domingo, 3 de diciembre de 2017

Love of Lesbian: Maniobras de Escapismo

Año de publicación: 2005
Valoración: muy recomendable


Love of Lesbian es uno de esos casos en los que un grupo sabe rectificar a tiempo. Empezando en el 1997 con unos inicios algo dubitativos, sacando tres discos en inglés bastante irregulares, podríamos decir que el grupo nació (o renació) de verdad en 2005 con este álbum.

Hasta la publicación de este álbum, habían estado probando su sonido, su capacidad compositora, sus melodías en tres discos iniciales de calidad discutible; no consiguieron destacar excesivamente pero que al menos sí les sirvió para probar estilos, conjuntar el grupo. Pero faltaba algo, no acababan de encontrar el toque. En un estilo inicial que, en sus dos primeros discos, intentaba emular a The Cure (grupo del cual fueron teloneros en su gira Dream Tour 2000), con guitarras distorsionadas, áltamente melódico, oscuro... buscaron en su tercer disco una música más acústica, con canciones de ritmo más pausado, pero no, aun así, algo no encajaba, puede que fuera porque no encontraban el tono, que Santi Balmes no luciera su calidad cantando en inglés... se acercaban a lo que serían, pero aún no era eso, aún no. 

Y algo cambió, como si despertaran de golpe, saltó la idea. Fue, según palabras del propio Santi Balmes, en medio de un concierto en Barcelona, en el Primavera Sound; se encontraba el grupo en uno de sus directos, cuando mirando a los espectadores empezó a reconocer gente entre el público, gente a quienes conocían, de localidades próximas a Barcelona y pensó: «¿qué estoy haciendo cantando en inglés, delante de quienes me puedo encontrar en la calle y hablarles en catalán o castellano?». En ese momento fue cuando se dieron cuenta que necesitaban la conexión con la gente, a partir de lo que eran sus raíces; el grupo cambió, dejaron de lado las canciones en inglés, y empezaron a trazar un camino propio, más local, más próximo. Y acertaron. Plenamente. Porque con el cambio, las letras de sus canciones, uno de sus grandes valores, realzaban su música; letras muy trabajadas, con las palabras adecuadas que les permitieran la ansiada conexión con el público y llegar a ellos, llegar a alcanzar esa intimidad buscada, el vínculo emocional. 

Con este cambio de rumbo, el grupo lanza «Maniobras de escapismo». Y es todo un éxito. Con el paso al castellano, el grupo pasa a disponer de una herramienta más para conectar con el público, y le permite desplegar todo su potencial lírico. Las letras de Santi Balmes, quien ha hecho alguna incursión en la literatura publicando cuatro libros hasta la fecha, visten y dan sentido a la música que las envuelve. Al pasar al castellano empieza el juego con las letras de las canciones, dando ya muestras en algunos títulos de este disco, «Domingo astromántico», «Mi personulidad», «Marlene, la vecina del Ártico» o «Houston, tenemos un poema».

Así, con el grupo ya liberado de las cadenas que lo sujetaban a un idioma que no era el propio, nos encontramos con la publicación de este disco donde aparecen auténticas joyas. Superadas dos canciones iniciales de nivel medio, nos encontramos con «Domingo astromántico», tercera canción del disco (gran canción), donde habla de la ruptura, de esos recuerdos que han perecido, que van quedando atrás viendo cómo escapa aquello que había:

"Si tu magia ya no me hace efecto, ¿cómo voy a continuar?
Si me sueltas entre tanto viento, ¿cómo voy a continuar?"

El disco continua con dos buenas canciones hasta que llegamos, de manera consecutiva a los dos grandes temas en mi opinión; estamos hablando de canciones como «Mi primera combustión», una balada triste, desgarradora, que habla de la nostalgia, de aquello perdido, pero también de lo que queda de uno, de lo que se recupera; para mí ésta es una de sus mejores canciones y que sitúo entre mis favoritas en general. Canción corta, de poco más de dos minutos, con una letra perfecta:

Seis años después reapareces y hablando sola 
resumes tu noria de vida en un solo café. 
Y curado, al fin, me permito el lujo de observar ... 
tu pelo raro y creo que ahora fumas demasiado ... 
y hablas como si te hubiera preguntado: 
¿De quién te vengabas todo el tiempo que yo estuve a tu lado? ... 
Y aun no sé .. ¿a qué diablos viene ahora tu llamada? 
Tiembla tu cuchara y eso nunca queda bien. 
Di, di la verdad, llevas tiempo sin romper muñecos. 
Pasados unos meses alguien me ajustó de nuevo 
y queda un poco lejos cuando me incendiaste 
y ya .. soplaron las cenizas, volaron las cenizas.

