Y algo cambió, como si despertaran de golpe, saltó la idea. Fue, según palabras del propio Santi Balmes, en medio de un concierto en Barcelona, en el Primavera Sound; se encontraba el grupo en uno de sus directos, cuando mirando a los espectadores empezó a reconocer gente entre el público, gente a quienes conocían, de localidades próximas a Barcelona y pensó: «¿qué estoy haciendo cantando en inglés, delante de quienes me puedo encontrar en la calle y hablarles en catalán o castellano?». En ese momento fue cuando se dieron cuenta que necesitaban la conexión con la gente, a partir de lo que eran sus raíces; el grupo cambió, dejaron de lado las canciones en inglés, y empezaron a trazar un camino propio, más local, más próximo. Y acertaron. Plenamente. Porque con el cambio, las letras de sus canciones, uno de sus grandes valores, realzaban su música; letras muy trabajadas, con las palabras adecuadas que les permitieran la ansiada conexión con el público y llegar a ellos, llegar a alcanzar esa intimidad buscada, el vínculo emocional. 

Con este cambio de rumbo, el grupo lanza «Maniobras de escapismo». Y es todo un éxito. Con el paso al castellano, el grupo pasa a disponer de una herramienta más para conectar con el público, y le permite desplegar todo su potencial lírico. Las letras de Santi Balmes, quien ha hecho alguna incursión en la literatura publicando cuatro libros hasta la fecha, visten y dan sentido a la música que las envuelve. Al pasar al castellano empieza el juego con las letras de las canciones, dando ya muestras en algunos títulos de este disco, «Domingo astromántico», «Mi personulidad», «Marlene, la vecina del Ártico» o «Houston, tenemos un poema».

Así, con el grupo ya liberado de las cadenas que lo sujetaban a un idioma que no era el propio, nos encontramos con la publicación de este disco donde aparecen auténticas joyas. Superadas dos canciones iniciales de nivel medio, nos encontramos con «Domingo astromántico», tercera canción del disco (gran canción), donde habla de la ruptura, de esos recuerdos que han perecido, que van quedando atrás viendo cómo escapa aquello que había:

"Si tu magia ya no me hace efecto, ¿cómo voy a continuar?
Si me sueltas entre tanto viento, ¿cómo voy a continuar?"

El disco continua con dos buenas canciones hasta que llegamos, de manera consecutiva a los dos grandes temas en mi opinión; estamos hablando de canciones como «Mi primera combustión», una balada triste, desgarradora, que habla de la nostalgia, de aquello perdido, pero también de lo que queda de uno, de lo que se recupera; para mí ésta es una de sus mejores canciones y que sitúo entre mis favoritas en general. Canción corta, de poco más de dos minutos, con una letra perfecta:

Seis años después reapareces y hablando sola 
resumes tu noria de vida en un solo café. 
Y curado, al fin, me permito el lujo de observar ... 
tu pelo raro y creo que ahora fumas demasiado ... 
y hablas como si te hubiera preguntado: 
¿De quién te vengabas todo el tiempo que yo estuve a tu lado? ... 
Y aun no sé .. ¿a qué diablos viene ahora tu llamada? 
Tiembla tu cuchara y eso nunca queda bien. 
Di, di la verdad, llevas tiempo sin romper muñecos. 
Pasados unos meses alguien me ajustó de nuevo 
y queda un poco lejos cuando me incendiaste 
y ya .. soplaron las cenizas, volaron las cenizas.

Y justo a continuación de esta inmensa balada, aparece esa gran «Música de ascensores», canción con la que descubrí al grupo (muchos años más tarde) y que, para mí, supuso una revelación por su inicio potente, directo, con un ritmo que contagia, y que deja paso a un estribillo acompañado por ese punteo de guitarra que completa una perfecta melodía.  

El disco continua con alguna canción de estilo experimental para terminar bajando el ritmo, volviendo a la intimidad, canciones donde recobra el poder la voz de su cantante, una voz perfectamente imperfecta, afectada por un problema crónico de nódulos en las cuerdas vocales. Finaliza el disco volviendo a incrementar el ritmo y los decibelios para acabar con otro experimento del grupo, una canción en francés, con un estribillo a ritmo de punk, que me recuerda a «Debaser» de The Pixies por su bajo marcado, aunque de ritmo más lento.

Este disco hacía despegar al grupo más allá del éxito de los grupos en su ámbito local, y lo situaba entre uno de los que siempre hay que tener en cuenta. Se trata, sin duda, de un muy buen disco, que probablemente contiene algunas de sus mejores canciones publicadas hasta la fecha y que supondría el punto de arranque, esta vez sí, de una imparable carrera musical.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Miles Davis: Kind of Blue


Año de publicación: 1959
Valoración: imprescindible

Hará unos doce o quince años, cuando la actual eclosión de series televisivas empezaba a producirse al amparo, sobre todo, del canal HBO y de series totémicas como The Sopranos o The Wire, recuerdo haberme enfadado bastante cuando contemplé uno de esos arquetipos que suelen dar tanto asco.
Salía en un episodio de Sex and The City, cuando uno de los novios de turno de la sempiterna Carrie Bradshaw resultaba ser un fanático del jazz. El personaje era descrito con una simplicidad y una catarata tópica de tal nivel que me ofuscó: sombrerito (no recuerdo si Borsalino), espíritu bohemio, pose alucinada, locura por el vinilo y su añejo sonido, parafernalia en su apartamento que daba testimonio gráfico de su obsesión.
Y recuerdo que, en aquellos speech tan clásicos de los finales de capítulo de la serie, Carrie Bradshaw justificaba el final de la relación por preferir la "simplicidad de una melodía pop". O quizás dijo de un estribillo.
Hoy no voy a reseñar el disco que da título aquí ni voy a hablar del antes y el después del artista o del sonido del jazz ni del cambio que, he leído, Davis supuso para la rigidez del jazz, y como no se conformó con revolucionarlo una vez, sino que lfo hizo varias. 
No voy a reseñar el disco porque sería muy petulante (aún más de lo que suelo serlo aquí) aparentar conocer toda la historia o tan siquiera una parte sustancial de una música que es una manifestación cultural de tal alcance que a veces me da vergüenza que, como la música clásica, cierta corriente snob se haya adueñado de ella y la use de forma excluyente para alardear de grabaciones extrañas y de tomas desconocidas y de equipos de Hi Fi con altavoces por encima de los 3.000 euros. No creo que esa fuera la intención de los músicos que entregaron su vida a ella. Lo que hay que hacer con Kind of Blue, una tanta de las cúspides de la obra del trompetista, es ponerse el disco y disfrutarlo sin la intención de memorizar sus melodías o esperar sus mejores momentos. Aquí está Davis y está Bill Evans y está John Coltrane, un sueño húmedo para los gouteurs y una santísima trinidad que se alterna en los solos, en el protagonismo sonoro, mientras una esplendorosa sección rítmica aporta ese ritmo elegante y perezoso que es tan difícil como inútil intentar describir, tan estúpido como injusto destacar este o ese momento, porque este disco es historia irrepetible de la música, objeto de veneración y de estudio y de intento de imitación tantas veces, y no tiene sentido empeñarse en las palabras buscando definir lo que solamente puede ser transmitido así.