Y justo a continuación de esta inmensa balada, aparece esa gran «Música de ascensores», canción con la que descubrí al grupo (muchos años más tarde) y que, para mí, supuso una revelación por su inicio potente, directo, con un ritmo que contagia, y que deja paso a un estribillo acompañado por ese punteo de guitarra que completa una perfecta melodía.  

El disco continua con alguna canción de estilo experimental para terminar bajando el ritmo, volviendo a la intimidad, canciones donde recobra el poder la voz de su cantante, una voz perfectamente imperfecta, afectada por un problema crónico de nódulos en las cuerdas vocales. Finaliza el disco volviendo a incrementar el ritmo y los decibelios para acabar con otro experimento del grupo, una canción en francés, con un estribillo a ritmo de punk, que me recuerda a «Debaser» de The Pixies por su bajo marcado, aunque de ritmo más lento.

Este disco hacía despegar al grupo más allá del éxito de los grupos en su ámbito local, y lo situaba entre uno de los que siempre hay que tener en cuenta. Se trata, sin duda, de un muy buen disco, que probablemente contiene algunas de sus mejores canciones publicadas hasta la fecha y que supondría el punto de arranque, esta vez sí, de una imparable carrera musical.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Miles Davis: Kind of Blue


Año de publicación: 1959
Valoración: imprescindible

Hará unos doce o quince años, cuando la actual eclosión de series televisivas empezaba a producirse al amparo, sobre todo, del canal HBO y de series totémicas como The Sopranos o The Wire, recuerdo haberme enfadado bastante cuando contemplé uno de esos arquetipos que suelen dar tanto asco.
Salía en un episodio de Sex and The City, cuando uno de los novios de turno de la sempiterna Carrie Bradshaw resultaba ser un fanático del jazz. El personaje era descrito con una simplicidad y una catarata tópica de tal nivel que me ofuscó: sombrerito (no recuerdo si Borsalino), espíritu bohemio, pose alucinada, locura por el vinilo y su añejo sonido, parafernalia en su apartamento que daba testimonio gráfico de su obsesión.
Y recuerdo que, en aquellos speech tan clásicos de los finales de capítulo de la serie, Carrie Bradshaw justificaba el final de la relación por preferir la "simplicidad de una melodía pop". O quizás dijo de un estribillo.
Hoy no voy a reseñar el disco que da título aquí ni voy a hablar del antes y el después del artista o del sonido del jazz ni del cambio que, he leído, Davis supuso para la rigidez del jazz, y como no se conformó con revolucionarlo una vez, sino que lfo hizo varias. 
No voy a reseñar el disco porque sería muy petulante (aún más de lo que suelo serlo aquí) aparentar conocer toda la historia o tan siquiera una parte sustancial de una música que es una manifestación cultural de tal alcance que a veces me da vergüenza que, como la música clásica, cierta corriente snob se haya adueñado de ella y la use de forma excluyente para alardear de grabaciones extrañas y de tomas desconocidas y de equipos de Hi Fi con altavoces por encima de los 3.000 euros. No creo que esa fuera la intención de los músicos que entregaron su vida a ella. Lo que hay que hacer con Kind of Blue, una tanta de las cúspides de la obra del trompetista, es ponerse el disco y disfrutarlo sin la intención de memorizar sus melodías o esperar sus mejores momentos. Aquí está Davis y está Bill Evans y está John Coltrane, un sueño húmedo para los gouteurs y una santísima trinidad que se alterna en los solos, en el protagonismo sonoro, mientras una esplendorosa sección rítmica aporta ese ritmo elegante y perezoso que es tan difícil como inútil intentar describir, tan estúpido como injusto destacar este o ese momento, porque este disco es historia irrepetible de la música, objeto de veneración y de estudio y de intento de imitación tantas veces, y no tiene sentido empeñarse en las palabras buscando definir lo que solamente puede ser transmitido así.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Michel Polnareff: Love me please love me

Año de publicación: 1967
Valoración: Casi imprescindible

Ya he comentado en alguna reseña de “Un libro al día” que el mítico programa de Radio 3 “Flor de pasión”, presentado por el no menos legendario Juan de Pablos, ha sido parte fundamental de mi educación sentimental. Así que a este EP de Polnareff, como a tantos otros discos y artistas franceses de la época, también llegue gracias a aquellas madrugadas "florapasionadas" de mediados de los 90.

Pero vayamos con Michel Polnareff. Nacido en 1944, de padre ruso y madre francesa, y con un aspecto de lo más llamativo (en la época del “Love me please love me” lucía una melena rubia al estilo del príncipe de Beukelaer), gozó de una enorme popularidad a mediados de los 60 gracias  a un primer disco en el que se podían escuchar maravillas como  “Love me please love” o “La poupée qui fait non”. Por desgracia para él, aquel éxito no volvió a repetirse, al menos a ese nivel, pese a seguir en activo hasta la actualidad.

En cuanto al EP que nos ocupa, que pude encontrar un domingo por la mañana del siglo pasado en la Plaza Nueva de Bilbao, consta de tres canciones.

En la cara A está la canción que le dio su mayor éxito: “Love me please love me”. Y no me extraña porque es una verdadera joya.  Los primeros veinte segundos de la canción dan el tono de la misma. Una introducción al piano por el propio Polnareff, gran pianista y mejor compositor, que da paso a una preciosa melodía, romántica hasta la extenuación, acompañada de unos exuberantes arreglos cortesía de Charles Blackwell y de la excelente voz de un Polnareff absolutamente desatado, especialmente cuando canta “Love me, please, love me. Je suis fou de vous…”

Abriendo la cara B nos encontramos con otro tema de corte romántico: “L’amour avec toi”. Pese a compartir tono sentimental con “Love me please love me”, se trata de un tema con mucho más POP ( más directo, menos sobrecargado) y con una letra mucho más explícita que el anterior. De hecho, frases como esta le trajeron al bueno de Polnareff serios problemas con la censura:

Il est des mots qu'on peut penser
Mais à pas dire en société
Moi je me fous de la société
Et de sa prétendue moralité
J'aim'rais simplement faire l'amour avec toi

Más allá del aspecto reivindicativo de la canción, se trata de un tema precioso que podría haber sido cara A de cualquier otro disco.

Cierra el disco “Ne me marchez pas sur les pieds”, un tema mucho más “rocanrolero” que los dos anteriores, mucho más acelerado, pero a años luz de las dos joyas anteriores. Es por culpa de este tema que la valoración del disco se queda en un “Casi imprescindible". 

En cualquier caso, variadísimo y precioso EP que lanzó merecidamente al estrellato a un gran cantante y compositor que tuvo la mala suerte de compartir generación con Gainsbourg, Johnny Hallyday, Fracoise Hardy o Sylvie Vartan, entre otros.

domingo, 12 de noviembre de 2017

DJ Kicks: Kruder & Dorfmeister


Año de publicación: 1996
Valoración: imprescindible

Ni un disco grande en toda una carrera, apenas un par de EPs que tampoco es que tuvieran gran repercusión (aunque puede que sean tratados como material de culto por no más de un par de miles de pirados), cuyos temas fueron profusamente prestados para inclusión en algunas de las centenas de recopilaciones que bajo multitud de etiquetas (trip-hop, chill out, downtempo, relaxing mood...) que se vendían como rosquillas en ese mundo que no sabríamos decir si fue pre-Napster o pre-Emule o pre-cómo-narices-se-llame-lo-próximo-que-permita-escuchar-música-gratis. 

El caso es que Kruder & Dorfmeister, dúo de  músicos austríacos con cierta querencia a tomar préstamos estéticos de otro dúo célebre (Simon & Garfunkel), tuvieron un momento álgido en que la gente (no solamente de la escena electrónica: añadan a Madonna, por ejemplo) quería contar con su toque, impregnar la música de su sonido a través de remezclas. La cuestión es que en esa época de tránsito entre eclosión de escenas electrónicas y su comprensible bajón, su sonido se convirtíó en omnipresente y pasó a infectar e influir y lo hizo a través de sus discos recopilatorios, de sus colecciones de remezclas, su fugaz efecto reivindicativo sobre una escena de Viena y muchos efectos colaterales cuyo efluvio, aunque lejano, puede que aún permanezca..
Este disco es un ejemplo. La serie DJ Kicks había empezado convocando a la escena de Detroit (Carl Craig, Stacey Pullen) para aportar sonidos duros en discos que más bien se acercaban a pináculos de sesiones nocturnas de club. Pero se había adaptado al entorno y otros músicos ya habían entregado selecciones mucho más asequibles técnicamente debido a los agradecidos BPM de los sonidos calmados, y lo que empezaba a ser una marca de la casa, rendidas al eclecticismo.
Kruder & Dorfmeister optaron por sonidos contemporáneos, por músicos poco conocidos, por temas oscuros, y así DJ Kicks empieza con aires trip-hop con un comedido uso del sampleado y siempre respetando dos premisas: unas impecables transiciones y una tonalidad general poco dada al estrépito. Incluso cuando la selección vira hacia el drum'n'bass lo hace de una manera graduada y evitando salidas de tono. A pesar del poco material propio incluido, su personalidad como selectores queda puesta de manifiesto y los aires dub sobrevuelan por doquier, incluso cuando hacia el final del disco se introducen sonidos más cinemáticos, dejando el listón muy alto para toda la extensa pléyade de impostores que pensaron que poner música tranquila e instalar cuatro sofás de color claro era suficiente para demostrar que se pillaba el concepto. Cuando no.

Podéis oír la sesión íntegra con toda la secuencia aquí.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Depeche Mode: Music for the Masses


Año de publicación: 1987
Valoración: casi imprescindible

Cuando, allá por 1982, aproveché el tiempo de un recreo en el instituto para acercarme a Star Records (tienda de vida breve pero intensa situada en pleno centro de Barcelona) para hacerme con Speak and Spell, bisoño debut del grupo de Basildon, Depeche Mode estaban siendo erróneamente etiquetados dentro del fugaz movimiento new-romantic. Al igual que Japan o que Soft Cell, incluso que Gary Numan, cualquiera que usase los sintetizadores como base para su música debía pagar ese peaje y esperar que el futuro se encargara de desdeñar oportunistas y dejar avanzar aquellos cuyo talento estuviera por encima de modas y tendencias más ancladas en lo estético que en lo artísticamente persistente.

Y pasaron esos años tan necesarios. Y subsistieron al abandono de Vince Clarke, figura central del primer disco y compositor de obvia facilidad melódica, y continuaron adelante abrazando ahora el sonido más industrial (influencia de lo que parecía una necesaria estancia en Berlín de cualquier estrella rock que se preciase), con desviaciones de aires más bucólicos, con una oscuridad sonora que parecía ser fiel reflejo de las agitadas y convulsas existencias de sus miembros, de las turbulencias propias de los rápidos ascensos a la fama. De ser un combo de post adolescentes petardos haciendo synth-pop con el pelo atiborrado de laca y tintes baratos a alcanzar los altares del Olimpo pop, un pop que se acercaba a la electrónica a la vez que los miembros del grupo perdían el miedo a agarrar mástiles de guitarra, y se ataviaban con bodies de cuero y jugaban a la ambigüedad en su imagen mientras su música se expandía e hipnotizaba no solo a Europa sino también a los Estados Unidos.

Music for the Masses, premonitorio título, es uno de sus hitos culminantes, un puente entre la oscuridad de Black Celebration y la explosión iridiscente de Violator. Un disco aún basado íntegramente en los sintetizadores, por supuesto, pero inexplicablemente (para un grupo que ya había publicado un producto típico de bandas decadentes: un recopilatorio de singles) cuajado de momentos magníficos que se concentran sobre todo en su primera parte (primera cara: cuando se publicó el soporte vinilo aún era importante) donde asistimos a una despampanante secuencia de canciones que anuncia un disco optimista y decidido. Never let me down again , con su vídeo en grano duro obra de Anton Corbijn y con su ritmo a la vez chispeante y trotón y su irresistible puente en dos fases se convierte en un clásico inmediato. The things you said ralentiza y recupera, entre juegos vocales, los nostálgicos aires centroeuropeos que teñían Black Celebration dando paso a Strange love, otro single saltarín, creciente, maduro, o más adelante, Behind the wheel, síntoma de evolución, o Sacred, regreso otra vez a las sonoridades evocadoras de los Kraftwerk de Trans Europe Express. El disco da para baladas apocalíptica como Little 15 o incluso para una despedida algo pretenciosa con la instrumental Pimpf.
Pero es, por encima de todo, el disco de una banda consolidada. Sexto disco en estudio de un grupo que está a un paso del dominio global que se concreta con 101. Ingleses con sintetizadores que despojan su imagen de parte de su ambigüedad inicial. Ahora (entonces) llevan el pelo algo más largo, usan chaquetas de cuero y se tatúan (y padecen de adicciones y de existencias tormentosas). Es 1987 y están muy cerca de tenerlo todo, pero la fama aún no ha obrado su terrorífico efecto anulador del talento (no me hagáis hablar). Grandioso disco, clave en uno de esos cambios sutiles que cuesta detectar: la aceptación de la electrónica en claves antaño reservadas en exclusiva al rock más cazurro: los estadios abarrotados por multitudes, los decibelios, el jadeo.

domingo, 29 de octubre de 2017

New Order: Republic


Año de publicación: 1993
Valoración: muy recomendable

Daño colateral (uno de tantos) de la apropiación por el capitalismo de los iconos de la cultura. Camiseta en Eurodisney - París (si se llama aún así) con la silueta de Mickey Mouse ayudándose del mismo grafismo (deudo a su vez de cierta estética oriental) que adornaba la portada de Unknown Pleasures, celebérrimo disco de debut de Joy Division. Sí, la de las tenues líneas blancas sobre fondo negro que van dibujando una especie de elevación en el terreno, con una perspectiva y simplicidad tosca a la par que fascinante.
Para bien o para mal, New Order hubieron de arrastrar para siempre el estigma de ser el grupo que, incluido cambio de nombre, prolongaba la carrera de Joy Division tras el suicidio de Ian Curtis. No voy a explicar más el tema. Uno de esos célebres hechos siniestros de la historia de la música que acarrean todas esas consecuencias. Culpad a la mercadotecnia o culpad a lo que sea de que haya tanta gente con esas camisetas puestas sin ser capaces de reconocer ni una canción del grupo. El grupo siniestro del tipo ese que se colgó en su cas tras ver Woyzeck. 
Republic es el último gran disco de New Order. Un disco marcado por varios aspectos. Primero, la difícil papeleta de representar el siguiente paso tras Technique, auténtico paso adelante en la complicada tarea de desembarazarse de la estampa de grupo con tendencias siniestras. Después, ser e primero publicado tras el colapso de Factory, sello discográfico y aglutinador de la filosofía del grupo y de la época (tan bien retratada en la película 24 hour party people). 
Se trata de un disco optimista: ya esa doble imagen en portada y su propio título apuntan otro tipo de mensajes, en medio de la Inglaterra del post-thatcherismo y de la todavía vivaz oleada de las corrientes electrónicas. Siempre me ha extrañado que no sea mencionado a menudo como una de las cumbres de su carrera. Parece que no se les perdonaba cierta tendencia al hedonismo, a alejarse del pesimismo del pasado y a disfrutar. Supongo que su masa de seguidores acérrimos no les perdonó titubeos con la frivolidad como usar estética y figurantes de Baywatch para la promoción de la contagiosa Regret, single de presentación del disco, primera canción del LP y ligero escoramiento hacia sonoridades más pop. New Order en las playas de California. Menudo shock. Pero el disco no regresa a ese sonido más que en momentos puntuales. El bajo de Peter Hook pierde protagonismo y el disco toma una onda expansiva, más orientada a los ritmos programados y a las melodías vocales. Incluso se permiten la introducción de coros femeninos, en World (The price of love), otro de los singles extraídos del disco (su nueva discográfica quiso aprovechar el tirón de prestigio y exprimió el disco a conciencia). Pero, en general, se trata de un disco con melodías y sonido reconocibles, aspecto en el que tuvo que incidir la presencia de Stephen Hague, en aquel momento productor de moda en UK (Erasure, Pet Shop Boys) y con un particular toque para los sonidos electrónicos. Republic suena a veces como la colección de hits que New Order evitó hacer en sus discos anteriores, donde siempre sus temas célebres (Blue Monday, State of the Nation) habían quedado excluidos de ser integrados en LPs. De hecho, Spooky, una de las cumbres de Republic, guarda no pocas semejanzas estructurales (el decidido fraseo de arranque) con uno de sus mayores hits, la irresistible y dinámica True Faith, canción que puede considerarse precedente necesario de lo contenido en Republic.
También supieron, obvio, sintonizar con el efervescente momento de la música en el tiempo en que se publicó. Es imposible no reconocer la frescura hedonista y efímera de grupos como The Shamen o The Beloved tras canciones como Young Offender o la extraordinaria (y poco conocida) Everyone everywhere, esta sí una canción tiznada de la melancolía que quizás sus seguidores echaron en falta aquí. Y que hace de éste un disco incomprendido, al que siguieron, y las luchas interiores que asolaron el grupo debieron tener que ver lo suyo, discos progresivamente más anónimos y vulgares. Con lo que los seguidores, desde entonces, tuvimos que conformarnos con las revisiones de su época dorada.

domingo, 22 de octubre de 2017

Dionne Warwick: Dionne Warwick sings the Bacharach & David Songbook


Año de publicación: varios, entre los 60 y los 70

Valoración: imprescindible

No hace falta ser el yonkie del vinilo que aparece en la portada de Endtroducing... de DJ Shadow. Hace años, y a raíz de la terrible devastación que las descargas ocasionaron entre las tiendas de discos, uno solamente había de estar atento para hacerse con maravillas por cantidades absolutamente ridículas. Incluso aunque éstas ya fueran ediciones de fondo de catálogo con cierta angustiosa elusión de los principios mercantiles más básicos a la hora de ofrecer un producto. Y si respetable es la intención de un artista a la hora de concebir un disco en su integridad, no veo el sentido de criticar otras labores (la de los sellos subsidiarios especializados en empaquetar recopilatorios incluyendo rarezas o combinaciones inverosímiles, como Rhino o Carrousel). Hastiado de discos "Best of" ofreciendo más de lo mismo con algún tema adicional presentado como el gran gancho, no es de extrañar que el gran público se cansara de discográficas que actuaban con políticas de estragos paralelas a los programadores de las tragaperras.
Así que mis respetos hacia iniciativas como este disco, una es-pec-ta-cu-lar colección de todas las interpretaciones que Dionne Warwick hizo de canciones (algunas de ellas compuestas ex-profeso) de Burt Bacharach y Hal David, dueto compositivo a la altura de cualquiera, aunque perjudicados por esa eclosión en un lugar y una etapa indefinidos (demasiado clásicos para encajar en el universo del rock, demasiado populares para encajar en cánones más solemnes), pero, y no hay que dejar de reivindicarlo, productores en cadena de melodías de esas que parecen haber estado siempre allí.
Vendrían a ser coetáneos a grandes hitos de la cultura contemporánea. El Hollywood  de Billy Wilder que ya ha dejado atrás la Guerra Mundial y anda metido en la Guerra Fría. La Europa del Swinging London y un existencialismo que parece ser su contrapeso. Una serie de referentes demasiado heterogéneos entre los que esas delicadas a la vez que efectivas y pegadizas melodías se abrían paso con discreción. Como temerosas de situarse en un primer plano que, vistas en su conjunto, resultaría mucho más que merecido.
Por suerte, y gracias a las espléndidas interpretaciones de Warwick, cantante de color pero poco escorada a los excesos vocales del soul, comedida, de dicción elegante y precisa, todos esos clásicos reciben periódicamente sus revisitaciones y son tratados con toda la grandeza que merecen, con toda la reciprocidad que sus infecciosos detalles han dejado impregnada en quienes los han escuchado, incluso de forma involuntaria. No exagero. Que levante la mano todo aquel al que, disponiendo de un bagaje musical mínimo, no le son familiares (por los cauces que sea: publicidad, versiones, karaokes, inclusión en películas) algunas de las siguientes melodías: Say a little prayer, Do you know the way to San José (versioneada por Frankie Goes To Hollywood), Never fall in love again (por Elvis Costello)... y este disco contiene más de veinte de esas perlas, incluyendo melodías algo menos conocidas como Look of Love, Anyone who had a heart o la extraordinaria Walk on by, cuyo ritmo de piano percusivo sería homenajeado por ELO en It's over. Canciones de aires románticos y universales,  con arreglos de cuerda (el propio equipo compositivo se encarga de la producción), con la introducción de las trompetas marca de la casa, con estructuras más cercanas al pop que a la sempiterna canción melódica, todas ellas clásicos sin pretensiones de serlo, alcanzando como sin querer un aire de sofisticación y globalidad que no me cansaré de reivindicar.